EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE
– de ANTE CILIGA
El estalinismo y la complicidad de la religión
Contrariamente al mito, la religión y la iglesia ortodoxa fueron cómplices de la dictadura estalinista hasta en los más atroces períodos de la “colectivización forzada” y los milicos y sus aparatos de terror se valieron de las contradicciones internas en las sectas religiosas para ponerlas a su servicio y purgarlas a su antojo. Aquí va un escueto pero fuerte testimonio de Ciliga. El testimonio es particularmente importante porque en general los partidarios del opio de los pueblos “marxista leninista” piensan que por lo menos el Estado del “socialismo” se opuso a las otras religiones.
Todo lo contrario el ESTADO leninista/estalinista, que como todo Estado no puede ser socialista, nunca liquidó las religiones porque ese otro “opio” les servía para asegurar la explotación y la opresión. También era necesario para el sometimiento del ser humano al trabajo. ¡Hasta en eso el leninismo no se distingue en absoluto de las otras fuerzas de explotación y opresión capitalista! Esa explotación suprema requirió de todos los opios religiosos. En síntesis religión cristiana y religión marxista leninista cumplieron el mismísimo papel de partícipes de la explotación y opresión estalinista. ¡Qué no se laven las manos ahora, diciendo que no son estalinistas!
Ricardo
EXTRACTOS
LOS “RELIGIOSOS”
Después de los ingenieros, el grupo más vistoso era el de los sacerdotes y los miembros de las sectas religiosas. Los sacerdotes y los miembros de las sectas se agrupaban además en dos campos distintos e incluso hostiles, pero ocupaban espacios contiguos y habían constituido una especie de “frente común” frente al resto de la sala, compuesta de ateos o neutrales. Los sacerdotesse dividían en partidarios de la Iglesia “oficial”,dirigida por el metropolita Serge y los partidarios de la oposición eclesiástica. Lo que supe de la vida y las luchas internas de la Iglesia ortodoxa de Tijon parecía verdaderamente increíble, pero los acontecimientos posteriores se encargaron de demostrar la realidad de los hechos. La iglesia ortodoxa rusa había sufrido una profunda crisis durante la revolución. Las sectas, que antes ya eran bastante poderosas, durante la revolución llegaron a reunir entre el diez y el veinte por ciento de todos los creyentes y amenazaban gravemente la ortodoxia. La hostilidad de las sectas hacia el viejo régimen así como hacia el gobierno soviético les ponía en condiciones adecuadas para reflejar el descontento delcampesinado y de los medios populares de las ciudades.
En cuanto a la “Iglesia viva”, representaba una oposición puramente soviética a la Iglesia ortodoxa y por tanto disfrutaba de los favores del gobierno. Pero por eso mismo no era viable: era un niño nacido muerto.
La masa de los creyentes permanecía fiel a la antigua Iglesia. Y dentro de esta Iglesia es donde se desarrollabala lucha más importante. Cuando llegué a prisión ésta había llegado a su máximo apogeo.La mayor parte de los eclesiásticos se había reunido en torno al gobierno de Stalin. Para ellos el futuro de la Iglesia estaba ligado al del Estado, aunque fuera soviético. La tarea de la Iglesia, pues, no sólo consistía en difundir la fe en Dios, sino también el principiode sumisión a los poderes establecidos. La política dela colectivización forzosa y los levantamientos campesinosno le hicieron cambiar de opinión. Al contrario,apoyaron al gobierno en el momento más crítico,contando con que más tarde éste les recompensaría reconociendo los derechos de la Iglesia. El símbolo que terminó coronando esta política fue la introducción en los oficios religiosos de una súplica por el gobierno soviético…
“¡Pero si en la Rusia soviética la Iglesia está separada del Estado!”, exclamaba yo.
– “Cierto, pero no está prohibido que la Iglesia rece por el Estado si quiere.”
Una parte de la Iglesia estaba en contra de esta política y entendía que dado que la Iglesia y el Estado estaban separados, aquella no tenía por qué ocuparse de la suerte del Estado. Por eso rechazaba introducir la famosa súplica en los oficios religiosos. Esta oposición, que había arraigado en diversas partes del país, tenía su centro en Leningrado. La mayor parte de los miembros de la Iglesia en Leningrado apoyaban a la oposición y eligieron como obispo de Leningrado al jefe espiritual de la oposición, que era obispo en Rostov. La minoría del sínodo ruso también apoyaba a la oposición, mientras que la mayoría, con el metropolita Serge al frente, exigía que la minoría se sometiera y negaba a las comunidades eclesiásticas el derecho a designar sus obispos y otros dignatarios sin la aprobación del metropolita. Así fue como la cuestión de la organización interna de la Iglesia vino a juntarse con la de la actitud hacia el gobierno.
