Rolando Astarita [Blog]
Una de las cuestiones en las que más se enfrentan las posiciones que defiendo en este blog con las de muchas organizaciones y autores marxistas es en torno a si existe, o no, una lógica del capital. En buena parte de la izquierda que, de alguna manera, se referencia en la teoría de Marx, está difundida la idea de que hablar de una lógica del capital es propio de un marxismo mecanicista y de derecha, y que equivale a asimilar lo social al comportamiento natural de las plantas o las bacterias. Uno de los autores que más ha contribuido a consolidar esta visión, al menos en Argentina, es John Holloway. El objetivo de esta nota es discutir algunas cuestiones relacionadas con el tema, y comentar las consecuencias políticas que se desprenden del planteo de la lógica del capital. Dada su extensión, he dividido la nota.
¿Por qué hablamos de una lógica?
Empecemos diciendo que, en términos generales, hablamos de una lógica para significar que existen ciertos cursos de acción, económicos y sociales, que tienden a establecerse como consecuencia necesaria de las relaciones sociales predominantes. Con esto queremos decir que muchos hechos sociales, que se repiten más o menos regularmente, ocurren según leyes. Esto es, hay ley cuando podemos establecer que existe una dependencia regular de un hecho social con respecto a una determinada condición. Por ejemplo, cuando decimos que en la sociedad capitalista los individuos que no son propietarios de los medios de producción y de cambio, pero libres de concurrir al mercado, están obligados a intentar vender su fuerza de trabajo a los capitalistas, estamos estableciendo una relación regular entre “no propietarios y libres” e “intentar vender su fuerza de trabajo”
En otras palabras, la venta de la fuerza de trabajo ocurre según una ley que dice que, en promedio, los no propietarios de medios de producción están constreñidos a ofrecer su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Subrayamos que se trata de un promedio, ya que la existencia de esta legalidad es compatible con la irregularidad individual (trabajadores que logran eludir la necesidad determinada por la desposesión). Como dice Bunge en su libro clásico sobre causalidad: “Los enunciados legales estadísticos son válidos en situaciones en las cuales hay diversas alternativas y las excepciones no son más que las alternativas menos frecuentes” (Causalidad. El principio de causalidad en la ciencia moderna, Buenos Aires, Eudeba, 1961, p. 35). Así, algunos trabajadores pueden preferir caer en el pauperismo; otros logran acceder a un status de pequeños propietarios de medios de producción, etcétera. Pero a nivel estadístico, se verifica una relación regular y consistente entre “desposeídos de los medios de producción y libres” y “obligados a intentar vender su fuerza de trabajo. Por lo cual a nivel teórico puede explicarse esta conexión como una relación de determinación: bajo el supuesto de que la mayoría de los seres humanos prefieren trabajar a morirse de hambre, y dado que los medios de producción son imprescindibles para conseguir medios de consumo, en la sociedad capitalista los no propietarios de los medios de producción, en promedio deben -es una relación de necesidad- poner a la venta su fuerza de trabajo.
Puede verse entonces que la regularidad social se explica según una legalidad. Para los marxistas, esta legalidad deriva de una negación que al mismo tiempo es determinación: a un grupo social le ha sido negada la propiedad-posesión de los medios de producción y cambio. Por eso también esta negación determina (esto es, delimita) a un grupo como una clase social obligada a vender su fuerza de trabajo. Por lo cual existe una lógica de la explotación, esto es, una conexión orgánica, íntima, entre “no propietario de los medios de producción y libre” y una consecuencia, “intentar vender la fuerza de trabajo” que debe seguirle. La no propiedad es la razón de esa consecuencia. No estamos ante una relación azarosa y arbitraria, ya que existe una necesidad lógica entre una situación social y una acción (insistimos, colectiva promedio). Necesidad aquí es sinónimo de existencia de una razón; en nuestro ejemplo, hay una razón para el fenómeno observado. Se trata, además, de una relación de distinto tipo de la que se puede establecer entre, por ejemplo, “creencias religiosas” y “vender fuerza de trabajo”; o entre “representaciones simbólicas” y “vender fuerza de trabajo”. Lo cual conecta con las ideas básicas de la concepción materialista (pero no es un tema a desarrollar aquí).
