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SOBRE RUSIA ? TEXTOS 3

EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE – de ANTE CILIGA

DICTADURA DEL PARTIDO Y  DICTADURA EN EL PARTIDO

A pesar de su punto de partida de líder leninista y su concepción oficialista, Cíliga, muy rápidamente comprenderá que la dictadura capitalista en Rusia contra el proletariado funciona al mismo tiempo al interior del partido, como dictadura del comité central y a su dentro del mismo como dictadura de su “líder máximo” Stalin (1) Ese es el valor fundamental de un militante como Ciliga que en vez de seguir la corriente observa, critica y comienza el proceso de ruptura. Resulta fundamental ver como el estalinismo sigue liquidando a todas las oposiciones proletarias y constituyéndose como un aparato dictatorial de arribistas que cooptaba a los más siniestros funcionarios, a quienes mejor supiesen reprimir e imponer los intereses del capital.El terror capitalista seguía cooptando a sus tiranos. El valor de la obra de Ciliga estriba también en la denuncia de los procedimientos del leninismo en la medida que los va captando.

En cuanto a las connotaciones y reflexiones más de entrecasa, confío en la sagacidad de algunos compañeros, en reconocer en el combate a los opositores y en la persecución de los fraccionalismos al método por excelencia de los aparatistas estalinistas rusos o criollos. No puede caber dudas del denominador común con los burócratas criollos estalinistas o tupamaristas. Unos y otros servían no sólo a la Orga y el Partido sino a torturadores en ejercicio o retirados, dentro y fuera de los cuarteles o campos de concentración.

Ricardo

EXTRACTOS:

En el otoño y el invierno de 1926 se produjo una aguda lucha en el interior del partido comunista. Desde mi llegada, fui admitido en el Partido Comunista Ruso y pude observar desde dentro la marcha de los acontecimientos.

Al llegar a Rusia, yo era partidario de la política que profesaba la mayoría del Comité Central. Mi primera toma de contacto con la Rusia de los Soviets aún no me había despertado dudas acerca de la justicia de esa política, al menos en lo que respecta al fondo de ésta. Pero lo que me dejaba pasmado eran los métodos que se empleaban contra la minoría. Bastaba con asistir a algunas reuniones del partido para darse cuenta de que las discusiones sobre las ideas

no jugaban más que un papel completamente secundario en esta lucha. El papel protagonista lo tenían las amenazas, los métodos intimidatorios y el terror. Se notaba que cualquier militante que se distinguiera por su cinismo y brutalidad contra la oposición en general, o contra algunos de sus miembros, tenía asegurado un ascenso inmediato y un futuro brillante. Desdichado aquel que exponía sus dudas, que declaraba que este o aquel punto de divergencia entre la oposición y la mayoría no le parecía aún lo bastante claro. A guisa de respuesta, se le reprochaba su falta de olfato revolucionario, se le acusaba de jugar a dos barajas, de ser un traidor camuflado. El orador oficial le interpelaba en voz alta: “¿No le parece bastante claro? Camaradas, X… dice que esto no está bastante claro; mirad, los fundamentos de la política del partido y el carácter pequeño-burgués de la oposición no le quedan

 claros… ¿A quién quiere engañar? Sabemos muy bien lo que oculta tras su hipocresía. El partido no tolerará ninguna vacilación, ninguna ambigüedad…” En estas condiciones, las ganas de “dudar” se disipaban. Quienes se habían atrevido a expresar sus dudas al principio de la reunión terminaban subiendo a la tribuna para disculparse por no haberlo entendido bien.

La actitud de la oposición agravaba aún más este sentimiento de malestar. Los pocos opositores que habían desarrollado sus opiniones en las células tomaban

La palabra algunas semanas más tarde en esas mismas células para declarar que renunciaban a su oposición. A menudo incluso llegaban a condenar las ideas de  la oposición. No era más que una táctica, conforme a las directivas de la mayor parte de los jefes de la oposición. Pero esta diplomacia bizantina desmoralizaba a los opositores y al poco tiempo ni ellos mismos sabían si las retractaciones eran simuladas o sinceras.

