Envíopostaporteñ@ 1532

AL | ¿EL FIN DEL PROGRESISMO EN EL GOBIERNO?

Sin dudas, estamos  viviendo el fin del ciclo en el que el “progresismo” y la “izquierda” asumieron directamente la gestión de la explotación y la opresión capitalista, con una relativa impunidad social, en una parte importante de países de América Latina.

Dicho ciclo se basó en condiciones relativamente buenas  de colocación de las materias primas en el mercado internacional y en el reparto (sumamente relativo y mentiroso) de algunas migajas de las divisas entradas. Mientras esos Estados hacían propaganda sobre  las migajas que otorgaban, mintiendo descaradamente sobre la “eliminación de la pobreza”, seguían al pie de la letra los dictámenes de la dictadura de la ganancia del capital, dosificando al mismo tiempo  una política clientelista, dando  prebendas y sueldos  sin contrapartida laboral a algunos  sectores  de los “sin reservas” para movilizarlos en apoyo al Estado.

Se aplicaba así la vieja receta populista, en base a  un modelo  muy similar al del peronismo  en los años 40/50 o al fascismo de Benito Mussolini. El éxito electoral que estos sistemas tuvieron durante las últimas décadas, se debe, sin dudas, al desgaste general  de las otras fracciones del capital, al discurso basado en la promesa de cambio y también a la conquista de capas del lumpen proletariado organizadas y movilizadas directamente por el aparato estatal, en base a la gestión  y el reparto  de esas migajas. Pero digámoslo  claramente, ninguno de esos regímenes cuestionó nada importante del capital, sino que, al contrario, intentaron canalizar la lucha proletaria  contra  el capitalismo, que había llegado a tener un carácter insurreccional en muchas  partes, tirando abajo gobiernos y haciendo tambalear a los Estados (como en Argentina, Bolivia…), hacia la oposición al “neoliberalismo”. Esta palabreja se transformó en el discurso del poder para que no se fuera a las raíces de los males sociales y se atacara al capital mismo, y en última instancia, en la forma con mayor legitimación  social para asegurar  el aumento de la tasa de explotación, que, digámoslo netamente, siguió aumentando en todas partes. Las migajas necesarias  para cooptar  lumpenes al aparato del Estado en defensa de la “revolución boliviariana" o “la lucha contra el neoliberalismo”, nunca cuestionó, en ninguna parte, los constantes esfuerzos del poder para buscar la mayor rentabilidad en todos los espacios que esos Estados gestionaban.

Sin dudas, la lista que puede hacerse de los países que intentaron esa política es muy grande, aunque  no todos sean reconocidos  como tales, porque sus discursos antiimperialistas no solo eran todos mentirosos (¡como lo hemos dicho tantas veces no se puede  hacer capitalismo no imperialista!), sino que ni siquiera lograron un discurso unificado antiyanqui primario y a cada rato uno u otra de las republiquetas latinoamericanas se abrazaba  económicamente con los “gringos”.

Probemos  igual hacer esa lista, sabiendo que no se trata de una realidad sociopolítica, sino de la imagen supuestamente diferente que esos gobiernos intentaron dar, en algún  momento, diciéndose más o menos de izquierda, progresistas o socialistas, y verificamos que en la misma están concernidos más de la mitad de los países latinoamericanos: Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Perú, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Nicaragua…

¿Qué es lo que realmente está cambiando  hoy?  Para nosotros, principalmente y en primer lugar, el desgaste de haber mentido tanto, durante un tiempo considerable, sin que el proletariado haya tenido  ninguna  mejora sensible, en segundo lugar, que la dictadura de la tasa de ganancia del capital, especialmente de las grandes multinacionales, tan celosamente respetado e impuesta por el progresismo, ha hecho  más evidente  y explosivo su antagonismo con la especie humana (apropiaciones, contaminaciones, asesinatos, escuadrones de la muerte, desapariciones…), suscitando  cada vez más protestas y rabia contra  el modelo, y por último, pero no menos  importante, el hecho de que  ni siquiera aquellas  migajas repartidas puedan considerarse estabilizadas, dado el evidente cambio en las propias condiciones de rentabilidad del capital que agudiza lo que llaman “crisis” y las contradicciones con las fracciones burguesas competidoras. Claro que ello no quiere decir que el progresismo  se suicidará o desaparecerá del poder, sino que  aquellas  formas populistas, tan basadas en la “esperanza” y la “voluntad popular”, van cediendo  paso cada vez más claramente  a las formas abiertamente  represivas y dictatoriales, que antes mantenían más escondidas: hay que estar demasiado  distraído, o comprado por el poder, para creerse todavía que en América Latina el terrorismo de Estado es un privilegio de la derecha, como verificamos en las denuncias compañeras que publicamos( NdeR: en posta se vienen continuamente reproduciendo notas de Brasil, Uruguay, Argentina, Venezuela y Ecuador entre otras)

En cuanto al cuestionamiento del modelo del supuesto “cambio”, el mismo comenzó desde el principio. Sobretodo en los países adonde el proletariado había masiva y violentamente destituido y expulsado al gobierno mismo, al “progresismo” le costó muchísimo venderse como sinónimo de ese “cambio”. Al Estado le fue muy difícil responder, ante el “¡que se vayan todos!” y la rajada de sus presidentes (y otros personajes del poder) para que no los lincharan, con patrañas y “progresismos”.

