¡Viejo Osiris! Llegué
hasta la pared de enfrente de la vida y me parece que he tenido
siempre a la mano esa pared
César Vallejo
(NdeR.: comenzamos a publicar esta novela inédita, próxima a presentarse en ambas márgenes del Plata)
CAPITULO PRIMERO
En pocos años, hemos pasado de una época de cambio a un cambio de época
Frei Betto
Como un hábito del cual nunca se había despojado, sin apuros, pero evitando ser de los últimos, bajó de aquel avión de Air France procedente de Santiago de Chile y se dirigió de manera lenta hacia una de las colas de migración de la nueva terminal 2C del Aeropuerto Charles de Gaulle. Mientras se acomodaba sobre el hombro la bolsa marinera, su único equipaje, pues jamás despachaba nada por bodega para no exponerse a excesiva espera y visibilidad en el desplazamiento hasta la salida, en tanto caminaba con rapidez por uno de esos interminables tentáculos de la nueva terminal, mientras lo asaltaban un par de pensamientos.
Uno, que surgió imprevisiblemente mientras observaba, con una sensación lindante entre la curiosidad y el desprecio, la conducta de rebaño de los pasajeros, que, como recua de ganado, se disputaban llegar primeros en una gimnasia imbécil hacia el brete donde serían clasificados como vacas para la faena.
El segundo, había sido meditado, en las doce horas del incómodo viaje, en el cual, de manera nada estética, debió disputar el apoyo de su brazo, en uno de las prolongaciones articuladas del asiento del medio, con un obeso belga que terminó derrotándolo, limitándose a dormir hasta la pésima y escasa cena.
Recordó las angustiantes condiciones en que debió pasar por el aeropuerto de Roissy la última vez, quince años atrás, en un febrero tan frío como éste y percibido por una grieta en la oruga de desembarque… sin embargo, ese pensamiento resultó diferido por una constatación del diseño del aeropuerto. Su estructura le recordó a la arquitectura de Brazil, del brillante Terry Gilliam, donde todo lo real es aparente, una distopía donde se disolvían las condiciones de posibilidad de realizar pases rápidos -1- en un baño o en algún Tabac, sin salir del área internacional del antiguo terminal y poder cambiar la dirección del viaje, con un nuevo boarding pass y otro pasaporte, el gran ojo integrado, observaba ahora sin posibilidad de ser observado…
Roissy era un sincretismo de pésimo gusto del diseñador de aeropuertos Paul Andreu, que a pesar de hacer gala de una arquitectura posmoderna era el continuador de Jheremias Bentham, diseñador de cárceles e instituciones de normalización que sentenciaba un siglo atrás de que: “Velar por la educación de un hombre es vigilar todos sus actos: situarlo en una posición desde donde se puede obrar sobre él como se quiera.”
Al tocarle el turno en la caseta de migración, también como un inútil hábito ensayado en otras épocas, se sacó sus lentes para observar los ojos de la frágil e indiferente funcionaria de Migración que ni siquiera lo miró, mientras consultaba la pantalla y desplazaba el código de su pasaporte por un sensor de lectura incorporado al sistema.
Esa gestualidad ya era inútil, la estructura de indagatoria y vigilancia se había modificado con la incorporación panóptica de la informática y el sistema integrado de vigilancia por cámaras. Ya no estaban en servicio aquellos funcionarios disciplinados en el año 36 de Quai Des Orfevres, cuya estructura de funcionamiento se respaldaba en la intuición o en el instructivo de “pregunte, mire a los ojos y observe la mirada del interpelado mientras escucha su respuesta”.
Sin duda que la nueva tecnología -2- : también había jubilado o, por lo menos, enviado al “assurance-chômage” -3- a los viejos agentes de Inteligencia y por la lógica orwelliana despojaba a una profesión constitutivamente inhumana, de los pocos vestigios humanos que aún podía poseer.
Luego de pasar aduana y llenar una declaración jurada, se dirigió a un Tabac, y compró Gauloises sin filtro y Le Monde Diplomatique pues debía cambiar un billete de 500 francos que le dio Micaela en Lima, dirigiéndose luego a la salida 9, donde luego de rebasada la puerta hacia la atmósfera exterior, se colocó la solapa de su cazadora hasta el cuello y una gorra de lana, observando entonces el efecto de la exhalación del aire tibio de sus pulmones suspendido como una nube en el aire frío del invierno parisino.
