EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE – de ANTE CILIGA
Estalinismo y trotskismo
Ciliga capta y explica bien que más allá de los matices el estalinismo y el trotskismo tienen el mismo proyecto social estatista y capitalista porque ambos identifican el Estado con el proletariado,la dictadura contra el proletariado como dictadura “del proletariado”. Hoy esto parece evidente, ambas tendencias habían sido protagonistas del terrorismo de Estado contra el proletariado, todo en nombre del desarrollo del capital, tal como Lenin defendía. Pero entonces era una importantísima conclusión para un militante que venía del oficialismo leninista, del PC oficial. Gracias a esa ruptura y comprensión de la realidad Ciliga está rompiendo totalmente con la burguesía en el poder y con el Estado ruso y esa conclusión lo situará junto al proletariado en Rusia y su lucha histórica, que desde el 1917 había sufrido el terrorismo de Estado leninista en carne propia. Esa conclusión no sólo lo condenaba a Ciliga a ser un enemigo del Estado y al encierro en prisiones, campos de concentración y exilios forzados, sino a la marginación con respecto a las tendencias de “oposición a su majestad” del trotskismo y otras oposiciones estatales. Pero a su vez. lo habilitaba para comprender mucho más a fondo la verdadera lucha histórica del proletariado ruso contra el hambre, la explotación y el Estado capitalista en Rusia.
Impresionantemente significativas son, en estos extractos, la crítica a la sociedad policial que el capital había desarrollado. y a la mentalidad sumisa al materialismo mecanicista de quienes admiraban la industria y las “chimeneas de las fábricas” perdiendo totalmente de vista a los “seres vivos”
Ricardo
EXTRACTOS:
Los koljoses de Valdai –escribía mi corresponsal esperaban impacientes la llegada de los tractores y el resto de maquinaria agrícola. Aún no habían llegado, pero el mero rumor de su llegada, unido a las noticias que llegaban de otras regiones, producía una emoción continua. Los sentimientos de los campesinos respecto a las máquinas se parecían a los de los pieles rojas ante los buques y cañones de Cristóbal Colón. ¿Acaso los capitanes del Plan Quinquenal no se parecían a los capitanes de Cortés? ¿No se trataba de la misma sed de pillaje y conquista bajo un disfraz a veces ingenuo, a veces cínico, de misionero cristiano (o comunista)? Los viejos y nuevos conquistadores no sólo aportaban cañones y sangre, sino también un nuevo orden, más opresivo y superior al antiguo. Los conquistadores no traían la felicidad al pueblo, sino la civilización. Estas reflexiones, esta interpretación del Plan Quinquenal contradecían absolutamente las teorías oficiales del estalinismo, así como las de la oposición trotskista.
Ni el trotskismo ni el estalinismo veían en los acontecimientos más que una lucha entre dos sistemas sociales: el socialismo y el capitalismo privado, una lucha entre dos clases: el proletariado y la burguesía, que incluía a los kuláks y los restos de todas las viejas clases dirigentes. Por mi parte, llegué a la conclusión de que había tres sistemas sociales que participaban en la lucha: el capitalismo de Estado, el capitalismo privado y el socialismo, y que estos tres sistemas representaban tres clases: la burocracia, la burguesía (incluidos los kuláks) y el proletariado. La diferencia estribaba en que los estalinistas y los trotskistas identificaban el capitalismo de Estado con el socialismo y a la burocracia con el proletariado. Tanto Trotsky como Stalin identificaban al Estado con el proletariado, la dictadura burocrática sobre el proletariado con la dictadura del proletariado, la victoria del capitalismo de Estado sobre el capitalismo privado y el socialismo con una victoria de este último. La diferencia entre Stalin y Trotsky consistía en que Stalin consideraba esto como un socialismo puro, la pura dictadura del proletariado, mientras que Trotsky se daba cuenta y señalaba las lagunas y las deformaciones burocráticas del sistema…
Aquellos de mis amigos que trabajaban en las empresas se habían puesto de acuerdo para ensalzar el progreso del país: la industrialización avanza a pasos gigantes, pero la oposición no quiere darse cuenta y en lugar de ayudar se limita a hacer críticas estériles. Estos comunistas, a fuerza de admirar las chimeneas de las fábricas, ya no se fijaban en los seres vivos y en las relaciones sociales que les unen.
Uno de ellos daba vivas a la G.P.U.: “Piensa que la G.P.U. está al tanto de todos los casos de descontento obrero, de los conflictos con los funcionarios económicos, de las vías de hecho de los udarniks (fuerzas de choque), de las roturas de máquinas, las huelgas, las manifestaciones campesinas y las trifulcas en las aldeas. El Politburó recibe semanalmente informes que resumen los incidentes ocurridos en toda Rusia. Los dirigentes de cada República reciben informes análogos sobre el territorio que les incumbe. ¡Es una ganga! ¡Semana tras semana el Politburó se informa así de todo lo que sucede en el país!” del partido…
Me hallo en un excelente palacete, un cómodo apartamento donde servían manjares reservados a la gente del Kremlin. Las tiendas de la capital estaban vacías, pero aquí no faltaba de nada. Uno hubiera pensado que estaba a mil leguas de la hambrienta y febril Rusia del Plan Quinquenal. Además de los dueños, me encontré con otra persona conocida, la mujer de un miembro del Comité Central. Acababa de leer el libro de Trotsky, Mi vida, que se había publicado recientemente en el extranjero, y citaba con malicia los pasajes en los que el autor se cebaba con los actuales dirigentes. Mis anfitriones, que también habían leído el libro, añadieron nuevos detalles. ¡Qué espectáculo!
Los tres eran anti-trotskistas, y sin embargo comentaban con un visible placer los ataques de Trotsky contra sus propios dirigentes anti-trotskistas. Nuestra anfitriona nos contó una conversación que había tenido hacía poco con un miembro del Politburó –se trataba de Kalinin– acerca de la Comisión Central de Control del partido. La conversación empezó porque ella había pronunciado algunas palabras llenas de desprecio hacia esa institución: “¿qué tal en vuestro asilo de ancianos?” Su amigo del Politburó no se molestó con esta comparación. Interrumpí diciendo en broma: “¿Es que las instancias supremas del partido ya sólo tienen autoridad ante las masas, ante los imbéciles?, ¿y acaso los dirigentes llaman a las cosas por su nombre?
– Efectivamente, existe cierto peligro en esta división de la sociedad en dos capas, a las que se corresponden dos verdades distintas, dijo mi anfitriona. Maquiavelo está de moda. Ahora los libros de cabecera de Voroshílov y Stalin son el Memorial de Napoleón y El Príncipe de Maquiavelo. Es cierto que hay mucho que aprender del enemigo, pero aún así…”.A medianoche me despedí de mis amigos y salí hacia Leningrado, impresionado aún por la noticia de que Napoleón y Maquiavelo habían sustituido a Marx y a Lenin en lo más profundo del Kremlin. Recordé una frase que repetía junto a Draguich y Dedich: ¡Rusia ha subido altísimo para caer luego aún más bajo!
A. Ciliga