A comienzos de diciembre se celebró el “pleno ampliado” del Comité Ejecutivo del Komintern. La tarea esencial del congreso era condenar a la oposición rusa, apartar a Zinoviev de su puesto como presidente del Komintern, entregar a la oposición a merced de Stalin y Bujarin. “El círculo se ha cerrado” –escribía el Pravda– “todo el mundo, desde las células de masas al Comité Ejecutivo del Komintern, ha condenado a la oposición. Si ésta continúa la lucha, se arriesga a partir de ahora a enfrentarse a la legalidad soviética”. Esta frase, anodina para un europeo medio, equivalía en Rusia a una amenaza directa de aniquilación por la G.P.U. (policía política). Y la destrucción de lo que quedaba de la oposición de izquierda en el partido ruso, el triunfo de la reacción nacionalista y  burocrática en Rusia, que no aspiraba más que a entenderse con las clases dirigentes del viejo mundo, coincidía simbólicamente con la expulsión del Komintern del recinto del Kremlin. Ya no se celebraría ningún congreso de la III Internacional.

Siete años antes, en 1919, en la apertura del I Congreso de la III Internacional, Trotsky, en su manifiesto al Ejército Rojo, escribió: “¿Acaso no es simbólico ver cómo se reúne hoy la Convención de la Revolución Mundial en los palacios de los opresores seculares de los trabajadores de Rusia y los propagadores de la reacción europea?”

Ciertamente yo aún no había madurado lo suficiente como para comprender el profundo sentido de esta aniquilación de la oposición rusa. Como Clara Zetkin, pensaba que se trataba de “un episodio, no una catástrofe”…

La oposición no se daba cuenta de su debilidad, lo cual me sorprendió; llegaba incluso a subestimar la importancia de su derrota y despreciaba sacar las lecciones oportunas. Mientras la mayoría de Stalin y Bujarin maniobraba para lograr la expulsión total de la oposición, ésta buscaba constantemente el compromiso, el arreglo amistoso. Esta timidez de la oposición, si no le llevó a la derrota, sí que al menos hizo que su resistencia fuera débil.

Cuando más tarde Vuyovitch (que en la época de Zinoviev había sido secretario de las Juventudes de la Internacional Comunista) me dijo de pasada que la oposición vencería –a pesar de todo– en los próximos meses, pensé que todos los miembros de la oposición estaban ya condenados

Durante el congreso del Komintern, un pequeño incidente personal me ilustró de manera sorprendente cuál era la presente situación, así como el futuro que

me aguardaba. Estaba con un miembro del Comité Ejecutivo del Komintern que mostraba muy buenas disposiciones hacia mí. Queriendo atraer mi atención

sobre la excesiva libertad con la que yo abordaba las cuestiones relativas al partido, me dio un consejo amistoso: “No olvides, querido amigo, que no estás  en Yugoslavia, donde uno puede lanzar al Comité Central todas las chinas que quiera; no olvides que estás en Rusia, y aquí a menos de que formes parte del Comité Central del Partido Comunista, no eres absolutamente nada.”

Otro miembro del mismo Comité que estaba allí añadió con aire de convencido:

 “Que esto quede entre nosotros.” Y un tercer colega, más joven y precoz, se conformó con guardar un elocuente silencio. Yo repliqué impetuosamente que semejante situación estaba en flagrante contradicción con el principio marxista acerca de las relaciones entre la dirección y las masas del partido; que dado que en Rusia reina el bolchevismo en su forma más alta, tales relaciones no deberían existir en él. Desgraciadamente, es precisamente este tipo de relaciones entre las masas y el poder las que me llevaron directo a la prisión soviética…

En muchas células, los simples militantes trataron de poner en práctica las nuevas consignas de autocrítica y democracia obrera. Esperaban así desembarazarse de los defectos del burocratismo en sus propias organizaciones

y en sus propias fábricas. Pude comprobar que estos esfuerzos eran estériles a menos que se coordinaran con la acción de las instancias superiores. Para tener éxito, estas instancias tenían que dar el visto bueno en cada caso particular en que se intervenía contra personas o hechos determinados. Si los militantes de base, si los simples militantes del partido se permitían tomar la palabra por propia iniciativa, esta audacia bastaba –al margen de cualquier otra consideración– para asegurar su fracaso y ser acusados de “actividades desorganizadoras”.

