25.JUL25 | PostaPorteña 2495

Columna de Juan Manuel de Prada, España

Por Juan Manuel de Prada/ABC

 

Israel también mata cristianos

 

Los medios españoles prefieren abastecernos con propaganda sionista

 

Juan Manuel de Prada, 20/07/2025 Copyright © DIARIO ABC

El pasado 17 de julio, un tanque israelí disparó contra la iglesia de la Sagrada Familia, único templo católico de Gaza, matando a tres personas e hiriendo a otras diez, entre ellas al párroco Gabriel Romanelli, un valeroso sacerdote argentino que ha decidido correr la misma suerte que sus feligreses; un auténtico testigo de Cristo a quien, si el periodismo no hubiese muerto, todos los medios españoles habrían entrevistado, para que contase de primera mano los horrores de las masacres israelíes contra población civil indefensa. Pero los medios españoles prefieren abastecernos con propaganda sionista.

No era la primera vez que la iglesia de la Sagrada Familia sufría ataques del ejército israelí. En la Navidad de 2023, un francotirador mató a dos mujeres cristianas, madre e hija, mientras rezaban. Y en julio de 2024, un bombardeo contra la escuela aneja a la parroquia asesinó a cuatro personas allí refugiadas. Entonces el sacamantecas Netanyahu justificó este crimen alevoso aduciendo que el lugar era utilizado como escondite por Hamás (algo que el Patriarcado Latino de Jerusalén negó); ahora, este criminal asegura que el proyectil de tanque que mató a tres personas e hirió a otras diez se trataba de «munición extraviada». El Patriarcado Latino lo ha desmentido, señalando que el tanque apuntó directamente a la iglesia, a sabiendas de que era un lugar sagrado que albergaba civiles inocentes. Y Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, ha declarado que estos hechos podrían interpretarse como un ataque intencionado y de «extrema gravedad» contra la comunidad cristiana.

No sólo en Gaza Israel mata cristianos palestinos. Los ataques de ‘colonos judíos’ (o sea, ocupantes ilegales) en connivencia con el ejército israelí contra cristianos en Cisjordania son constantes. El pasado 7 de julio, un grupo de ‘colonos’ incendió en Taybeh, localidad cisjordana enteramente cristiana, el cementerio bizantino y la iglesia de San Jorge, donde conviven los cultos greco–ortodoxo, latino y melquita. Antes, ya se habían producido todo tipo de agresiones en la localidad, incluida la quema de olivares y la matanza del ganado con el que los lugareños se ganan la vida. El patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, y el patriarca greco–ortodoxo, Teófilo III, han denunciado estas agresiones constantes y acusado a las autoridades israelíes de garantizar su impunidad. En general, allá donde existe presencia cristiana en Cisjordania, se prodigan asesinatos y vejaciones, amenazas y humillaciones por parte de los ‘colonos’ judíos, muchos de los cuales se justifican diciendo que no hacen sino seguir a rajatabla los mandatos del Talmud, que les exigen exterminar o someter a los cristianos.

Israel también está matando cristianos en Palestina. Y su sangre caerá sobre las cabezas llenas de serrín y propaganda sionista de ese catolicismo pompier que finge ignorarlo, justificando con su silencio el genocidio palestino.

 

Hablemos en serio de inmigración

 

La izquierda caniche denuncia el auge del racismo y la islamofobia, mientras insiste en su política de fronteras abiertas; o sea, en su defensa del libre tráfico de esclavos

 
Juan Manuel de Prada, 19/07/2025 Copyright © DIARIO ABC

Las revueltas recientes en Torre Pacheco han presentado elementos inconfundibles de operación de falsa bandera – ¡esos agitadores «ultras» venidos de otras regiones!– y han sido mediáticamente engordadas por orden monclovita, para hacer olvidar a las masas cretinizadas los oprobiosos vínculos del doctor Sánchez con el proxenetismo. Pero, dejando aparte estos extremos, han vuelto a mostrarnos cómo la izquierda caniche y la derechita valiente se retroalimentan, bajo la mirada complaciente del partido de Estado. La izquierda caniche denuncia el auge del racismo y la islamofobia, mientras insiste en su política de fronteras abiertas; o sea, en su defensa del libre tráfico de esclavos, que es lo que interesa a la plutocracia a la que sirve. En cuanto a la derechita valiente, reclama «deportaciones masivas» y mete a los «menas» en todos los guisos, pero se olvida siempre de denunciar un orden económico ávido de mano de obra barata. Y, ¡vaya por Dios!, también se olvida de mencionar que Mujamé, responsable de desviar alevosamente hacia España la purrela de indeseables que no quiere en su país, es el niño mimado e intocable de Israel, faro moral de nuestra derechita valiente.

