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RURALIDAD

 

Lo importante de asuntos  que se oyen, se leen y se ven, nos impone arriesgar a la crítica alguna opinión.

Coincidimos desde siempre en la obviedad de que las fuentes que aportan cantidad o número para las acciones revolucionarias de izquierda se dan  en el mundo urbano. Esto, a propósito del cruce de notas leídas en Posta acerca de la idiosincrasia de los sectores rurales desde el asalariado al pequeño y mediano productor, para un eventual concurso revolucionario.

Podemos hablar y plantear en y para el Uruguay  rural cambios profundos en las estructuras rurales capitalistas, pero jamás trazarnos la quimera  de aplicar una concepción de la propiedad que no considere la posesión  familiar de la tierra como un derecho natural,  base de la subsistencia alimentaria de la especie  y de la justa pretensión del individuo a educarse y formarse según su propia vocación y las necesidades del Estado (quien le costeará su preparación).

No se trata de decidir voy a ser y hacer esto  o aquello porque me da plata, sino ajustado a los requerimientos de la sociedad y no como adornos del intelecto.

Tampoco son muchos los aptos –por diversas razones- para producir en el campo.

En países más civilizados, el Estado es quien reconoce la aptitud de los individuos y los acepta o no en la elección de su carrera universitaria. Nuestra educación, desde el inicio escolar hasta la entrega del diploma terciario, colmada de carencias e ineficiencias, no cuenta con recursos  para malgastar y servir a un sistema corrupto con profesiones   a su medida y servicio, aunque en su esencia no lo sean.

Así tenemos una excesiva formación de abogados,  escribanos y contadores o economistas. El abogado se torna buscador de chanchullos, deturpa el sentido de la justicia y aspira ser político en diabólica amalgama; el escribano,   se convierte en comisionista en compras, ventas y reparto de propiedades; el contador público, arreglador parcial e interesado en curros empresariales y financieros; el economista, manejador caprichoso de teorías y estadísticas (de ninguna manera haría referencia a W.Y. y otros buenos!). La mayoría, rabiosos aspirantes a burgueses tanto como algunos sindicalistas.

Pero sigamos con el campo, la tierra, razón de nuestra existencia como país.

Si decimos algo sobre la conformación mental del pequeño productor en su condición de tal  (no pobre) y al mismo minifundista (condición económica limitante para sí y para su familia y descendientes, sin futuro como productores) y la confrontamos con la del asalariado del campo, encontraremos en ellos su visión  y sentimientos de entrañable amor a su propiedad por un lado, y a la que se querría tener por otro

Respetable condición, pero inevitable expresión individualista, hermana del egoísmo. La idea de colectivismo se da en casos excepcionales. El gremialismo es más corporativismo que otra cosa. Lo colectivo no encaja en la idiosincrasia uruguaya y excepcionalmente en el sector rural de otros países. 

El contacto y el trabajo de la tierra, condiciona mente y espíritu del hombre. Cuando los apremios de la estrechez económica, el chantaje y la mentira de mejores condiciones de vida en la convivencia urbana de pared por medio le hacen abandonar la libertad del campo, comienza su agonía.

Desde la llegada a esta tierra  de nuestros ascendientes,  el abandono del campo de muchos familiares y conocidos, mismo con montañas de dinero para una “buena vida” en la ciudad, viajes, etc., terminó matándolos de tristeza.

 Al verdadero paisano, trabajador sin asco y a quien la madrugada lo sorprende en actividad, le es ajena la vanidad por el valor de su inmueble.

La deserción de los hijos acajetillados  atraídos por los vicios de la ciudad grande, es sí, de efectos devastadores.

Por la importancia histórica que tuvo, mencionemos al caudillejo rural recordado antes aquí, Benito Nardone, hijo político de Domingo Bordaberry (voraz abogado de Carlos Reyles hijo), y medio padre en el mismo sentido, de Juan María. La esencia del discurso de  Chicotazo, con el enorme arraigo popular que tuvo en los pobres del campo y también sobre muchos fuertes empresarios rurales, era absolutamente propietarista, por más que forzara la distinción entre botudos y galerudos.  Botudos era un término ambiguo capaz de incluir desde un pequeño tambero u horticultor hasta un fuerte estanciero.

