La censura de una película que nadie vio, porque así lo decidió el lobby
Francisco Claramunt Brecha 21 agosto, 2026
-«Yo mismo intenté que eso ocurriera», respondió el diputado Gerardo Sotelo cuando le preguntaron si estaba de acuerdo con que se hubiera suspendido la exhibición de La gran Palestina en la Universidad de la República (Udelar). Sotelo admitió a Leo Sarro que no había visto la película y argumentó que su difusión violaba alguna ley que no supo citar. El diputado Felipe Schipani mintió en sus redes al decir que las autoridades universitarias fueron las que impidieron su proyección y al adjudicarse el mérito. La B’nai B’rith pidió a la Udelar una investigación interna y manifestó que «ningún marco de autonomía académica ampara la apología del terrorismo». Los senadores Sebastián da Silva y Graciela Bianchi aplaudieron «lo logrado».
En 1968, el gobierno de Jorge Pacheco prohibió la exhibición en Uruguay de La batalla de Argel. Tras tres semanas de éxito de taquilla, fue proyectada en privado para un grupo de jefes policiales que, luego de ver la cinta, decidieron que «incitaba al desorden». Aquello provocó protestas generalizadas y hasta El País denunció «la censura ideológica». Además de una obra maestra del cine, La batalla de Argel es un documento fundamental sobre la descolonización y la contrainsurgencia. En ella se muestran varios actos de ataques letales a civiles por el Frente Nacional de Liberación argelino, no sin cierto tono heroico y celebratorio, cuando la herida todavía estaba muy fresca.
La gran Palestina no tiene ese tono. Su director y su productor no integran Hamás. Su distribución no está a cargo de Hamás. Pero tampoco hay en ella una glorificación de Hamás o un enaltecimiento de sus acciones del 7 de octubre, como se puede comprobar al ver la película. Nada de esto importó a nuestros legisladores, porque, a diferencia de los policías de Pacheco, ellos ni siquiera vieron lo que exigieron censurar El País felicitó, el viernes pasado, a los censores por impedir «una promoción explícita del accionar terrorista».
No hace falta mirar un documental para proteger su exhibición entre adultos en la universidad. Pero clamar por su censura, y celebrarla como un triunfo, cuando ni siquiera se conoce su contenido, es toda una declaración de principios. Esta columna no busca explicar a nuestros legisladores cómo funciona la libertad de pensamiento y de expresión. Lo saben bien, o al menos eso nos quieren hacer creer cuando nos hablan de Irán, Cuba y Venezuela.
La aparición de uniformados de Hamás en un afiche ofende la sensibilidad de algunos uruguayos. ¿A cuántos ofenden las acrobacias retóricas que hacen en nuestros medios los voceros israelíes para justificar el asesinato de niños y el bombardeo de hospitales? Debemos discrepar con el furor woke de Schipani, Sotelo y Da Silva y con la sensibilidad de cristal de Bianchi. La ofensa no parece un criterio democrático sano para censurar una película.
Hamás no está en ninguna lista de organizaciones terroristas reconocida por Uruguay. Pero si la película tuvo aportes de sus combatientes –aunque sean los de dos fotógrafos, en un equipo de producción de decenas de civiles, durante solo algunos minutos de metraje–, ¿no será precisamente eso digno de interés? Dada nuestra dieta mediática casi cotidiana de entrevistas a Roni Kaplan y comunicados de la embajada de Israel y la B’nai B’rith, acceder a un material que tenga aportes de «la otra campana» es valioso de por sí. ¿Acaso no cuenta con la «colaboración» de Israel la mayor parte de lo informado en Uruguay sobre Oriente Medio, fruto muchas veces de viajes organizados por la parte interesada?
Los legisladores que dicen haber logrado la censura «fueron avisados de esto a través de un mensaje de la embajada de Israel, agradeciendo por haberse manifestado en contra», informa El País. Vienen de haber participado de recientes tours de propaganda y reuniones en Israel, pagos por esa embajada. El diario que celebra la censura es dirigido por el ganador más reciente del premio a la militancia que dan la Organización Sionista del Uruguay y la alcaldía de la ciudad ocupada de Jerusalén.
Me permito una hipótesis. No son los crímenes de Hamás lo que asusta a los censores. Lo que tocó una fibra hipersensible fue que esta película se anuncia como un documental en el que los propios palestinos registran el genocidio del que son víctimas. No sería la primera vez. La senadora Bianchi acusó a Brecha de «estar defendiendo al terrorismo, como siempre», cuando entrevistamos al civil palestino Ayman Abusharekh y contamos que Israel le mató 33 familiares, incluidas mujeres y niños.
