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Argentina / Es una opción, no una elección

El menú es una lista de platos y el comensal debe elegir uno de ellos. No puede ordenar que le preparen algo que no está en esa lista.

Lo mismo ocurre en toda elección presidencial. Uno está obligado a decidirse por alguno de los candidatos que figuran en el menú político. No puede inventar otro.

La opción es mucho más restringida cuando hay segunda vuelta. O cuando hay, como ahora, la posibilidad de que un candidato pueda, con sólo 40 por ciento de los votos, ganar en la primera.

En algunos casos debemos optar por el plato que más nos guste. O menos nos disguste.

Es, como en los aviones, “pasta o pollo”. Quien no quiera “pasta” tendrá que optar por el “pollo”. O por el hambre.

Peor aún, en la elección del próximo domingo, el que no diga “pollo” puede terminar comiendo “pasta” a la fuerza.

En efecto, eso es lo que pasaría si el oficialismo, pese a no tener la mayoría social, tuviera la mayoría electoral necesaria para que no haya segunda vuelta.

Dicho en términos concretos: si 40% de la ciudadanía votara por el Frente de la Victoria, y 60% se entretuviera eligiendo entre candidatos sin chance (o los repudiara a todos, no votando a ninguno o votando en blanco) ya no habría otra oportunidad de cambio.

El dilema no puede ser más claro.

Quienes están conformes con los gobernantes que tuvimos en los últimos 12 años, y quieran que lleguen a 16, tendrán que votar al gobernador Daniel Scioli. Lo harán con la esperanza, no completamente infundada, de que el gobernador se transforme el domingo en Presidente electo.

Quienes quieran poner fin a este proceso deberán aceptar que elegir libremente no es posible. Según muestran las encuestas, los indecisos deberán optar.

Si el domingo Scioli aventajara al Jefe de Gobierno Mauricio Macri en más de 10 puntos, esa noche se escucharía a una regocijada Presidenta Cristina Kirchner hablándole al país por televisión, y se vería a los jóvenes de La Cámpora recorriendo las calles con sus estandartes y sus cánticos.

Por cierto, hay gente para la cual da lo mismo el naranja que el amarillo. No se pronuncia por ninguno de los dos candidatos. Cree que uno representa el autoritarismo y otro a los factores de poder.

Quienes sienten eso podrán votar por candidatos sin chance, y acaso lo hagan con la ilusión de que, antes de 2019, haya en el escenario político otros actores, que no tengan las características de los dos que hoy aspiran a recibir, de la actual Jefa del Estado, la banda presidencial el 10 de diciembre. Hambre para hoy y (acaso) pan para mañana.

Es posible, también, que aspiren ahora a tener cierta fuerza en un Congreso, donde ningún partido dispondrá de mayoría propia y, por lo tanto, habrá ocasiones en las que unos pocos sean el fiel de la balanza. Si ése es el objetivo, tal vez pudieran votar por sus candidatos a legisladores, no necesariamente por sus simbólicos candidatos presidenciales, a quienes la inevitable derrota no les hará perder el liderazgo grupal ni la posibilidad de extender luego ese liderazgo a otros sectores de la población.

Pero es la mayor parte de los argentinos –que se dividen entre quienes quieren más de lo mismo y los que aspiran al cambio– la que definirá a la Argentina de los años próximos. Más allá del nuevo período presidencial.

Los dos candidatos que aparecen con posibilidad de conducir ese período representan dos modelos distintos de organización social y ejercicio del poder.

El modelo oficialista. Sus defensores prefieren la ejecutividad a la ortodoxia institucional. Consideran que el triunfo en las urnas otorga un poder irrestricto. No conceden importancia a las disidencias. Sienten que la oposición obedece a criterios corporativos. Creen que la confrontación es indispensable. Atribuyen las denuncias sobre corrupción a un complot desestabilizador. Creen que la justicia no debe ponerle obstáculos al Ejecutivo. Prefieren potenciar el consumo a combatir la inflación y contener el déficit. Aseguran que los subsidios reducen la pobreza. Reivindican la intervención directa del Estado en la economía. En el orden internacional, se identifican con gobiernos contestatarios.

