EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE
de ANTE CILIGA
La esclavitud social y política en Rusia era total, millones de seres se pudrían en prisión y sin embargo existían todavía algunos islotes de libertad (muy relativa por cierto!) en ese archipiélago infernal: las prisiones políticas en donde todavía se hablaba de política y los seres humanos se expresaban libremente. El desconcierto de Ciliga llega a su máxima expresión: sólo en las cárceles y aisladores políticos los presos pueden decir lo que piensan: están jugados
Será en esos centros de exclusión, aislamiento y prisión que se continúan desarrollando las ciencias sociales y políticas, ellos serán la única universidad en donde se puede aún expresar la verdad socio política contradiciendo el despotismo estatal.
Por eso sólo de ahí podía salir el entendimiento histórico de la contrarrevolución capitalista que se había producido. Por eso el testimonio de Ciliga sobre la vida política en los campos de concentración leninista constituye el mejor testimonio y el más consciente de lo que pensaban y expresaban los revolucionarios (todos presos) en Rusia acerca de la contrarrevolución capitalista. También por eso ese testimonio fue tan ocultado y negado: era la forma de acallar la revolución social para siempre. Desaparecidos los revolucionarios para siempre se podía vender la contrarrevolución capitalista como si hubiese sido lo opuesto: una revolución socialista
Ricardo
EXTRACTOS
VERKHNE URALSK La línea de ferrocarril se acababa en Magnitogorsk, y tuvimos que proseguir nuestro camino en coche, a través de la estepa de los cosacos del Ural. Verkhne Uralsk era una pequeña aldea, el aislador político se encontraba a algunos kilómetros de distancia, en plena estepa. Los coches se pararon ante el edificio, mientras desde las ventanas los detenidos nos hacían señales de bienvenida y nos gritaban: “¿Quiénes sois?, ¿de dónde venís?” –“¡Somos socialdemócratas de Taskent, pero también hay trotskistas!” La administración nos esperaba en las escalinatas. Tras reconocer a los socialdemócratas, los funcionarios exclamaron: “¡Hombre, si sois vosotros, Rojkovski, Diamantstein, otra vez por aquí!” Estos últimos respondieron, a su vez: “¡Anda, Biziukov, Matveiev, si seguís por aquí dándooslas de pequeños tiranos!” Por todas partes se oían gritos de bienvenida.
Primero nos llevaron al registro. Luego nos hicieron rellenar unas fichas y nos repartieron por distintas salas. A Deditch y a mí nos llevaron a un cuarto cercano. La puerta se abrió y el carcelero nos dejó bruscamente con nuestros trastos. Era una sala grande, con literas a lo largo de los muros y una gran mesa en el centro, alrededor de la cual se sentaban una decena de detenidos. La sala apenas estaba iluminada por una pequeña bombilla eléctrica, de manera que no distinguíamos sus rostros. Los presos llevaban chaquetas forradas de piel, abrigos y botas de fieltro. Hacía frío y todo respiraba incomodidad. Lo primero que nos preguntaron fue: ¿quiénes sois?, ¿de dónde venís? Cuando supieron que no éramos deportados, que habíamos estado libres hasta hacía relativamente poco tiempo y que veníamos del centro, su interés por nosotros aumentó. Todos los pensamientos de los presos se centraban en lo que pasaba allí, en el corazón del país, en libertad. La atención de los detenidos aumentó aún más cuando rechazamos nuestra condición de comunistas extranjeros. Nos hicieron hueco en la mesa y nos pusimos a narrar nuestra historia y a contar lo que habíamos visto y oído en libertad. Fue entonces cuando supimos que dos miembros de nuestro grupo de oposición –Zankov y Glybovski– llevaban ya seis semanas en el aislador. La razón era que en su caso no había sido necesario mediar con el Politburó del partido yugoslavo, pues eran rusos. Glybovski estaba alojado justo en el piso de arriba de nuestra sala. Rápidamente le pegaron un grito por la ventana avisándole de nuestra llegada. Pronto la noticia recorrió las tres plantas de la prisión. El carcelero golpeó la puerta: “¡Ciudadanos, no armen tanto escándalo!” Pero nadie le prestó la menor atención. Cuando terminamos la primera parte de nuestro relato, se dio desde nuestra sala una señal por la chimenea, que significaba: os enviamos las últimas noticias. En efecto, minutos