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Aparicio Saravia -El Traicionado - Gonzalo Abella

 

PRIMERA PARTE

ESCENARIO Y PROTAGONISTAS

V – SITUACIÓN SOCIAL EN 1904 

Campo y ciudad eran dos realidades sociales y culturales que se ignoraban mutuamente. El campo ganadero era la base de las exportaciones del país, pero la ciudad-puerto disfrutaba de sus beneficios, le daba la espalda al interior rural y miraba sólo hacia Europa.

Hacía ya medio siglo, en 1851, el Partido Liberal “colorado” había vencido en una guerra civil a los terratenientes nacionalistas del Partido Blanco.

Debido a que los “blancos” habían sido respaldados por el pobrerío rural, los masones gobernantes del 1900, “colorados”,  querían borrar hasta la memoria de la cultura gaucha y “aindiada” del campo, sustituyéndola por una nueva cultura laboral agrícola europea.

Para ganar el apoyo social de los inmigrantes se aplicó una política de fragmentación del pueblo: se acentuaba la opresión a los pobres del campo ganadero, a  quienes se los excluía de todo beneficio social, y al mismo tiempo se ofrecían mejores condiciones laborales al trabajador urbano y al agricultor suburbano.

Los terratenientes más ricos vivían en Montevideo, en el barrio del Prado. Desde allí modernizaban su gestión y mejoraban sus ganados a través de técnicos y capataces eficientes. Entre estos latifundistas cuya riqueza aumentaba crecía el número de los que apoyaban al Partido de Gobierno, pero la mayoría dentro de esta oligarquía sabía que aquel no era su gobierno. Los latifundistas tenían reivindicaciones propias; por eso la mayoría dentro de esta oligarquía ganadera del Prado seguía apoyando al Directorio del Partido Nacional (“blanco”), que se había vuelto expresión exclusiva de los latifundistas.

Cierto es que el Partido “blanco” mantenía en el discurso la defensa del “olvidado trabajador del campo”, y de “la producción nacional”; pero el Directorio del Partido se había acomodado y adecuado a la arbitrariedad y la corrupción imperantes. Sólo aspiraba a mantener su electorado predominantemente rural para obtener cargos de co-gobierno y mayores prebendas para los latifundistas. Su discurso siempre anti liberal dejaba de lado ahora el anti colonialismo para levantar el conservadurismo extremo en política y religión.

En esencia lo que exigían muchos latifundistas era un pedazo mayor de la torta, pues la mayor parte se la llevaban las empresas extranjeras, los pequeños industriales locales y los grandes intermediarios urbanos. Para peor, la apuesta industrializadora del Partido Colorado le exigía al partido gobernante disponer de una mano de obra calificada; y para ello debía emplear recursos en “la educación del pueblo” y en obras sociales para los inmigrantes. Estas inversiones eran consideradas por los latifundistas como gastos inútiles que el Estado pagaba a costas de las exportaciones del campo.     

Cuando comenzaron los alzamientos de Saravia en 1896 el Directorio del Partido Nacional se alarmó y quedó desacomodado. El hecho de que allá en la frontera alguien, en nombre de los “blancos”, tomara en serio sus consignas demagógicas, lo obligaba a deslindarse, a tomar distancia. Y estos “blancos” del Prado tomaron distancia. Su compromiso con el Poder se hizo evidente.

Sin voceros en Montevideo, la revolución del campo podía quedar aislada. Para el Gobierno liberal “colorado” de la época fue relativamente fácil convencer a la mayoría de los trabajadores urbanos (inmigrantes o hijos de inmigrantes) de que la insurgencia rural era un movimiento de señores feudales contrarios a la modernización del país. Ocultando el carácter popular del levantamiento, el gobierno acusó a estos supuestos “señores feudales” de obligar a sus trabajadores a acompañarlos en la defensa de sus intereses reaccionarios. Mientras la oligarquía ganadera real,colorada” y “blanca” repudiaba el alzamiento de Saravia, por su parte el Gobierno liberal acusaba a una imaginaria oligarquía ganadera “bárbara y caudillesca” como la impulsora del alzamiento.

