20.DIC25 | PostaPorteña 2526

Antifascismo: Fórmula de confusión (primera parte)

Por Contra la Contra

 

¿La derecha fascista cobra fuerza? Es cada vez más común hoy en día, que en las filas de las corrientes políticas modernas de la derecha, sus partidarios enarbolan con toda osadía y orgullo la bandera de rebeldes, presentándose a sí mismos como los más irreverentes, los más antisistema e incluso los más “revolucionarios”. Es evidente que toda esa “rebeldía” que se adjudican los apologistas del fascismo, no es más que una farsa patética que camufla su rol de idiotas útiles al Capital. Pero, también surge la pregunta: ¿no se supone que la bandera de la rebeldía es patrimonio de la izquierda?

Una manera de explicar esta situación es que tras décadas de recambios gubernamentales, los gobiernos de izquierda (llámese “socialdemocracia tradicional” o “liberalismo social progresista”) han ido ganando terreno en varias partes del mundo. Con los numerosos escaños ganados en el gobierno, gran parte de las izquierdas se han oficializado institucionalmente, dejando atrás la marginalidad, represión o persecución política de la que podían jactarse durante el siglo pasado /1. Es así como desde el Estado burgués, estos partidos izquierdistas y progresistas decretan medidas políticas y económicas que nos presentan como alternativas al “neoliberalismo” y “por una distribución equitativa de la riqueza” en “beneficio del pueblo y la clase trabadora”. Pero lo cierto es que nunca hubo un solo golpe al Capital, solo se gestaron medidas paliativas (de ayudas sociales y créditos) para que las crisis económicas que la clase trabajadora padece (inflación, desempleo, recortes) sean más indulgentes. Los efectos del capitalismo no pueden ser contrarrestados bajo ninguna medida gubernamental, porque todos sus aspectos negativos son inherentes a ese modo de producción basado en la competencia, la destrucción de fuerzas productivas para su renovación, el despojo del espacio para beneficio del desarrollo, el impulso de guerras imperialistas… en suma, todo gira en la producción de valor y de mercancías.

Cuando los programas sociales y subsidios se tornan insostenibles, los Estados deben recortar el gasto social, esto se comienza a manifestar en la agudización de la precariedad del proletariado, creciendo así su descontento y malestar. Es aquí donde se genera el campo de cultivo para que la derecha asuma el rol de la oposición, y por consiguiente puedan fácilmente mostrarse como “antagonistas y rebeldes”, fortaleciéndose y consiguiendo que su retórica altanera e histérica impacte entre la clase trabajadora

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Bajo el dominio del capital y sus mecanismos, no hay opciones de mejorar nuestras condiciones de vida. Ante la debilidad traducida en carencia de memoria y perspectiva histórica de nuestra clase, las facciones burguesas nos presentan como única vía el camino de las urnas, para cada cierto periodo tomar partido entre la oposición y el oficialismo. Los recambios gubernamentales (más liberalismo económico o más control del Estado), el gatopardismo entre la izquierda y la derecha son meros paliativos a una sociedad moribunda, los cuales se han vuelto a su vez indispensables como parte del funcionamiento inherente del sistema capitalista, para mantener intacta su esencia y hacernos creer que los relevos gubernamentales detendrán los efectos catastróficos de la anarquía mercantil. Las llamadas nuevas derechas hoy (aunque muy pocas se afirmen abiertamente herederas de la tradición fascista del siglo XX), son en su mayoría más reservadas y timoratas; evitando dar una imagen que evoque directamente al cura bendiciendo a los militares que dirigen un pelotón de fusilamiento contra unos subversivos. Aunque en el fondo, añoran ver repetirse esas escenas masivamente, las circunstancias les han orillado a colocarse otras caretas “más benevolentes”, tales como transmutar el programa de un estado nacional corporativista fuerte, hacia las posiciones ideológicas del liberalismo (específicamente la llamada “escuela austriaca” /2) pero sin abandonar el conservadurismo. Pese al eclecticismo imperante en las diversas corrientes [una mezcla sin sentido], su monserga no ha perdido vigencia en seducir a sectores del proletariado con una parafernalia amorfa, confusa y contradictoria, pero que resulta efectiva y fácil de digerir.