Este detalle lo sumergió en el recuerdo angustiante de aquel último febrero (del cual habían transcurrido quince años ya), cuando desembarcó en Roissy, sin abrigo, tiritando de frío y con la certeza de una exhalación similar, pero que, en su imaginario, la evocaba más parecida a la zozobra de un segundo aire que toma, para darse coraje y seguir huyendo, un animal montaraz amenazado por una jauría de perros.
Mientras saboreaba el humo de su primer Gauloises sin filtro, se percató de que había dejado de fumar hacía años y que la adquisición de los cigarrillos y el consumo parcial del primero, sólo eran una rotunda constatación de que la memoria tiene un gusto amargo y asfixiante, trayéndole desde muy hondo aquella sentencia de don Atahualpa y aprendida en su adolescencia: “…lo que nos hizo dichosos, tal vez se pueda olvidar, los años en su pasar, mudarán los pensamientos, pero angustias y tormentos, son marcas que han de durar…”
Luego de deshacer con la mano el cigarrillo y tirarlo, sacó de un pliegue de su billetera un ticket Mobili que también traía desde Lima, y se dirigió sin dudar hacia la terminal recién inaugurada del RER (Réseau Express Régional) y subió al tren que lo llevaría a Denfer-Rochereau para transferir en la línea 6 del metro Parisino.
Se sentó sólo en un vagón, mirando hacia afuera, y empeñado en eludir cualquier conversación que delatara su pésimo francés, extremo que induce a los parisinos a sentir desprecio por su interlocutor. Sacó de un bolsillo de su mochila el walkman y se colocó sus audífonos fingiendo escuchar música, pendiente de consumir el largo trayecto de tres cuartos de hora hacia su conexión pensando sin interrupciones.
La calefacción del vagón le provocó una sensación de gratificante morbidez que iba en aumento al completar el mismo su capacidad y sucederse las estaciones de parada, había algo inconfesablemente mezquino en ese bienestar ante los que recién subían ateridos de frío, y el hallazgo de ese sentimiento miserable lejos de turbarlo acrecentaba más el disfrute de esa modorra aletargante desquitándose del pésimo viaje en avión y de la derrota infligida por su corpulento vecino de asiento en la disputa del apoya brazos central.
Comenzó a constatar en su experiencia esa especie de anagrama enigmático de la llamada posmodernidad que determinaba el traumático itinerario de una época de cambios que agonizaba hacia un definitivo cambio de época.
Se sentía atrapado en ese tiempo incierto que se expresaba como ruptura más que transición, sin ser beneficiario de planes de reconversión, sin el consuelo subsidiario de glasnost o perestroikas , como Krikaliev aquel ex cosmonauta ruso olvidado por los burócratas del plan espacial ICBM en una cabina de despresurización de una estación Mir al disolverse la Unión Soviética. , pero, a diferencia de este le faltaban méritos que calificaran y le quedaban aún escrúpulos para ser cooptado por la mutante institucionalidad que se comenzaba a prefigurar, premonitoria de fin de siglo del cambalache Discépoleano “en un mismo lodo todos manoseaos”.
El fin de la guerra fría y el desmoronamiento de la Unión Soviética no podían considerarse por fuera de ese cambio definitivo de época, no sólo se extinguían las utopías insurreccionales en América latina sino también su contracara ortodoxa, que postulaba la formación de frentes populares y alianzas de clase con burguesías nacionales de dudosa existencia, aquello que los marxistas no ortodoxos calificaban como tesis revisionistas, también habían tocado fondo.
En tanto, en aquel lejano, y a la vez próximo febrero de 1983 de su última escala en París, estaban aún en apogeo las luchas insurreccionales en Guatemala y en el Salvador, en tanto, el gobierno Nicaragüense del FSLN, y gran parte del pueblo, se enfrentaban a una colosal maquinaria de agresión militar, saboteo económico e incursiones armadas de contra revolucionarios financiados por la CIA y el Departamento de Estado a un enorme costo, en el Salvador solamente representaba un millón de dólares al día.
Los jefes contrarevolucionarios se movían con impunidad en una retaguardia que consideraban segura en los países vecinos de Costa Rica y Honduras, con gobiernos pro imperialistas aquiescentes, en el caso de Costa Rica y directamente cómplices en el caso de Honduras utilizando dichos territorios como zona de alivio para reagruparse, conspirar y coordinar actividades para incursionar en territorio nicaragüense o preparar atentados contra dirigentes de la guerrilla salvadoreña.
