Socios Fiables
Quien se humilla ante el soberbio no gana clemencia, sino desprecio. Y es propio del soberbio pisotear a quien ve postrado
J. M. de Prada, 04/09/2026 Copyright © DIARIO ABC
Quizá el rasgo de sumisión más penoso de nuestros gobernantes en el traumático episodio vivido en Ceuta este verano ha sido la reiterada calificación de Marruecos como «socio fiable y leal». Escuchar a nuestros gobernantes repetir como discos rayados tan grotesca consigna producía el mismo afecto desolador que produciría la mujer que acaba de ser salvajemente violada y califica a su violador de «hombre amable y cariñoso». Por supuesto, no se nos escapa que España necesita mantener relaciones diplomáticas con Marruecos; pero, sin incurrir en reacciones calenturientas ni en jeremiadas, la repugnante felonía perpetrada por el régimen marroquí hubiese exigido siquiera algún tipo de censura o amonestación, alguna muestra de ofendida indignación, algún amargo reproche. Acompañados, si se quiere, de una voluntad de hacer borrón y cuenta nueva; pero advirtiendo que un atropello semejante no podía repetirse.
Pero el empeño en halagar al agresor transmite una grimosa impresión de debilidad que seguramente haya tenido expresiones todavía más dañinas (como, por ejemplo, la horrenda traición a los saharauis), pero ninguna tan claudicante y manifiesta. Pues calificar a un agresor de «socio fiable» equivale a pedir árnica públicamente, reconociendo una completa incapacidad para prevenir o repeler cualquier otra fechoría que el agresor pueda maquinar mañana mismo; también equivale a aceptar que, para evitar nuevas fechorías, no resta otra solución sino aceptar los chantajes que el agresor nos exija. Se trata de la peor actitud posible, pues quien se humilla ante el soberbio no gana clemencia, sino desprecio; y es propio del soberbio pisotear a quien ve postrado. Esto es lo que hará este «socio fiable» en los próximos años, como iremos comprobando.
En realidad, llamando «socio fiable» a quien nos ha agredido tan arteramente, nuestros gobernantes no hacen sino proclamar urbi et orbi su indefensión. Y también, de paso, la fortaleza del agresor, que en cambio parece asistido por 'socios' que tal vez no sean del todo 'fiables' (la gente maligna nunca es fiable, aunque actúe juramentada) pero desde luego le apoyan plenamente en sus fechorías. Sería impensable que el régimen marroquí hubiese urdido una agresión tan venenosa contra España sin la aprobación de sus más poderosos 'socios'; pues Marruecos, pese a su situación geográfica privilegiada, no deja de ser una nación (inventada) de medio pelo, que no puede adoptar decisiones tan delicadas sin contar con el nihil obstat de Israel y Estados Unidos. 'Socios' que, a su vez, profesan una enconada inquina a España, en la que siempre han visto un antagonista –hoy venido a menos y completamente desnaturalizado– que desean humillar y esclavizar. Israel por razones inveteradas y preternaturales que las masas cretinizadas, huérfanas de teología, no pueden ni siquiera vislumbrar (nada que ver, desde luego, con los postureos inanes y cosméticos que el gobierno español ha ensayado en los últimos tiempos, defendiendo de boquilla a los palestinos mientras mantenía contratos militares con Israel). Estados Unidos por razones menos inveteradas pero también añejas (las «ínclitas razas ubérrimas» que los yanquis siempre han deseado someter y expoliar ya habrían sido completamente sometidas y expoliadas si por sus venas no circulase «sangre de Hispania fecunda») que el fantoche Trump ha mostrado de forma desmelenada y sin tapujos (y que tampoco tienen nada que ver con los falsorros postureos antibelicistas del gobierno español, que entretanto ha triplicado el presupuesto militar, para comprar armamento a Estados Unidos y sufragar las guerras remotas que convienen a Estados Unidos).
Pero quizá el aspecto más tétrico de esta triste historia lo representen los 'socios' de España obligados por tratados internacionales y compromisos legales. A los socios de la OTAN no hace falta siquiera referirse, pues son –como la propia España– lacayos al servicio de Estados Unidos, que no moverán un dedo cuando la definitiva invasión de Ceuta y Melilla se decrete. Todavía más aberrante resulta la reacción de nuestros 'socios' en el pudridero europeo, que ha sido la propia del desalmado que, viendo cómo un salvaje viola a una mujer indefensa, reprocha a la mujer que vista una falda tan corta y provocativa. Una falda que, además, el desalmado ha vendido a precio de saldo a la mujer violada; que es lo que el pudridero europeo ha hecho con España, destruyendo su economía productiva y obligándola a proveerse de mano de obra barata, para hacerla 'sostenible'. Estos son los «socios fiables» con que cuenta España; si sigue atada a ellos es porque ya se ha convertido en materia inerte.
