Hoenir Sarthou voces 27/8/26
Noruega tiene desde 1990 un fondo soberano de inversión, llamado “Goverment Pensión Found Global” y conocido como “Fondo del Petróleo”. Se creó para recibir y administrar las ganancias que producen el petróleo y el gas, bajo la idea de que son recursos finitos que no deben ser gastados por una sola generación, sino invertidos para asegurar también el bienestar de las generaciones futuras.
Es un fondo público, propiedad del Estado noruego, administrado por el “Norges Bank Investment Management”, que es una sección del Banco Central de Noruega. El capital del Fondo es invertido en el exterior y es el Parlamento el que puede autorizar que el gobierno de turno use dinero del Fondo para financiar políticas dentro del país durante su período de ejercicio. Los resultados económicos han sido buenos, al punto que se estima que a cada noruego le corresponderían el equivalente a más de 200 mil dólares si el capital del Fondo se repartiera entre la población.
Claro que no todo lo que reluce es oro, petróleo o plena soberanía. Si bien el Norges Bank Investment Management no declara públicamente tener accionistas privados, hay razones para asumir que sí los tiene y que algunos de ellos son muy conocidas administradoras de fondos financieros de inversión.
Pero quédense con la idea central: ganancias producidas por la explotación de recursos naturales públicos, son administradas, al menos en buena medida, para beneficio de las actuales y futuras generaciones de ciudadanos del país.
No es el único caso. Como lo averiguó Verónica García, Kuwait, Timor Oriental, y el Estado de Alaska (en EEUU) tienen regímenes parecidos respecto a su petróleo. Y Botsuana lo tiene respecto a las ganancias de la producción de diamantes. En todos los casos el fundamento es que se trata de recursos finitos que deben dejar riqueza duradera para la población del territorio del que son extraídas. No digo que la administración de esos fondos sea maravillosa. Digo que la idea es en sí misma muy valiosa.
Mientras tanto, ¿qué pasa en Uruguay?
Lentamente, a lo largo de varias décadas, se nos ha ido instalando una especie de sentido común depresivo. En los últimos años es tan espeso que casi podría cortarse con cuchillo.
La idea, aunque nadie la formule en público, se huele en cada actitud y en cada discurso. Es tétrica y simple: nos autoconsideramos un país chico, pobre, dependiente, endeudado, corrupto, con una población sin iniciativa, ignorante y, para colmo, violenta.
La conclusión es obvia: no hay nada que hacer, salvo acomodar el cuerpo para subsistir y, si se puede, sacar alguna ventaja. La única expectativa es que algún inversor se interese en algo que tengamos y que podamos entregarle gratis, a cambio de que nos mantengan el grado inversor para poder seguir pidiendo prestado y endeudándonos.
Todos lo sabemos y actuamos en consecuencia, fingiendo ser y hacer lo que no somos ni hacemos. Los gobernantes fingen gobernar, aunque todos sabemos que las decisiones importantes vienen de afuera, de los organismos de crédito, los bancos y las empresas “inversoras”. La oposición finge oponerse, aunque todos sabemos que cuando les toque gobernar harán exactamente lo mismo que critican.
La cosa no se reduce al sistema político. Con honrosas excepciones, que las hay en todos los oficios, vivimos demasiadas parodias. El negocio de los empresarios no es arriesgar capital propio, sino obtener concesiones, contratos, exoneraciones y préstamos del Estado, que luego pagamos todos. La función de muchas de las dirigencias sindicales no es cambiar el sistema, sino legitimarlo y ser uno de sus engranajes. La prioridad de la burocracia pública, dirigida por políticos sin éxito, es hacer clientelismo y reproducirse y justificarse a sí misma. La función de la policía, cada vez más, no es eliminar el delito, sino coexistir convenientemente con él. El sistema de enseñanza no está orientado a educar, sino a aparentar que educa, sumando así material humano a la anomia social. El sistema de salud es mucho más un negocio que un sistema de salud. La función real del sistema de justicia es que las cosas sigan como están, y no sacudirlas con legalismos y pretensiones justicieras. El comercio vende productos degradados, alimentos ultraprocesados y mecanismos programados para la obsolescencia. Los publicistas lo saben y mienten. El periodismo no informa, difunde frivolidades, boletines oficiales y mensajes políticamente correctos.
El resultado de esas parodias acumuladas, que todos fingimos no ver, es el desaliento, esa depresión colectiva que nos paraliza.