Era relativamente fácil entonces, en la década de los 80's sentirse parte de un proceso de lucha internacional que con sus discontinuidades, con sus derrotas coyunturales y sus logros eventuales podía leerse como un proyecto con cierta continuidad y en ascenso.
En los 15 años transcurridos hasta entonces, se produjo una ruptura, un desgarrón dramático en las sociedades enfrentadas a luchas tan desiguales que finalizaban un largo periplo de anhelos de redención, comenzaba la década del consenso de Washington, se trataba de salvar lo que quedara en pie, con dignidad encomiable en algunos casos, en otros, no tanto, y quizás en otros más visibles ,la cooptación por el enemigo se convirtió en la expresión de voluntad de los conversos para reconciliarse con el sistema que los derrotó moralmente y se autopostulaban para no quedar por fuera de un nuevo pacto que les diera a los vencedores gobernabilidad.
Un recambio de viejos guerrilleros arrepentidos que estigmatizaban su experiencia de tal manera que se convertían en iconos de la quebradura, que desde el pedestal del oportunismo eran la muestra elocuente de que convenía adoptar con premura un cambio de ideas ante la derrota de las ideas de cambio.
Restauradores de las viejas formas de representación política que seducían a la burguesía por la economía de fuerzas que facilitaba, sin ejércitos en las calles, sin bajas en sus filas, con la tranquilidad de redireccionar los costos del terror y mantener más desmovilizados que nunca a los sectores que antes convocaban a resistir invocando la lucha de clases.
Extraordinario retorno al sincretismo del panóptico de Bentham dónde “Cada camarada se convierte en un vigilante” conjugado con el entusiasmo “ciudadano” de Rousseau dónde” cada vigilante se convierte en un camarada”
La dramática y digna ofensiva del FSLN Salvadoreño en noviembre de 1979 que hizo posible la negociación de paz de Chapultepec era quizás la muestra más elocuente de lo que vendría
Un esfuerzo logístico y militar de una audacia indescriptible , bajando por la opulenta colonia Escalón desde Guazapa, haciendo replegar al Ejercito ,en la zona más rica de San Salvador, llegando casi a las Puertas del Palacio de Gobierno, 20 blindados destruidos al ejército, y centenares de bajas infligidas, para alcanzar estatuto de fuerza beligerante, luego de 10 años de lucha popular y 75 mil muertos, extremo que seguramente debe ruborizar a García Márquez ante la decisión del Coronel Aureliano Buendía de comenzar una guerra para poner fin a otra interminable.
Todo este esfuerzo tenía un solo objetivo, forzar las negociaciones de paz desde una posición de reconocimiento de su estatuto de fuerza viva, una colosal ofensiva táctica al servicio de una modestísima pretensión estratégica, a juzgar por el esfuerzo.
Sin embargo era la percepción de la cuantía de la derrota y la voluntad política de no desaparecer producto del aislamiento por parte del FMLN, esta era la demostración más emblemática de la larguísima noche que se avecinaba.
La década de la capitulación de la guerrilla Guatemalteca en Esquipulas luego de 36 años y de un genocidio de más de 200 mil muertos y 80 mil desaparecidos.
En Nicaragua se asistía al repliegue sin ningún virtuosismo de los Sandinistas del gobierno, infligido por sus contradicciones irredimibles más que por el enemigo, no sin antes promover un pro rateo de vaciamiento económico de una sociedad ya muy empobrecida por la guerra., así como una reconciliación con sus enemigos que sólo pensarlo parecía perteneciente al dominio de la ciencia ficción en la década de los 80's.
Teófilo recordó nuevamente la fallida operación para ajusticiar al Negro Zamora en San José de Costa Rica y que su retirada posterior determinó las condiciones de su llegada a París en 1983, con requisitoria y orden de captura a un pasaporte que logró cambiar oportunamente en Panamá, por otro, de muy mala calidad, uno con parche de” ventanita sobre plastificada” que no resistiría, entonces, en 1998 ni una mirada superficial en el Charles de Gaulle.
Quizás el más terminante entre los Ministros Comandantes sobre la necesidad de ejecutar a Zamora, dirigente de la contrarevolución financiado por la CIA, y que para entonces estaba operando desde la frontera con Costa Rica desde barra San Juan, aparecería abrazado luego de él en una foto del periódico del Nuevo Diario de Managua y se volvió a estremecer recordando aquella sentencia "Olvida uno su falta después de haberla confesado a otro, pero normalmente el otro no la olvida."