Marlaska os ama, ceutíes loquitos
El ministro nos revela que el objetivo prioritario del Gobierno no es revertir la realidad, expulsando a los invasores, sino revertir esa 'sensación' imaginaria o ideación paranoica
J. M. de Prada, 13/09/2026 Copyright © DIARIO ABC
Aunque su voz arrastrada y afónica no recuerde la voz aterciopelada y sensual de Charles Boyer, el ministrillo Marlaska ha decidido hacer con los ceutíes lo mismo que el malvado personaje encarnado por Boyer hacía con Ingrid Bergman en 'Luz de gas' (Luz que agoniza)(Gaslight)
Hace algunos días, el ministrillo Marlaska, en una comparecencia reveladora de una psicología muy alambicada y perversa, deslizaba en un tonillo melifluo que «entiende» el «sentimiento de inseguridad subjetiva» que aflige a los ceutíes, asegurando que el «objetivo prioritario» del Gobierno es «revertir esa sensación». Exactamente igual que Charles Boyer en 'Luz de gas', donde trata con condescendencia y fingida amabilidad a la sufrida Ingrid Bergman, para que dude de su cordura. Charles Boyer 'entiende' la histeria de Ingrid Bergman, exactamente igual que Marlaska 'entiende' el pánico de los ceutíes, como un producto de percepciones mentales averiadas. Pues los ceutíes incuban fantasías desquiciadas, paranoias racistas que les han instilado los seudomedios de la fachosfera, haciéndoles ver violentos invasores donde sólo hay bondadosos africanos que vienen a pagar sus pensiones.
Marlaska nos revela que el objetivo prioritario del Gobierno no es revertir la realidad, expulsando a los invasores, sino revertir esa 'sensación' imaginaria o ideación paranoica. Y, aunque podría perfectamente abandonar a los ceutíes, dejándolos que se pudran entre los miasmas de su racismo repulsivo, el Gobierno, como es compasivo, desea sanarlos de su trastorno. La primera y más recomendable solución (el equivalente a los ansiolíticos) consiste en que los ceutíes dejen de frecuentar los seudomedios de la fachosfera y empiecen a frecuentar los medios gubernamentales y sabrosamente untados que hacen entrevistas relajantes al doctor Sánchez y cantan las loas de la multiculturalidad y los beneficios de la convivencia con esos africanos tan simpáticos que vienen a pagar nuestras pensiones, aunque de vez en cuando quemen coches o conviertan las playas en un estercolero (pero también vosotros prendéis hogueras por San Juan, pillines, y echáis una meadita subrepticia en la piscina, cuando os aprieta la vejiga). Y si esta solución idónea no funciona, el Gobierno todavía tiene otra, más drástica pero sumamente efectiva (el equivalente al manguerazo de agua fría a presión), que consiste en que los ceutíes entreguen sus barrios, para marcharse a vivir con su tía la de Cuenca, que está la pobrecita viuda, o con su hermano el de Móstoles, que es un solterón recalcitrante y tiene habitaciones de sobra. De este modo, los africanos invasores se instalarán pacíficamente en los barrios abandonados sin mayores sobresaltos ni violencias; y hasta dejarán de quemar coches y cagar en la playa. El ministrillo Marlaska os ama, ceutíes, y os ofrece soluciones infalibles para curar vuestros trastornos mentales; y, mientras decidís qué solución preferís, os hace luz de gas, condescendiente y melifluo.
Ideología y turbios instintos
J. M. de Prada, 17/09/2026 Copyright © DIARIO ABC
En alguna ocasión hemos señalado que Miguel de Unamuno nos parece el más grande escritor español del pasado siglo, con gran diferencia. Desaforado genial, muchas veces se equivocó, como corresponde a un escritor verdadero; pero sus aciertos tienen siempre una clarividencia cósmica, una penetración de radiografía que alumbra los entresijos más oscuros de la naturaleza humana. Entre sus aciertos pasmosos debemos contar, sin duda, su vituperio de las ideologías, que a su juicio traen consigo «la ideofobia, la persecución, en nombre de unas ideas, de otras»; y que, bajo toda su farfolla, esconden la ‘santificación’ de los más groseros apetitos –desde la avaricia a la envidia y el resentimiento–, disfrazados de virtudes democráticas. De este modo, a juicio de Unamuno, la tiranía democrática puede llegar a resultar «mucho peor que cuando es regia o imperial».