El Gobierno pudo tergiversar los hechos fácilmente por cuatro razones:

1) La mayoría de los inmigrantes y sus hijos sólo conocían del Uruguay las zonas que  distaban menos de 50 km del puerto de Montevideo. Cierto es que el Gobierno liberal había intentado también una colonización rural, pero los campesinos inmigrantes de origen europeo que llegaban al interior profundo se constituían por lo general en grupos cerrados (colonias) con poca relación con el mundo ganadero circundante. 

2) El Gobierno manejaba demagógicamente la abultada renta diferencial de la tierra y ofrecía a los  inmigrantes pobres las oportunidades que no tenían en sus países de origen,

3) La propaganda liberal del Gobierno, a través de un diario que se vendía a precios populares, tergiversó la intencionalidad del movimiento agrario. Logró impedir así una potencial alianza de los pobres de la ciudad con los  pobres del campo.

4) Al principio la insurgencia rural cometió el error de no comunicarse con la ciudad ni difundir allí sus proclamas. La gente de Saravia pensaba que todos en la capital estaban contra su causa. Saravia se sentía cada vez más lejos de un Directorio del Partido Nacional que se reunía en Montevideo y que saboteaba el levantamiento, y sobre todo se sentía traicionada por los grandes latifundistas, los estancieros más ricos, muchos de los cuales se decían “blancos” y vivían en cómodas mansiones y palacetes del Prado capitalino.

Toda la ciudad de Montevideo, visto por los saravistas,  representaba la opresión contra los trabajadores del campo.

Era, para ellos, la ciudad parásita que vivía bien gracias al esfuerzo rural. Por ello la insurgencia rural no supo buscar alianzas entre los pobres de la ciudad. Esta incomunicación con los trabajadores urbanos se trató de modificar por primera vez en 1903, cuando un manifiesto de Saravia envió un claro mensaje a “todos los habitantes de esta tierra”, incluidos los extranjeros residentes; pero ya era tarde. .

Para los vecinos de Montevideo que no tuvieran vínculos familiares con el campo, no era fácil advertir que la causa de los levantamientos era la desesperación del pobrerío rural y la rebeldía “cimarrona”...

Aumentaba la desconfianza popular montevideana el hecho de que Aparicio Saravia adhería al Partido Nacional (“blanco”) el cual expresaba los intereses de los terratenientes “nacionalistas” y no los intereses populares.

Pero había poderosas razones para esa adhesión de Saravia a los “blancos”

En primer lugar él necesitaba la bandera del partido opositor. Necesitaba proclamarse heredero de determinada tradición. En el siglo XIX que terminaba estaba fresco en la memoria rural un momento histórico, un solo momento, en que el “nacionalismo” blanco se había vuelto símbolo heroico de la causa americanista.

Había sido en 1864, cuando los “blancos” de Leandro Gómez enfrentaron el entreguismo del Partido Liberal “colorado” en nombre de la dignidad continental.

Por entonces, los amos extranjeros de los “colorados” y la línea mayoritaria de la Masonería  buscaban incorporar al Estado Oriental en la Guerra genocida contra el Paraguay. El socio local de la agresión contra el Paraguay debía ser el general “colorado” Venancio  Flores, que para ello debía dar,   previamente, un golpe de estado. Pero los colonialistas sólo lograron imponer al tirano tras la muerte del “blanco” Leandro Gómez quien al frente de un puñado de héroes y heroínas resistió en Paysandú. Contra esa ciudad sin murallas, cargó brutalmente el ejército de Venancio Flores, el cual llegaba apoyado por las Fuerzas Armadas del Imperio do Brasil.

Los defensores sucumbieron, pero desde entonces Paysandú fue llamada “la ciudad heroica”.    

La contradictoria historia del Partido Nacional no es una excepción en nuestro continente. Los partidos políticos a veces van cambiando su contenido, y a veces terminan siendo lo contrario de lo que fueron. A veces nacen de un sector de la oligarquía, tienen un momento de encuentro con los anhelos populares para luego volver a su origen. Otras veces nacen como fuerza popular y terminan enredados en los compromisos del Sistema imperante.

