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Las muertes de Nepo Wasen

Conocí a Nepo en 1969, aunque todos lo conocíamos por López, un seudónimo en homenaje a su padre. Había sido reclutado por la Negra Mercedes, un año antes, junto con otros estudiantes y funcionarios de la facultad de Derecho. El comando de la columna 15, luego de diferentes cambios, había quedado constituido por la Negra, el Hugo Candán y Cocco Pérez. Yo era el responsable ante el ejecutivo, que integraba junto a Sendic y el Ñato Fernández Huidobro.

Funcionábamos en un apartamento de la calle Felipe Sanguinetti 2519, y allí llegó el Nepo, una mañana, para exponer ante el comando de la columna el plan que él, como responsable de un grupo de acción, llevaría adelante en algún día cercano.  Se trataba de una operación para conseguir algunas armas propiedad de un coleccionista. Nepo, al principio algo nervioso, presentó su plan como quien se examina ante un tribunal sabiendo que no le van a perdonar ni una.

Así fue, no le perdonamos ni una, aunque su plan era más que aceptable. Pero nosotros lo que pretendíamos era hacerle ver la importancia de varios pequeños detalles que tanto él como su grupo habían pasado por alto. La mañana señalada, el plan se cumplió a cabalidad, salvo por un detalle que a todos se nos pasó por alto: el coleccionista fingió un síncope y cuando Nepo acudió a socorrerlo, le quitó la pistola y lo hirió en el pecho. Entre todos volvieron a desarmarlo y huyeron con el botín y el Nepo herido. Candán, que conducía el auto, dejó en una esquina cualquiera al grupo y condujo a Nepo hasta el apartamento de la calle Sanguinetti.

Mientras Candán iba en busca del servicio médico, yo lo atendí como pude. La bala había entrado por el pecho, rozando los pulmones y había salido por la espalda, dejando a la vista un orifico considerable. Pero no sangraba y su estado general era bueno, o a mí me lo pareció. Cuando llegó el médico, nos mostró cómo debíamos actuar en esos casos: desinfectó la herida y empujando con el puño cerrado metió cada trozo de músculo en su sitio y procedió a vendarlo.

Le dio algún calmante, porque Nepo durmió el resto del día, hasta bien entrada la noche.

Cuando estuvo en condiciones de hablar me dijo: Negro, se nos pasó un solo detalle y mirá lo que me pasó… A todos nos vino bien la experiencia y lo sucedido al Nepo pasó a integrar nuestro bagaje de experiencia. Tuve la suerte de conocerlo mucho más ampliamente y de participar junto a él en varias operetas importantes y puedo dar fe de su capacidad como militante, solo comparable a la honradez y sinceridad de las que dio muestras constantemente

Tras la caída de Almería le tocó asumir, junto a Engler y Rosencof, la dura tarea de recomponer una organización diezmada por los errores de una dirección empeñada en conseguir lo imposible en las negociaciones por el canje de los secuestrados, en julio y agosto de 1970.

Fue un pilar fundamental entonces, aunque siempre intentó minimizar su aporte. Fue, junto con Marrero, el portavoz del sentir mayoritario entonces, que consideraba que los planes elaborados en Punta Carretas por  Fernández Huidobro y por Sendic no solo eran inviables desde el punto de vista de lo material, sino que nos llevarían a un callejón sin salida.

Su paso por Punta Carretas, unos días antes de la gran fuga, y sus discusiones con los dos “históricos” y sus seguidores, marcaron un antes y un después, y la firmeza de sus convicciones lo convirtieron en el objetivo a batir, aunque la mira estuviera dirigida hacia mí, en esos momentos ya en franca disidencia

Apenas un par de meses después, en noviembre de 1971, cuando mi renuncia al Comando General de Montevideo y en momentos en que el MLN entraba en la etapa que lo llevaría a autodestruirse, analizamos la posibilidad de una renuncia más amplia para que significara un aldabonazo, un toque de atención que posibilitara una discusión interna ante el cambio de estrategia que se nos imponía, por la política de los hechos consumados.

Nepo creyó que no era conveniente, que nuestras renuncias ponían en peligro la unidad interna y porque creía que la situación sería reversible en una convención nacional. Yo acepté sus argumentos, pero los hechos posteriores nos mostraron que estábamos equivocados, que el MLN ya estaba roto, que se había roto dentro del penal y que la fuga lo que había conseguido fue contaminarlo en su totalidad.

Nepo murió en “la noche triste”, la del 16 de marzo de 1972, cuando junto a Marrero y la Negra Mercedes fueron defenestrados por quienes se habían arrogado el carácter de estrategas políticos, pese a sus nulos antecedentes como tales.

Aceptó las nuevas responsabilidades que se le encomendaron, pero ya no fue el mismo. Íntimamente vencido, acompañó el dislate que significó el 14 de abril más por disciplina que por convencimiento. La muerte de Candán, de Schoeder y de Blanco Katras fue para él una muerte más. Yo tendría que haber estado allí y morir con ellos, nos dijo a Wolf y a mí en el Florida.

Convencido de que el MLN había entrado en su etapa final, torturado doblemente por sus captores y por sus “compañeros” detenidos en Artillería 5 y el Noveno de Caballería, decidió que era necesario evitar una carnicería inútil más, y entregar la Cárcel del Pueblo.

Cuando el MLN me acusó de ser el responsable de la entrega, asumió su responsabilidad con la misma entereza moral con que guió su corta vida. La última vez que nos vimos fue el 15 de junio de 1972, cuando llamado por quienes lo habían defenestrado dos meses atrás, se aprestaba a participar en el sainete de la primera tregua. “Yo ya asumí la mía, pero vos sos el cabeza de turco”, fueron sus palabras de despedida.

Hasta su muerte oficial el 17 de noviembre de 1984, debió soportar ser señalado como uno de los principales “militaristas de la columna 15”, por ese entonces acusada de ser una de las causantes de la derrota. Seguramente que a Adolfo Wasen Alaniz lo dejaron morir físicamente en el hospital militar, pero Nepo ya había sido liquidado moralmente por sus llamados compañeros, muchos de los cuales hoy reivindican su memoria