después, un pliego con el resumen de lo que acabábamos de contar tomaba el mismo camino. La libertad que tenían los presos para comunicarse por la prisión nos dejó estupefactos. En las que habíamos estado hasta entonces, no habíamos visto nada parecido. Pero aún nos aguardaban mayores sorpresas. Al día siguiente, los camaradas nos dieron los periódicos que aparecían en la prisión. ¡Qué opiniones tan diversas!, ¡qué libertad en todos los artículos! ¡Qué pasión y qué franqueza en la exposición de las cuestiones no sólo abstractas y teóricas, sino también las que trataban la actualidad más candente! ¿Aún es posible reformar el régimen pacíficamente o será necesario un levantamiento armado, una nueva revolución? ¿Stalin es un traidor consciente o inconsciente? ¿Su política es reaccionaria o contrarrevolucionaria? ¿Podría desaparecer simplemente cambiando al personal dirigente o para lograrlo se necesita una revolución? Se escribía sobre todas estas cuestiones, y de la manera más franca, sin ningún tipo de cortapisa, poniendo todos los puntos sobre las íes y –qué terrible espanto– firmando los artículos con el verdadero nombre. Pero nuestra libertad no se limitaba a eso. Durante los paseos, en los que se reunían los presos de varias salas, los prisioneros tenían la costumbre de celebrar en un rincón del patio asambleas en toda regla, con presidente, secretario y oradores que tomaban la palabra por turnos. ¡Y cuando no se podía terminar el orden del día simplemente se posponían los debates para el siguiente paseo! En estas reuniones se discutían las cuestiones más escabrosas y prohibidas sin ningún miramiento ni ninguna aprehensión. El inspector que nos acompañaba durante los paseos se sentaba o daba vueltas por ahí cerca. Por supuesto, luego escribía su correspondiente informe contando todo lo que había oído, pero entre los presos a nadie parecía preocuparle. En estas reuniones se despachaban a gusto con Stalin. Le llamaban de todo…
Había visto muchas cosas en la URSS, pero nada me había dejado tan pasmado. ¿Dónde estaba?, ¿en una isla de libertad perdida en un océano de esclavitud o simplemente en un manicomio? Tal era el contraste entre el país humillado y aterrorizado y la libertad de espíritu que reinaba en esta prisión que al principio opté por el manicomio. ¿Cómo iba a pensar que en la inmensa
Rusia reducida al silencio los dos o tres islotes de libertad, donde los hombres aún tenían derecho a pensar y hablar libremente en público eran… las prisiones? Después de conocer sumariamente la vida política del aislador, evidentemente quise familiarizarme con el régimen penitenciario que imperaba allí y que paso a exponer a continuación. Nuestra prisión ocupaba un vasto edificio rectangular de tres plantas. Inicialmente destinada a servir de prisión para oficiales, empezó a usarse en la víspera de la guerra. Estaba orientada en dirección norte-sur. La mayor parte de los detenidos se alojaban en el ala norte, la más fría. Los servicios administrativos ocupaban la mayor parte del ala sur. Los locales en los que se alojaban los miembros de la administración estaban en un edificio aparte. La prisión estaba rodeada de un muro de cinco metros de alto, provisto de torretas para los vigilantes armados. El espacio que había entre el muro y la prisión estaba dividido por muros transversales de la misma altura en cinco patios, donde los detenidos salían a pasear. Los baños estaban también entre el muro del recinto y la prisión. Las cocinas y las celdas de los presos comunes que trabajaban en ellas estaban en el sótano. La prisión tenía sesenta salas, veinte por piso. Las salas eran de diferentes tamaños, confort y temperatura. Había diez que tenían el suelo de madera, en el resto era de cemento. En la prisión había calefacción central, pero en la planta baja casi no se notaba. Como estábamos en el ala norte de la planta baja, pudimos comprobarlo por nosotros mismos. Teníamos que llevar durante todo el invierno chaquetas forradas y botas de fieltro. ¡Tal era el frío que hacía en la sala que por las noches se formaba una espesa capa de hielo por dentro de los cristales de las ventanas! Las celdas individuales del noreste eran incluso peores. Las celdas de dos literas que daban al oeste eran las mejores, pero sólo