La situación mundial tampoco ayuda. Guerras, anuncios de pandemias, supuestos desastres climáticos, y, como telón de fondo, la tecnología amenazando al trabajo, a la privacidad e incluso, redes sociales mediante, a la cordura de mucha gente.
Todo indica que nuestro futuro se reduce a la expectativa de vivir de alguna clase de renta básica, que se pagará con no se sabe qué recursos, quizá con préstamos financieros, que recibiremos en tanto nos quede algo valioso que regalar.
De hecho, el régimen de la renta básica ya parece estar ensayándose. Basta ver cómo se resuelven los problemas sociales. ¿Hay niños que pasan hambre? Renta de $10.000 por niño. ¿Hay ex presos que podrían reincidir? Renta de $5.000, más boletos, vivienda y celular para ellos.
Sin embargo, es muy posible que ese panorama desolador se base en una lectura equivocada de la realidad.
Uruguay tiene recursos naturales valiosos que no estamos tomando en cuenta. Tiene agua, tierra y posibilidad de generar energía. Nosotros no lo vemos porque parecemos estar ciegos. Pero otros lo ven. ¿Por qué aterrizan aquí tantos supuestos inversores? ¿Por qué las plantas de celulosa, los data center, el hidrógeno verde, quizá la prospección sísmica?
Increíblemente, parecemos ciegos ante las riquezas sobre las que estamos parados. Por eso las regalamos. Gratis el agua de Río Uruguay para UPM1 y para Montes del Plata. Gratis la del Río Negro y la subterránea para UPM2. Millones de litros para alimentar eucaliptos, para hacer celulosa, hidrógeno verde y biomasa, y para lavar la basura resultante. Energía y agua para refrigerar como diecisiete data center y el enorme de Google en camino. Zonas francas, sin impuestos. Más de mil quinientos generadores de energía eólica, dos tercios de ellos en manos privadas. Energía que pagamos carísima, la necesitemos o no. Agua gratis para HIF Global, para hacer hidrógeno verde. ¿Y cuántas empresas venden agua mineral embotellada a precio de oro? La extraen gratis y la venden a cerca de dos dólares el litro. ¿Y los que la embalsan gratis y la venden para riego? Agua que es un recurso público. De todos nosotros.
En estos días se está discutiendo lo que debería pagar HIF a UTE por la energía eléctrica que necesita (el agua se le dará gratis, faltaba más). La empresa quiere pagar cuarenta dólares por megavatio. El Intendente blanco de Paysandú acusa a la ministra Fernanda Cardona de no estar de acuerdo con el proyecto. Isaac Alfie y el ex Gerente General de UTE, José Alem, le dan la razón a Cardona. Los uruguayos, para nuestro consumo casero, pagamos la energía a razón de entre 150 y 250 dólares el megavatio.
Y el Estado le compra energía de biomasa a UPM a más de 70 dólares el megavatio. ¿Cuál es la razón por la que HIF deba pagar esa miseria por cada megavatio de energía que a UTE le cuesta casi el doble? ¿Y quién va a pagar la diferencia, que parece ser de entre 60 y 80 millones de dólares anuales? Obvio: nosotros, los uruguayos, en nuestras facturas de electricidad.
La razón para el brillante negocio de HIF Global es que generaría 300 puestos de trabajo. Eso entusiasma al Intendente Olivera. Pero, a 80 millones de dólares por año, nos saldría más barato instalar a esos trescientos trabajadores y sus familias a pensión completa en el Radisson Victoria Plaza. Mientras tanto, seguimos pagando medio millón de dólares diarios por la vía que le regalamos a UPM. Y Katoen Natie sigue manejando la carga de contenedores y las tarifas en el puerto de Montevideo.
¿Es necesario resignarnos a ese papel deprimente de regaladores de recursos valiosos?
En un mundo en que las riquezas naturales son cada vez más esenciales, estratégicas y valiosas, lo que estamos haciendo con nuestra agua, nuestra tierra, nuestra energía, nuestros puertos, nuestras infraestructuras y vías de circulación no sólo es suicida. Es también criminal hacia las generaciones futuras, las de nuestros hijos y nietos.
Lo que en países tan distintos como Noruega, Kuwait, Timor Oriental, Alaska y Botsuana, bien o mal, es ya sentido común, para nosotros no existe. Por eso seguimos cambiando oro (agua, tierra, energía, etc.) por baratijas (concesiones y contratos leoninos, deuda y miseria).
¿Hasta cuándo?