El fenómeno en el cual la reacción política y la nueva derecha utilizan a Antonio Gramsci para disfrazarse de progresistas es una de las piruetas estratégicas más sofisticadas de la política contemporánea. A diferencia del "gramscismo de derecha" clásico —que busca destruir la hegemonía de izquierda para reinstaurar el orden tradicional—, esta variante busca mimetizarse con las formas, causas y el lenguaje de la izquierda para canalizar el descontento popular y, en última instancia, avanzar una agenda conservadora o corporativa.
Para lograr esto, las fuerzas reaccionarias aplican conceptos gramscianos de manera invertida mediante las siguientes tácticas:
1. La apropiación del rol de la "Vanguardia Oprimida"
Gramsci diseñó su teoría para que las clases subalternas (los oprimidos) desafiaran a la clase dominante. La reacción moderna ha logrado invertir este eje:
• El giro discursivo: La derecha radical se presenta a sí misma como la verdadera fuerza rebelde, antisistema y oprimida frente a una supuesta "élite globalista, progre y corporativa" (encarnada en Hollywood, las universidades de élite y los organismos internacionales).
• La estética de la resistencia: Adoptan la estética de la contracultura. Utilizan memes, estéticas cyberpunk o discursos de "desobediencia civil" para vender ideas profundamente reaccionarias (como el chovinismo, el darwinismo social o el fundamentalismo de mercado) bajo el empaque de una "revolución libertaria" contra el Estado opresor.
2. El "Transformismo" Gramsciano al revés
Para Gramsci, el transformismo es el mecanismo mediante el cual la clase dominante coopta las ideas y los líderes de las clases subordinadas para vaciarlas de su potencial revolucionario y estabilizar el sistema.
• La táctica derechista: Partidos y tanques de pensamiento de derecha adoptan banderas tradicionalmente izquierdistas o progresistas, pero despojándolas de su análisis de clase.
• Ejemplos de mimetismo:
- Ecologismo nacionalista: Defender la protección del medio ambiente local no por el cambio climático global, sino bajo un discurso de "protección de la tierra nativa" frente a la inmigración (eco-fascismo).
- Feminismo occidentalista: Utilizar la bandera de los derechos de las mujeres únicamente para atacar a minorías religiosas o inmigrantes (femo-nacionalismo), presentándose como defensores del progreso civilizatorio mientras en lo local sabotean derechos reproductivos.
3. La creación de un nuevo "Sentido Común" con lenguaje emancipatorio
Gramsci explicaba que el "sentido común" es la filosofía de los no filósofos, un terreno maleable hecho de creencias populares. La reacción utiliza conceptos caros al progresismo para resignificarlos:
• "Libertad de expresión" como trinchera: Se apropian de la bandera de la libertad de expresión —históricamente defendida por la izquierda frente a las dictaduras y la censura religiosa— para normalizar discursos de odio, racismo o la desinformación organizada, presentándose como los "nuevos librepensadores" perseguidos por la censura del establishment.
• El uso de la identidad trabajadora: Discursos neoconservadores (como el de Marine Le Pen en Francia o sectores del trumpismo) apelan al obrero industrial abandonado, utilizando una retórica que suena a defensa de los trabajadores frente al gran capital financiero, pero dirigiendo la rabia no hacia los dueños de los medios de producción, sino hacia los inmigrantes o las minorías beneficiadas por políticas de diversidad.
4. Captura de la Metapolítica para simular pluralismo
La reacción política ha entendido que para parecer progresista o aceptable no debe confrontar la cultura directamente, sino subvertirla desde adentro. Esto lo hacen financiando e impulsando un ecosistema de medios, intelectuales y creadores de contenido que se autodenominan "liberales de izquierda clásicos" o "progresistas desencantados".
Estos actores sirven como puente: validan críticas legítimas a los excesos de la corrección política, pero arrastran gradualmente a las audiencias hacia marcos lógicos de la extrema derecha. Es la guerra de posiciones gramsciana usada como un caballo de Troya cultural.
Analizar al Pacto Histórico en Colombia bajo la óptica específica del uso de lógicas gramscianas para aparecer como progresista siendo una fuerza reaccionaria de preservación del sistema —esto es, el fenómeno del transformismo y la simulación de la vanguardia— revela las contradicciones estructurales de la coalición que gobernó al país.
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Desde la teoría crítica, el Pacto Histórico representa el caso de estudio perfecto de una fuerza que utilizó de manera impecable la metapolítica gramsciana (estética, símbolos y significantes progresistas) para conquistar el sentido común de las mayorías, pero que, al ejercer el poder, operó bajo una lógica Gatopardista: cambiar las narrativas para que las estructuras fundamentales del establishment económico y clientelar permanecieran intactas.
