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SOBRE RUSIA ? TEXTOS 17

EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE

de ANTE CILIGA

Cárcel  y Exilio Para los Revolucionarios

Cárcel/exilio fue el destino de los revolucionarios, comunistas, anarquistas, socialistas revolucionarios… en la Rusia de las tareas democrático burguesas y el desarrollo capitalista que Lenin/Trotsky habían impuesto. En los primeros años todos esos sacrificios del proletariado se habían defendido en nombre de la necesidad del desarrollo capitalista como fase indispensable. Luego de la muerte de Lenin, se comenzaría a bautizar esto como “socialismo”: es el invento estalinista del “país socialista”, de que el socialismo podría existir en un solo país. La gran mayoría de los revolucionarios chupados por el Estado, desde 1918 en adelante, desaparecerían para siempre.  Otros alternaban su suerte entre ambos estados (o entre diferentes prisiones, aisladores y campos de concentración) apenas diferenciados: el exilio en Siberia se había ido transformando también en un sistema de encierro y aislamiento estricto (lo que no era en la época zarista en que hasta fugarse era fácil). Aquí Ciliga comienza relatando los viajes que, duran meses entre ambas situaciones y que son considerados por los presos mismos como peores que cualquier prisión. Pero a él y su compañero de infortunio, como comunistas de oposición, dicho viaje les resultará mucho mejor que previsto y hasta con posibilidades de fuga.

Desde ese momento el libro de Ciliga pega otro salto cualitativo en la politización y clarificación, porque el autor va encontrando presos con los que discute la realidad política de Rusia y territorios anexados. Poco a poco va encontrado fracciones políticas al principio social demócratas luego cada vez más interesantes, en general reprimidas en la época de Lenin y Trotsky y las discusiones con estas son cada vez más esclarecedoras sobre cómo se realizó la contrarrevolución bolchevique. Justamente el libro de Ciliga será al respecto el único testimonio de esas posiciones que llegarán a conocerse fuera de Rusia

En efecto todos los otros materiales sobre el infierno de los campos de concentración leninistas serán mucho menos ricos porque se encuentran infectados de ideología democrática burguesa. Así, aunque hoy, salvo los estalinistas confesos nadie niega la autenticidad de los relatos de Alexandre Soljenitsin sobre el “Archipiélago Gulag” no cabe dudas de que su ideología burguesa le impide captar la importancia de la crítica efectuada por los revolucionarios encerrados a la política burguesa del leninismo que convierte al libro de Ciliga en el testimonio real más importante de la lucha interna, proletaria y revolucionaria, contra los campos de concentración en Rusia y en general contra el leninismo

Sin embargo, a pesar de que Ciliga tiene mucho más fundamento de ruptura con la socialdemocracia y el leninismo, señalando la necesidad de luchar por el socialismo y no por el desarrollo del capitalismo en contraposición a los socialdemócratas rusos (no solo bolcheviques, sino mencheviques) no cabe dudas de que se ilusionaba sobre lo que había sido realmente el primer período el del “comunismo de guerra” y el leninismo en general. En el extracto que sigue se ve claramente que Ciliga mantiene todavía una visión totalmente positiva de ese primer período sin ver hasta qué punto fue entonces que se diseñó la política de los campos de concentración leninistas.

Ricardo

EXTRACTOS

CAMINO HACIA EL EXILIO

Deditch y yo salimos de Leningrado hacia mediados de octubre. Fiel a sus costumbres, la G.P.U. no nos reveló nuestro destino. El juez de instrucción se limitó a decirnos que ya nos los diría la G.P.U. de Chelíabinsk. En Rusia hay dos formas de mandar al exilio a los condenados políticos. Se les puede mandar en grupos de diez o quince en los convoyes de delincuentes comunes, compuestos por entre cien y doscientos hombres; en este caso, viajan de ciudad en ciudad, de prisión en prisión, encerrados en vagones especiales. El viaje dura meses, aunque se trate de un simple traslado desde los Urales o Asia central a Siberia. Este viaje es peor que cualquier prisión. No es sorprendente que los presos “políticos” prefirieran pasar por un año de prisión suplementaria antes sufrir durante estos tres meses de viaje la suciedad, la falta de espacio y los malos tratos. El otro método consistía en expedir directamente a los condenados hacia su destino. En este caso viajaban en trenes ordinarios, en compartimentos especiales, bajo la vigilancia de un destacamento de la G.P.U. Este tipo de traslado era un privilegio reservado a la “aristocracia” de los presos políticos: los comunistas de la oposición. Así fue como nos trasladaron a Deditch y a mí.

