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LA RESACA de un NAUFRAGIO de Eduardo Mercao

Fué una  hermosa noche compartida y familiar, entre  amigos, compañeros, y parte de la  familia del autor, donde no solo disfrutamos de un esperado momento de reencuentros t esperanzas;  sino, que nos anoticiamos del cumple de Eduardo , así que hubo , vino, chori y torta   ¡ salute Mercao !!! -posta-

 

Nota Editorial  del libro presentado en Bs As  el sábado pasado

“La profesión de espía es sumamente singular cuando el espía trabaja por su propia cuenta. ¿No experimenta éste acaso la excitación de un ladrón sin dejar de aparecer como un ciudadano honesto? Pero el hombre que abraza ese oficio debe estar preparado a hervir lentamente de cólera, a consumirse de impaciencia, a permanecer erguido en el fango mientras se le hielan los pies, a congelarse y a abrasarse y a sentirse defraudado por falsas esperanzas. Debe estar preparado, apenas reciba una mera indicación, para trabajar en procura de una meta desconocida; debe sobrellevar la desilusión de fracasar en su empeño; debe estar preparado para correr, permanecer inmóvil, quedarse durante horas observando una ventana, para inventar mil modos de acción...

.La única excitación que puede compararse con ésta es la que siente un jugador.”

Honoré De Balzac.

Azotados por el infame frío, y como contrapartida, las pésimas con­diciones de calefacción en el Bohío, nos acobijamos bajo el manto de palabras que conformaban las historias que compartimos en las no­ches de aquel invierno donde éste libro fue naciendo ante la insisten­cia de que su experiencia de vida, su capacidad para narrar historias y su aguda y crítica mirada no podían quedar a merced del desayuno de los gusanos. (Me refiero a las dos representaciones mentales que nos hacemos cuando escuchamos esta serpenteante palabra).

La expectativa de leer algo al estilo de John le Carré, quien se hizo famoso con “El espía que vino del frío” o Graham Greene, hombre muy católico y la característica de ambos de sobradamente británicos, contra nuestro autor y su origen rioplatense, sus andanzas centroame­ricanas y zambullidas en el Caribe, más la sangre caliente latina y lo tan poco inglés que es, arrojaron totalmente por la borda de los sueños como editor, la esperanza de semejanza alguna y posterior best seller. Así que tuvimos que enfrentarnos a las puteadas lisas o ásperas, a la ironía, el humor ácido, la chispa latinoamericana, el libertario es­tilo de juzgarse a sí mismo y a la historia construida, real o ficcionada, de un hombre que echó a andar el brazo que conduce la pluma que de enigmática e intrincada activa el suspenso inquieto y molesto que provoca una picazón en la conciencia o en el culo, dependiendo del lector y su posición.

Leer esta novela es como introducirse de cabeza en los laberintos subterráneos o túneles al estilo del Viet Cong, pero latinoamericanos.

Cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en las profundidades oscuras o luminosas de los vericuetos de la narración y de los nombres de los personajes, será tarea de los exégetas de los servicios de inteli­gencia. A nosotros nos despierta una avidez insaciable de disfrutar de una retorcidísima historia de espionaje que supera la realidad o la ficción, según el puerto al que cada uno pueda arribar.

Claro que, al leer, nos encontraremos con un apetitoso menú que nos invitará, al menos, a probar la entrada y si tenemos el hígado fuerte a morfar con deleite.

A modo de adelanto:

El personaje, a quien aquí llamaremos Teófilo (uno de los tantos nombres que utiliza) es un hombre con cierta experiencia en las lla­madas artes negras, artes del sabotaje y del asesinato silencioso, quien carga con haber fallado en una acción de ajusticiamiento en Costa Rica contra un jefe de la contrarrevolución y hombre de la CIA. Ahora tiene un nuevo desafío, una nueva misión y el intríngulis de la punta de un ovillo inmerso en el lodo.

Este es el terreno, el contexto, y algunos de los demás integrantes de la historia:

El General Ochoa y los hermanos de la Guardia.

Román Mancebo, agente de inteligencia de amplia trayectoria, “res­ponsable directo de la Colina, argot con el que, dentro de la Inteligencia, se conocía su Comando de Operaciones en Centroamérica.”

Merlín, un doble agente.