En realidad, a la izquierda caniche y a la derechita valiente sólo los mueve el común afán por pescar votos en río revuelto, fingiendo antagonismos mientras sirven al mismo amo. Para poner freno a la inmigración inmoderada haría falta, en primer lugar, devolver la dignidad a los oficios manuales, creando las condiciones para que los trabajos en el campo, en la hostelería o en la industria estén dignamente remunerados y resulten apetecibles para la población autóctona. Y, por supuesto, habría que acabar paralelamente con un sistema educativo mórbido, dopado de becas y saturado de universidades de la señorita Pepis, que es el refugio de toda la vagancia juvenil autóctona y la fábrica de una muchedumbre de zoquetes con titulitis que prefieren amueblar el paro juvenil antes que remangarse y doblar el espinazo. Pero las fallidas economías europeas (con la española a la cabeza) prefieren abastecerse de una mano de obra siempre más barata; y así las avalanchas inmigratorias y el paro juvenil no harán sino hipertrofiarse, hasta la metástasis final.

Sin embargo, para combatir las avalanchas inmigratorias no bastaría con una reforma económica copernicana como la que acabamos de describir (reforma que, misteriosamente, ni la izquierda caniche ni la derechita valiente mencionan en sus soflamas). Según un estudio reciente de Eurostat, sólo el 23,6 por ciento de los hogares del pudridero europeo cuenta entre sus ocupantes con menores de edad (y casi la mitad de ese exiguo porcentaje cuenta sólo con un único menor de edad). En el 76,4 por ciento de los hogares europeos, pues, sólo viven adultos (muchos de ellos, por cierto, completamente solos). Nos hallamos, pues, ante una sociedad atrincherada en los sótanos más inmundos de la infecundidad, sumida en la más cenagosa bancarrota demográfica y moral. La tasa de fertilidad entre las mujeres españolas, por ejemplo, se halla en un exiguo 1,12 (muy lejos de la tasa mínima de reemplazo generacional, que se sitúa en el 2,1), un mínimo histórico que sitúa a España como uno de los países con menor fecundidad del pudridero europeo, sólo por encima de Malta. Y esa cifra no hace sino descender año tras año, pues nuestra población joven ha sido formada en esa religión avizorada por Chesterton, que a la vez que exalta la lujuria prohíbe la fecundidad; y, en consecuencia, se aferra a la promiscuidad y a los derechos de bragueta, toma anticonceptivos como si fuesen gominolas, rehúye los compromisos fuertes y abomina de la institución familiar. Y, en caso de que algún joven no haya sido moldeado en esta religión proterva, el Régimen del 78 se encarga de dificultarle al máximo el acceso a la vivienda y de condenarlo a la precariedad laboral. Y es que la reducción de la natalidad es un plan sistémico puesto en marcha hace muchas décadas, en obediencia a las consignas plutocráticas.

Entretanto, las mujeres marroquíes residentes en España tienen casi tres veces más hijos que las autóctonas. En apenas dos o tres décadas, los ‘españoles viejos’ sólo seremos mayoría en los arrabales de la senectud, convirtiéndonos en una carga insoportable para el Estado, que no podrá pagar jubilaciones con las cotizaciones exiguas de los inmigrantes que han trabajado por sueldos ínfimos; y que tal vez tenga que ofertar suicidio asistido a todo quisque, como antes ofertaba viajes del IMSERSO. ¿Cómo evitar este futuro que nos aguarda a la vuelta de la esquina? Las ‘ayudas a la natalidad’ se han probado casi inútiles y de un coste exagerado allá donde se han arbitrado, porque las generaciones que han sido moldeadas en el culto a la religión avizorada por Chesterton no cambian su mentalidad hedonista a cambio de una limosna. Para evitar ese futuro previsible, tendría que producirse una completa ‘metanoia’ social que hiciese abominar a las generaciones futuras de las monstruosas ideas heredadas de sus padres. Sólo si esa radical ‘metanoia’ –que, en último término, es de naturaleza religiosa– se produce sería posible una reconstrucción política, económica y social y podría abordarse el problema inmigratorio seriamente.