Mientras nos llevaban de la prisión de Leningrado hasta la estación, no conseguíamos acostumbrarnos al aspecto de las calles y la gente. Habíamos pasado seis meses en prisión: los grandes espacios abiertos de la ciudad, la multitud que iba y venía nos parecían el cuento de las mil y una noches. Incluso llegaba a irritarnos un poco. Nosotros estamos encarcelados, como tantos otros miles, pero la vida continuaba como si nada ocurriese. La agitación de la estación, la salida, todo nos pareció un sueño. Un comisario y tres soldados de la G.P.U. nos acompañaban. El tren rodaba en dirección al Volga y los Urales, por la línea Leningrado - Vítebsk- Tula - Samara - Chelíabinsk, es decir, rodeando Moscú por el oeste y el sur.

Durante el viaje pudimos relacionarnos con nuestros vigilantes y con los viajeros de los compartimentos vecinos. Podíamos movernos con total libertad en el vagón, como si no estuviéramos presos. Las relaciones entre los detenidos y sus vigilantes son siempre más estrechas de lo que nos imaginamos. Pero en ningún lado me han perecido más estrechas que en la URSS. Los que representan al poder han salido del pueblo; su ascenso ha sido reciente y aún no han adquirido plena consciencia de ello. Las victimas y los carceleros están molestos con su respectiva situación. Los representantes del poder, en los escalones inferiores, incluso se sienten culpables, como si dijeran: “¡Sabemos que esto no se adecúa al programa, pero qué quieren ustedes, las circunstancias nos impiden realizarlo!” La conversación con nuestros guardianes pasó rápidamente de las banalidades a la política y el trotskismo. Era sorprendente escuchar a estos soldados rojos de origen campesino afirmar que Trotsky quería arruinar a los campesinos, mientras que el partido quería la unión de los obreros y campesinos y una colectivización moderada

Estos son los efectos de una hábil propaganda acompañada de privilegios para el ejército rojo. Lo que Stalin hacía en el campo era cien veces peor que el programa de Trotsky (que simplemente había exigido un aumento de impuestos y un préstamo obligatorio en grano). Pero los soldados rojos estaban convencidos de lo contrario. En cuanto al comisario, nuestro desacuerdo político con el partido le parecía una cosa temporal y de poca importancia. “En seis meses –como mucho un año– estarán ustedes de vuelta en Leningrado; volverán a su antiguo puesto o incluso les ascenderán. Lo sé, he llegado a escoltar un convoy lleno de miembros de la oposición. Salían con sus discursos, sus consignas, pero hoy todos han vuelto a Leningrado, viven otra vez en la Casa del Partido y van al trabajo como antes. Cuando estamos llevando a cabo algo tan grande como el Plan Quinquenal, el partido exige una disciplina rigurosa, por supuesto; no merece la pena discutir por detalles. Ya verán como vuelven, se lo digo yo: ¡nos veremos en Leningrado!”

Su sinceridad desarmaba. Por lo demás este comisario producía una excelente impresión. Le respondí sin acritud: “No, no volveré. No soy de los que se echan para atrás. Al contrario, las divergencias aumentarán con el tiempo. Por otra parte, nosotros, los extranjeros, no vemos las cosas como lo camaradas rusos. Para nosotros la capitulación es algo vergonzoso, para vosotros es algo honorable…”

El comisario había sido minero en el Donetz. Estaba sobrecargado de trabajo en la G.P.U. y soñaba con poder aprender otro oficio. La buena impresión que me causó no se alteró a pesar de un incidente en el que mostró la particular altanería de los chekistas. Durante una parada bajamos todos a la fonda, y al subir de nuevo íbamos a hacerlo por una puerta del vagón en la que estaba un ancianito, trabajador ferroviario, que nos dijo que estaba prohibido subir por esa puerta porque acababan de pintarla. El comisario miró al viejo como quien mira un objeto inanimado, e hizo un gesto como queriendo decir: “no hay puertas prohibidas para nosotros”, y pasó dignamente sin pronunciar palabra.

En Leningrado había estado estudiando posibles proyectos de evasión en el trascurso de mi viaje al exilio. Incluso había llegado a fijar el lugar donde poder ocultarme tras la huida. Ahora sólo me faltaba la ocasión propicia. Se presentó fácilmente, pues nos habíamos ganado la confianza de nuestros guardianes, que no nos vigilaban muy de cerca y ya nos dejaban ir solos a las fondas de las estaciones, donde a veces pasábamos media hora en completa libertad. Pero no tuve la osadía de aprovecharla, pues el comisario habría pagado cara la confianza que nos había concedido: podría haberle costado tres años en un campo de concentración. Sopesé los pros y los contras con Deditch y los dos llegamos a la conclusión de que sería algo inhumano. Y así, tras abandonar todo proyecto de fuga, seguimos nuestro viaje hacia el aislador

Tras algunos días de viaje sin especial interés, nos acercamos al Volga. El tren se atascó en un puente: parecía que nunca llegaríamos a cruzarlo. A derecha e izquierda se extendía un inmenso manto de agua que parecía no tener límite. Comparado con los ríos y riachuelos de Europa, el Volga parecía un océano.