Décadas de propaganda burguesa y encuadramiento en los aparatos ideológicos del capital: partidos políticos, religiones, escuelas y moral… sumado a que las izquierdas socialdemócratas (sindicalistas, leninistas, trotskistas, maoístas, estalinistas… quienes supuestamente empujarían al proletariado para rebelarse) hace tiempo abdicaron de la lucha revolucionaria en favor de la vía parlamentaria como la única “opción realista posible” para la clase… Todo ese conjunto de situaciones a través del tiempo, ha destrozado no solo la memoria histórica del proletariado, sino su autonomía de clase y combatividad que demostró en los periodos de asalto a la sociedad de clases; por eso ante tal desgaste y derrota, hoy, en plena contrarrevolución en marcha, donde el capitalismo muestra sin mesura lo más repugnante de su ser, resulta sencillo caer en los cantos de sirena de sus partidarios más acérrimos, donde todo se reduce a culpar a la inmigración, y en nombre de una supuesta “defensa de la familia tradicional heterosexual” /3, se procede a reprimir y flagelar la propia sexualidad de los proletarios bajo dogmatismos moralistas.

Ver a sectores del proletariado defender la parafernalia de luchar “por la libertad”, el libre mercado, la defensa de occidente y los valores cristianos… así como “contra el nuevo orden mundial”, “el marxismo cultural”, los zurdos satanistas libertinos, las mujeres que abortan y se rebelan, los inmigrantes que “roban el trabajo e imponen su cultura”… pero también “contra la casta” o “las elites”. Pensando que la realización de ese programa conllevará a su propia liberación, no es otra cosa que el proletariado reproduciendo su papel como clase del capital, mero engranaje de la producción automatizada cumpliendo los designios de la burguesía. Mientras tanto, la izquierda en sus diversas ramificaciones, como supuesta fuerza opositora a toda esa amalgama reaccionaria, nos llamará a luchar contra “el cuco del fascismo”, los oligarcas, los neoliberales, a defender la soberanía nacional, el estado plurinacional, las conquistas sociales, los sindicatos, una legislación que amplié los derechos y las libertades sociales de todas las razas, sexos y culturas, en fin… un “capitalismo más humano, menos represivo, más incluyente, más sustentable”. Pero lo cierto es que la realización de esos programas políticos ya fue llevada a cabo innumerables veces alrededor del mundo, con resultados nada positivos para nuestra clase. Pensar que “el ascenso de la ultra derecha es gracias a la alevosía y malicia de la misma”, es caer en el cómodo argumento de que “la culpa de nuestro fracaso siempre se debe al enemigo externo”, ocultando los acontecimientos donde históricamente la izquierda ha contribuido a la propia derrota del proletariado, limitando y estancando sus luchas en la nebulosa reformista

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Izquierda y derecha son por igual productos de la democracia parlamentaria y abogan por el nacionalismo, la patria, el país, el pueblo, el progreso, el desarrollo del capital… conceptos predilectos de la burguesía en todas sus variantes ideológicas. En realidad, entre izquierda y derecha no hay oposición de contenido, solo de formas, ambas son líneas democráticas y por tanto hermanos capitalistas diferenciándose solo en los modelos económicos-políticos, sobre cómo y quiénes van a gestionar el capital, ya sea a manos de empresas del Estado o a manos de privados. Dentro de la democracia en la que juegan izquierdistas y derechistas no existe antagonismo real, hay uniformidad dentro de la cloaca de la gestión de todo lo que sustenta nuestra esclavitud en el trabajo asalariado. La izquierda y la derecha no trastocan ni transgreden los elementos del sistema capitalista: dinero y mercancía, acumulación y comercio; patrias y guerras, cárceles y policías, leyes mordaza y censura, fronteras y persecución contra los inmigrantes, explotación y miseria. En su esencia formal, ambas son corrientes ciudadanistas, con matices e ideologías distintas, pero en su composición dependientes y partidarias del funcionamiento de la sociedad mercantil generalizada

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En su fase imperialista del capital, la función de la izquierda y la derecha es llevar al proletariado al terreno de la negación de la lucha de clases, esto es, hacer que la clase trabajadora tome partido dentro del enfrentamiento entre campos burgueses, ya no solo en el terreno nacional, sino que esto trasciende al ámbito mundial (el bando de Zelensky contra Putin, el de Xi Jinping contra Trump, el de los sionistas contra los ayatolás y el “eje de la resistencia”). Hay quienes argumentan que hoy en día, eso de “las izquierdas y las derechas ha quedado rebasado porque quienes gobiernan y deciden son las elites que juegan en este nuevo orden mundial multipolar”, pero eso es solo una verdad superficial y reduccionista… lo que tiende a llamarse “juego” no es otra cosa que el capital desenvolviéndose en su natural terreno de la competencia entre burguesías, entre bloques imperialistas, potencias militares que se disputan el dominio sobre los mercados, territorios y recursos. Las posturas ideológicas de los gobiernos que se baten en conflicto, son solo la antesala ideológica, mera propaganda para que el proletariado sirva de carne de cañón en las guerras orquestadas entre capitalistas. Al final, ese contubernio entre gobernantes y conglomerados corporativos (los que financian la guerra y se enriquecen de la industria militar), no hacen otra cosa que cumplir los designios necesarios para la acumulación del capital, la circulación de mercancías y nuestra explotación por medio del trabajo.