El lobby que operó en la censura de esta película no puede tolerar la voz palestina, la voz que le recuerda los crímenes del sionismo. Si no es esta la causa, ¿a qué se debe la elección de tantos medios uruguayos de dar voz solo a israelíes, civiles y militares, pero nunca entrevistar a un civil palestino, mucho menos a un militar? ¿Por qué las únicas historias de vida que merecen tiempo al aire son las de víctimas israelíes, pero nunca palestinas?
El lobby no son «los judíos». Nuestra comunidad judía tiene una hermosa diversidad de convicciones. En ella están Judíos y Judías Uruguayas contra el Genocidio en Palestina y una infinidad de otros judíos uruguayos que no se sienten representados por las posiciones del lobby. Este es un grupo pequeño de personas de variada ascendencia y religión, como nos demuestran dirigentes políticos y mediáticos de muy cristiana estirpe, todos esforzados militantes. Es la red de vínculos que esta minoría teje entre sí y con las embajadas de Israel y Estados Unidos la que ha mantenido un monopolio del discurso local sobre Oriente Medio. Allí, Israel viene de matar a 250 periodistas en Gaza y a 15 en Líbano. En Uruguay, su influencia adopta formas de censura y de persecución laboral cada vez menos sutiles.
Los comunicadores deberíamos señalar estas presiones indebidas a nuestra labor y a la autonomía universitaria, su incidencia política, su desprecio por la libertad de expresión. Evitar nombrar el genocidio, evitar nombrar al lobby, cuando su existencia es obvia para todos, es dañino para la comunidad judía y para la democracia. Callar su existencia y sus métodos solo alimentará las teorías conspirativas sobre su alcance y confirmará la versión de que el lobby «controla a los medios y a los políticos».
Cuando todo termine, «cuando no entrañe riesgo alguno, cuando podamos llamar a las cosas por su nombre, cuando sea demasiado tarde para exigir responsabilidades», como recuerda nuestro colega Omar el Akkad, todo el mundo habrá querido estar siempre en contra de la masacre de 20 mil niños, del apartheid, de la estúpida e interesada complicidad. Cuando todo termine, la cobardía y el silencio no habrán valido nada.
«Para tener la perspectiva completa»
Con Rafael Rangel, director de La gran Palestina
Francisco Claramunt, Brecha 14 agosto, 2026
En la película participan 12 fotógrafos profesionales palestinos –solo dos de ellos vinculados a Hamás– y decenas de civiles no profesionales. La cinta incluye filmaciones de varios crímenes de guerra israelíes denunciados por la ONU y registrados directamente por sus propias víctimas, sin editorialización ni voice-over. Para el director, «es natural» que despierte el rechazo de «los políticos que defienden el genocidio».
Rafael Rangel es un cineasta y documentalista independiente mexicano con diez largometrajes en su haber. Entre ellos y como parte de varios documentales dedicados a temas sociales, filmó en 2015 Un día en Ayotzinapa 43, realizado en los primeros meses tras el secuestro y la desaparición de los estudiantes normalistas de Iguala, protagonizado por los compañeros de los desaparecidos y su comunidad de vecinos. En la misma línea de trabajo, Rangel comenzó en 2023 una trilogía dedicada al genocidio en Gaza, en la que los protagonistas son los propios palestinos. La gran Palestina, la segunda entrega, recoge hechos ocurridos en Gaza entre el 19 de enero y el 23 de marzo de 2025, con una estructura de siete capítulos.
— ¿Cómo surgió la idea de hacer esta trilogía?
—El 7 de octubre, cuando sucedieron también estos atroces hechos en Israel, me llamaron la atención como a cualquier ciudadano que está más o menos informado. Solo que en mi caso esa información me llegaba mayormente desde la perspectiva israelí, que es como nos llegan las noticias por los medios occidentales. Entonces decidí profundizar en el tema y al hacerlo me encontré con autores muy interesantes, que son judíos. Uno de ellos incluso es israelí, Ilan Pappé, catedrático de Historia en Inglaterra, y el otro, también docente, pero en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, es Norman Finkelstein. A través de ellos comencé a profundizar en el tema desde la perspectiva que ahora me doy cuenta es la correcta. Al tomar contacto con toda esta historia comenzó a nacer en mí esta inquietud de hacer algo en lo que yo me dedico, que es el cine. Entonces, busqué el modo de ponerme en contacto directamente con personas en Palestina y a través de Instagram contacté a un fotoperiodista de guerra que trabajaba como corresponsal de una cadena televisiva china en Rafah, Mahmoud Zaqout. Y me mencionó que él no tenía experiencia en cine ni en documental, sino simplemente como reportero, que es un mecanismo de trabajo diferente. Le dije que no se preocupara de ese aspecto, que, si estaba dispuesto, yo me encargaba. Allí comenzamos una comunicación prácticamente unos dos meses después del 7 de octubre y comencé a enviarle información de cómo es hacer un documental. Así se inició el proceso. Luego llegué a la conclusión de que yo tenía que viajar al lugar. Al inicio me lo planteé de un modo ingenuo, creyendo que iba a poder entrar. Así que viajé a Egipto, a El Cairo, y lo intenté. Al menos tres veces intenté entrar a Palestina a través de Rafah. Obviamente, fue algo imposible y por eso me quedé en Egipto.
