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?Déjese de teorías y agarre la pala?

Rolando Astarita

Mi crítica al socialismo burgués –que es extensiva al socialismo pequeño burgués- ha provocado algunas reacciones fuertes. Era esperable. Algunas objeciones las he respondido, y otras las trataré más adelante. Ahora quiero detenerme en lo que escribió un crítico en “Comentarios”, porque es muy común en el reformismo. Mi crítico escribió que, en tanto “unos luchan con los medios a su alcance”, “la izquierda doctrinaria siempre hace lo mismo, critica y/o explica lo que hay que hacer”. Y para ilustrar lo que quería significar, agregó una anécdota que está lejos de ser inocente: recordó que el Che Guevara mandó a un trotskista argentino que daba consejos, a “aprender a manejar la pala”. En una palabra, hay que apoyar lo que hace Syriza en Grecia –mi crítico propone, además, una curiosa campaña mundial de firmas a ser enviadas al Secretariado de la ONU- y dejar las “doctrinas” de lado. Y a los que molesten con críticas, mandarlos a manejar una pala.

La objeción me da la oportunidad de ubicarla en una larga tradición dentro del movimiento socialista y de izquierda. Es que ya desde los primeros tiempos en que Marx y Engels elaboraron los principios del comunismo científico, tuvieron que enfrentar a los “prácticos” que se quejaban de los “teóricos de Bruselas”. Y el asunto siguió así a lo largo de los años y las décadas. Los “prácticos” siempre buscando atajos y remiendos, y evitando plantear las cuestiones esenciales. Un caso paradigmático fue Lasalle, un “realpolitiker” que no dudaba en entrar en compromisos con el Estado, con la excusa de “avances prácticos”, y que se presentaba como un “salvador curandero” que prometía al pueblo “llevarlo de un salto a la tierra prometida” (véase la carta de Marx a Kugelmann del 23/2/1865).

Para que se comprenda el fondo: a los “prácticos” la crítica del marxismo, aplicada a casos concretos, (por ejemplo, Grecia hoy) se les hace insoportable, precisamente porque el marxismo desnuda los espejitos de colores con que engañan y disimulan sus enjuagues y componendas. Por eso, ritualmente, hablan del programa socialista, pero “en la práctica”, ese programa no cuenta. Para ellos El Capital es muy útil para dar cursos en alguna facultad de Ciencias Sociales, o para inspirar discursos del Primero de Mayo, en que todos levantan la bandera roja sin ponerse colorados. Pero la crítica social científica no tendría qué decir en los “casos concretos”, cuando “las papas queman”. Al “socialista práctico” El Capital le sería útil si pudiera derivar de allí algún remiendo que recomendar. Y, por supuesto, para darse lustre entre “gente tan distinguida como uno”. Pero no para mucho más.

Por eso, refiriéndose a este espécimen de políticos “prácticos”, Marx decía: “No hay que abandonar el programa, sino únicamente postergarlo… para las calendas griegas. Se lo acepta, no para uno mismo y para la época en la que ha de vivir, sino como programa póstumo, como legado a transmitir a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Entretanto, uno dedica ‘toda la fuerza y la energía’ a toda clase de bagatelas y a remendar el orden social capitalista, para tener al menos la apariencia de amedrentar al mismo tiempo a la burguesía” (Marx, carta del 17-18/09/1879). “Remendar el orden social capitalista”, es el norte del socialismo burgués. Por eso también, el que critica esta práctica ideológica será tachado de “doctrinario”, de “no querer hacer nada”, de “solo explicar lo que hay que hacer”, y similares acusaciones.

Lo anterior también explica por qué Bernstein atacaba a Rosa Luxemburgo por “doctrinaria teoricista”; o por qué el economicismo sindicalista ruso hacía el mismo cargo a la socialdemocracia. Por eso, en la lucha ideológica con el reformismo, el marxismo reivindicaba el famoso pasaje de Engels referido a la clase obrera alemana, y citado por Lenin en el ¿Qué hacer?: “Por primera vez desde que existe el movimiento obrero, la lucha se desarrolla en forma metódica en tres direcciones, combinadas entre sí: teórica, política y económica práctica (resistencia a los capitalistas). En este ataque concéntrico, por decirlo así, reside la fuerza y la invencibilidad del movimiento obrero alemán”.

Lamentablemente, desde hace mucho los “prácticos” dominan la escena del socialismo, haciendo gala, a diestra y siniestra, de su realpolitik (pueden traducirlo por “oportunismo”). Es uno de los frutos del retroceso del socialismo y del avance de la reacción. Lo cual no impide que “los prácticos” exhiban orgullosos su oportunismo. Pero con otro pasivo: desde la tradición stalinista se ha establecido que a los críticos de izquierda al interior del movimiento socialista hay que ponerlos en caja con una buena dosis de “trabajos prácticos”. Lo he visto en algunas organizaciones: militantes críticos eran acusados de “teoricistas” y acallados con la recomendación “si tiene dudas, vaya a repartir volante y milite”.

Era el “agarre la pala”, en la creencia de que “los críticos son críticos porque están imbuidos de demasiada teoría abstracta, y les falta conciencia proletaria”. De donde se desprendía que los únicos que podían hacer teoría eran los dirigentes de la organización. Por supuesto, en los regímenes burocráticos stalinistas, el asunto era más drástico: nada mejor que unos años a pico y pala en un campo de “reeducación” para sacarse de encima las taras “pequeño burguesas intelectualoides abstractas”.

En cualquier caso, y en la voz de algunos “prácticos” de hoy: “usted critica a Syriza porque es un doctrinario, los objetivos son inmediatos y lo mejor que puede hacer es juntar firmas para enviar a la ONU, para que se pronuncie a favor del pueblo griego. Y no se olvide de aplaudir a Syriza”. O sea, el único que está en condiciones de hacer teoría es el socialista pequeño burgués que alaba al socialista burgués, que está “en funciones de alta responsabilidad gubernamental”. Amén.