Esa era otra constatación aprendida más recientemente, ignorada en 1983 cuando todavía necesitaba creer que sólo debía cuidarse” de los servicios de Inteligencia enemigos”, empíricamente se fue haciendo carne la brutal sentencia gallega de su abuela de que” la letra con sangre entra” y que debía cuidarse de todos sin ideologizaciones engañosas, pues pensar que existen amigos en esa ocupación es un contrasentido extraño a la naturaleza sórdida que los constituye y se termina pagando caro y en diferido.
Las guerras insurreccionales producían efectos aluvionales capaces de arrastrar todo aquello que encontraba al paso de su cauce desbordado, pero a la vez que estremecía viejas instituciones, permitía que se confundieran en su curso como en las flores del mal, simultáneamente la herida y el cuchillo, la bofetada y la mejilla, el verdugo y su próxima víctima.
Los místicos y desesperados, los que no tenían otra salida, los que gritaban inútilmente sin la esperanza de un eco de replica a sus angustias, se confundían con los oportunistas y condotieros inescrupulosos, siempre atentos a prever los cambios en la corriente.
El estamento de asesores en retaguardia, a su vez prolongación de “servicios amigos”, mistificaban el trabajo de inteligencia convirtiéndolo en un oficio artificiosamente codificado que llegaba a sobredeterminar agendas políticas.
Estos eran los burócratas de la conspiración, tan sospechosamente necesarios como las razones de estado que invocaban, aunque tenían un particular talento para concentrar información y hacerse imprescindibles complejizando las cosas más banales, convirtiendo información poco relevante en confidencial volviéndola ininteligible.
Eran ellos los que se repetían una y otra vez en los sucesivos escenarios de guerra popular que lo involucró durante esa década, y cuándo el cauce insurreccional comenzó a convertirse en débil corriente laminar, cuándo el empuje místico abdicó ante la repugnante realidad del nuevo consenso, siguieron imponiendo su agenda de intrigas y paranoia, pues ya no existía la insurrección pero seguían presentes las omnipresentes razones de estado.
Obispos de la descalificación que ante la incapacidad de admitir puntos de vista que no fueran funcionales a sus mezquinos intereses terminaban siempre en el reducto de la gestualidad adusta y el comentario lapidario y confidencial para descalificar ante la ausencia argumental, diciendo invariablemente,”es que esa persona trabaja para la CIA”
Y cuándo se vinculaban con verdaderos agentes enemigos por razones siempre difusas, sentenciaban “es un agente que infiltramos”
Parecían navegar entre los excrementos sin ser salpicados, cuando en realidad eran parte constitutiva de la mierda
Aunque es justo decir que ese recurso funcionaba porque estaba dotado de amplio consenso en una concepción predominante que no podía representarse una revolución si no está precedida por el desembarco del nuevo estado, y no sólo entre aquellos que eran cultores reverenciales de una aureola que dotara de estética a tan deplorable y perversa profesión, perdiendo de vista el enemigo beligerante en búsqueda paranoica de enemigos en las propias filas.
También esa estética lo había permeado a el durante algunos años hasta que los conoció exhaustivamente y sufrió sus manipulaciones e intrigas de las cuáles siempre salían bien parados por aquello de que el cuchillo no ofende a quién lo maneja.
Y no se trataban precisamente de asesores de imagen de Ricky Martin, Michel Jackson, o del payaso Plin Plin…! No imponían ingenuos pagos de prendas de amor cómo aquel juego infantil del Antón pirulero! sus ordalías podían costar vidas o condenas a larguísimos ostracismos a quienes cayeran en desgracia.
Cuándo la corriente tumultuosa regresó finalmente a sus cauce lo más entrañable había sido arrastrado por las aguas insumisas, en una constatación de que sólo era nuestro aquello que se fue, las pasiones que convocó la insurrección se fueron extinguiendo aguas abajo de la derrota, sólo quedaron ellos inventariando con morbosidad las pérdidas, refiriéndose a estas como quien hace balance de una liquidación de saldos en una tienda por departamentos.
Notas
1 El “pase rápido” es una modalidad de entrega de mensajes cifrados, simulando no conocerse y con contacto corporal disimulado o depositado en un sitio donde el receptor lo recoge casi simultáneamente a su colocación.
2 Hasta fines de la década de los 80´s, no se había “universalizado” la informática en línea, lo que equivalía a que la información de migración se transfiriera en diferido, entonces dependía más de los papeles impresos y sellos que cambiaban de códigos, pero que, debidamente falsificados, burlaban las inspecciones de los funcionarios de control.
3 Seguro de desempleo