— ¿Por qué fue imposible?
—Porque no lo permite Israel. Israel no permite entrar desde que comenzó el conflicto el 7 de octubre. El Ejército israelí mantiene cerrados todos los accesos a Palestina. Y peor cuando avisas que vas a hacer algún tipo de tarea informativa, y ya no digamos un documental. Los medios tienen prohibida la entrada a Palestina. Ya va camino a cumplir tres años así. Es decir, toda la información que nos llega a Occidente es a través de periodistas palestinos exclusivamente y eso no tiene la difusión que tienen los medios occidentales. Ahí ya vemos la manipulación. Tenemos la perspectiva occidental, la que se difunde en los grandes medios masivos, y difícilmente tenemos la información directa, a excepción obviamente de las redes, que es donde los propios palestinos pueden transmitir casi en tiempo real todas estas atrocidades.
—Tanto en Uruguay como en Argentina tenemos políticos de primer orden que afirman que esta película no debe exhibirse en espacios públicos ni académicos porque fue hecha por Hamás o con la participación de Hamás en la producción.
—Eso es inexacto. Desde el primer documental de la trilogía, que es Gaza, la franja del exterminio, intenté entrar en contacto con Hamás. Mahmoud Zaqout, que es mi persona de confianza en Gaza, me dijo: «No, es imposible, olvídalo. No es factible eso». Y, efectivamente, no lo logré, y Mahmoud Zaqout tampoco. Así que hicimos el primer documental y luego comenzamos a hacer el segundo, que es este, La gran Palestina. Ahí ya ampliamos el círculo de contactos dentro de Palestina. Finalmente, a través de estas nuevas personas fue que entramos en contacto, pero no con la organización Hamás, que eso quede claro. Entramos en contacto con dos combatientes de Hamás, gente que está ahí jugándose la vida frente al quinto ejército más poderoso del planeta. Son esas dos personas de Hamás las que colaboraron con el documental, pero no la organización Hamás. Es claro que hay que abordar el tema desde todas las perspectivas. A mí no me interesa hacer un panfleto a favor o en contra de nada. Como documentalista, tengo que ser muy objetivo con cualquier tema que aborde y esta no fue la excepción. Para tener la perspectiva completa, me pareció y me parece muy importante que haya esta participación. Y me siento muy orgulloso de haber logrado la participación de estos dos luchadores por la libertad de su tierra.
—Estos dos combatientes ¿son parte de un equipo de cuántos colaboradores palestinos que hay en total en esta película?
—Hay mucho material de personas civiles a través del registro de imágenes con sus teléfonos. A todos se les pidió autorización, a ellos o sus familias, pero es una cantidad impresionante de civiles que colaboraron. Los fotógrafos profesionales que participaron son 12 y todos tienen sus créditos al final del documental. Y de ellos, dos son fotógrafos de Hamás. Esa es la participación de estos dos combatientes. Incluso ni siquiera portan armas, son parte de la organización que va registrando lo que sucede a un nivel profesional fotográfico, obviamente desde la perspectiva de Hamás. Para quienquiera que vea el documental completo, son muy evidentes cuáles son las partes que pertenecen a los dos fotógrafos de Hamás, porque a través de ellos es el único modo posible de acceder a esas imágenes. Cualquier persona puede identificarlo claramente, y se refieren más que nada a la entrega de rehenes israelíes.
—Al comienzo te referías a lo sucedido en Israel el 7 de octubre como una atrocidad. ¿Cómo valorás como documentalista incluir en tu trabajo aportes de personas que vienen de la organización implicada en esos hechos?
—Mi centro como persona y como cineasta es el humanismo. No pertenezco a ningún partido político, ni de izquierda ni de derecha ni de centro. Trato de ser lo más veraz posible. Entonces, si Hamás comete un acto violento con víctimas, por supuesto que estoy en contra. Es tan atroz como lo otro. Puedo entender de dónde viene esa violencia, puedo entender que hay un hartazgo, que son casi 80 años de vivir bajo el yugo de Israel y que eso iba a explotar. Pero no lo puedo aceptar. Si yo hiciera un documental de ese hecho atroz, lo abordaría del mismo modo, del lado de las víctimas. Pero, repito, eso ya lo han abordado otros. Y en muchos casos con muchísimo sesgo, incluso a veces con mucha mentira y manipulación. Yo estoy ocupado con el otro lado. Para que cada quien saque su conclusión poniendo todos los hechos en la balanza, no uno solamente, sino todos los hechos. Ha habido muchas personas judías aquí en México que han visto mis películas. Después de ver mi documental, les ha aportado elementos para ver el asunto de forma diferente. Para mí eso es muy importante, que la gente vea el documental y después de verlo que valore su postura, que saque sus conclusiones.
