29/3 por Daniel Gianelli / Búsqueda
La semana pasada, Búsqueda consignó la preocupación y “cierto malestar” del presidente José Mujica debido a las luchas de poder planteadas en el Movimiento de Participación Popular (MPP).
Cuando todavía tiene tres años más de gobierno por delante, una inquietud del mandatario radica en que en su propio grupo político hay quienes están planteando una lucha “por ocupar el sillón” que dejará vacío en marzo del 2015 y porque “algunos jóvenes dirigentes ya están luchando por un puesto en las listas al Parlamento”.
Así lo ha confiado a algunos de sus allegados políticos.
Si esa fuese la única “preocupación” y el origen del “cierto malestar” que tiene el mandatario en relación a la situación del MPP, el grupo que impulsó su candidatura presidencial y que le ha tenido como principal referente, la cosa no sería grave.
Al fin y al cabo, a la misma altura de sus mandatos todos sus predecesores se vieron enfrentados a similares tensiones y luchas políticas.
Porque como alguna vez dijera el ex presidente Luis A. Lacalle, en Uruguay las campañas políticas arrancan apenas se termina de contar los votos.
La verdad es que Mujica tiene buenas razones para estar preocupado con la situación interna de su grupo político —cuyo objetivo era impulsar la participación popular para acumular fuerzas “por la liberación nacional y el socialismo”—, aunque los motivos que generan su angustia tienen un origen y una naturaleza diferentes. La cuestión central no es tanto que en el MPP se haya anticipado el tiempo electoral, sino la falta de cohesión e incluso la dispersión de una militancia poco disciplinada.
Problema serio si se piensa que allí debería radicar el primer y principal apoyo del presidente. Coalición impulsada en 1989 por los ex guerrilleros tupamaros, que inicialmente incluyó a grupos radicales como el PVP, el MRO, el PST y el PCR, el MPP tuvo ese año su bautismo en las urnas logrando dos bancas en Diputados.
Pese a la deserción de algunos de esos aliados de modesto aporte electoral, en 1994, con Mujica y Eleuterio Fernández Huidobro como candidatos y figuras más destacadas, el MPP registró un modesto avance electoral: ganó una banca en el Senado y dos en Diputados, una de las cuales ocupó el actual presidente.
Su mayor votación estaba en Montevideo. La afirmación y consolidación del MPP se produjo en 1999, elección en la que el Frente Amplio pasó a ser la principal fuerza política del país.
Pero además su avance en el interior fue significativo. Obtuvo dos bancas en el Senado (Mujica y Fernández Huidobro) y varias en Diputados.
Cinco años más tarde, bajo el impacto de la crisis económica y financiera del 2002 y a la sombra de la candidatura presidencial de Tabaré Vázquez, el estilo de comunicación llano y directo, y una forma de vida sencilla y sin mayores ambiciones materiales, permitieron a Mujica exorcizar al movimiento tupamaro.
Cautivó así a sectores populares que nunca habían votado a la izquierda y a miles de electores jóvenes. Con la incorporación de corrientes provenientes de los partidos tradicionales, el Espacio 609 —formulación electoral del MPP— logró un tercio de los votos del Frente Amplio, 6 senadores, 21 diputados y pasó a ser la fuerza mayoritaria de la coalición izquierdista.
Con semejante votación sobre sus espaldas, Mujica y Eduardo Bonomi pasaron a integrar el gabinete ministerial de Vázquez.
La estrella y el liderazgo de Mujica dieron testimonio de un nuevo Uruguay, un país desconfiado, desesperanzado, segmentado socialmente, empobrecido material, cultural y espiritualmente. Un país harto de gobiernos de los partidos tradicionales que buscó construir un futuro diferente mediante la renovación de liderazgos, de equipos humanos y procedimientos de gobierno y de administración.
Pero las esperanzas, ilusiones e idealismo de muchos votantes del Frente Amplio pronto chocaron contra una realidad que no se transforma con palabras y que sufre el desgaste de las inevitables luchas de poder y los intereses políticos contrapuestos.
Con la promesa de “profundizar los cambios” del primer gobierno frenteamplista, Mujica candidato logró en 2009 recrear las expectativas de miles de votantes de la izquierda que meses antes de la elección se mostraban distantes, desmotivados. Cumplidos ya dos años de su gobierno se le reconocen a Mujica buenas intenciones y voluntad para buscar acuerdos.
Pero cuando se repasan estos últimos dos años, de la gestión del presidente solo quedan presentes explicaciones, miles de explicaciones. Propuestas, decenas de propuestas que quedan en nada por la oposición de sus propios correligionarios, políticos o sindicales. Y excusas, muchas excusas frente a su magra gestión ejecutiva.
La prestación de los principales servicios públicos —seguridad pública, educación y salud— sigue siendo deficitaria. Los ciudadanos se sienten cada vez más inseguros. Se ha extendido la cobertura de salud a más beneficiarios, pero al costo de saturar un sistema que inevitablemente iguala hacia abajo
. De la educación, poco bueno hay para decir. Si ni siquiera sus autoridades han sido capaces de planificar las obras edilicias en tiempo de vacaciones.
La burocracia estatal sigue imponiendo los ritmos de siempre en la administración. Las sonrisas, abrazos y concesiones a los gobernantes argentinos no han producido beneficios. Solo acuerdos que se firman y no se cumplen; las principales obras y proyectos binacionales siguen sin ejecutarse.
A la luz de los relevos y cesantías que debió disponer respecto de correligionarios designados en cargos de dirección en la administración (OSE, Ministerio de Desarrollo Social, ASSE, Secundaria, AFE, hospitales públicos), cabe concluir que no había equipo y que todo es cuestión de cuota política.
Que se salió a la cancha sin instrucciones o con jugadores que no estaban capacitados o a la altura de las circunstancias.
Cuando a comienzos del 2009 dejó el Senado para dar pelea por la candidatura presidencial, Mujica concurrió al Congreso del MPP para despedirse de “la barra”. Acto simbólico con el que tomaba distancia del movimiento que le tenía como líder y en el cual, solo unos meses antes, impuso su voluntad para dar por terminado un encendido debate.
A dos años de estar en la Presidencia de la República, Mujica constata que, pese a todo el poder que supone ejercer el cargo de mayor responsabilidad política del país, ha perdido el control de “la barra” y que esta está en ebullición.
Que el MPP está volviendo a ser el movimiento participativo, orejano y, si se quiere, anárquico de siempre.Ganado, además, por luchas de poder y de posiciones.
Mujica está convencido de que sigue en sintonía con sus electores y que muchos de los “compañeros” del Espacio 609 que le discuten carecen de votos propios.
No obstante, esta nueva realidad no deja de ser una complicación adicional que le acompañará en este segundo tramo de su Presidencia. Un tramo en el que las condiciones económicas no parece que vayan a ser tan favorables como lo han sido hasta ahora.