Nardone no volcó su esfuerzo a favor de la causa del trabajador rural ni de la reforma agraria. Pero los productores chicos, los chacreros y los jornaleros lo votaron casi que en masa; definitorio para una línea de pensamiento y de sensibilidad rural a nivel económico social casi inédito y por demás interesante. Los grandes, medianos, chicos y muy chicos, botudos o galerudos, solo piensan y pensarán en su propiedad y su capital, mientras que las FFAA son y serán los custodias del sistema,  del capital sin patria y de la oligarquía criolla, fieles al coloradismo que las profesionalizó. 

El término socialismo espanta como una yara tirada a las patas del ruralismo tradicional. Tal vez, la brutal enajenación del país, -recientemente se divulgó que el 62% de la tierra del Dpto. de Río Negro no es uruguaya- con grandes cambios en sistemas de producción y condiciones de trabajo, estén provocando también cambios a nivel de los asalariados rurales.

Desaparecida las auténticas familias rurales y reducidas las peonadas, atraídas por otras oportunidades que ellos creen mejores, entramos en otra realidad contextual, la que probablemente permita  un cambio  en la ancestral renuencia política de esos sectores socioeconómicos.

Hagamos y esperemos  que ese cambio no lo sea en favor de una sociedad apologista del sexo contra natural y de la extinción de la especie; del vicio (marihuana) para combatir el vicio; de  la obsecuencia ante el  poder económico.

  Muy importante para la traición frenteamplista y al chovinismo popular ,es destacarse en titulares de los medios extranjeros: segundo país en América Latina en aprobar el matrimonio igualitario, en tener las mayores pasteras del mundo, en legalizar el consumo de  marihuana.

Cuestión de orgullo nacional es también la vergüenza de gozar “el carnaval más largo del mundo”. Impregnada la cuestión de demagogia,  no se podrá decir genéricamente que el partido nacional o el partido colorado están a favor o en contra de iniciativas oficialistas porque calculadamente, tienen en Cámaras gente que votan una y otra posición.  Inclusive para la minería a cielo abierto, o para el plan ceibal, alarde proselitista del más grande demagogo jamás conocido en nuestra historia, o para una UTEC donde la idea de su probable financiación surge meses después de inventarla.

 Podríamos agregar: es tan ejemplar nuestra democracia,  que da para crear el mayor aparato burocrático del orbe en relación a su población (desde Jorge Batlle a la fecha aumentó en más de 40.000 funcionarios), de agudizar así una verdadera dictadura de la desidia y la ineficiencia, de entronizar en el poder a un Batlle y a un Lacalle y dos veces engendros como Julio María y (seguramente) Tabaré.   

Tengo conciencia que la ambivalencia no les quita a todos un denominador común: traición y entreguismo. No sólo a la Patria sino también a los ilusos seguidores.

El más coherente  lo es sin duda el partido colorado. Su bandera desde la fundación, fue siempre y lo es el acomodo,  la usurpación del poder, traicionar y  entregar al amparo de  uniformados cuya misión estará mientras existan,  alineada a los designios del  imperio.

  Cuando se presenta el tema del agro, la brutal realidad del latifundio, el monocultivo, la contaminación, la tierra como mercancía negociable y de especulación y los angelicales sueños de una socialización de nuestro sector primario, más convencido estoy en la vigencia de los trabajos más serios,  justos, concretos y realistas jamás realizados por gobierno alguno desde 1815 a la fecha: la propuesta de un ministro de Ganadería y Agricultura (designación de aquel tiempo) durante el gobierno oligárquico ¡y vaya  paradoja!   De 1962 a 1966, en plena lucha de los peludos.