Por su origen el Partido Nacional no fue expresión política de los de abajo, aunque a veces los incluyó en una resistencia “nacional” contra los liberales entreguistas.

Oribe, fundador del Partido “Blanco”, había abandonado a José Artigas en 1817, manteniendo sin embargo una firme oposición al entreguismo “cisplatino” (pro -portugués) de los colorados.

Después de Oribe, como dijimos, hubo un momento en que el Partido Nacional con Leandro Gómez representó a la Patria Grande, pero esta etapa se extinguió cuatro años después. La última página gloriosa de aquella gesta fue el ajusticiamiento del tirano Flores, el verdugo de Leandro Gómez y co-partícipe de la agresión contra el Paraguay. El ajusticiamiento del tirano Flores, acaecido en Montevideo, provocó una orgía “colorada” de venganzas contra el pueblo “blanco”

Todo eso había ocurrido antes de 1870. Ahora, en 1896, el Directorio del Partido Nacional ya no representaba los anhelos populares, aunque Aparicio pensó que con él volvería a hacerlo

VI - LA GENTE POBRE DEL CAMPO 

¿Cómo podemos explicar las causas de fondo del conflicto armado de 1896-1904?

¿Qué movía a aquellos miles de hombres y decenas de mujeres armados, cuyos desfiles a caballo por los humildes pueblos del interior recibían la adhesión entusiasta de todos los pobres del campo?

¿Por qué reclamaban derechos cívicos y no la propiedad de la tierra?

Más allá del carisma del caudillo debemos entender las motivaciones profundas de la gente que lo sigue. Por eso, para entender esta lucha armada (que fue esencialmente agraria), tenemos que comprender los aspectos objetivos y los subjetivos de la situación rural del Uruguay de 1900.

El relato épico podrá ser comprendido mejor desde la clara comprensión de lo que estaba realmente en juego y de lo que la gente pensaba que estaba en juego.

En relación a lo primero, Saravia expresaba la alianza de los “hacendados cimarrones” con un sector de pobres del campo que habían quedado marginados de los beneficios que recibían los sectores populares urbanos, especialmente los inmigrantes que eran los más favorecidos.

Los recursos destinados por la clase dirigente para atender la “cuestión social” quedaban exclusivamente para la ciudad. El Partido Colorado en su propaganda buscaba mostrar al Uruguay urbano como una “vitrina de beneficios sociales” captadora de mano de obra calificada que debía llegar de Europa.

En cambio, de lograr Saravia sus objetivos, los recursos que el Estado destinaba a los pobres deberían ser compartidos con la gente humilde del campo, y eso no servía a los colorados como propaganda porque el pobrerío rural era invisible al ojo inmigrante. Una serie de garantías políticas era lo que reclamaba Saravia para que aquel sueño de justicia quedara garantizado.

En relación a los anhelos de sus seguidores, recordemos que en toda confrontación de clases hay una pugna de intereses económicos y de demandas sociales; pero junto a las reivindicaciones sociales del momento siempre aparecen memorias históricas que influyen en el imaginario colectivo de los participantes.

Las memorias y las tradiciones gravitan en los niveles de conciencia de todo gran grupo humano que empieza a ser “clase para sí”. Memorias y tradiciones dan los colores singulares a las confrontaciones sociales.

Pero no son lo fundamental. Pese a ese “color local”, en el fondo, las confrontaciones son las mismas en todos los Estados con similar grado de desarrollo.

Hablemos también de  los que quedaron voluntariamente al margen de la contienda, que es una forma de incidir. Como se dijo, el joven proletariado industrial de Montevideo no entendió de inmediato el verdadero sentido del levantamiento rural.

La clase obrera urbana, constituida básicamente por hijos de inmigrantes, carecía por entonces de memoria “oriental” y desconocía la situación concreta de sus hermanos del campo. Esto le impidió aprovechar la lucha rural para la forja de una alianza obrero-campesina. La “alianza obrero-campesina” en la situación concreta hubiera ganado para la lucha obrera un fuerte contingente de asalariados rurales con aspiraciones y demandas muy simples.

¿Cuáles eran las aspiraciones de los pobres del campo?