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El antifascismo refuerza al capital porque fomenta la ilusión democrática sobre la dictadura; y la dictadura no es una fase antagónica de la democracia, sino su continuación y agudización cuando esta ya no puede llevar con mayor eficiencia las tareas del capitalismo. Es por esa razón, que no resulta extraño que los gobiernos de izquierda y progresistas repriman con la misma saña e intensidad (al igual que la derecha) los conatos subversivos de la clase trabajadora cuando esta decide protestar y alzarse en rebelión. Históricamente ha quedado demostrado que no importa quien gobierne, el ideal de quienes defienden el capital [este partido del orden], es que solo seamos una masa de individuos atomizados, ciudadanos sometidos a la vigilancia y los cuerpos represivos, para que reproduzcamos nuestra propia condición de clase asalariada de y para el Capital sin el menor atisbo de subversión. Pero entonces ¿debemos ignorar y dejar pasar a los grupos de las derechas, cuando escudados por la policía, se arman y atacan violentamente al proletariado organizado y en lucha? Para nada. Sabemos de antemano que la lucha de nuestra clase por derrocar al capital, atravesará inevitable y continuamente por la confrontación directa y la autodefensa, contra todo tipo de grupos e individuos reaccionarios, ya sea en los barrios, en las calles y en las plazas. Eso no constituye un problema complejo porque la mayoría de esos sujetos son cobardes y son visiblemente a leguas enemigos fáciles de identificar (debido a su propaganda y consignas). Pero esto ni siquiera es una situación nueva para nuestra clase en lucha. Por lo cual, la verdadera cuestión no es “si debemos o no, enfrentarnos a los fascistas”, sino “¿bajo qué perspectiva y cual propósito?”. Pues ¿de qué sirve “combatir a los fascistas” si con ello fortalecemos a los partidos socialdemócratas/izquierdistas/reformistas que buscan el poder del Estado, para una vez ahí, decreten leyes contra el proletariado las cuales supuestamente serían “patrimonio exclusivo de los fascistas”?

 

1/ Sí, los movimientos armados en torno a las distintas corrientes izquierdistas apologistas de la liberación nacional y un “Estado obrero”, son parte del reformismo socialdemócrata, de un capitalismo disfrazado de rojo que niega la revolución mundial y afirma la posición reaccionaria del “socialismo en un solo país”

2/ Una ideología que irradia estupidez en todo su esplendor. Pues no puede existir capitalismo sin Estado, porque el Estado es un órgano inherente al capital

3/ Una mitología basada en la “familia tradicional” como sinónimo de funcionalidad, armonía y orden natural [hoy se suma a su retórica, afirmar que “la familia tradicional es el nuevo punk y la nueva forma de ser rebelde”]. Lo cual es una patraña infundada, puesto que antes de la proliferación del llamado wokismo (que no es otra cosa que, casualmente, un programa de la derecha liberal, el partido demócrata estadounidense), las familias ya padecían en su seno las inclemencias de la desintegración, la disfuncionalidad y la violencia sexual. Por su puesto la derecha habla de manera reduccionista de “las familias” en abstracto, como si las diferencias entre clases sociales y el contexto histórico no repercutieran en las relaciones. En el seno de las familias proletarias siempre ha existido la violencia doméstica porque esta es el reflejo de una violencia estructural reflejada en toda la sociedad. La disciplina del trabajo donde yace la sumisión al jefe, a los horarios… sumado al entorno hostil y privatizado con su espacio destinado al automóvil, la urbe de asfalto y concreto… y encima las relaciones sometidas a las jerarquías sociales el ejército, la policía, cámaras de vigilancia, la escuela, la cárcel o el manicomio… son todos estos elementos en su conjunto lo que contribuye a la deshumanización y destrucción de la psique del proletariado. Esa imagen de “la familia tradicional”, evoca a una romantización del pasado que nunca ocurrió como nos lo pintan, pues solo es un recurso discursivo para fomentar un idealismo purista de algo que nunca fueron mejores tiempos para la clase obrera. (continúa)

Contra la Contra – reafirmando la crítica y el balance antagonista
N° 5 diciembre de 2025

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