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Carta a los compañeros guevaristas

He leído las dos notas de CER comentando el libro "La experiencia tupamara" de Jorge Zabalza presentado el 22 de diciembre, a 49 años de la muerte de Carlos Flores. El tema a discutir es muy amplio y complejo, pero medio siglo es demasiado tiempo como para no señalar la poca cosa que se ha avanzado en esa discusión, las dificultades no son excusa.

Solamente quiero tomar un elemento. Zabalza menciona a Jorge Torres, y CER también. Uno de los libros de Torres mencionados es "Cuba y el Che. La ruta mágica". Torres, ya fallecido, fue uno de fundadores del MLN-T, y un protagonista directo y de primera línea en algunos aspectos cruciales de los primeros tiempos. Dejó reflexiones muy serias sobre la experiencia tupamara, y más en general sobre las experiencias guerrillera en el continente, que pueden ser compartidas o no. Pero más allá de menciones puntuales, lo que no veo es, ni que se recupere y continúe su planteo, o que se lo refute. De los temas que él planteó, simplemente no se habla.

Digo, por mi parte, que no estoy cien por ciento de acuerdo con lo que dice Torres. Pero es mucho más lo que acuerdo que lo que disiento, y aunque eso es solamente mi opinión, cualquiera que lea a Torres verá que todo es muy digno de tenerse en cuenta, se coincida o no. Si hay algo que no merece es el homenaje nominal y el desconocimiento real.

Lo que voy a hacer acá es algo muy simple. Voy a transcribir el primer capítulo de ese libro de Torres, son solamente tres páginas. Y no pienso transcribir el libro entero. Son solo las primeras tres páginas, se pone mucho más polémico a medida que avanza.

Lo que quiero acá es preguntar a los compañeros que se identifican como guevaristas -que es en todo caso la categoría que ha perdurado en el tiempo-, qué es lo que piensan de los conceptos de Torres. Si es que quieren contestar



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Existe un dato que ha proporcionado la historia del último medio siglo, pero que, sin embargo, no ha merecido, hasta la fecha, la atención que a nuestro juicio debería haber tenido. A partir del triunfo de la revolución cubana el 1° de enero de 1959, dirigida por Fidel Castro, en catorce países de nuestro continente se intentó reproducir o llevar a la práctica el mismo método que condujo al triunfo de la guerrilla en la isla de Cuba. A pesar de ser una cifra impactante, todavía podría incrementarse con dos países más, aunque en ambos casos con procesos y características diferentes (Colombia y Granada) que aclararemos.

A este primer dato de la realidad que hemos señalado, hay que agregar algunos más que no son menos importantes. De los catorce países en donde se intentó reproducir el modelo revolucionario cubano que condujo al triunfo, se fracasó en trece; y en el único donde triunfó la guerrilla fue en Nicaragua, donde se ha desarrollado un proceso lleno de luces y sombras que perdura hasta el presente.

Pero cuando decimos catorce países, en realidad apenas si estamos señalando una mínima parte de todo este proceso, o de ese fenómeno. Y es así porque también corresponde agregar como otro dato de la realidad, algo que vuelve más preocupante y hasta inexplicable el citado fenómeno, y ese dato es el número de organizaciones que intentaron reproducir lo que creyeron era el método adecuado que aseguraría el triunfo de sus ideas y sus proyectos revolucionarios. Ese número supera largamente las veinte.

Otro aspecto de no menor importancia, y que marcó al conjunto de los intentos fracasados, es el número de víctimas que, de hecho, aquellas experiencias produjeron. Si bien es cierto que hasta la fecha no se ha realizado un cálculo global de víctimas, que por otra parte resulta muy difícil, las estimaciones que pueden hacerse a partir de diferentes fuentes superan los cientos de miles, con mayor o menor número según cada país y cada experiencia llevada a cabo.

Pero a esa cantidad aterradora hay que agregar todavía al análisis de los aspectos cualitativos que distinguen a una parte de esos cientos de miles de individuos aniquilados por los ejércitos represores. Es que, dentro del total, cayeron definitivamente miles de combatientes que pueden ser calificados, sin cometer exageraciones ni errores, como partes integrantes de las cabezas políticamente más lúcidas en cada uno de los países. Vale decir que estamos señalando el costo en capital social que podría haber resultado decisivo para implementar otro futuro en cada caso y también para orientar a las generaciones siguientes.

El cuarto aspecto que merece especial destaque es que, como consecuencia de las experiencias guerrilleras llevadas a cabo, surgieron, y se consolidaron por largos años, sangrientas dictaduras militares que arrasaron con las tradicionales instituciones democráticas, con las organizaciones políticas, sindicales y estudiantiles, impulsando e imponiendo, de paso, planes económicos neoliberales que tuvieron como resultados el incremento de la pobreza, la marginación de grandes sectores de las sociedades, la inequidad social a todos los niveles, el exilio y el terrorismo de estado como metodología, y finalmente los discursos y las medidas económicas que no eran otra cosa que las que impulsaban las grandes multinacionales y los países centro del poder económico mundial.

Como quinto punto de esta enumeración, aparece uno que resulta altamente llamativo porque instaura una nueva modalidad de práctica política a nivel continental; en efecto, las guerrillas no responden a lo que hasta entonces habían sido las vigentes adhesiones ideológicas o partidarias, sino que congregan y se nutren de militantes y combatientes que provienen de ideologías y concepciones que hasta entonces, y a menudo, no solamente eran antagónicas sino que estaban casi siempre enfrentadas. Las experiencias guerrilleras que se instalan no responden a ninguna de las llamadas internacionales, e inclusive manifiestan su oposición y críticas a ellas.

El sexto aspecto claramente destacable lo constituye el cuerpo central de las concepciones que justifican, alientan e impulsan estas prácticas guerrilleras. En efecto, aunque en algunos casos con pequeñas variaciones que imponen las realidades nacionales, todas ellas toman como teoría funcional, determinante y decisiva, aquella que elaboraron en Cuba, y promocionaron en todo el continente, Fidel Castro, Regis Debray y Ernesto Guevara y que era conocida como teoría del foco. Estos tres "teóricos", a partir de una especial interpretación del proceso revolucionario cubano, reducen a un único elemento el factor decisivo del triunfo obtenido. Ese reduccionismo, sin embargo, se transforma en el factor teórico e impulsor de carácter decisivo en las diferentes prácticas revolucionarias que se intentan a lo largo y lo ancho del continente.

El punto séptimo y último se propone dilucidar una cuestión o interrogante que ha sido eludida hasta el presente: ¿la revolución cubana -y su teoría o teorías en cuanto a la factibilidad de aplicar con éxito en otros países lo que interpretaban como el único y acertado camino- tiene alguna responsabilidad en el fracaso de las experiencias guerrilleras que alentaron y apoyaron; es co-responsable principal de aquellas experiencias que acabaron en derrotas completas, totales?

(Jorge Torres. Cuba y el Che. La ruta mágica - Fin de Siglo, 2007)