Entre lo grabado por civiles no profesionales hay un video especial. El de un rescatista, que aparece al final del documental. Él se grabó yendo con sus compañeros a un rescate tras recibir un llamado de socorro y allí fueron asesinados. La filmación es en tiempo real, desde su perspectiva. Todo el documental es cien por ciento desde la perspectiva del palestino.
—Ese registro que aparece al final, muy impactante, es el del asesinato de 15 trabajadores humanitarios: ocho miembros de la Media Luna Roja palestina, cinco de la defensa civil y un empleado de la ONU. Esa filmación ha sido tomada por agencias de la ONU y otros cuerpos legales internacionales como prueba de crímenes de guerra cometidos por Israel.
—Exacto. Cuando sucedió esa masacre y los rescatistas desaparecieron, la versión de Israel fue que había atacado personas en esa área porque hacían movimientos sospechosos, no portaban las luces de ambulancia y no se identificaban como rescatistas. Pero luego los rescatistas aparecieron en una fosa común, enterrados junto con las ambulancias, y al recuperar sus cuerpos se encontró en el bolsillo de un
rescatista de 19 años su teléfono con todo el episodio filmado. Y así fue cómo surgió esta prueba contundente del engaño de parte de Israel. Costó mucho trabajo conseguir el video completo, porque hay muchos fragmentos en internet, pero en el documental está la grabación completa como epílogo, porque es la síntesis de lo que está sufriendo todo palestino, del engaño.
—¿A qué se debe tu decisión de, en estos dos documentales, tener testimonios directos de palestinos, filmaciones realizadas por los propios habitantes de Gaza, pero no tener filmaciones realizadas por Israel, por civiles israelíes o por el Ejército de Israel?
—Es muy sencillo. Toda la versión de Israel, del Ejército de Israel, de las autoridades y los medios de Israel son versiones que corren por todo el mundo en los grandes medios occidentales. En muchos casos, es la única versión que llega a nosotros y difícilmente tenemos la voz palestina. No tenemos, salvando las redes, un acceso de modo profesional a la narrativa del otro lado. Y creo que es necesario conocer también este lado de la historia, el testimonio de la gente de Gaza.
—Tu respuesta me recuerda la frase, muy conocida, del intelectual palestino Edward Said que decía que en Occidente los palestinos tienen que pedir permiso para narrar su propia historia, porque no se los considera narradores legítimos de su propia experiencia.
—Exacto, es así. Yo recomiendo a todos ver el documental completo. Y ahora qué mencionas a Said, quiero recordar que en el documental también está la colaboración de un gran poeta palestino, Marwan Makhoul, que colaboró con un poema completo que está allí acompañando el recorrido de los refugiados, más de 300 mil refugiados que estaban del lado de Rafah cuando llegó el supuesto cese el fuego y regresaron, mayormente a pie, a la ciudad de Gaza.
— ¿Qué pensás de la reacción que ha despertado la proyección de tu película en el gobierno argentino y entre algunos políticos uruguayos, que la han tratado como propaganda terrorista?
—Pues, es natural. Javier Milei se ha autoproclamado «el presidente más sionista del mundo». Imagina qué puede opinar un personaje como él de un documental como el mío, es natural… Este documental lo que está haciendo es desenmascarar, aclarar, la postura de estos políticos sionistas que apoyan el genocidio. La lucha por la verdad es una lucha que hay que mantener y quienes creemos en ella desde un punto de vista humanista no debemos bajar la guardia, no tenemos que dejar amedrentarnos por estos políticos y mandatarios sionistas. Al contrario, debemos demostrar más determinación en hacer llegar la verdad de los palestinos.
— ¿Cómo ha sido la recepción de estos dos documentales sobre Palestina en tu país, México?
—Excelente. Los dos documentales fueron estrenados en el lugar que yo considero más importante para este tipo de cine, que es la Cineteca Nacional. Ahí estuvieron los dos documentales por varias semanas. Todas mis películas, unas nueve o diez, ya han sido estrenadas allí. Estas dos han sido muy bien recibidas y he sido invitado a varios estados y recibido muchas solicitudes de proyección, sobre todo de universidades, el otro lugar natural para este tipo de cine. También de la Universidad Cornell, de Nueva York, y otras universidades estadounidenses. Ahora estamos realizando la tercera parte de la trilogía de Gaza, que esperamos tenerla para finales de año.