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Panamericanismo, NO, acuerdos regionales, SÍ

Tres son las políticas que se nos ofrecen en América: el panamericanismo, el latinoamericanismo, los acuerdos regionales. Con más o menos exactitud, hasta se podría  personalizarlas. Monroe, Bolívar, Artigas. Por supuesto que estas tres políticas no tienen que ser siempre excluyentes. Practicando una de ellas, se puede intentar otra. De estas tres políticas, una, -el Panamericanismo- es, quiérase o no, el vasallaje. Otra, la segunda, es hoy por hoy, una utopía solo capaz de inflar las bombas de  estruendo de cierta oratoria ofensiva.

La única viable y realista, es  la última.

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El panamericanismo es el vasallaje. Hemos escrito tanto sobre el punto, que nos creemos eximidos ahora, de detenernos mayormente para demostrarlo.

El panamericanismo es la dirección de todo el continente en manos de Estados Unidos. Esa dirección, esa hegemonía, tiene un órgano: la Unión Panamericana que funciona en Washington y no es sino una dependencia del Departamento de Estado, al punto de que está presidida por el Secretario encargado de este.

Esa dirección, esa hegemonía, tiene su “doctrina”, la de Monroe, que no es de Monroe y en virtud de la cual, Estados Unidos, por sí y ante sí, se arroga el supremo derecho de protector de nuestras libertades.

Esa dirección, esa hegemonía, puede variar sus tácticas; pero conduce siempre a lo mismo: sus fines son permanentes.

Una táctica fue o pudo ser la del mismo Monroe; otra, la de Roosevelt, el primero que fomentó y financió revoluciones en nuestros países para desmembrarlos y utilizó el “big Stick”, otra, la de Roosevelt, el segundo, más inteligente, sutil y enervante tal vez que ninguna otra.

Sin duda Roosevelt el segundo, no ha aplicado el “big Stick”- recuérdese, sin embargo Puerto Rico - como alguno de sus predecesores ni ha practicado la política de la intervención, recuérdese no obstante, a Cuba. Pero eso no interesa o interesa poco. Ciertos sesudos comentaristas, que por esas tierras alumbran, defienden posturas que si no hay intervención militar, no hay imperialismo. Es una concepción profunda, tan profunda como la de aquel a quien habían enseñado que los caballos eran zainos. Cuando encontraba a un tordillo, argüía que no era caballo. El imperialismo yanqui, denominación tal vez imperfecta  es una realidad innegable, con los años se ha depurado. No necesita ya el “big Stick”. Al menos por ahora. Porque ¿cuáles son los fines? Exportar su exceso de capitales, dominar nuestra fuente de producción de materia prima.

La concepción imperial, es, en realidad, muy sencilla. Para Estados Unidos, nosotros constituimos su “espacio vital”, su zona de influencia. Como las colonias o semi colonias, producimos o produciremos para él, la materia prima.

Como a las colonias o a las semi colonias nos ofrecen capitales que le permitirán poner la mano sobre esas fuentes de producción. Él será la industria y, cada vez más, el capital financiero. Y es sorprendente –ha sido una de nuestras mayores sorpresas- que esa política que nos asigna el papel de productores de materias prima y reserva a Estados Unidos el de gran potencia e industrializadora, haya podido ser propuesta como una forma de laterización a nuestro propio país, por gente de insospechable independencia. Es ni más ni menos, permítasenos digresión, lo que Hitler y sus acólitos se proponen hacer en Europa y que tanto repudiamos. Un bloque continental donde Alemania asuma la dirección industrial y donde los demás países se conviertan en productores de materias primas.

En nuestra tierra todos los planes de Banco Interamericano de Cartel económico, etc. conducen a lo mismo. Son nuevas etapas en el proceso tenaz y ahora más hábilmente perseguido de conquista.

Somos, pues, hoy como ayer, decididamente antipanamericanistas. El panamericanismo es una farsa y no sería nada si fuera una de tantas farsas diplomáticas, y sin trascendencia. Lo malo es que se trata de farsa peligrosa. Parte de una identidad geográfica inexistente, para llegar a una política de absorción o protectorado peligrosamente real.