El análisis de este fenómeno se despliega en las siguientes dimensiones tácticas:
1. La apropiación de la Estética de la Resistencia y de las Causas Subalternas
Para Gramsci, las clases subalternas construyen su contra-hegemonía a partir de sus propias identidades y dolores. El Pacto Histórico absorbió orgánicamente los símbolos del estallido social de 2019 y 2021, de los movimientos indígenas (el CRIC, la Minga), afrodescendientes y feministas.
El camuflaje: Al colocar estos rostros y discursos en el centro del Estado, la coalición proyectó una imagen de vanguardia radical e iconoclasta.
La realidad reaccionaria: Esta inclusión funcionó como un mecanismo de cooptación institucional. Al convertir a los líderes de la calle en burócratas, ministros y congresistas, el Pacto Histórico desactivó la movilización popular independiente. Las causas emancipatorias se redujeron a un lenguaje gubernamental (el uso del "todos, todas y todes", el discurso de la "Potencia Mundial de la Vida"), mientras el modelo extractivista, la desigualdad agraria y la estructura financiera del país no sufrieron alteraciones de fondo.
2. El "Transformismo" como tecnología de gobierno
El concepto gramsciano de transformismo describe cómo las élites dominantes asimilan las demandas y a los líderes de la oposición para neutralizarlos y estabilizar el sistema. En el caso del Pacto Histórico, este proceso se dio a la inversa y de forma simulada:
El proyecto se presentó como la ruptura absoluta con el "régimen mafioso y oligárquico".
Sin embargo, para gobernar y asegurar mayorías legislativas, la coalición ejecutó un transformismo pragmático, mimetizándose con las peores prácticas de la política tradicional. El reparto de cuotas burocráticas ("mermelada"), el control de entidades clave por parte de caciques de partidos tradicionales (Liberal, Conservador, de la U) y las alianzas con figuras del establishment demostraron que el Pacto Histórico no buscaba subvertir las estructuras de poder, sino habitarlas y utilizarlas bajo los mismos códigos tradicionales.
3. La farsa de la "Guerra de Posiciones" en la Memoria y la Justicia
Un pilar del Pacto Histórico para legitimarse como progresista fue dar la "batalla cultural" por el relato del conflicto armado y la justicia social en Colombia.
El discurso: Posicionarse como los defensores de las víctimas, los derechos humanos y el desmantelamiento de la impunidad de las élites.
La acción de conservación (El caso Uribe): La mayor contradicción ética y el reflejo de su carácter conservador ocurrió en el Congreso de la República, específicamente en la Comisión de Acusaciones. Allí, congresistas clave del Pacto Histórico votaron a favor de archivar o favorecer procesalmente investigaciones contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez por masacres y violaciones de derechos humanos. Este hito demostró que la "batalla cultural" y el discurso de justicia eran transables. El Pacto Histórico priorizó pactos de no agresión e impunidad cruzada con las élites tradicionales para garantizar su propia supervivencia política, actuando como un escudo protector del statu quo judicial que siempre criticó.
4. Bonapartismo y desdemocratización: El control centralizado
Bajo la fachada de ser un movimiento horizontal, plural, asambleario y de bases (características de la nueva izquierda democrática), el Pacto Histórico operó bajo una estructura rígidamente vertical, personalista y autoritaria.
El proyecto político dependió exclusivamente de la figura carismática de Gustavo Petro.
La posterior centralización del partido y el control directo de sus dinámicas internas anularon el surgimiento de liderazgos alternativos o críticos desde las bases. Cualquier disidencia interna o reclamo de democratización fue aplastado bajo la retórica de "hacerle el juego a la derecha", una táctica disciplinaria típicamente reaccionaria que instrumentaliza el miedo para silenciar la autocrítica y perpetuar el control de una cúpula.
En suma, el Pacto Histórico en Colombia instrumentalizó el catálogo conceptual gramsciano para escenificar una revolución cultural y simbólica, logrando que amplios sectores populares lo percibieran como la encarnación del progreso social. Sin embargo, al desmovilizar la protesta social, mimetizarse con el clientelismo tradicional, pactar la impunidad de las viejas élites y centralizar el poder de forma caudillista, funcionó en la práctica como la fuerza de contención definitiva: una válvula de escape que salvó al sistema político colombiano en su momento de mayor crisis, cambiando la estética del poder para asegurar la continuidad de sus estructuras fundamentales.