La reivindicación de autonomía dentro de la Iglesia chocó con el principio del centralismo autocrático. Aquí había sorprendentes analogías con la lucha que se desarrollaba dentro del partido comunista. Y estos parecidos también se daban en otros aspectos: la oposición eclesiástica “autonomista” tenía dos grupos distintos, uno de “derecha” compuesto de partidarios de la restauración y opuesto a cualquier relación con el gobierno por su carácter soviético; y uno de “izquierda” que quería absoluta independencia respecto al gobierno y hacía de esta independencia el punto de partida de una lucha contra el gobierno apoyando a las masas populares.
Y aquí surgía el fenómeno más sorprendente: el gobierno y la G.P.U. intervenían activamente en esta lucha. Cuando, en el Sínodo, la mayoría del metropolita Serge empezó a debilitarse, la G.P.U. arrestó a algunos miembros del Sínodo y les envió a prisión y al exilio: el metropolita pronto recuperó su mayoría. Cuando la oposición empezó a ser peligrosa en las provincias, la G.P.U., sin llegar a destruirla completamente, la diezmó para que no creciera tan rápido. Al obispo de Rostov, jefe espiritual de la oposición, se le dejó en libertad hasta que le eligieron obispo de Leningrado. Como esta elección amenazaba directamente al metropolita Serge, la G.P.U. decidió hacer desaparecer al peligroso obispo y le hizo arrestar. Mientras en el escenario soviético se seguía interpretando la comedia de la lucha contra toda religión, entre bambalinas Stalin estrechaba relaciones con la religión ortodoxa.
Nunca llegué a saber la causa de la detención de los sacerdotes que estaban encerrados en mi sala; no quisieron decírmelo. Probablemente habían participado en la oposición. Algunos eran los típicos viejos popes, gordos y barrigones. Decían que no pertenecían a ninguna oposición. “No sé por qué me han detenido, ¿acaso no soy partidario de Serge?”, me comentó el más culto y, según parecía, el menos convencido de ellos. Los que no ocultaban sus simpatías pertenecían a grupos de distintos matices. El más intransigente era un joven fraile, alto y flaco, con unos ojos que reflejaban una gran pasióncontenida y una hermosa barba rubia. ¡Parecía un fanático de Bizancio! Aunque hablaba poco, sus gestos eran elocuentes. Se notaba que odiaba y despreciaba a la humanidad pecadora. Para él, una iglesia que reza por el gobierno “no es un templo de Dios, sino un templo de Satán”. Se negaba a oficiar en las iglesias que habíansido mancilladas, aunque sólo fuera una vez, con esas plegarias por el Estado.
Entre los sectarios había algunos evangelistas y “shorikovtsi”. Eran campesinos, artesanos y marineros; también había algunos obreros. Los shorikovtsi eran los más activos. Esta secta es una variante rusa del evangelismo o anabaptismo. Su centro estaba en Leningrado y alrededores y contaba, según se decía, con varios cientos de miles de adherentes. También estaba allí un vagabundo tártaro que pertenecía a una de las sectas más radicales y más hostiles al poder soviético. Se terminó hablando de estas sectas extremistas en la sala. Algunas, se decía, rechazaban la menor relación con las autoridades y ni siquiera permitían dirigir la palabra a un bolchevique. Uno de los prisioneros, que había pasado por Solovkí, recordaba a una sectaria particularmente fanática que había sido detenida y se negaba a firmar su acta de puesta en libertad,aunque le dijeran que si no firmaba no podía salir
Otro caso era el de un hombre de mediana edad, miembro de la dirección de una comunidad judía en una sinagoga. La G.P.U. le había propuesto que les mantuviera al corriente de las opiniones del resto de miembros de la dirección: en otras palabras, la G.P.U. quería convertirle en su agente. ¿Le habrían dejado en paz si se hubiera negado tajantemente? Temeroso de atraer la cólera de la G.P.U. con una clara negativa, el pobre ingenuo les dijo que no tenía suficiente educación pararedactar informes. Sin duda la G.P.U. le detuvo para que “perfeccionara” su educación en prisión
Ante Ciliga