Asistí a un caso verdaderamente paradójico. Dos miembros del partido, que no formaban parte de la oposición, se ganaron una severa reprimenda por parte de la comisión de control por haber acordado en su domicilio privado la actitud a adoptar para atacar a la burocracia local en la próxima reunión. La comisión de control del partido resolvió que los miembros sólo tenían derecho a decir lo que quisieran en las reuniones; consultarse entre sí y preparar sus discursos antes de pronunciarlos era una prueba de “fraccionismo”; lo cual era condenable, aunque las supuestas “fracciones” no tienen nada que ver con la oposición. El derecho a preparar las reuniones, a examinar con anticipación los temas de los debates, sólo lo tenían las diversas instancias de la administración. Así es como se conservaba y se sistematizaba también la distinción entre los derechos de la masa militante y los del aparato administrativo.

Mientras, la lucha contra la derecha, los partidarios de la reconciliación con los kuláks, seguía su curso. Pero se notaba que un director de orquesta invisible se encargaba de moderar el tono. Parecía que alguien conducía a la masa del partido como se lleva a un niño de la mano: adelante, un paso más, prohibido ir más lejos, detente.

¿Pero por qué se podía dar este paso y no aquel otro?, ¿dónde se quería llegar?, ¿cuál era la meta? Todo esto el “aparato” lo mantenía en secreto. Las masas ni siquiera se atrevían a plantear la cuestión. A pesar de las solemnes declaraciones de los periódicos respecto a la autocrítica y la democracia, no hubo ningún cambio real en la vida del partido y de las masas. ¿Qué sucedía?, ¿acaso era un colosal engaño?, ¿o es que la nueva política de

Stalin contra la derecha aún no podía –por razones de táctica interna del partido– desplegarse del todo? En la primavera de 1928 se celebró en Moscú el IV Congreso del Profintern (Internacional Sindical). En la delegación  yugoslava a este congreso me encontré con un viejo amigo, ferroviario y  probado militante revolucionario que había sido mi camarada desde mi actividad ilegal en 1919. Él ya había estado en Rusia en 1917-1918, como prisionero de guerra austriaco. Había podido observar los inicios de la revolución y había participado activamente en ella. Tras haber sido el huésped de los ferroviarios moscovitas, tras haber tenido tiempo de observar toda la vida pública y privada, me resumió sus nuevas impresiones sobre Rusia en los siguientes términos: “La situación hoy es completamente distinta a la de mi época; el obrero ha caído de nuevo en la trampa, los burócratas viven como vivían antes los burgueses, sus señoras se las dan de burguesas. Hace falta una nueva revolución.

¿Hemos llegado ya a ese punto?, me preguntaba yo…

En las luchas internas del partido, el papel de las masas se limitaba al de meros espectadores, o como mucho instrumentos. El destino del partido y del país se decidía en la sombra (2) las masas tenían que esperar a ver quién salía vencedor para sacarle a hombros. Mis camaradas y yo no comprendíamos cómo era posible semejante situación, pero sabíamos que sin embargo era eso lo que sucedía. Sabíamos que las masas permanecían en segundo plano y que fuese quien fuese el vencedor su papel social se reduciría.

 A. Ciliga


(1) La profecía de Trotsky que en sus tiempos jóvenes había previsto que la concepción leninista de  partido (la “teoría de ese abogado chapucero” -es decir Lenin- llevaba a la dictadura del comité central y dentro de este a la dictadura exclusiva del propio Lenin) llegaba a su total realización con Lenin y luego Stalin.

(2) también entonces todo lo importante estaba “compartimentado”, el “no hagan ola” y el “los trapos sucios se lavan en casa” eran parte de la rigidez y unidad sin principios del aparato. Lo que eso garantizaba era la peor de las evoluciones posibles la impunidad de los jefes y la total impotencia de las masas. (esta nota no es de Ciliga, sino criolla, “R”)