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La situación previa al primer congreso fundacional del Pacto Histórico de cara al 2027 es un reflejo de su gran contradicción existencial. El movimiento se encuentra ante el reto de estructurarse orgánicamente tras haber perdido el Poder Ejecutivo en las elecciones presidenciales de 2026 (donde su candidato, Iván Cepeda, fue derrotado en segunda vuelta por Abelardo de la Espriella).
Al regresar a la oposición, el Pacto Histórico ha tenido que recurrir nuevamente a su careta gramsciana para escenificar una supuesta "democratización desde las bases". No obstante, las dinámicas reales en la antesala de este congreso revelan la consolidación de una estructura de conservación tradicional, rígidamente centralizada.
1. El regreso de Gustavo Petro y el Caudillismo vertical
El indicador más claro del carácter conservador del partido es su incapacidad para generar un relevo en el liderazgo. Tras dejar la presidencia de la República, Gustavo Petro fue ratificado por unanimidad como presidente y máximo líder provisional del Pacto Histórico.
• La narrativa progresista: Se presenta este retorno como la necesidad de unificar la "movilización social en los territorios" y coordinar la resistencia popular contra el gobierno de De la Espriella.
• La realidad reaccionaria: La organización de este congreso no surge como un ejercicio horizontal y democrático de las bases. Por el contrario, obedece a un diseño rígidamente vertical dependiente del carisma y el arbitrio de un solo hombre para contener las fracturas internas. El poder sigue centralizado, anulando cualquier atisbo de institucionalidad plural.
2. El "Partido Único" y la exclusión burocrática
El congreso pretende formalizar la mutación de la antigua coalición electoral hacia un partido político único. Este proceso, avalado por el Consejo Nacional Electoral (CNE), forzó la fusión de personerías jurídicas como las del Polo Democrático, la Unión Patriótica y el Partido Comunista.
• El camuflaje: El discurso oficial promueve la tesis gramsciana de construir un "bloque histórico" unificado para disputar el sentido común del país de forma coordinada.
• La disputa material: Las tensiones previas al congreso giran en torno al control de los avales para las elecciones regionales de 2027. Los líderes de las regiones denuncian el uso del "lapicero amarrado", es decir, que las decisiones de quiénes serán candidatos a alcaldías y gobernaciones se tomarán a dedo en Bogotá por las élites fundadoras. Además, la exclusión inicial de la personería jurídica de la propia Colombia Humana debido a fallas de quórum burocrático generó hondas sospechas y fracturas de legitimidad en las bases territoriales.
3. Del discurso de "Transformación" a la "Oposición Técnica"
Habiendo gobernado y asimilado las prácticas del Estado clientelar, el Pacto Histórico ya no puede presentarse genuinamente como una fuerza ajena al sistema. Aunque mantiene la bancada minoritaria más grande en el Congreso (25 senadores y 42 representantes), el tono para el congreso ha cambiado:
• Ahora se discute la adopción de una "oposición técnica y cualificada" a través de la creación de un "gabinete alternativo" y escuelas de formación.
• Esta transición de la beligerancia callejera a la institucionalidad burocrática demuestra que el Pacto opera ya como un actor sistémico de conservación. Su fin principal es defender los espacios legislativos ganados, buscando utilizar el congreso para disciplinar a sus 69 congresistas bajo una sola voz de mando, bloqueando las disidencias ideológicas bajo la retórica de proteger el "acuerdo por la democracia".
4. La instrumentalización de la movilización frente al descontento regional
Frente al fantasma de la derrota en las elecciones regionales de 2027 (especialmente el reto de recuperar plazas clave como Bogotá), la dirección del Pacto Histórico promueve en la agenda del congreso una reactivación de la protesta social, agitando incluso la idea de un "paro nacional".
• Esta táctica instrumentaliza las demandas sociales legítimas no con un fin emancipatorio, sino como moneda de cambio y presión electoral. Las bases indígenas y sindicales entran a este congreso bajo el riesgo de ser utilizadas nuevamente como la fachada estética de una campaña de agitación, mientras la cúpula del partido negocia cuotas de poder locales con los sectores tradicionales de las regiones.
Conclusión
El panorama previo al congreso expone al Pacto Histórico en su faceta más Gatopardista: organiza un gran evento democrático y promueve un lenguaje de renovación para ocultar la consolidación de un orden interno autocrático y vertical liderado por Gustavo Petro. El objetivo real del encuentro no es debatir el modelo de país, sino resolver la piñata burocrática de los avales para 2027, disciplinar las bancadas bajo el control central y asegurar la supervivencia de la cúpula partidista tras haber sido desplazados del palacio presidencial.
Miguel Eduardo Cárdenas Rivera
Bogotá - Colombia
21 de octubre de 2026.