había seis. El resto eran salas más grandes para entre seis y doce presos. La alimentación constaba del menú tradicional del mujik pobre: pan y gachas mañana y tarde, durante todo el año. El único cambio en el régimen eran los distintos tipos de grano con los que se hacían las gachas, que variaban con las estaciones: trigo negro, mijo y avena. Además, para desayunar nos daban una sopa hecha con un mal pescado, conservas, o carne medio podrida. La misma sopa, pero sin carne ni pescado, nos la daban de cena. Tuvimos varios conflictos con la administración debido a esta carne podrida, los detenidos se negaron a comer la carne varios días seguidos. La ración diaria de pan era de 700 gramos, la de azúcar un kilo mensual, a la que se añadía una ración de tabaco, cigarrillos, té y jabón. Una vez a la semana nos daban arenques con una ensalada de col y remolacha: era la oportunidad de comer algunas legumbres, para nosotros un verdadero festín. En lo que respecta al pan, era negro y malo. Dos veces al año, el 1 de mayo y el 7 de noviembre, nos daban una rebanada de pan blanco. Así pues, en tres años que pasé allí recibí seis rebanadas. Tres veces al día nos daban agua hirviendo para el té. Estos servicios los prestaban los presos comunes. La alimentación, tan monótona, también era escasa. De hecho tuvimos que luchar encarnizadamente para que no nos redujeran aún más esta magra pitanza; ¡qué les voy a contar de estas luchas al precio de las cuales logramos algunas mejoras de detalle! Sin embargo, comparado con el régimen de las prisiones para delincuentes comunes, en las que se pudrían cientos de miles de detenidos, y sobre todo comparado con el de los millones de seres encerrados en los campos del norte, nuestro régimen alimenticio era en cierto sentido privilegiado. El mobiliario de las habitaciones era bastante pobre. Cada detenido recibía tres caballetes y algunas planchas a modo de cama, así como una pequeña mesilla de noche. Además, había una gran mesa común en mitad de la sala. El vestuario y la ropa interior la suministraba en parte la administración, y en parte corría a cargo de los propios presos. Pero la administración se negabasistemáticamente a entregar muda y ropa, alegando que escaseaba. Esto lo sufrimos particularmente el último invierno que pasé en la prisión; una gran cantidad de presos cayeron enfermos debido a la falta de ropa y calzado.
A veces teníamos que librar una guerra en toda regla con la administración para que nos dieran una simple camisa. Los comunistas extranjeros eran los únicos con los que hacían una excepción. Siguiendo órdenes especiales de Moscú, la administración debía entregarnos sin tardanza todo lo que necesitáramos. Cuando, a los dos años de estar allí, Deditch se quejó ante una Comisión venida de Moscú y dijo que la administración no le daba mudas, la presidenta de la Comisión, Andreeva, reprendió al director de la prisión Biziukov; éste, aturdido, respondió: “Pero a Ciliga le he dado toda la muda que ha pedido.” –“¡Pero usted tiene órdenes de entregar muda a todos los yugoslavos y no sólo a Ciliga!”, le contestó Andreeva. Este pequeño incidente demostraba hasta qué punto se preocupaba Moscú por los detalles más nimios del régimen penitenciario y cómo regulaba las relaciones entre los detenidos y la administración. Los presos salían a pasear dos veces al día, durante una hora en invierno y una hora y media en verano. Cuatro o cinco salas, es decir, entre veinticinco y treinta y cinco prisioneros, salían al patio y podían hacer lo que quisieran: pasear, reunirse, hacer ejercicio (fútbol, tenis, gorodki51). En verano les dejaban plantar legumbres o flores. Dos veces al mes se llevaba a los detenidos a las duchas, momento que se aprovechaba para cambiar las sábanas y entregar la ropa interior para lavar. La prisión tenía una importante biblioteca, cuyo núcleo lo formaba un pequeño fondo de libros heredados de la prisión zarista (obras de literatura rusa, francesa, inglesa y alemana). Muchas obras, en particular las de sociología, política e historia, procedían de donaciones hechas por los presos tras su liberación; y en fin, la administración también hacía alguna adquisición. Así fue como pude leer algunas novedades: Viaje al Congo, de André Gide y Coton de Traven. En su