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SOBRE RUSIA ? TEXTOS 14

EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE –

de ANTE CILIGA

Panorama general de las cárceles del leninismo

Nuestro objetivo es hacer público lo que siempre se ocultó como parte de la lucha contra el capital y el Estado. Aquí se da un panorama general de la masa enorme de proletarios presos y reprimidos que había sido necesaria para el desarrollo del capital presentado como “triunfo del socialismo”. La heterogeneidad de origen, de nacionalidades, de edades, de posiciones…, da cuenta de la masividad imponente de proletarios sometidos a los campos. Unos años después el nazismo en su euforia trataría de imitar: el nacional socialismo fue programáticamente una repetición del socialismo nacional leninista. Tal vez no haya sido solo por casualidad que muchas de las obras de Lenin hayan seguido circulando legalmente bajo en nazismo (como “la enfermedad infantil…”). Lo cierto es que en los años 30 “socialismo” era sinónimo de campo de concentración y terrorismo de Estado y los propios presos daban humor a esa imponente tragedia humana diciendo que “si eso era el socialismo científico que en vez de empezar con ellos debían haber probado con los monos, como hace la ciencia con todo experimento” y que “el verdadero país comunista era el de los campos que está lleno de comunistas”

Al mismo tiempo en una brevísima descripción Ciliga da cuenta de la horripilante situación real en los campos de concentración leninistas: hambre, hacinamiento, mugre, epidemias y que como en todos los otros campos y prisiones de la historia de que las mujeres son las que más sufren y son sometidas a las peores humillaciones. La esclavitud sexual y total es la regla que impone la burocracia soviética que dirige los campos fundados por Lenin. Como en cualquier otra situación de dictadura abierta la más imponente de las situaciones es cuando desde el campo de concentración se vuelve al “interrogatorio”, es decir a la tortura. Es como al pasar que Ciliga denuncia como el Estado ruso liquida a los revolucionarios de otras partes del mundo, por ejemplo entregando a los revolucionarios de China a Chiang Kai-Shek es decir al terror blanco contrarrevolucionario. 

Completamos estos extractos con la mención de Ciliga de que en Rusia también se condena por pura ideología (“la contrarrevolución en el dominio de la filosofía”) y que en el delirio mortuorio de los campos de exterminio (¡hasta por el tifus!) el régimen no escatimaba esfuerzos para las campañas ideológicas en las que había que festejar la propia sumisión: los esclavos estaban condenados hasta hacer obras de teatro apologéticas de los planes quinquenales y del “socialismo”. También en los campos nazis habrá escenas similares, el monopolio ideológico requiere cada vez más infiltración y control. Entre los presos nadie dice lo que piensa y era excepcional que alguien dijera la verdad: esto no es comunismo esto es esclavitud

Ricardo

EXTRACTOS

Los detenidos eran de todo tipo de nacionalidad. Rusos no eran muchos más de la mitad. El resto pertenecía a todas las nacionalidades de la URSS: ucranianos, rusos blancos, tártaros, polacos, etc. Había muchos judíos. A parte de mí, en la sala no había más que cuatro extranjeros: el abogado letón del que ya he hablado, un chino comunista, antiguo funcionario de los ferrocarriles, un joven alemán que había trabajado en la líneaTurkSib45 y al que habían expulsado porque sospechaban que era un espía al servicio de Alemania, y por último un joven comunista estonio, refugiado político. Su hermano estaba encerrado en la sala contigua; había sido diputado comunista en el parlamento de Estonia. En lo referente a la edad, los presos eran generalmente hombres adultos, con una gran proporción de gente entrada en años e incluso anciana

A veces se hablaba en nuestra sala del régimen de otras prisiones. Llegaban constantemente nuevos reclusos de la más variada procedencia, que habían pasado por otras cárceles. Se comparaban las diferentes condiciones que reinaban en las tres secciones de nuestra prisión, se evocaba el régimen de hambre y relativa libertad de la prisión de Kresty donde se recluía a los presos comunes

