Envíopostaporteña nº 714

MARISA CARRASCO, la FLACA RUBIA de La Paloma

 

Para muchas y para muchos de quienes nos vemos en las raras pero necesarias movidas montevideanas, fue una estrella fugaz, una ráfaga efímera de viento nuevo y energía que se desparrama y se contagia por doquier.

A la mayoría, le costará darse cuenta de quién era, quién es, Marisa, esa flaca rubia con facha rockera y sonrisa sonora, siempre dicharachera y locuaz, siempre alzando una pancarta, la foto de un desaparecido, una consigna combativa, un llamado a la conciencia y a la acción del pueblo trabajador.

Siempre en pié de lucha con otras y con otros; siempre en la calle con los puños apretados. Siempre presente y perseverante; nunca en personaje, nunca perdiendo un bajo perfil característico a pesar de su ruidosa presencia militante y su firme carácter profundamente cuestionador.

Hace cuatro o cinco días, Ricardo –nuestro porteño de la Posta— me dijo que había fallecido Marisa Carrasco y me preguntó si yo sabía quién era. Reenvié la pregunta por todos lados y la respuesta la mandó Irma, diciéndonos que era una compañera de La Paloma, Rocha, que la había quedado el lunes 13 de febrero, víctima de cáncer.

Enseguida, busqué más datos suyos en el llamado ciberespacio, y apenas pude ver que ese nombre y ese apellido andaban por el famoso Facebook. Ni una imagen, ninguna foto, nada que pudiera decirnos algo más de la Compañera que bajó los brazos tan sólo por un rato, para que volvamos a alzarlos nosotras y nosotros, los que apenas la conocimos y seguramente lamentaremos no haberla conocido más y mejor.

Su figura pequeña pero portentosa, su rostro y sus gestos que la transparentaban íntegramente, recién se me aparecieron, y pude ubicarla, en la vigilia matutina de hace un par de días. Apareció como había aparecido en la realidad: sin fama, sin ínfulas, sin vedetismo, sin decirnos que esta maldita patología muy pronto la colocaría en los renglones de un tímido y tacaño reconocimiento que quiere ser el merecido homenaje a alguien que seguirá siendo y estando en el corazón callejero de las y los que se han comprometido consigo mismos y con los caídos, a no resignarse al olvido y el perdón, a la desidia y la indiferencia, al hacerle la vista gorda a la injusticia y la mentira.

La última vez, de las pocas, que crucé unas pocas palabras con Marisa, ella estaba sentada en la escalinata de la plaza Libertad, apoyando sus brazos sobre el mástil de una de las tantas imágenes queridas de alguien que cayó en la lucha. Fatigada, queriendo evitar un cigarro de mierda, contrariada por su cansancio, pero a la vez juntando fuerzas y presencia de ánimo para seguirla junto a los demás.

No me habló ni una palabra de una enfermedad de la que me enteré recién después del 13 de febrero, cuando ya no era posible siquiera una frase de aliento, un “¡vamo´ arriba!!!”, una caricia compañera, un beso militante, un abrazo que a veces puede más que la quimio y los pronósticos médicos…

Ella lo quiso así. Quiso morirse en el silencio de los grandes, de esos grandes cuya altura se mide desde el corazón al último cabello de la conciencia.

Fue una estrella fugaz, es cierto.

Pero de esas que siguen disparando luz y ondas energizantes como si fueran soles vivos y eternos; como diciéndonos que únicamente hay muerte, desolación y olvido, cuando los que quedamos –aunque nos quede un ratito más que a Marisa— no sintamos un nudo en la garganta al saber que una Marisa, una de las miles y miles de “anónim@s” que andan pateando la lucha en todas partes, la quedó así, sin aspavientos ni prensa, pero con la profunda esperanza de que la recordemos y la honremos siempre, más con hechos que con palabras.

¡Cháu, Marisa!, ¡Hasta la Victoria, Siempre!!!.

(Propongo una nueva pancarta, con la cara de Marisa, una “desaparecida” de los “tiempos modernos”)

 

Gabriel "Saracho" Carbajales