Pues bien, los que niegan que existe una lógica del capital (esto es, una lógica de la explotación) están diciendo que no se puede establecer legalidad alguna del tipo de la que hemos analizado. Pero en este caso los fenómenos sociales, del tipo “los no propietarios intentan vender su fuerza de trabajo”, terminan siendo “eventos” de contingencia absoluta; el hecho social (“venta de la fuerza de trabajo”) es opaco o sencillamente incomprensible. En este respecto, valdría tanto atribuir la razón de la venta de trabajo a la no propiedad de los medios de producción, como a cualquier otro factor, ya que cualquier explicación sería válida; o ninguna explicación. Pero con ello, desaparece la posibilidad misma de la crítica.
Lógica del capital
Profundizamos ahora qué es una “lógica del capital”. La expresión alude a las conexiones internas entre fenómenos sociales que son característicos y regulares en el modo de producción capitalista. Por caso, hay una conexión interna entre trabajo privado (esto es, basado en la propiedad privada) – mercado – valor. De la misma manera, hay una vinculación interna entre valor y dinero; entre valor que se valoriza y trabajo no pagado; entre salarios y ganancias; entre competencia y concentración del capital; entre reproducción ampliada del capital y distribución de la riqueza cada vez más desigual; entre interés y ganancia; entre estos y el trabajo no pagado, etcétera.
Por supuesto, estas relaciones no son mecánicas o lineales. Por caso, si hablamos de la concentración de la riqueza y el capital, es claro que hubo períodos, en determinados países, en que la tendencia se debilitó, o no operó; y períodos en que se aceleró. Sin embargo, en el largo plazo, en el sistema capitalista, la concentración aumentó, así como lo hizo la desigualdad de la riqueza e ingresos. De lo que se trata entonces es de entender el porqué del fenómeno (puede verse aquí la discusión sobre el libro de Piketty, por caso). Además, el hecho de sostener que existen relaciones determinadas entre fenómenos, no significa que todas las cuestiones estén solucionadas, ni mucho menos. Sí significa que tiene sentido intentar establecerlas y encarar discusiones científicas en torno a ellas (pero esto es imposible si se niega, “por principio” la posibilidad misma de la relación). Por ejemplo, la relación, establecida por Marx, entre aumento de la productividad y la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, está, en nuestra opinión, seriamente cuestionada (teorema Okishio; para una discusión, ver aquí). Pero esto no significa que debamos renunciar a intentar explicar cómo y por qué la tasa de ganancia puede ser afectada por los cambios de productividad, con el argumento de “no hay que buscar lógica alguna del capital”.
Por otra parte, es vital comprender que la posibilidad de brindar explicaciones articuladas de los fenómenos sociales está en el centro de la crítica radical. Al poner en evidencia que determinadas relaciones se imponen con el carácter de necesidad, la crítica no se queda en la superficie de los fenómenos. Así, por ejemplo, desde el marxismo, la razón de ser de la ganancia es trabajo no pagado, lo cual permite afirmar que “la relación capitalista necesariamente es una relación de explotación”. Esto significa que la relación de explotación no se altera, en lo fundamental, por las variaciones ocasionales del salario, por ejemplo. O que tampoco se altera por el hecho de que el capital sea estatal o privado, nacional o extranjero (el reformista de izquierda frunce el ceño). De esta manera, la relación de necesidad -el capital no puede no ser explotador- pone en evidencia los límites de las luchas reivindicativas, salariales y de otro tipo, al interior del sistema capitalista. Por ejemplo, a medida que se desarrolla una acumulación de tipo extensivo, (baja relación trabajo vivo/capital fijo), tienden (de nuevo, no es mecánico) a aumentar los salarios. Sin embargo, pasados ciertos umbrales a partir de los cuales se puede ver afectada seriamente la tasa de rentabilidad, se generan condiciones para que el trabajo humano sea reemplazado por la maquinaria; o para que el capital busque nuevas fuentes de aprovisionamiento de mano de obra barata, etcétera. La comprensión de las relaciones entre estos fenómenos (tipo de acumulación, presión obrera por salarios, afectación de las ganancias, reacción del capital) puede explicarse teóricamente, y puede seguirse en la dinámica real de la acumulación capitalista. Lo cual no es argumento para no luchar por salarios o mejoras, pero sí es una razón para preparar políticamente la superación definitiva del actual modo de producción (volvemos más abajo sobre esta importante cuestión)
Fenómenos objetivos y sociales, o plantas y bacterias
Una de las objeciones más frecuentes que se ha hecho a la tesis de que existe una lógica del capital dice que los fenómenos sociales no son asimilables a los fenómenos naturales. Se sostiene que no existe algo objetivo que pueda llamarse “lógica del capital”, ya que se trata de una “construcción histórico – simbólica”, y que en todo caso hablar de lógica del capital sería asimilar la dinámica social al comportamiento de las bacterias, o de las plantas.
