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Cuba: crisis, globalización y giro al mercado (Conclusión)

Rolando Astarita [Blog]

Conclusión

A partir de la situación descrita a lo largo de esta nota, no existe ninguna posibilidad de que la apertura económica con EEUU dé como resultado el fortalecimiento de algo que pueda semejarse siquiera a un régimen socialista. Es que el curso hacia el capitalismo es el resultado de la globalización del capital y de la crisis asociada a la estructura  estatista burocrática de Cuba. En última instancia, Cuba confirma, una vez más, que es imposible construir un “socialismo nacional”, y menos todavía con los métodos de la administración burocrática. Incluso para muchos de los que apostaron al proyecto socialista y realizaron por ello enormes sacrificios -participando en la alfabetización masiva, en la campaña por los 10 millones de toneladas de azúcar, en la guerra de Angola y otras misiones-, hoy el Estado se ha transformado en una abstracción, en un ente enajenado. Un régimen que acepta como algo casi “natural” la prostitución o el negociado del burócrata; o que en el plano internacional mantuvo el silencio frente a una dictadura como la de Videla, o apoyó a Mengistu o Idi Amin, está muy lejos del proyecto humanista del comunismo (en palabras de Marx, “el comunismo es el humanismo conciliado consigo mismo”)

Por eso, el avance al socialismo, como decía Raya Dunayevskaya, necesita de la “negatividad absoluta”, esto es, la negación del capitalismo privado y también la del capitalismo de Estado. Agregaríamos, la negación de toda forma de Estado que se transforma en un instrumento de la burocracia para la explotación del trabajo. Esa “negatividad absoluta” es el programa de una segunda revolución, que debería transformar de raíz la forma de hacer y decidir las políticas públicas. Se trata, en última instancia, del objetivo que alguna vez esbozó Lenin: “Todos los ciudadanos sin excepción deben actuar como jueces y participar en el gobierno del país. Y lo más importante para nosotros es enrolar a todos los trabajadores, sin excepción, en el gobierno del Estado. Esta tarea es tremendamente dificultosa. Pero el socialismo no puede ser introducido por una minoría, por un partido” (citado por Dunayevskaya, Filosofía y revolución. De Hegel a Sarte y de Marx a Mao, Siglo XXI, p. 123, 1989). Se puede discutir, por supuesto, hasta qué punto Lenin se mantuvo fiel a este objetivo (la respuesta de los bolcheviques al Kronstadt sentó un precedente nefasto en el camino de la burocratización de la URSS), pero ese es el norte programático de las corrientes que defienden un programa de democracia real de los productores.

Para esto, el primer paso es la crítica de las prácticas burocráticas y de la concepción de que el “partido de vanguardia” puede sustituir esa democracia de las bases. O que la vanguardia iluminada puede “forzar la marcha de los acontecimientos” imponiendo a millones de personas su propia versión de lo que entiende por socialismo. En una próxima nota analizaremos críticamente las políticas que, con el pretexto de criticar el “fatalismo economicista” y el “materialismo metafísico”, pretendieron desconocer las restricciones objetivas que imponían tanto las condiciones sociales –por ejemplo, la existencia de amplias capas de pequeños propietarios campesinos o artesanos- como el desarrollo de las fuerzas productivas y la misma naturaleza. Por ahora digamos que las colectivizaciones forzosas, las supresiones del mercado en pocos años, los planes fantásticos de avances productivos (la industrialización en la URSS, el “Gran Salto Adelante” en China, la zafra de los 10 millones de toneladas en Cuba), que terminaron en gigantescos fracasos y agotaron fuerzas humanas y naturales, deberían entrar en este necesario balance crítico.