En realidad, en ese momento histórico no ambicionaban tierra en propiedad sino que reclamaban el derecho a vivir dignamente en la tierra y de la tierra, y en particular de la ganadería extensiva, que era su oficio tradicional.

La consigna de su insurgencia fue: “habrá patria para todos”. No reclamaban tierras, sino que exigían el freno de los abusos policiales, del despojo descarado, de la leva forzosa. Querían  salarios dignos, “aire libre” y ser respetados como seres humanos.

Poco a poco los pobres en armas fueron comprendiendo que, aún no poseyendo ellos la tierra, no les debía ser indiferente quienes poseían la tierra. Aprendieron que los hacendados medianos eran muy diferentes a los grandes terratenientes ausentistas. Todavía sobrevive un proverbio con el que los trabajadores del campo ganadero miden a sus patrones: “entre ellos hay gente de campo y gente con campos, y no es lo mismo”.

Como líder de los hacendados pequeños y de los pobres del campo, Aparicio Saravia buscó siempre acortar la guerra y rehusó todo poder político para sí.

Quizás su mayor victoria moral la obtuvo en 1903, entre el segundo y el tercer alzamiento. Por entonces el Presidente Batlle había roto un acuerdo que permitía avanzar en el trabajoso proceso hacia las elecciones libres y universales. Saravia convocó entonces a 14.000 hombres en armas en una semana. En lugar de marchar hacia Montevideo, sabiendo que se le sumarían fuerzas que lo harían muy superior al Ejército gubernamental, Saravia aceptó las disculpas del Presidente y confió en su palabra.

Batlle en ese momento retrocedió, pertrechó por seis meses más su ejército, contrató expertos militares extranjeros y confirmó el apoyo norteamericano. Entonces volvió a romper el pacto. Lo hizo en plenos festejos de año nuevo de 1904.

Aparicio Saravia tardó dos días en convencerse que la guerra había recomenzado, que Batlle nuevamente traicionaba su palabra.

Entonces Saravia se replegó aparentemente a la frontera Norte… y burlando a sus perseguidores volvió al Sur y en un mes estaba a las puertas de Montevideo. Pero no tomó la capital. Volvió a retroceder. No ambicionaba el poder; quería sólo negociar desde posiciones de fuerza; de fuerza popular.

Javier de Viana evoca un diálogo de estos tiempos de guerra, cuando algunos lugartenientes le sugerían a un Saravia momentáneamente victorioso que llevara la guerra hasta Montevideo.  Su respuesta fue de una inmensa ironía:

-Para disparar soy bueno; para pelear… quién sabe.

Vale la pena recordar al lector de otros contextos culturales que “disparar” en esta acepción no significa “abrir fuego” sino retirarse, huir.    

Ya en 1903 Aparicio Saravia había transformado su establecimiento rural en un campo de entrenamiento militar de los pobres, un comedor público donde el alcohol estaba prohibido, y una gran escuela pública para los niños del campo. Hizo todo ello sin dejar de reproducir y mejorar su ganado.

Modernizó las técnicas productivas en sus campos, pero la acumulación nunca fue su meta. Necesitó auto financiar su proyecto insurgente porque “los platudos” del Partido Nacional lo habían traicionado, como él mismo fue comprendiendo con dolor y finalmente lo dijo claramente.

Su meta fue entonces financiar y construir una especie de  contrapoder popular armado, con fuerzas disuasivas suficientes para terminar con la violencia y la injusticia reinante, un contra poder armado que debía disolverse una vez conseguidos sus objetivos.

Los liberales lo acusaron de mantener un “feudo” fuera del control del Gobierno central; pero su gente armada al frente de la mitad del territorio nacional no respondía a un plan de restauración feudal sino que imponía una dualidad de poderes como garantía de que nadie podría gobernar definitivamente sin llegar previamente a un acuerdo entre las partes.

Todo debía culminar, según su proyecto, en un futuro democrático con patria para todos. Prueba de la pureza de sus convicciones fue que dejó su familia y descuidó su propiedad cada vez que fue necesario encabezar la lucha armada por los derechos de los desheredados, y lo hizo “de poncho blanco, en vanguardia”