Más raro era oír algo de la prisión de Gorokhovaia[1], al lado de la sede de la G.P.U., donde encerraban a los detenidos que querían tener “más a mano”

De la que más se hablaba era de Solovkí [2], esa Guyana ártica de la URSS. Durante el Plan Quinquenal, en toda Rusia y en el norte de Siberia, desde la frontera finlandesa hasta el Océano Pacífico, surgieron inmensos campos de concentración donde se hacinaban varios millones de hombres. Solovkí debía su fama a que fue el primer campo de concentración de este tipo. Además, era el destino de la mayor parte de los detenidos en  Leningrado. Entre nosotros también estaban los presos trasladados de Solovkí a Leningrado para ser interrogados de nuevo

Los deportados a Solovkí se dedicaban principalmente a la tala y armadía de madera. Se habían construido numerosos campamentos en las islas y el litoral, donde vivían los detenidos. No había suficientes barracones. Por las noches se apiñaban como sardinas en lata. Para salir, había que andar sobre los cuerpos extendidos a ras de suelo. Al volver, el sitio ya estaba ocupado y había que tumbarse sobre alguien antes de poder conquistar un rincón del suelo. La alimentación era mala, la ropa insuficiente. La administración estaba formada en su mayor parte por detenidos, al frente de los cuales estaban los chekistas condenados. Robaban a los detenidos sin ninguna compasión y ejercían sobre ellos un poder discrecional. Los inspectores tenían derecho a ejecutar en el sitio a cualquiera que mostrara mal humor o se permitiera expresar la menor protesta. Durante los trabajos en el bosque los inspectores hacían un holgado uso de este derecho. Huir no sólo era muy peligroso, sino por decirlo así, imposible. Los detenidos que ya no aguantaban más buscaban otra salida: se mutilaban simulando un accidente de trabajo. Eran frecuentes los casos de dedos cortados por un hacha; a veces una mano o un pie. Al principio la G.P.U. liberaba a estos inválidos. Luego, cuando las mutilaciones voluntarias se volvieron más frecuentes, las consideró actos de sabotaje: se fusilaba a los culpables. Las mujeres eran las que más sufrían y las que tenían que aguantar más humillaciones

El hambre, la suciedad y el hacinamiento de los detenidos provocaban periódicas epidemias. En 1929-30 estas epidemias redujeron la población de las islas de 14.000 a 8.000 almas. Durante estas catástrofes llegaba de Moscú una comisión de la G.P.U., fusilaban a la mitad de los administradores y cuando se iban la vida penitenciaria volvía a sus habituales horrores. La población de Solovkí incluía a campesinos deportados, antiguos oficiales, miembros de las sectas y todo tipo de gente perseguida por cuestiones de fe, “nacionalistas” musulmanes, sobre todo de Asia central, nacionalistas  ucranianos y rusos-blancos. También estaban en Solovkí unos cincuenta o sesenta trotskistas, uno de los cuales –Guessen Roskólnikov– acababa de ser director del Pravda en Leningrado. Además, había algunas decenas de estudiantes chinos de la Universidad Sun Yat-Sen de Moscú, deportados por haber hecho oposición. A los chinos se les trataba como delincuentes comunes.

Las autoridades soviéticas habían entregado fríamente al enemigo, Chiang Kai-Shek, a una parte de sus camaradas, embarcándoles a la fuerza en un navío amarrado en Vladivostok que estaba a punto de partir hacia Shanghái

En la sala de mi camarada Deditch se hallaba un famoso filósofo idealista ruso al que habían transferido a Solovkí –Alexandrovitch Meier–. El crimen que le había llevado al exilio en Solovkí no era otro que “la contrarrevolución en el dominio de la filosofía”. Le habían puesto a trabajar en la oficina central del campo. A los horrores habituales de Solovkí vino a sumarse una escena delirante: en plena epidemia de tifus, en medio de los moribundos, la sala de teatro de la prisión estaba llena de camas de campaña en las que gemían los enfermos, ¡mientras sobre el escenario los presos convertidos en artistas representaban apasionadamente una pieza de teatro que celebraba el éxito del Plan Quinquenal y el entusiasmo socialista!

