Los efectos del régimen burocrático
Rolando Astarita [Blog]
En la crítica a Claudio Katz, que he citado en la parte anterior de la nota, aquí Guillermo Almeyra se pregunta “sobre los efectos políticos y morales”, en escala internacional y en la misma Cuba, de la línea política seguida por el castrismo. La pregunta de Almeyra nos parece central, ya que el éxito de la transición al socialismo depende de que sea apoyado por otros procesos revolucionarios a escala internacional. Por eso, la manera en que son asimiladas, por parte de los trabajadores que viven bajo el capitalismo, las orientaciones de los Estados “socialistas”, tiene una importancia difícil de exagerar: el futuro de un proyecto anticapitalista y emancipador solo se sostiene si los pueblos consideran viable la construcción de una sociedad sin explotadores ni opresores. Una cuestión que atañe a los que viven bajo el dominio del modo de producción capitalista, como a los que lo hacen en los “socialismos reales”
Naturalmente, esa comprensión está mediada por la propaganda capitalista (o imperialista); pero también por los testimonios de gente común que viaja hacia o desde los países “socialistas”, así como por múltiples canales de información, que se han ido extendiendo y profundizando con la globalización de las comunicaciones y la intensificación de los viajes
Pues bien, en este respecto hay que admitir que los regímenes de tipo burocrático stalinista, que en la conciencia popular se identifican con el socialismo, no son considerados una alternativa deseable, o viable, para las más amplias masas, a nivel mundial. Por ejemplo, en América Latina ninguna corriente política actualmente puede progresar argumentando que su proyecto es alto parecido a Cuba (Corea del Norte es aún menos referencia). Dicho de manera más directa y bajo forma de pregunta: ¿Cuál es el efecto sobre la representación del socialismo que produce el testimonio de un trabajador cubano que es echado del Estado, o privado del derecho de salir del país, por ser crítico de la línea oficial?
¿Y cuál es ese efecto cuando por todos los poros surgen evidencias de que, en nombre del socialismo, burócratas del Estado o del partido, directores de empresas y altos militares llevan una vida con todas las comodidades, en tanto amplias capas de la población padecen por necesidades básicas insatisfechas, o se vuelcan a la prostitución y otras actividades “en el margen”, porque no avizoran otra salida? Incluso gente de izquierda que visita Cuba, y se preocupa por conocer cómo vive y piensa el cubano común, termina por admitir lo que es indisimulable. Pero dada esta realidad, y su negación "oficial" (incluyo aquí al coro de intelectuales "nacional-popular-marxistas" que mira para otro lado), no hay manera de reconstruir un programa socialista. Accesoriamente, preciso que solo personas muy despistadas pudieron creer que el proyecto socialista podía reconstruirse bajo la bandera del chavismo, esto es, de la mano de la lumpen burguesía, de burócratas corruptos y oportunistas, y de los militares venezolanos
Pero el problema excede la situación actual de Cuba (o de Venezuela), ya que lo que está en juego es la experiencia global de los regímenes stalinistas burocráticos, las razones de su colapso, y sus consecuencias a nivel de la conciencia y las convicciones de los trabajadores. Hay que comprender que el eslogan burgués de “no hay alternativa” –el límite de los cuestionamientos de masas al capitalismo hoy parece fijado en los reformismos sin perspectiva “a lo Syriza”- es el resultado último de lo que se experimenta como el “fracaso del socialismo”. Un problema que afecta también a los trabajadores que viven en los territorios del ex bloque soviético (o en la ex Yugoslavia, o en China, etcétera), y a los cubanos. Por eso, en tanto estas cuestiones no se salden con una discusión en el movimiento socialista,habrá pocas esperanzas de remontar su actual crisis ideológica y política
Por otra parte, esta crisis ideológica y política, a la que han contribuido las prácticas y discursos stalinistas en todas sus variantes, no se supera con la mera “experiencia de las masas trabajadoras”. Lo sucedido cuando comenzaba la crisis final del bloque soviético es ilustrativo: por aquellos años muchos trotskistas que viajaron a los países del Este y a la URSS desde Occidente, se encontraron con la desagradable sorpresa de que aun los militantes más izquierdistas de esos países depositaban sus esperanzas en alguna forma de “socialismo sueco”, o de régimen socialdemócrata “moderado” y capitalista
Paralelamente, el capitalismo avanzaba sin pausa, y sin provocar alguna resistencia seria por parte de las masas trabajadoras. A manera de argumento-consuelo, muchos pronosticaron que apenas la gente viviera las consecuencias del capitalismo “salvaje”, volvería sobre sus pasos para establecer alguna forma de socialismo autogestionado por los trabajadores. Pero nada de esto ocurrió. E incluso hoy, a pesar de que muchos trabajadores de Rusia y otros países del ex bloque añoran aspectos positivos del viejo régimen (por ejemplo, seguridad laboral, servicios públicos gratuitos), las corrientes anti-capitalistas son minoritarias. Lo cual demuestra que los procesos históricos no son lineales, ni las reacciones se producen por simples “actos reflejos”; y se evidencia también que las ideologías definitivamente inciden en la manera en que se procesan los hechos económicos y sociales