El modelo alternativo. Sus promotores creen que la ejecutividad, fuera del marco institucional, es perecedera. Auspician el diálogo y buscan consensos para sustentar políticas públicas. Proponen conciliar intereses y dirimir con equidad los inconciliables. No creen que la moral pública y la eficacia sean incompatibles. Valoran la independencia judicial. Sostienen que la clase media y los pobres son las principales víctimas de la inflación. Afirman que la pobreza se combate con educación y empleo. Prefieren un Estado regulador a un Estado empresario. Creen que, antes que a la solidaridad ideológica, la política internacional debe orientarse a la defensa incondicional de los intereses nacionales.

En los partidarios de uno y otro modelo hay, por supuesto, diferencias internas. No existe, ni en el oficialista ni en el alternativo, un pensamiento único sobre cada una de las políticas a seguir en distintas materias.

Lo que debemos evaluar es cuál de esos dos modelos crea un ambiente más propicio para la convivencia y la solución de los problemas que afectan, verticalmente, a toda la sociedad. En definitiva, cuál de los dos favorecería más la prosperidad y la armonía sociales.

La democracia exige que se haga la voluntad de la mayoría. O, en casos como el actual, la de la primera minoría. Si el domingo esa primera minoría alcanza el triunfo definitivo, el modelo oficialista se prolongará hasta el 2019.

La fragmentación de “los indignados” puede volverlos impotentes.

No se puede cambiar el curso de un barco gritando en la cubierta. Sólo se puede hacerlo si uno tiene el timón.

Es por eso que, como en pocas ocasiones, antes que elegir, los ciudadanos deben optar. No entre dos personas. Entre dos futuros. 

Rodolfo Terragno es escritor y político

Es una opción, no una elección (2)

Para los que no están de acuerdo con el Gobierno actual y Macri no los convence del todo:

Por favor, reflexionen sobre el contenido de éste texto.

Scioli necesita para ganar en primera vuelta:

a) El 45% de los votos.

b) Entre el 40% y el 45% de los votos y algo más de 10% de diferencia sobre el segundo candidato más votado.

Scioli orilla el 38%, por lo que el gobierno, sabiendo que no puede aumentar 7% los votos de Scioli en forma disimulada tratará de acomodar los porcentajes de modo que Scioli apenas pase el 40% y Macri no llegue por poco al 30%.

Hacer un fraude de 3 puntos para arriba para un candidato y 3 puntos para abajo para otro es perfectamente posible.

La única herramienta para desarticular un posible fraude es que los números reales sean tan claros que ni con fraude puedan lograrlo.

Si vos pensás votar por Massa, Stolbizer, Del Caño o Rodríguez Saá ya sabés que no llega de ninguna manera, o sea que tú voto va a ir irremediablemente a la basura.

Entonces, no le des todo el poder a Macri. Visitá un local de Macri y otro de Massa, conseguite las boletas y cortá para Macri presidente y votá a todo el resto (diputados, Parlasur, gobernador, intendente, concejales, etc.) por Massa, Stolbizermdel Caño o Rodríguez Saá.

Votales los legisladores y los parlamentarios del Parlasur para que tengan medios para crecer, pero para presidente, votalo a Macri en defensa propia.

Si con esto se logra que uno de cada tres votos de cada uno de esos candidatos pasara a Macri para las presidenciales, habría un aporte de 7% de votantes de Massa, 2% de Stolbizer y 1% de Rodríguez Saá. Diez puntos. 10% de oro que serían imposibles de esconder por parte del gobierno.

Tu voluntad estaría perfectamente representada en el Congreso y en las provincias, con lo que lograríamos dos objetivos: un cambio de Gobierno y no darle el poder absoluto a Macri.

Esto es lo que ningún candidato de los que tienen menos de 10 puntos de intención de voto dice, aún sabiendo que no van a ganar.

Cada voto para Massa, Stolbizer o Rodríguez Saá es un voto para Scioli y Zannini.