Unamuno hace esta afirmación en un artículo que publica en el diario Ahora, apenas quince días antes de que estalle la Guerra Civil, donde ofrece «un racimito, a modo de pequeños botones de muestra» de entrañables alardes ideológicos: «Pasa por la plaza una muchachita acompañada de un familiar –escribe–, cuando un zángano mocetón se divierte en hacerle una mamola. El familiar se vuelve a reprenderle, el mocetón se insolenta y el otro arrecia en la reprensión. Y entonces, ante el grupo que se arremolina, ¿qué se le ocurre al zángano? Pues ponerse a gritar ‘fascista, fascista’. Y con esto basta para que el reprensor tenga que escabullirse, no fuera que le aporreen los bárbaros». Y prosigue: «Otro día, en un rincón de una calle, sorprende un guardia municipal a otro mozallón haciendo necesidades; se le acerca, no a multarle según piden las ordenanzas, no, sino a llamarle la atención, y el necesitado, al verle venir, se yergue y le espeta un ‘¡que soy del Frente Popular!’».
A Unamuno no se le escapa que en los casos expuestos la ideología no es otra cosa sino el disfraz de la barbarie y los bajos instintos. Tampoco que los «pobres chicos que se dicen revolucionarios, marxistas, comunistas, lo que sea» no son sino títeres utilizados por «ciertos pequeños burgueses que se las dan de bolcheviques», haciendo «servil ganapanería populachera». Y recuerda cómo, en las Cortes constituyentes de la República, tras votarse el artículo 26 –que disponía una serie de medidas persecutorias contra la Iglesia y otras de ‘laicización’ del Estado–, un diputado le había confiado: «Sí, es injusto; pero aquí no se trata de justicia, sino de política». Entendiendo ‘política’ en su acepción más sórdida y canallesca, como excitación de los más turbios instintos de una facción o bandería, logrando a la vez la humillación del oponente (que es lo que verdaderamente excita a quien profesa una ideología).
Por si la tesis de Unamuno fuese discutible, salieron en estampida a rebatirlo. En el diario madrileño La Libertad publicaron un suelto bilioso y anónimo (siempre resultan enternecedores esos zoquetes amparados en el anonimato que difaman al hombre egregio que se juega el tipo en lo que escribe) donde se moteja a Unamuno de «vieja comadrona» y «hombre que cuando ventosea cree que conmueve la tierra», también de «viejo espermatista, que arderá en los infiernos creados en su religión para los farsantes, los ambiciosos y los deformadores de la realidad». Por supuesto, el anónimo vituperador lo pinta encerrado en su «caverna reaccionaria» (siempre el jenízaro de las ideologías necesita estigmatizar al espíritu libre) y, en el colmo del engreimiento (pasión muy habitual en los mindundis, que se creen investidos de autoridad para buscar las cosquillas gramaticales al escritor eximio), lo acusa de escribir con una «mezcolanza de lugares comunes, de pleonasmos y de solecismos». Y concluye, tan orondo: «Es un espíritu soez y rebajado. Es un insigne cafre».
Desde luego, el tipejo que escribió esas líneas, furiosamente ideologizado, es la mejor constatación del aserto unamuniano. En efecto, las ideologías no son más que el traje de fiesta (laica) que se ponen los instintos más turbios. En otro pasaje del artículo que citábamos más arriba, Unamuno lanza una descripción extraordinariamente atinada del tinglado ideológico: «Tragaldabas que reservan ruedas de molino para hacer comulgar con ellas a los papanatas que les leen. ¿Papanatas? Otra cosa. Que así como se leen los clandestinos libritos pornográficos para excitarse estímulos carnales, así se leen esas soflamas para excitarse otros instintos». Hoy esas soflamas ya ni siquiera se leen, porque los ideologizados se han convertido entretanto en analfabetos funcionales; y las soflamas se las mandan entre ellos por guasap, en vídeos sólo aptos para alienados.