SEGUNDA PARTE: LOS ACONTECIMIENTOS
XII - DINÁMICA DEL ENFRENTAMIENTO
Los objetivos de Saravia eran sencillos y limitados. Confiaba en que con unas pocas demostraciones de fuerza obligaría al gobierno “colorado” a negociar mejores condiciones para la gente del campo.
Pero la guerra tiene su propia dinámica y, una vez desencadenada, se vuelve impredecible.
Aparicio estaba interesado en que su hermano Chiquito hiciera contacto discretamente con el viejo Justino Muniz, le recordara su origen “blanco” y le invitara a dejar de servir a los “colorados” como General del Ejército Gubernista.
En realidad era una misión con muy pocas posibilidades de éxito. Muniz, un gigantón analfabeto, veterano de levantamientos “blancos” y muy conocedor de la frontera, se sentía muy orgulloso de sus charreteras de General. Tenía demás profundos celos del “brasilerito fanfarria” como llamaba a Aparicio. Los “colorados” por su parte sabían que al contar con Muniz estaban debilitando la adhesión que podía recibir Aparicio de parte de mucha gente del campo.
Cumpliendo las órdenes de su hermano Aparicio, Chiquito Saravia, con una partida de poco más de quince lanceros, salió en búsqueda de Muniz.
Algunos vecinos le informaron que muchas tardes el General paraba en el almacén rural de su yerno Zabala, anexo a la casona de Ramón Mundo, cerca de Fraile Muerto. Las informaciones no eran entendidas por la gente de campo como una delación: le estaban dando información a un “blanco” muy conocido en la zona, como era Chiquito, para que se encontrase con otro “blanco” ahora al servicio del Gobierno.
Hacia la casa de Mundo envió Chiquito una avanzada de cinco hombres, con el objetivo de preguntar si esa tarde se encontraba en el almacén el viejo guerrero. Pero al ver a los cinco hombres que llegaban a caballo y armados, en tiempos donde los rumores sobre la guerra civil crecían, la gente de la casa se asustó y trancó la puerta.
En ese mismo momento llegaban soldados de Muniz y se formalizó un tiroteo entre ambos grupos. Dentro de la casa, ahora con los postigos cerrados, comenzó un incendio. Los “blancos” se retiraron y la gente salió sin dificultad, pero nadie advirtió de inmediato que, asfixiado por el humo, había muerto en la casa un hijo adolescente de Justino Muniz.
El grave error de Chiquito fue no haber ido personalmente a la casa, pues lo hubieran reconocido y todos lo sabían, incluso sus adversarios, un hombre de palabra. Su presencia hubiera promovido un diálogo previsor. Por otra parte todos los testimonios coinciden en que la casa no fue incendiada desde afuera, sino que el fuego surgió de adentro. Hay quien dice que el hijo de Muniz tenía cierta discapacidad que no le permitió encontrar una salida cuando todos lo hacían. Pero lógicamente desde ese momento el encono de Muniz contra los “brasileritos Saraiva” se volvió un odio profundo.
XIII - EL AÑO 1897
Nada había cambiado. Las elecciones seguían siendo fraguadas, el Directorio del Partido Nacional seguía protestando vanamente. Sólo que ahora desde filas coloradas José Batlle también condenaba los procedimientos del presidente Idiarte Borda.
Mientras tanto la familia de Aparicio Saravia se había refugiado en Brasil, en los potreros de una amiga del viejo dom Chico, dona Ana Correia.
Zona agreste rodeada de matorrales espinosos, sólo había una entrada natural para aquellos inmensos potreros. Custodiando esa entrada en los potreros se podía cuidar el ganado, entrenar militarmente a cientos de ciudadanos y recibir chasques (mensajeros) que llegaban a caballo con cierta regularidad.
Las autoridades “republicanas” de Río Grande do Sul no molestaban a los orientales de Saravia ni objetaban sus preparativos militares. Una chacra de Bagé, más próxima a los caminos de acceso a la frontera uruguaya, fue el Cuartel General del Ala Norte de la insurrección.
Mientras tanto en Buenos Aires el Comité Militar del Partido Nacional también preparaba hombres y armas. Allí se enfrentaban los auténticos revolucionarios, encabezados por el Coronel Diego Lamas, con la ambigua conducta del Coronel Núñez y las intrigas del ambicioso Duvimioso Terra, agente del Directorio montevideano del Partido Nacional. Terra y Núñez conspiraban contra Saravia
Chiquito Saravia fue a visitarlos a Buenos Aires y en una reunión rodeada de discreción se acordó coordinar las acciones entre la columna de Aparicio Saravia, la columna que llegaría desde Buenos Aires con Lamas al frente, y otras fuerzas más pequeñas que se reunirían en la margen argentina del Río Uruguay.
El Directorio, de hecho, era desconocido como autoridad superior. Lamas y sus hombres cruzarían el Río de la Plata en embarcaciones argentinas, Saravia entraría desde el Brasil y el resto cruzaría el Río Uruguay en canoas. Después de golpear a los ejércitos gubernistas desde el Sur y desde el Norte, las dos columnas y el grupo del litoral convergerían hacia el centro de la República.
Ya estaba dispuesto en el acuerdo que se cortarían los hilos del telégrafo y se levantarían las vías estratégicas del ferrocarril para evitar los traslados de tropas gubernamentales; además se volaría el Puente sobre el Río Negro cuando se entendiera necesario. Recuérdese que el Río Negro (Río Hum) cruza el país de oeste a oeste, dividiéndolo en dos.
Ahora sí, aprobado el plan estratégico, Aparicio Saravia juzgó necesaria una cuidadosa proclama. La leyó ante los hombres en armas el coronel Abdón Aroztegui. En ella se denuncia:
“…hasta la libertad individual, la más sagrada de todas las libertades democráticas, es violada constantemente como sucede en la actualidad con las levas organizadas para aumentar los batallones de línea… (Manteniéndose la práctica de) los asesinatos monstruosos consumados por las fuerzas gubernistas contra los indefensos paisanos… (Mientras que, por la corrupción de los gobernantes) se defraudan los dineros del pueblo…
Luego se declara:
“La sangre que forzosamente se va a derramar….sea de ello responsabilidad de esos malos ciudadanos… la revolución respetará al vencido y castigará sin consideración alguna al más pequeño desmán cometido por sus fuerzas…
Y concluye:
“La juventud tiene el puesto de honor entre mis filas compuestas en su inmensa mayoría por ese noble y valiente elemento de nuestros campos que una vez más abandonando familias e intereses va a sellar la honrosa tradición de este noble pueblo, de no admitir gobiernos tiránicos y oprobiosos.
Vuestro, Aparicio Saravia”
En tiendas adversarias el Presidente Idiarte Borda no advierte la gravedad de la situación. Su correligionario Batlle sí lo advierte. El 30 de enero de 1897 José Batlle, ignorando al presidente, convoca a sus partidarios al Teatro Cibils de Montevideo y habla con su verbo inflamado de siempre:
“Dice el Partido Blanco que viene a restablecer las garantías individuales y las libertades públicas, pero no le creamos. ¡Viene ante todo a derrotar al Partido Colorado!
Y ese ataque, que el Señor Idiarte Borda en su vanidad delirante cree que va dirigido contra su persona y pretende repelerlo con el concurso de sus amigos particulares solamente, ese ataque es uno de los más formidables que se han perpetrado contra nuestro Partido y si se produce tendremos que repelerlo por nosotros mismos bajo las órdenes de nuestros mejores jefes!”