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La unión latinoamericana, hemos dicho, es hoy por hoy, una utopía. No nos parece necesario demostrarlo. Para estar unidos, hay que estar por lo menos en contacto. Países hay en el continente con los cuales no tenemos vinculación alguna. De los cuales poco o nada sabemos. Ni comercio de ideas, “tout court”, que en esta materia suele ser más importantes que lo primero.

Fórmula ambiciosa, y tal vez del porvenir, de un porvenir que hoy aparece muy remoto, en la actualidad es solamente un recurso retórico.

                                                               * * * *                                                          Cada vez somos más artiguistas. Por Artigas nos hemos sentido más y más atados a nuestra tierra. Hemos encontrado las razones profundas de la esperanza y de la acción. Hemos alcanzado a vislumbrar las misteriosas fuerzas telúricas, raíces vivas, - que tantas mentiras acumuladas en tantos años, no han podido aplastar - de la patria. Nadie más grande que él en el Río de la Plata. Tal vez, nadie más grande en América. Y si no bastaran las instrucciones del año XIII, para justificarlo, bastarían los 30 años de destierro, miseria y silencio sobrellevados con una dignidad sin ejemplo. Más difícil y en definitiva, más conmovedor que dar la vida por una idea, es renunciar viviendo, a todo lo que la vida ofrece

Cuándo hemos hablado de  retornar el ideal artiguista en el punto en que la historia – los hechos y los hombres -, parece registrar su derrota, ¿qué hemos querido decir ¿Acaso que debemos convertirnos en una provincia Argentina? Sólo, los pilletes o los cretinos, pueden creerlo. Lo que hemos dicho, lo que venimos diciendo desde hace años, es que hay una realidad geográfica, económica, histórica, que nos manda y nos domina. De esa realidad es columna vertebral el Río de la Plata, salida natural para las tierras interiores paraguayas y para las bolivianas, vía de comercio libre para Argentina y Uruguay.

A la política del vasallaje que es el panamericanismo, a la política hoy de la utopía y la retórica que es el latinoamericanismo, oponemos la política del acuerdo regional, geográfica, histórica y económicamente determinada, lo decimos una vez más que es el Artiguismo.

El acuerdo regional, que puede tomar variadas formas y hasta formas muy tímidas de iniciación, tiene por otra parte, muchos y muy limpios antecedentes cercanos. El error indisculpable de Juan Carlos Gómez  - antiartiguista por otra parte - fue no comprender el sentido de la fórmula viable y confundir los problemas. Lo político está hecho y bien hecho decía  palabra más, palabra menos, Julio A. Roca. Pero queda lo otro. A buscarle solución a lo otro, se aplico hace mas de 30 años Alejandro Bunge, cuando propicio la unión aduanera del Sur; Argentina, Uruguay; Chile, Bolivia, y Paraguay – propósito que veinte años más tarde iba a volver a formular. Y por la misma vía entraron también, hace años, en Chile, Eliodoro Yáñes, Guillermo Subercaseaux y Jorge Matte

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Nada prueba más acabadamente la hipocresía de nuestras fórmulas diplomáticas, y el estado de “minoridad” en que se desenvuelve el continente, para emplear la expresión de Assis Chateaubriand que las actitudes que se asumen frente a este problema. Hablamos con voz engolada una y cien veces de la unión americana. El panamericanismo lo sufrimos porque nos lo imponen; el latinoamericanismo, lo proclamamos, porque no nos compromete; Pero cuando se trata de buscar formulas posibles y concretas de unión en un mundo que busca a tientas entre la sangre, resolver la gran contradicción de los tiempos modernos – nacionalismo política e internacionalismo económico - ponemos el grito en el cielo con el pretexto de defender una independencia ya menguada o en camino de desaparecer por la acción avasalladora de los grandes. Aquí como en todo, se ve la traza de nuestro sino. Retóricos siempre, la retórica la usamos como un disfraz y como un escudo. Como un disfraz, para hacer creer que alentamos grandes sueños. Como un escudo para defender, nuestra incapacidad, nuestra rutina, y nuestros pequeños intereses.

Pero el mundo marcha y si no nos ponemos a tono con sus exigencias, pasará por encima de nosotros y harán trizas nuestros descoloridos artesonados

Carlos Quijano                        Marcha  26 de julio de 1940

                 envío de Pedro H