Hay que comprender que la transición al socialismo no se hace con “hombres nuevos”, sino con seres humanos comunes, de carne y hueso. En particular, porque los procesos sociales –que involucran cambios en puntos de vista, ideologías, prácticas sociales y costumbres arraigadas durante siglos- son necesariamente lentos, y porque las conciencias y voluntades no pueden ser dirigidas “desde las cumbres de la dirección iluminada con la ciencia del marxismo leninismo”. Máxime cuando una revolución queda aislada, en los marcos de un país atrasado. Por eso, insistimos, el análisis materialista debe suplantar a la especulación idealista –que deviene en legitimación del burócrata colocado por encima de la sociedad- como primer paso de cualquier rectificación. “Las premisas de que partimos no tienen nada de arbitrario, no son ninguna clase de dogmas, sino premisas reales, de las que solo es posible abstraerse en la imaginación. Son los individuos reales, su acción y sus condiciones materiales de vida, tanto aquellas con que se han encontrado como las engendradas por su propia acción (Marx y Engels, La ideología alemana, Ediciones Pueblos Unidos, p. 19). Hoy el punto de partida son esos individuos reales que viven y han vivido el “socialismo real”, con sus historias y sus experiencias, con su lucha cotidiana por la supervivencia y sus sueños y aspiraciones, y no el idealizado “hombre comunista”, forjado en la imaginación del intelectual de izquierda que todo lo justifica en su nombre. Cuestiones que deberían debatirse y revisarse –como el rol del mercado en su articulación con los objetivos económicos, la promoción de cooperativas reales, los incentivos al trabajo- no pueden encararse al margen o por fuera de este cambio radical en los enfoques.

Pensamos que no hay forma de reconstituir la confianza en un proyecto socialista si no se encara esta revisión que, por supuesto, atañe a las fuerzas de izquierda de conjunto. Una revisión desde la cual las alas más radicales plantearían su perspectiva también radical, la de un socialismo humano, crítico y participativo. Y es una idea que surge de las entrañas mismas de la sociedad cubana, de gente que ha creído en el proyecto socialista y ha luchado por él. Por eso, termino esta nota citando a Ariel Hidalgo, autor del libro Orígenes del movimiento obrero y del pensamiento socialista en Cuba (figuró en la bibliografía de la carrera de Letras), que fue profesor en las Universidades Obreras y Campesinas. A comienzos de los 1980 Hidalgo planteó que en Cuba era necesaria una segunda revolución; “crimen” por el cual fue enviado a prisión en 1981. En 1988 se le informó que no se le daría nunca la libertad a menos que se decidiera salir del país; aceptó entonces vivir en el exilio. Escribe Hidalgo:

“Los trabajadores eran, nominalmente, los propietarios, pero lo determinante no era la propiedad, sino la posesión directa sobre esos medios y esa posesión la ostentaba otro grupo humano”. (….) “Esto implicaba la necesidad de una segunda revolución, pero esta vez muy diferente, porque si antes se habían expropiado a miles de grandes propietarios privados, ahora se trataba de uno solo, el Estado; o dicho de otra forma, el Estado, que hasta ahora había sido depositario de riquezas pertenecientes al pueblo, debía delegar esas funciones en los colectivos de base. El pueblo debía convertirse, de propietario formal en propietario real”.  (…)

“Consideraba que los medios de producción habían pasado de unas manos a otras, pero no a las de los trabajadores, sino de capitalistas y terratenientes al Estado centralizado con el encubrimiento de una nueva casta de burócratas. No se trataba simplemente de corregir el rumbo, sino de dar un timonazo tan radical como fue el proceso inicial que transformó la gran propiedad privada en estatal. Mas la cuestión no era ya centralizar, sino descentralizar, no se trataba ya de estatizar ni de privatizar, sino de convertir las riquezas realmente en propiedad social, delegando todos los medios en los trabajadores de base para que estos los controlaran directamente sin intermediarios burocráticos”

“No hubo en Villa [lugar donde Hidalgo fue interrogado por la seguridad cubana en agosto de 1981] discusiones teóricas. Solo en el último interrogatorio, cuando le dije que no perseguía el regreso de Cuba al capitalismo, me preguntó airado: “¿Qué es lo que quiere usted entonces para Cuba?” Y respondí: “Pues una sociedad donde los obreros de cada fábrica, los dependientes de cada comercio, los empleados de cada banco, los maestros de cada escuela, etc., etc., puedan elegir libremente a las administraciones de sus respectivos centros”. Me miró con ojos muy abiertos y me gritó: “¡Usted está loco, completamente loco!” Y al día siguiente me envió al manicomio” (“Memoria al rojo vivo”, http://profesorcastro.jimdo.com/izquierdistas-suicidados-o-encarcelados/)

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