Tal vez esto ayude entonces a comprender por qué hoy no aparecen fuertes resistencias, desde la clase obrera cubana, a la entrada del capital y de la lógica del mercado en la isla. Lo cual, a su vez, debilita la posibilidad de reconstruir el movimiento anticapitalista a nivel mundial. Un trabajador de un país capitalista que ve cómo en Cuba se conceden ventajas gigantescas a la inversión extranjera (ver aquí), tiene derecho a preguntarse cuánto es cuestionable de lo que hace su propio gobierno. El internacionalismo no es una abstracción, es un hecho real que está sustentado en la internacionalización de las fuerzas productivas y en sus expresiones políticas e ideológicas transfronteras
Accesoriamente, señalemos que no encajar estas cuestiones en los análisis, puede llevar a grupos de izquierda a repetir errores cometidos a comienzos de los 1990, cuando pronosticaban un “ascenso del socialismo de masas a nivel mundial”, disparado por esa pretendida gran revolución anti-burocrática y anti-capitalista que se produciría en la URSS, y que no ocurrió
Por otra parte, y por fuera de los efectos derivados de la “construcción socialista real”, existe un segundo canal por el que se hace sentir la influencia de un gobierno “socialista” a nivel internacional: son sus caracterizaciones y posiciones políticas e ideológicas frente a gobiernos y Estados extranjeros. Así, por ejemplo, cuando Fidel Castro declaraba (2/08/1980) que el presidente López Portillo pasaría a la historia “como uno de los grandes estadistas de México”, esa definición incidía en la conciencia de los obreros y campesinos mexicanos, y en las posibilidades de los partidos de izquierda marxista de desarrollar una crítica a los gobiernos y el régimen del PRI. Una cuestión que se vincula con el criterio con que un gobierno revolucionario encara sus relaciones exteriores en un mundo rodeado de regímenes hostiles.
Interludio: la tradición revolucionaria y el stalinismo
La cuestión que abordamos al finalizar el apartado anterior fue planteada repetidas veces por Trotsky (también por Lenin), y se abordaba, en los años heroicos de la Revolución rusa, con un criterio definido: las acciones y políticas de un gobierno que se reivindicaba del socialismo debían apuntar a fortalecer la conciencia socialista de la clase obrera mundial
En ese respecto, una de las explicaciones más claras de Trotsky la encontramos cuando se firmó, en 1939, el acuerdo entre Stalin y Hitler (conocido como el pacto Ribbentrop – Mólotov), al que siguió la ocupación del este de Polonia por el Ejército Rojo; y el inicio de la Segunda Guerra. Ese acuerdo de la URSS con la Alemania nazi impactó en la izquierda, pero los stalinistas lo defendieron diciendo –entre otros argumentos- que gracias al mismo el socialismo había avanzado en Polonia. La respuesta de Trotsky fue que con esa acción la burocracia soviética había “desorientado y desmoralizado” a la clase obrera mundial y que, comparado con ese crimen, la revolución social en dos provincias era de secundaria importancia (véase En defensa del marxismo). Para más males, la burocracia stalinista embellecía al gobierno nazi –recordemos que Molotov declaró, a horas del estallido de la guerra, que “una Alemania fuerte es una condición indispensable para una paz durable en Europa”. Todo lo cual aumentaba la desorientación de los trabajadores
Subrayo que la crítica de Trotskyno era a la firma de acuerdos entre Estados. En muchos pasajes (véase La revolución traicionada, En defensa del marxismo y otros escritos de la época), explicó que cualquier gobierno revolucionario está obligado a firmar acuerdos con gobiernos capitalistas, y que en muchas ocasiones debe ceder posiciones, maniobrar o apoyarse en una potencia contra otra. Sin embargo, no por esto debe presentar como victorias lo que son concesiones forzadas por las circunstancias, ni embellecer al enemigo. Por caso, en la paz de Brest-Litovsk el gobierno revolucionario se vio obligado a ceder territorios a Alemania, pero jamás eso se caracterizó como un avance del socialismo; ni se presentó como “amigo” al gobierno germano. Para explicarlo con un hecho más cotidiano: una dirección sindical puede verse obligada a ceder terreno en un conflicto, pero no por ello tiene que presentar el asunto como un triunfo, ni calificar de “amiga” a la patronal capitalista. O para decirlo con un ejemplo castrista: Cuba puede estar necesitada de firmar acuerdos económicos con China, pero ello no autoriza a embellecer al gobierno chino diciendo que está en la avanzada de la construcción del socialismo.