Tras cruzar el Volga, empezamos a ascender las pendientes de los Urales. En los espolones más empinados el tren avanzaba tan lentamente que parecía que íbamos andando. Pudimos ver los lugares más pintorescos de los Urales. El otoño ya estaba bastante avanzado; nada recordaba aquí a los tintes cálidos y la exuberancia del Cáucaso; pero la fantástica acumulación de rocas, el severo paisaje de las montañas, mostraba la titánica fuerza de la naturaleza. Franqueamos por alguna parte la línea fronteriza entre Europa y Asia. Estas dos palabras, para un europeo, evocan dos mundos distintos y opuestos. Aquí, ni los hombres ni las cosas parecen sufrir el menor cambio. Esto no es Asia ni Europa, sólo Rusia. Y la gente es tan consciente de ello que a nadie se le ocurre decir que Siberia es Asia. Para los propios siberianos, Asia empieza en el Turkestán, en China o en Japón. Desde las alturas de los Urales, descendimos hacia Chelíabinsk. Allí abandonamos el tren. Nuestros guardianes nos dejaron en manos de la G.P.U. local y se prepararon para coger el tren de vuelta. Nos despedimos amigablemente, sin ninguna hostilidad y no sin cierta tristeza

¡Parecía que junto a ellos nos despedíamos de nuestras ilusiones sobre la nueva Rusia, con la que tanto habíamos soñado! Sabíamos que sería necesaria una larga y ardua lucha para que Rusia se convirtiera en lo que esperábamos, en lo que por un instante nos pareció que era. La G.P.U. de Chelíabinsk, finalmente, nos informó de nuestro destino: el aislador político de Verkhne Uralsk. Pero teníamos que esperar a que un destacamento especial viniera a buscarnos, y mientras esperábamos tuvimos que pasar dos semanas en la prisión de Chelíabinsk. Esta vasta prisión estaba llena de campesinos y también de delincuentes comunes. Los campesinos estaban allí por la colectivización; estaban hambrientos, deprimidos y eran parcos en palabras. Nos metieron en una sala reservada para presos políticos que, de paso por Chelíabinsk, a veces pasaban allí mucho tiempo. Nuestra sala tenía las puertas abiertas y podíamos pasearnos por los corredores; las salas de los campesinos, en cambio, estaban cerradas

Al cabo de algunos días, nuestra sala se llenó de socialdemócratas que iban a ser transferidos de Taskent 1/  al aislador de Verkhne Uralsk. Lo primero de todo nos informamos mutuamente de los “asuntos” que nos habían traído allí. Los socialdemócratas habían sido condenados a tres años de prisión por los siguientes crímenes: primero por leer el Socialistitcheski Vestnik (el Correo Socialista), órgano de los socialdemócratas rusos en el extranjero. Luego, por enviar ayuda a otros socialdemócratas exiliados (hay que decir que estos, que estaban en el extremo norte, en Obdorsk, Narym, Turujansk 2/ estaban en paro, mientras que el grupo de Taskent tenía trabajo). Nuestros nuevos vecinos socialdemócratas ya llevaba a sus espaldas ocho o diez años de persecuciones (¡de esto hace ya quince o dieciséis años!). Habían estado en Solovkí, en los aisladores de Verkhne Uralsk, de Tobolsk 3/ de Chelíabinsk; deportados a los Urales, a Asia central, etc.

La mayor parte de ellos “pasaban por el aislador” por segunda vez. Fueran cuales fueran nuestras divergencias políticas, no podíamos más que inclinarnos ante gente capaz de soportar todo eso. Nos contaron cómo les habían “cogido” la última vez. Un joven obrero del Ural se acercó a ellos un día, cuando estaban exiliados en Taskent. Era un menchevique “impulsivo”; representaba a la generación en ascenso. Los viejos exiliados le recibieron con el mayor regocijo. Su cordialidad aumentó aún más por el hecho de que el joven, enfermo, tuvo que guardar cama en el hospital desde que llegó. Toda la colonia menchevique le colmó de atenciones. Pronto detuvieron a todo el mundo. El joven era un agente de la G.P.U.

