COLUMNA DE GUILLERMO ORTEGA |
16-08-2015/Ultimas Noticias
Estabilizar la economía venezolana es muy fácil. A pesar de la baja del precio del petróleo, se trata de una economía con un enorme potencial, un simple alineamiento de sus precios relativos permitiría, en cortísimo plazo, alcanzar tasas de crecimiento muy altas. La clave de todo está en el sector petrolero, aumentar la producción de petróleo y arrastrar al resto de la economía con ella. El asunto es tan fácil como presentar un programa petrolero que resulte creíble, presentar una historia bien contada acerca de cómo el país va a incrementar su producción petrolera y con ella acezar a los mercados de capitales. Solo despejar la incertidumbre de cómo quienes inviertan en el sector petrolero van a repatriar sus capitales, impulsaría una considerable apreciación cambiaria. Un programa de estabilización en la Venezuela de hoy en día es tremendamente simple, pasa por desentrabar al sector petrolero, liberarlo del régimen cambiario que se ha convertido en la principal restricción para su crecimiento. Pero si el asunto es así de fácil, ¿por qué, la percepción generalizada es, tenemos una crisis de proporciones catastróficas? Hay varias razones que uno pudiese adelantar. El primer grupo de razones es de índole sociocultural. Tenemos un sesgo contra incrementar la producción petrolera. Algunos piensan en esta crisis como la fase terminal que nos permitiría acabar con la cultura rentística, liberarnos del petróleo y dedicarnos a algo verdaderamente productivo. Es la proyección de la idea uslariana de la actividad petrolera que termina convirtiéndose en una formidable restricción para producir más petróleo. Es un especie de maldición empaquetada en la intencionada frase de “sembrar el petróleo”. El segundo tipo de razones están relacionadas a problemas más prácticos, pero sobre las cuales muy a menudo tomamos posiciones ideológicas. El esquema cambiario funciona como un mecanismo de subsidio a los sectores populares. El mecanismo pasa por subsidiar a los productores o importadores de bienes con la esperanza que lleguen al consumidor final. En el caso de los alimentos es una lista de más o menos 15 productos que abarcan cerca del 30% de la canasta normativa. El subsidio cubre cerca del 93% del costo de importación, medido sobre lo que podría ser una tasa de equilibrio. Cualquier movimiento hacia la unificación cambiaria, que reduzca significativamente la prima entre las distintas tasas, implicaría reducir o eliminar esa forma de subsidio. Planteadas las cosas así, no es de extrañar que unificar tenga tantos adversarios. No es el primer gobierno que se ve atrapado en un dilema parecido. Pero la unificación no tiene porqué perjudicar a los sectores populares. El actual esquema propicia el arbitraje o bachaqueo a niveles inimaginables y erosiona la eficacia del subsidio. Las filtraciones ocurren a todo lo largo de la cadena. Y con toda seguridad, la mayor cantidad ocurre a nivel importador, es el primer nivel de bachaqueo. Con igual cantidad de $ se podría importar más cantidad de mercancías. Igual con menos dinero se podría ayudar a mucha más gente. El subsidio cambiario termina fomentando al bachaqueo