Más en general, y volviendo a las tradiciones del gobierno soviético, había una regla fundamental en aquellos primeros años de la revolución rusa: los acuerdos con gobiernos burgueses no debían atar a la sección correspondiente de la Internacional Comunista. O sea, se establecía una división entre la Internacional Comunista y el gobierno ruso, de manera que la primera pudiera conservar la libertad de acción. Según Trotsky, esta independencia era absoluta. Marcel Laibman (Le Léninisme sous Lénine. 2 L’ épreuve du pouvoir) observa, empero, que la diplomacia leninista no habría sido tan “pura” como pretendía Trotsky: el caso más chocante fue el acuerdo comercial que firmó el gobierno soviético con Gran Bretaña, en 1921, en el que figuraba una cláusula que impedía a las partes recurrir a cualquier agitación o propaganda subversivas
Sin embargo, y esto lo enfatiza Laibman, en lo básico, la división entre la Internacional y el gobierno soviético permitía mantener la agitación, y daba gran libertad a los revolucionarios para hacer conocer sus posiciones a los trabajadores. Lo cual se ve también en la relación con Gran Bretaña; pocos meses después la firma del citado acuerdo, el Foreign Office protestó por las reiteradas violaciones a la cláusula que impedía la agitación. El gobierno soviético respondió que los que actuaban así eran agentes de la Internacional Comunista. “El formalismo de tal argumentación podía no ser convincente, pero resultaba, bajo ciertas circunstancias, muy útil” (Laibman, p. 261). En el mismo sentido, en 1919 Gueorgui Tchitcherine (Comisario del pueblo para Asuntos Extranjeros desde 1918) había declarado que en tanto “la diplomacia soviética es defensiva y debe dar pruebas de un sentido agudo de responsabilidad, cuando hablamos de tareas positivas de la Tercera Internacional, nos debemos cuidar de identificar a los partidos Comunistas que la conforman con el gobierno soviético donde los comunistas también dominan” (citado por Laibman, p. 260)
Lo precedente explica la actitud del gobierno soviético con respecto a la revolución alemana, en 1923. El año anterior se había firmado, entre Moscú y Berlín, el pacto Rapallo, de colaboración comercial y parcialmente militar. Sin embargo, poco después “el partido Comunista de Alemania movilizó abiertamente a las masas para una insurrección revolucionaria… La tendencia revolucionaria de la política común al gobierno soviético y a la IC excluía, en ese período, por supuesto, la posibilidad de la participación de la República Soviética en un sistema de Estados interesado en preservar el orden existente” (Trotsky, “The Kremlin in World Politics”, julio 1939). En definitiva, la organización internacional de los marxistas revolucionarios y la independencia de acción para los partidos Comunistasconstituían pilares de una estrategia que apuntaba a quebrar el aislamiento de la Rusia soviética mediante el triunfo de revoluciones proletarias. Esta política se mantenía en una innegable tensión con la necesidad de negociar y mantener relaciones con Estados capitalistas, pero no renunciaba a la actividad de la Internacional y sus partidos
Sin embargo, a medida que avanzó la burocratización en la URSS, la Internacional Comunista se convirtió más y más en un instrumento subordinado a las necesidades del Estado soviético. Los partidos Comunistas perdieron autonomía y acompañaron, durante años, los virajes de Moscú. Hasta que en mayo de 1943 la IC fue disuelta por Stalin, como muestra de buena voluntad para con sus aliados, EEUU y Gran Bretaña. Desde entonces, ningún gobierno o Estado del “socialismo real” buscó reconstruir una Internacional socialista de los trabajadores.Cuba no fue la excepción. Lo cual está en la lógica de las “razones de Estado” que orientaron su política exterior