Un día me quedé leyendo en la sala mientras el resto de detenidos daban su paseo. Uno de mis vecinos, que también se había quedado, se acercó y se sentó a mi lado. Hacía mucho tiempo que me llamaba la atención. Escuchaba con un notorio interés mis violentas y sinceras críticas contra el régimen vigente, pero siempre se callaba. Quizá su silencio se debía al miedo que le tenía a la G.P.U. Pero, ¿quién sabe?, quizá él mismo era un agente de la G.P.U., pues había uno en todas las salas, camuflados de presos. En la sala de Deditch ya habían desenmascarado a uno. Así que empecé mostrándome muy reservado. Pero después de permanecer en silencio un rato, me dijo de sopetón en voz baja: “No haga discursos tan violentos contra el gobierno; ayer por la tarde, cuanto usted salió a por agua hirviendo, el jefe de sala dijo que lo que habría que hacer con usted es fusilarle. En los tiempos que corren gente como usted puede ser una mala influencia… El jefe de sala [3] es un chekista, quizá lo que dice no sólo sea su opinión personal…Hay que ser prudente ante ‘ellos’.”

En efecto, mi situación en la sala era un poco particular. Yo era el único preso que se declaraba abiertamente adversario del régimen, criticándole y combatiéndole. El resto contaba lo que había visto y sufrido, a veces narraban su interrogatorio ante el juez de instrucción o hablaban de las cosas por las cuáles les inculpaban. Pero de los cuatrocientos o quinientos hombres con los que me encontré en aquella prisión, excepto quizá Kozlov (al que por otra parte fusilaron), ninguno aspiraba a convertirse en un enemigo del gobierno y desde luego ni pensaban llevar a cabo una eventual lucha contra el régimen. Incluso los condenados a muerte se callaban; la gente a la que se llevaban para fusilarla abandonaba la sala sin decir una palabra, sin un grito de revuelta contra el gobierno que les conducía a la muerte. Si esa era la actitud de los que estaban en prisión, ¿qué decir de quienes estaban en libertad? Estos, por regla general, ni siquiera se atrevían a decir lo que habían sufrido en persona…

Los temores de mis compañeros no eran infundados; cualquiera que se atreviera a hablar como yo lo hacía, pagaría esta audacia con su cabeza. En Rusia nadie tenía derecho de decir, en libertad, la verdad en voz alta; e incluso en prisión, esto sólo se toleraba si pertenecías al reducido grupo de los “presos políticos”, o más bien a la ínfima élite de este grupo. Por mi parte, yo era además un comunista extranjero, lo cual era un privilegio particular, pues el razonamiento que se seguía con los comunistas extranjeros era el siguiente: “Aún no están lo bastante bolchevizados, no se les debe tratar tan severamente como a los rusos; ¡cuando tengan más experiencia cambiarán de opinión!”. A fin de cuentas, me preguntaba si por mi parte era correcto aprovecharme de este privilegio y si no valdría más expresar a través de mi silencio mi solidaridad con estos desgraciados, víctimas obligadas a callar. Ya antes, en Italia, había estado encarcelado entre criminales de derecho común –¡y vaya criminales!–, y siempre me las había arreglado para entenderme con ellos y compartir su vida, hasta el punto de que una vez fuera de la prisión les enviaba una pequeña suma de dinero con el mensaje: “a mis compañeros de sufrimientos”. ¿No debería actuar ahora de la misma forma y tratar de no distinguirme? No obstante, no conseguía callarme. Lo que sucedía en Rusia –la opresión y el pillaje en libertad y la tortura en prisión– era lo contrario del socialismo y el comunismo, y no podía guardar silencio

Los primeros días mis compañeros de sala se apartaban de mí aterrorizados, como si tuviera la peste. “Piensen ustedes”, decía en público: “¿Esto, comunismo? ¡Esto no es comunismo, es esclavitud! Se han abolido los viejos tiranos, pero los nuevos no son mejores; hemos acabado con los burgueses, pero han surgido nuevos burgueses en el seno de la burocracia.”