Pues bien, empecemos por el tema de lo objetivo. ¿Qué quiere decir que existen leyes sociales objetivas? ¿Por qué, por ejemplo, los marxistas decimos, en oposición a los teóricos burgueses, que la ley del valor trabajo es objetiva? ¿Acaso porque pensamos que la ley del valor trabajo puede asimilarse a las leyes que rigen el comportamiento de las bacterias o las plantas? La respuesta es, naturalmente, que no. Cuando decimos que la ley del valor trabajo es objetiva no estamos negando que sea un fenómeno social. Tampoco estamos afirmando que la ley determine el comportamiento de los productores. Lo que decimos es que el comportamiento de los productores, en promedio, procede de acuerdo a cierta legalidad. Esto significa que la ley es una forma o pauta de la determinación -los tiempos de trabajo determinan los movimientos tendenciales de precios-, y no un principio que actúa desde fuera (Bunge precisa esta cuestión). Por eso, la determinación de los precios por los tiempos de trabajo promedio se impone a través de la acción de seres humanos que tienen conciencia de los precios y los mercados (incluso aunque no logren explicarse el porqué de muchos fenómenos del mercado). En consecuencia, cuando afirmamos que la ley del valor es objetiva, no estamos afirmando que se trate de una ley natural, como las que encontramos en el estudio de las plantas o las bacterias. Simplemente estamos diciendo que, a pesar de tratarse de una ley social -esto es, producto de determinadas relaciones sociales-, no es dominada por los seres humanos.
Tal vez la cuestión pueda entenderse mejor si analizamos el concepto de valor. Cuando Marx dice que el valor es una propiedad objetiva (y este es todo un punto de discrepancia con los defensores de la teoría subjetiva del valor) no está significando que se trata de una propiedad natural de la mercancía. Está diciendo que es una propiedad social que se ha objetivado en un producto; por eso la objetivación no ocurre en el aire, sino a través de una relación también social, el mercado, que articula y sanciona los trabajos privados en tanto trabajos sociales. Por esta razón también la determinación de los precios por los tiempos de trabajo invertidos en la producción tiende a imponerse a los productores. Al ser el valor una propiedad que se objetiva en cosas -por eso hablamos de relaciones sociales cosificadas- los movimientos de los valores -expresados en precios- dominan a los productores individuales. Más precisamente, la competencia -realizada por seres humanos con conciencia y representaciones- es el mecanismo específico a través del cual se impone ese carácter objetivo del valor. A través de la competencia y del impulso a la igualación de la tasa de ganancia entre ramas, se determinan los precios de producción que actúan como centros de gravitación hacia los cuales tienden los precios de mercado. Estos atractores surgen a través de las múltiples acciones individuales descoordinadas, e infinidad de movimientos azarosos, y se imponen con la fuerza de un fenómeno objetivo, pero que es social.
Por ejemplo, si el productor A está empleando en la producción del bien X 10 horas de trabajo promedio, y en la rama comienza a prevalecer una nueva tecnología que reduce el tiempo de trabajo a la mitad, A se verá obligado, por la fuerza de la competencia, a adoptar la nueva tecnología, so pena de desaparecer como productor. Esta constricción operará sobre su actividad laboral al margen, o por fuera, de sus gustos y preferencias por tal o cual tecnología, o por tal o cual intensidad de trabajo (y por supuesto, por fuera y al margen de toda otra multitud de inclinaciones espirituales, convicciones ideológicas, etcétera). Es claro que esta presión objetiva deriva de ciertas relaciones sociales establecidas, referidas a la propiedad de los medios de producción y de cambio, y a las formas en que los trabajos se validan en tanto trabajos sociales. Negar estos procesos hablando de plantas y bacterias es no comprender lo básico.
La tesis de que existen fenómenos sociales y objetivos permite también entender por qué es un error pretender que la relación capitalista es mera construcción simbólica, como ha argumentado alguno en oposición a la tesis de la lógica del capital. Es que el capital encierra una relación de poder (ver aquí), y este poder no se levantó sobre construcciones simbólicas (aunque estas pudieron haber incidido), sino sobre un fenómeno más “palpable”: la desposesión de los medios de producción de campesinos y artesanos, por medio de la violencia, el robo y el saqueo (cercamientos de tierras comunales, colonialismo, pillaje y robo en la ocupación americana, y un largo etcétera). Por eso también es un error pensar que las clases sociales son construcciones discursivas