La CIA, la DEA, El Mossad con su “Katza” –oficial de inteligencia israelí- y su “Sayanim” informante y colaborador.

Jairo Denis y su gran red de Panamá, los inicios con el padre de Jairo y su jefe, Román Mancebo. Estructuras cubanas en Panamá, el Departamento América en la Habana.

El General Torrijos, Manuel Antonio Noriega y George Bush jefe de la CIA en reunión secreta.

Augusto, “un burócrata contumaz y enlace con la inteligencia cuba­na, asesor ministerial en Nicaragua; luego en el Salvador, nuevamente como asesor, pero ahora de Joaquín Villalobos y después con el malo­grado Evaristo, haciéndole el enlace en el exterior.”

Zikmund Beranek, un ex agente de la inteligencia checa residente en Panamá; los negocios de tecnología de punta para Cuba con un hijo del teniente coronel Luis del Cid, testigo protegido en EEUU, junto al otro panameño Boris Foguel, informante de la DEA vincula­do a los cárteles colombianos y peruanos de la droga.

Abel en París.

Un doble agente cubano de inteligencia, Mario Estévez (en contu­bernio con la banda de Posada Carriles en Miami) quien comprome­tió a Abel.

Demetrio Chávez y su contacto con el MRTA y las fuentes de infor­mación que destaparon la triangulación en Panamá. Bancos, empre­sas, cuentas y transferencias.

El Movimiento Revolucionario Tupác Amaru, su caída como últi­mo baluarte guevarista que resistía en América del Sur.

Johnny Crump, un traficante y testigo protegido de la DEA, junto con Jaime Guillot y el doble agente cubano Mario Estévez, “a quien muy convenientemente la DEA mató, muy probablemente de forma virtual y que, según lo que deslizó Jairo, reapareció luego en Barcelona con identidad mexicana, a nombre de Marcial Quijadas”.

Ex-revolucionarios y contrarrevolucionarios obedeciendo las órde­nes del dinero, Guatemala, el Salvador, Panamá, Cuba, Perú, Chile, Uruguay, Costa Rica, Nicaragua, espías de aquí, de allá y de acullá.

Agentes de los dos bandos, topos: agentes de penetración profunda, doble agentes, sapos, traidores, revolucionarios y París, son el escena­rio y los protagonistas de una transferencia de la empresa más sórdida y fantasma que aún permanece en el olvido de la memoria histórica para los que desean olvidar ciertas cosas.

Este es el entramado central de la novela que sirve de gran tablero de ajedrez donde se va desarrollando la partida de la historia de la mano del autor. Las movidas pueden ser falsas para hacer caer al oponen­te en la trampa o verdaderas para derrotarlo en su imaginación sor­prendida o en su aseveración de ciertas conocidas jugadas que nunca han sido reveladas del todo por temores intrínsecos al poder de quien siempre desea poseerlo o permanecer con las astas de la impunidad, que es casi lo mismo.

Nombres y hombres conocidos, hechos y desechos vividos en nues­tra historia latinoamericana, con verdades que son mentiras y vicever­sas, con sorpresas y sobresaltos, pero que ante todo, al lector, al igual que al personaje, lo alcanzará una sensación de búsqueda de lo más hermoso, lo más maravilloso del hombre, la búsqueda de la verdad.

Porque si en nombre de la religión, del secreto de Estado, de la unión del partido, de la imagen hacia afuera, se enarbola la rotosa bandera de la mentira, con el engaño, la traición y los intereses económicos, todo eso -cuando se quiere construir una sociedad más justa-, todo, es decir: la religión, el Estado, el partido, el país y el hombre se pueden ir bien a la mierda, porque sin una moral revolucionaria nada tiene sentido.

Pero esta obra tiene sentido como también lo tienen su autor y su personaje, a través de la realidad o la ficción, porque nos dan la po­sibilidad de escuchar otro trinar, como cuando oímos el canto que a primeras nos llega como “bi…cho…feo” pero que al ser bien oído percibimos el “bien…te…veo”, de otra verdad.

Es otro el cantar cuando aún se tiene confianza en el hombre y en los cambios fundamentales que necesitamos realizar para que sea real lo de un hombre nuevo en una sociedad nueva y así evitar un nuevo naufragio, y que la resaca venga por el brindis de cada victoria.

Desde El Bohío

Agosto 28 de 2013 - Marcelo Cafiso -