De lo contrario, la izquierda caniche y la derechista valiente nos seguirán aturdiendo con sus impiedades desgañitadas y sus utopías malsanas, azuzando los bajos instintos de una población tan rabiosa como yerma, mientras los timoneles del pudridero europeo –aquí el partido de Estado, con los tontos útiles peperos poniendo parches cuando los estropicios lo exigen– nos llevan al barranco. Recordemos aquella lúcida afirmación de Will Durant: «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro».

 

Grotescos debates progres

 

Estos reporteros son perseguidos porque cantan las verdades del barquero a la patulea que nos gobierna

 

Juan Manuel de Prada, 18/07/2025 Copyright © DIARIO ABC

Aceptar las premisas del enemigo conduce siempre a la derrota; pero, tristemente, es la afición vergonzante de la derecha felpudo. Así está ocurriendo ahora con el debate intestino que los progres se han montado en torno a una reforma del reglamento del Congreso que impide el acceso al antro de «seudoperiodistas financiados por la ultraderecha». Al parecer, un periodista progre pero no desquiciado ha alertado sobre el peligro latente de que tal reforma ampare en el futuro una deriva autoritaria; y enseguida otros periodistas progres y completamente desquiciados han salido en tromba a demonizarlo.

De inmediato, la derecha felpudo se ha sumado al debate, haciendo pandilla con el periodista progre pero no desquiciado, aceptando la premisa de que los reporteros a quienes la reforma de marras pretende silenciar son «seudoperiodistas financiados por la ultraderecha». Pero, aun aceptándola, la derecha felpudo alerta sobre el peligro de que mañana el doctor Sánchez amplíe la prohibición; y de que para entones no haya nadie que pueda defendernos de los abusos del poder, si ahora no se defiende a los «seudoperiodistas financiados por la ultraderecha», aunque sea tapándonos las narices.

Ignoro quién financia a esos reporteros que se atreven a hacer las preguntas impertinentes que la prensa lamerona y generosamente untada no hace; pero, viéndolos tan menesterosos y con sus micrófonos descangallados, debe de ser un financiador muy rácano. En este rincón de papel y tinta somos firmes detractores de la llamada «libertad de expresión», como en general de toda libertad a la que no se le añade un «para qué»; pues, desprovista de una finalidad legítima, la libertad se convierte en un instrumento nihilista: libertad para sembrar el odio y extender la mentira, libertad para envilecer los espíritus e inclinarlos al mal. Estos reporteros no son perseguidos porque ejerzan la «libertad de expresión» que a liberales y progres tanto gusta; son perseguidos porque cantan las verdades del barquero a la patulea criminal que nos gobierna, porque la asaltan en los pasillos del Congreso para rebozarle por sus morros ahítos lo que la prensa lamerona y rumbosamente untada oculta servilmente: que son puteros, que son ladrones, que son yernos de rufianes, que son una chusma vil que merece, además de un castigo severísimo, el escarnio público. Los persiguen porque son el niño de la fábula que se atreve a decir que el rey va desnudo, mientras la prensa lamerona y rumbosamente untada se dedica a describirnos sus imaginarios ropajes.

A estos reporteros menesterosos los persiguen porque, a su modo cachondo y expeditivo, proclaman las fechorías que la organización criminal gobernante desea silenciar. Basta ya de hacer el caldo gordo en grotescos debates progres sobre los «límites» de la esa «libertad de expresión» que el progresismo siempre ha utilizado para sembrar el odio y extender la mentira, para envilecer los espíritus e inclinarlos al mal.


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