El poder siempre tiene dificultad en transformar una relación de fuerzas desfavorable, producida en la calle, en la ilusión de que el “cambio” podía ser desde arriba. Por eso, por ejemplo, en Bolivia desde la imposición del Gobierno de Morales, el proletariado salió a la calle, vanguardizado por los mineros, gritando “si esto es el cambio el cambio es una mierda” En Argentina a los KK (Kirchner y Kirchner) les costó dos o tres años imponer una relativa disminución de la conflictividad social, que duró menos de una década, aunque hay que reconocer que lo hizo con una gran habilidad (el “¡que se vayan todos!” seguía en la calle), tanto en la organización estatal de capas del lumpen (cuya expresión culminante es lo que se llama hoy “la Campora”), como habían hecho todos los populismos anteriores, como en la criminalización de la protesta social y una represión mucho más selectiva, organizada, perfeccionada, tecnificada. ¡Si Argentina tiene un récord mundial hoy, es en luchadores sociales criminalizados y procesados judicialmente por protestas en las calles!

En los últimos tiempos, lo que más cambió la cosa en todo el continente fue sin dudas el gigantesco movimiento de protesta social del proletariado en Brasil, en 2013…Cuantitativamente, nunca el mundo había visto tanta humanidad protestando en tantas ciudades al mismo tiempo y desbordando todas las fronteras de los Estados brasileros y de América del Sur. Desde ese momento, el globo del progresismo se pincha y empieza a perder por todas partes. El fin de las condiciones favorables de acumulación capitalista en toda la región siguió desinflando la cosa. La lumpenización de la propia fracción burguesa en el gobierno progresista, su corrupción generalizada, su inconsecuencia sobre su propio discurso se hicieron más patentes. Desde Venezuela a Argentina, desde Ecuador a Uruguay el verso del progresismo se sigue desinflando… “Las empresas más grandes del mundo”, como Petrobras, se mostraron como las de la “mayor corrupción del mundo”( NdeR: ahora estamos justamente viviendo la Vergüenza nacional de ANCAP)

Por todas partes y en todos los progresismos en los gobiernos, se constatan los acomodos, las coimas, la arbitrariedad insoportable de los grupos de choque ligados al poder, la prepotencia policial y parapolicial, los pactos secretos con las multinacionales o el gobierno del “Imperio”, los tráficos de drogas y de influencias, la importancia de lo militar en el poder así como la militarización de la vida misma, las farándulas de corruptos, los “abusos” de los servicios de inteligencia del Estado... Las banderas, como los “derechos del hombre”, se transforman en negocios del personal gubernamental y el dinero público se utiliza en beneficio de la mafia en el poder. Frente a la lucha histórica contra la impunidad, es verdad que el Estado hizo juicios y condenó a algunos de los desaparecedores y torturadores más importantes, pero en general se aseguró la impunidad de lo más sustancial del aparato, llegándose a extremos como premiar con cargos oficiales (en lo interior y exterior) a los más inmundos torturadores, como fue denunciado en Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Guatemala, Nicaragua, Colombia… Poco a poco, el ciudadano medio se fue enterando que la impunidad generalizada fue pactada desde el principio mismo, cuando la estrategia general del Estado Internacional del capital en todos esos países, en donde se había desaparecido a decenas de miles de luchadores sociales…, había decidido presentarse con jeta “democrática” y “progresista”.

Los “guerrilleros” en el poder (Chile, Brasil, Uruguay…) habían traicionado en general a sus propios compañeros y no solo habían colaborado con el aparato represor desde el principio, sino que habían pactado la impunidad con los torturadores y desaparecedores, como en el emblemático caso del Uruguay y el presidente “pobre” y “guerrillero”.

Ello no solo garantizaba la paz social y la seguridad nacional, sino que posibilitó que los ejércitos de todos esos países hicieran el trabajo sucio imperial, como por ejemplo la represión del proletariado en Haití. Poco a poco se verificó que la única lucha contra la impunidad era la que seguía llevando adelante el proletariado contra todos los Estados y los gobiernos, que la única condena real era la condena social y que el asunto de los juicios, lo jurídico y las prisiones, para los torturadores y desaparecedores, no era más que circo y teatro indispensable para el pueblo, cuando no quedó al descubierto que quienes supuestamente estaban presos no lo estaban o tenían un régimen especial de “hoteles de 5 estrellas”

Diciembre 2015 - n° 65  Revista  del Grupo Comunista Internacionalista