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EL PROGRESISMO: MÁSCARA DEL CAPITALISMO

[No soy de aquellos que les gusta polemizar entre intelectuales, porque la polémica, válida cuando es parte de nuestro pueblo, con el perdón y respeto que me merecen los colegas. Cuando las cosas están claras en nuestra mente, no hace falta escribir libros en POSTA, para eso están las editoriales. Nuestra gente apenas si lee titulares. Seamos breves y concisos en el uso de esta página y evitemos la eyaculación mental, que no deja de ser una simple eyaculación en nuestras críticas sin propuestas. Se trata de una sugerencia para los colegas que usamos y abusamos de la gentileza de POSTA]

Y voy al tema que hoy me ocupa

Ante los hechos que se van sucediendo en nuestra vida política y de distintas formas en nuestros países de América Latina, incluyendo a nuestro Uruguay, bajo protestas, paros, asonadas, que deja a entrever disconformidad de mucha gente con el sistema político, o si quiere con los partidos políticos, nos convoca hoy a hablar sobre el PROGRESISMO, término acuñado por nuestras mal llamadas “izquierdas”, que tratan de lavar su cara, con este término, adhiriendo enmascaradamente al sistema neoliberal capitalista, que aplican en su política económica con serias implicancias en las políticas sociales

El politólogo Adam Przeworsky afirma que nuestros países latinoamericanos son hoy “laboratorios modernos” para la aplicación de políticas reformistas respetando al sistema neoliberal capitalista.

Podemos afirmar que nuestros países no son otra cosa que “conejitos de india”, como lo fueron siempre, ayer en la era colonial, luego en la industrial, donde el sistema capitalista siempre se ha servido de nuestros gobiernos para hacer sus experiencias siempre a favor de las inversiones transnacionales.

Los hechos hablan de por sí

 Bajo un lenguaje enmascarado todo sigue igual, como antes o si quiere peor que antes. El que trabaja y produce y el que tiene menos sigue pagando más, mientras que el capital se beneficie. Es suficiente ver qué pasa con las políticas sociales: los sueldos, las jubilaciones, la educación, la salud, la vivienda.

Para poder entender la situación actual remontémonos al pasado, a los orígenes de la democracia, que fue concebida por aquellos que se consideraban capaces de gobernar. ¿Y quiénes se consideraban y se consideran hoy capaces de gobernar? Los que siempre tuvieron y tienen la sartén por el mango, es decir los que tienen el poder.

En el siglo XIX, se llega a la lucha para entender la importancia del sufragio, cuando los obreros y campesinos entran en el juego político y se convierten en una amenaza para el sistema.

Por temor a nuevas movilizaciones, en el siglo XX, el poder en manos de las oligarquías va concediendo algunos derechos políticos, como el sufragio para las mujeres y el derecho a la sindicalización, entre otras, vigentes aún en la actualidad, a través de la participación delegativa política, restringida, por cierto,  manipulando reglas electorales, construyendo un sistema institucional, avalados por una Constitución, que defiende el “status quo”. Es lo que conocemos y practicamos.

Se trata de una lucha permanente, no siempre consciente, que habrá que seguir para nuevas conquistas, como la PARTICIPACIÓN DIRECTA en las decisiones de los problemas que atañen a la sociedad.

Cuando las minorías golpean fuerte y se movilizan, caso hoy en el gigante Brasil, donde se movilizan cientos de miles de personas, algo nuevamente se va a conseguir, si se sabe qué se persigue y lo que se demanda al sistema. De lo contario todo seguirá igual, o peor que antes con el sacrificio de vidas humanas.

Nuestros partidos políticos fueron y siguen siendo simples “segundones” y operan más que como partidos, como organizaciones sociales, en el sentido que integran a la gente en toda una serie de lazos sociales. Es decir cuando les conviene, a la hora de votar las politiza y hasta la radicaliza, y las despolitiza cuando no les conviene; las moviliza para presionar y las desmoviliza una vez logrados sus objetivos.

Pregúntese ahora qué está pasando en nuestro Uruguay, cuando se ha perdido la conexión entre los líderes y la base. Cuando no se duda en llamar a los inversores, a las transnacionales, entregándoles  nuestras tierras y sacrificando el ambiente y a costa de perder la soberanía nacional, y todo en desmedro de la industria nacional. Esto es la mejor muestra de lo que hoy es  EL PROGRESISMO

Los partidos sólo tratan de mover a la gente frente a las elecciones, que pasa a ser el motor de la democracia que ellos profesan y la que nosotros conocemos, sí a esto puede llamarse democracia.

Con esa actitud reviven los partidos políticos, unos más que otros, mintiendo, peleándose entre ellos, discutiendo, negociando…Y nosotros, los votantes, somos tan cínicos como ellos cuando sumisos vamos a las urnas a votarlos sin convencimiento, cuando deberíamos negarnos demostrando nuestra desaprobación anulando nuestro voto...

Ahora se entiende el por qué las oligarquías aceptan a un Lula, a una Dilma en Brasil; a los Kirchner en Argentina, a un Vázquez y a un Mujica con su séquito en Uruguay. Ellos saben perfectamente que estos presidentes latinoamericanos de ayer y de hoy son respetuosos de las limitaciones que impone el sistema capitalista, aún a costa del sacrificio de su gente; y si es necesario, en caso de manifestaciones, usar la represión, porque el sistema capitalista impone restricciones a estos nuestros gobiernos dependientes, adheridos al sistema capitalista, impuesto por los mercados financieros.

Sepan disculpar la dureza de nuestro lenguaje, pero no hay otra forma de explicar lo que nos está sucediendo, aquí, allá y acullá, en la vida política de nuestros pueblos donde lo menos que importa es la gente. Primero siempre el CAPITAL y sus dueños, luego, si sobra la migaja para el pueblo.

Mientras no tomemos conciencia de esta realidad y no nos movilicemos este Progresismo “camuflado” seguirá en pié entre nosotros,  no sólo dañándonos a nosotros y entregando la soberanía nacional.