En estos días se ha difundido cuan profundos son los cambios que se están produciendo en Argentina en relación a la política industrial.
PRÁCTICAMENTE, SE HA PROHIBIDO LA IMPORTACIÓN DE TODO LO QUE SE FABRICA EN EL PAÍS.
El gobierno de Cristina Fernández está seriamente comprometido con este asunto. Y, como no podía ser de otra manera, tal como lo demuestra la historia; política industrial es inseparable de proteccionismo.
El proteccionismo, que practicó Inglaterra en los albores de la revolución industrial, fue también la herramienta que usaron los EEUU y sería después instrumentado por un sinnúmero de países que lograron llegar a lo que se conoce como desarrollo económico.
Aunque fuerza es notarlo, otra pata de una política de desarrollo es la reforma agraria, tema en el cual Argentina está todavía a fojas cero.
A pesar de lo cual la política de detracciones a las exportaciones que permite hacer al Estado socio en la percepción de la renta de la tierra, sin ser una reforma agraria, cumple una parte de sus cometidos.
La reforma agraria, como vía para ruralizar (o mantener en el campo) a parte significativa de la población, es un contribuyente decisivo en la creación de un mercado interno potente (un elemento clave de la industrialización), a la vez que fuente diversificada de productos alimenticios de calidad (lo que hoy significa precisamente salirse lo más posible de los grandes métodos automatizados de producción híper exigentes en energía fósil) y de otras materias primas industriales.
Sea como sea el gobierno Argentino parte, correctamente, de la premisa de que no es posible desarrollar una base industrial sometiendo a la naciente producción local a la competencia arrolladora de un mundo, particularmente Asia y dentro de ella China, donde las escalas de producción, el desarrollo tecnológico y los salarios son radicalmente diferentes.
Las medidas recientes que simplemente bloquean la importación de todo aquello que se produzca en el país, salvo, con restricciones, listas de productos duramente negociados en el MERCOSUR tiene, por supuesto, inconvenientes.
Productos más caros y/o de inferior calidad para los consumidores.
Y, como riesgo adicional, la transferencia rentística (podríamos llamarla también sobre ganancias) de dinero a una clase capitalista industrial que estuvo a punto de desaparecer durante los últimos 30 neoliberales años que precedieron a 2003, y que renace hoy como aliada política y económica del gobierno.
Si esta transferencia rentística no es severamente controlada terminará por dar al traste con todo el proyecto.
Son los riesgos que se corren al salirse del libreto neoliberal de desarrollo basado en la inversión extranjera directa en la explotación de recursos naturales libres de impuestos y la financierización de la economía.
Éste último es el camino que profundiza, ahora bajo la órbita fraudeamplista nuestro país.
Cuando el Gobierno Uruguayo habla, un día sí y el otro también, a través de diferentes referentes de mantener el crecimiento de los salarios atados a la “productividad” (como si ella dependiera de los trabajadores), cuando autoriza desaprensivamente emprendimientos protegidos por regímenes legales ad-hoc (como el de Montes del Plata), cuando se opone tenazmente a cualquier mención a las detracciones a las exportaciones, o a aumentar el arancel externo común del MERCOSUR como siempre están planteando Argentina y Brasil; lo que está haciendo, en los hechos, es destruir cualquier proyecto industrial sustentable.
Seguiremos, entonces, en el plano industrial atados a los frigoríficos, los derivados lácteos, esencialmente la leche en polvo, dado que la leche fluida es difícilmente exportable, el descascarado de arroz, y algunos sectores que por diversas razones, costo de los fletes, perecibilidad del producto, etc.
Favorecen naturalmente la industrialización local.
Por lo menos, reconozcámoslo, ahora se está bloqueando por vías administrativas la exportación de ganado en pie a Turquía.
Si faltara algún elemento de juicio reciente para evaluar hacia dónde se dirige la macroeconomía del país, la suba de la tasa de referencia de la COPOM del BCU del 8 al 8,75%, efectuada hace unos días, no hace más que subrayar lo que venimos sosteniendo.
En efecto, el aumento de la tasa de interés fue inmediatamente seguido por un descenso en la cotización del dólar en plaza.
Efecto éste fácilmente anticipable, y seguramente buscado por los funcionarios que tomaron la medida.
¿Cómo actúa esto para controlar la inflación?
Simple, la caída del dólar en plaza (debemos agregar justo cuando el verde aumenta su cotización relativa en el resto del mundo, especialmente frente al Euro) actúa bajando los precios de productos importados.
Entre ellos el principal insumo de la economía, el petróleo.
Disminuyen o aumentan menos, además los productos exportables que se consumen internamente, por ejemplo la carne, cuyos precios se arbitran con los de exportación.
Pero, claro, aumenta el precio relativo en la comparación internacional para todo lo que se produce internamente.
Y esto es especialmente cierto para los productos industriales. Los salarios, por ejemplo, aumentan automáticamente en dólares; y con ellos todos los bienes y servicios intensivos en trabajo.
Más allá de que algunos funcionarios de la Dirección de Industria del MIEM traten de ir en el camino contrario, y fomentar la industrialización nacional, sus esfuerzos serán siempre neutralizados por una política económica centrada en la producción de exportables sin manufactura y la financierización.
Sobre este último tema no profundizaremos, pero no podemos dejar pasar la ocasión de comentar que la última reforma impositiva, que ata la rebaja del IVA a la compra con instrumentos (tarjetas de crédito y débito) emitidos por los bancos no es más que un paso en ese sentido.
De última, se le está dando a los bancos aún mayor poder para cobrar una especie de IVA privado, que es la tasa que los comerciantes pagan a los emisores de tarjetas por todo lo que se vende a través de éstas.
Y, por supuesto, significa ampliar las facultades relativas de los bancos como emisores de dinero y captadores del beneficio llamado “señoreaje”.
Pero el tema da para mucho más y lo trataremos en futuros trabajos.
5/1/12