conjunto, la biblioteca no era del todo mala. Por otra parte, algunos detenidos aportaban una excelente colección de libros personales, a menudo centenares de volúmenes, a veces incluso doscientos o trescientos. Una cierta cantidad de presos lograba que sus parientes en libertad les enviaran las novedades. Ellos no eran los propietarios, sino que sus compañeros de sala así como los de las salas vecinas también podían consultar todos estos libros. Los presos tenían, además, el derecho a abonarse por su propia cuenta a cualquier periódico que aparecía en la URSS. En lo que respecta a los periódicos extranjeros, sólo estaban permitidos los órganos centrales de los partidos comunistas –Rote Fahne, Humanité, Daily Worker– a razón de un ejemplar por cada planta de la prisión. En estas condiciones, teniendo qué leer y privados del ejercicio físico, los detenidos, que además eran todos personas más o menos educadas, consagraban todos sus esfuerzos a la vida política de la prisión: redacción y edición de periódicos, artículos, reuniones y debates. No es exagerado decir que el aislador de Verkhne Uralsk, con sus doscientos o doscientos cincuenta detenidos, era una verdadera universidad de ciencias sociales y políticas. ¡La única universidad independiente de la URSS! Una cuestión importante era la de la comunicación entre los presos. Esta comunicación, aunque estaba prohibida, en realidad era tolerada por la administración hasta cierto punto. La administración luchaba constantemente con los detenidos debido a su “servicio de correos interno”, pero ambas partes llevaban a cabo esta lucha según unas “reglas del juego”. La comunicación entre las cuatro o cinco salas de un mismo piso, que salían juntas al patio, evidentemente era fácil. Más difícil era la comunicación “vertical” entre salas de pisos distintos. Pero aún así se producía: a una señal acordada, se bajaba por las ventanas del piso superior un saco en el que se metía “el correo”. Los vigilantes tenían largos bicheros con los que trataban de interceptar los sacos. Solamente lo lograban muy de vez en cuando, pues era imposible vigilar constantemente todas las ventanas y además tenían que vérselas con los descarados presos, que la emprendían a palos contra los bicheros de los carceleros. Las “reglas del juego” exigían que estos se declarasen vencidos cuando los presos cogieran el saco o lo volvieran a subir. Los barrotes de las ventanas, que databan de la época del zar, estaban lo bastante espaciados como para permitir todas estas manipulaciones. Tres corredores dividían la prisión longitudinal y transversalmente en tres partes principales: el “norte”, el “sudeste” y el “sudoeste”. Era mucho más difícil establecer comunicación regular entre estas tres partes, pero para hacer viable la vida política del aislador era absolutamente necesario lograrlo. La administración, por su parte, se las ingeniaba para que los horarios de los paseos hicieran estos contactos lo más difícil posible. Pero los presos no escatimaban tiempo ni esfuerzos para conseguirlo. Se nombraba un “triunvirato postal” responsable del buen funcionamiento de las comunicaciones clandestinas en el conjunto de la prisión. Los “carteros” nombrados en cada grupo de paseo seguían sus órdenes. La “administración postal” era la única organización común de todos los detenidos, tanto de los comunistas como de los socialistas y anarquistas. Los prisioneros estaban distribuidos de tal manera que, de no disponer de esta “alianza técnica”, hubiera sido imposible mantener el contacto entre las distintas alas de la prisión. El resto de las “organizaciones” de los presos eran diferentes para los comunistas, socialistas y anarquistas. Debo decir aquí que los comunistas no formaban grupos de paseo ni convivían con los socialistas y anarquistas. Tal es así que había dos secciones claramente distintas en la prisión. ¡Los comunistas rusos de la oposición pensaban que era humillante tener que convivir con auténticos contrarrevolucionarios como eran, para ellos, los socialistas y los anarquistas! La G.P.U. les seguía la corriente en este aspecto. Esta psicología sólo fue evolucionando poco a poco, para poder así luchar de común acuerdo contra la G.P.U. por los intereses generales de todos los presos políticos. Los