¿Quién podía permitirse decir estas frases en Rusia, en las mismas narices de la G.P.U.? Justamente porque toda Rusia compartía estas opiniones estaba prohibido expresarlas en público… [4]  Empezaron sospechando que era un agente provocador de la G.P.U. Luego, poco a poco, prestando más atención a mis palabras, comparándolas con mi forma de comportarme, se fueron dando cuenta de que iban mal encaminados. Pronto me demostraron más simpatía y confianza y empezaron a hablarme abiertamente de sus asuntos. Sin embargo, en la sala había algunos defensores declarados del régimen que a menudo entraban en conflicto conmigo.

Los “académicos” y los ingenieros a veces se comportaban de manera indignante. Manifestaban una cierta altanería respecto a la gente del pueblo que estaba al otro lado de la sala. Un día no pude contenerme y les dije: “Los bolcheviques les oprimen desde hace doce años, y lo consiguen porque ustedes permanecen al margen del pueblo. Y continuarán oprimiéndoles porque ustedes no han aprendido nada y no han dejado de evitar al pueblo. El pueblo percibe su altanería y le es indiferente lo que a ustedes les suceda.”

Aunque continuaba relacionándome constantemente con los intelectuales, decidí instalarme en la otra punta de la sala, junto a la “plebe”, a guisa de protesta contra esta actitud altanera.

ANTE CILIGA


[1  ]Las prisiones de Kresty y Gorokhovaia se encontraban en la propia Leningrado.

[2   ]La prisión y campo de trabajo de Solovkí, antiguo monasterio, estaba situada en las Islas Solovetsky, en el mar Blanco. Según Solzhenitsyn  era “la madre de todos los gulag”. Los prisioneros allí encerrados construyeron el canal que une el mar Blanco con el Báltico. Se cerró al estallar la Segunda Guerra Mundial por su proximidad a la frontera finlandesa.

[3]   Los “jefes de sala” eran una mezcla del viejo “fajinero” que conocimos en las cárceles del Cono Sur y los “capos” en los campos nazis, jugando una posición de equilibrista entre los presos, sus organizaciones y los milicos, cumpliendo en la mayoría de los casos (¡siempre hubo excepciones!) una función represiva y promilico, siendo en muchos casos además, un informante de los represores y llegando al extremo de decidir la liquidación pura y simple del preso. Esa colaboración fue muchas veces organizativa (es decir era parte de un cierto número de alianzas y acuerdos de las organizaciones a la que esos fajineros pertenecían) como la de los capos “bolches” en su criminal función de colaboradores de los torturadores nazis, triste historia que se repite en el Rio de la Plata con los militantes de organizaciones que colaboraban con los represores (nota de Ricardo)

[4]  Esta afirmación es fundamental: mientras en el extranjero se seguía creyendo en “el socialismo” o en “estados burocráticos pero diferentes al capitalismo”, todos los viajeros (que no iban en un viaje organizado por el partido) llegaban a esta conclusión de que en Rusia “nadie creía nada de lo que oficialmente se decía”. Esta constatación de que la mentira desconcertante era el pan cotidiano era expresada con miles de ironías y sarcasmos por la población soviética desde el origen mismo del leninismo hasta hoy en 2015.  Accedía a la misma con facilidad todo viajero que no tuviera cerrados los ojos por orden del Partido. El capitalismo siempre estaba en todas partes. (nota de Ricardo)