En lo que se refiere a nuestras conversaciones políticas, empecé bromeando sobre una cuestión muy seria: “Entiendo la actitud de los socialdemócratas en Europa, que no se tienen que preocupar de la prisión y no se arriesgan con la revolución, pues ya se han hecho con algunos buenos cargos en la sociedad burguesa y no quieren perderlos. Pero, ¿y ustedes, los socialdemócratas rusos, qué es lo que quieren? Hace ya diez años que van de cárcel en cárcel. ¿Y todo para restablecer en Rusia el capitalismo y la república parlamentaria? Realmente no merece la pena. Yo a ustedes no les entiendo.” Al  principio se quedaron un poco estupefactos por la forma en la que había abordado el problema, luego uno de ellos me contestó: “Efectivamente, sería completamente inútil pretender restablecer el capitalismo en Rusia, por la simple razón de que el capitalismo –aunque sea bajo una forma modificada – ya existe y nunca ha dejado de existir en este país. Lo que queremos, lo que nos ha traído a prisión, es la democracia obrera, el derecho de que los obreros se organicen libremente.”

Cuando de lo que se trataba era de criticar lo existente, casi siempre estaba de acuerdo con los socialdemócratas. Cuando afirmaban que había que luchar por la democracia obrera, yo no podía más que suscribir sus palabras. Pero cuando llegábamos al programa de acción, se abría un abismo entre nosotros. ¿Luchar por el socialismo en Rusia? Incluso el más simpático de los socialdemócratas, Jakobson, respondía con una sonrisa piadosa: “¡utopía, romanticismo!” Qué estúpida seguridad, me decía yo. Los hombres y los partidos que no saben mostrarse audaces, que no se entusiasman con las “utopías”, nunca harán nada grande. Si se adoptaba la actitud de los socialdemócratas, uno llegaba a la conclusión de que más hubiera valido no lanzarse nunca a la “utopía” socialista. Por mi parte, pensaba que si la utopía no se había realizado lo que había que hacer era continuar la lucha por su realización.

Lo que a mí me parecía que constituía la grandeza de la revolución rusa y representaba el apogeo del desarrollo de la humanidad, a saber, el intento de socialismo integral de los primeros años de la revolución (lo que se denomina “comunismo de guerra”), incluida la abolición de la moneda 4/ , no era para los socialdemócratas sino la peor de las locuras. Para ellos, la democracia obrera no era más que el medio de lograr “lo posible”, para mí, debía ser el instrumento para una reconstrucción total de la sociedad

Mientras esperábamos a que nos transfirieran a Verkhne Uralsk, llegó un nuevo compañero, un anarquista, Serge Tujilkin. Era un joven obrero electricista que trabajaba en Chelíabinsk y que dirigía una imprenta anarquista, por supuesto clandestina. Esto le había costado cinco años de aislamiento. Por lo que contaba, los anarquistas trabajaban bastante activamente y mantenían relaciones frecuentes con el extranjero: efectivamente, la imprenta editaba un número considerable de textos anarquistas extranjeros. También nos habló de las ideas y la organización de los anarquistas soviéticos; supe que había tendencia a crear una organización centralizada y disciplinada. Más tarde, supe de un grupo que quería fundar un “partido anarquista”, e incluso un Estado de “transición” o “semi-Estado”. Pero la mayoría de los anarquistas rusos rechazaba esta versión revisada del anarquismo clásico.

El 7 de noviembre, el aniversario de la Revolución bolchevique, dos yugoslavos, ocho socialdemócratas rusos, el anarquista Tujilkin y tres presos comunes salimos en dirección al aislador político de Verkhne Uralsk. Desde las ventanas del tren pudimos ver las manifestaciones y las fiestas que se celebraban en Troitsk, Magnitogorsk y demás; banderas rojas y mítines mientras nos llevaban a prisión. ¡Cuántas contradicciones! Todo el horizonte estaba sembrado de edificios, de chimeneas de fábricas en construcción, de centrales eléctricas, de fábricas gigantes. Magnitogorsk acababa de empezar a construirse, el paisaje estaba atravesado por zanjas y materiales acumulados. Una nueva Norteamérica, inmensa y cruel como su hermana mayor, surgía en una sexta parte de la Tierra, ¡sobre la URSS! Aquella misma tarde llegamos a nuestro destino, a Verkhne Uralsk.

Antón Ciliga

1 Capital de Uzbekistán.

2  Obdorsk (actual Salejard, situada en el círculo polar ártico), capital de la provincia de Yamalo-Nenets, lindante al este con Krasnoiarsk; Narym, ciudad situada a orillas de río homónimo en la provincia de Tomsk; Turujansk es una ciudad de la provincia de Krasnoiarsk

3  Capital histórica de Siberia, hoy simple ciudad de la provincia de Tiumen, al este de Chelíabinsk y fronteriza con Kazajistán

4 No cabe dudas de que estos pasajes muestran muchas ilusiones de Ciliga en lo que sucedió en esos años. Cabe al menos dejar claro que todo lo que se hizo en ese sentido fue contra la totalidad de la socialdemocracia muy especialmente incluidos los bolcheviques. Apenas reorganizado el poder del Estado, Lenin y los suyos se opusieron violentamente a esa política imponiendo las tareas democrático burguesas de desarrollo del capital y de imposición del trabajo forzado