comunistas, además, formaban la mayor parte de los prisioneros de Verkhne Uralsk: eran 140, cifra que ascendió más tarde hasta los 180. En lo que respecta a los socialistas y anarquistas de diversos matices, eran cincuenta cuando yo llegué, y más tarde llegaron a ser ochenta. Había siete grupos de paseo de comunistas y dos o tres de socialistas y anarquistas. Cada una de estas secciones tenía una caja común. El “ministerio de finanzas” comunista gestionaba el dinero que los comunistas recibían del exterior. Había un representante por cada grupo de paseo. Se establecía la suma que podía gastar cada detenido según cuál fuera el estado de la caja. Esta cantidad variaba entre los dos y los cinco rublos mensuales. Pero no sabíamos qué hacer con esta modesta suma, pues no había nada que comprar en Verkhne Uralsk, excepto lápices y sellos (la administración nos daba el papel necesario). Sólo estaba permitido establecer correspondencia con los parientes más próximos. Los comunistas podían escribir o recibir cartas nueve veces al mes, los socialistas y anarquistas, como categoría inferior que eran, solamente seis. La censura de la prisión tachaba sin piedad cualquier información concreta sobre la vida en la prisión o, cuando la carta era de los parientes, sobre la vida en libertad. A veces cortaban con tijeras la mitad de la carta. Otras la sometían a algunas pruebas con reactivos químicos. Sin embargo, todas estas medidas de precaución no impedían que mantuviéramos un cierto contacto con el exterior e incluso con el extranjero. Y es que no sólo recibíamos cartas, sino también los folletos que editaba Trotsky en el extranjero, Desde este punto de vista, nuestra prisión estaba mejor que otras. Los yugoslavos no podíamos escribir a nuestros parientes en el extranjero, y como yo no tenía ninguno en Rusia, en tres años no pude recibir ni escribir una sola carta
¡Qué importa que los parientes desesperen por saber de la suerte de su hijo o su hermano!, ¡que no se enteren en el extranjero de que le han metido en una cárcel rusa por no estar de acuerdo con el régimen burocrático! Otra particularidad del aislador político era que no se permitían visitas de los parientes. Había que pedir autorización a Moscú y sólo en caso excepcional. No conozco más que dos o tres casos en los que se concediera autorización: ¡y eso que éramos más de doscientas personas en prisión y que pasé allí varios años! Algunas de las mujeres de los presos quisieron instalarse en Verkhne Uralsk para enviar más fácilmente alimentos a sus maridos y sentirse más cerca de ellos; pero la G.P.U. les ordeno que abandonaran la ciudad en veinticuatro horas. En la práctica, la institución más importante en la vida de los detenidos era la de los jefes de dormitorio o “veteranos”. Cada sala elegía a un veterano como representante ante la administración. También tenía que hacer que se respetara el reglamento interno que habían establecido los propios detenidos. Las salas que formaban un mismo grupo de paseo elegían a dos o tres “veteranos” que desempeñaban funciones análogas durante las horas de salida. Por último, todos los detenidos comunistas elegían a tres veteranos, que formaban la instancia suprema de la sección comunista del penitenciario. Estos tres veteranos eran: un trotskista de derecha, uno de izquierda y uno de extrema-izquierda. Había que luchar constantemente con la administración para defender la autonomía interna de los detenidos y su derecho a ser representados colectivamente por los tres “veteranos de la sección comunista”. La administración penitenciaria, en otras palabras, la G.P.U., no quería reconocer de iure a estos veteranos de la sección comunista ni a los de los grupos de paseo; sin embargo era con ellos con los que siempre negociaba, subrayando, eso sí, que no trataba con ellos más que en calidad de simples detenidos. En lo que respecta a los jefes de dormitorio, la administración los reconocía tanto de hecho como de derecho. Los socialistas y los anarquistas estaban organizados de manera análoga. Esta organización compacta de cerca de doscientos detenidos, dispuestos a los mayores sacrificios y con tantos contactos tanto en la URSS como en el extranjero, representaba una fuerza con la que la G.P.U. se veía obligada a contar
Antón Ciliga