Edición 574: lasverdadesdemiguel.net - 22/4/16
En Venezuela, la guerra de la delincuencia es un conflicto generado a gran escala. Estimo que se ha equivocado la estrategia para detenerlo. El primer error consistió en crear las llamadas zonas de paz en las barriadas de mayor beligerancia, lo cual permitió que los infractores establecieran sus vanguardias y las transformaran en centros de acopio de drogas, armas y vehículos robados. Los componentes de estos escuadrones por momentos “invisibles”, son elementos que políticamente pueden considerarse lumpen proletarios (un término marxista para definir a una población situada socialmente al margen o debajo del proletariado, desde el punto de vista de sus condiciones de trabajo y de vida, formado por los degradados, desclasados y no organizados del proletariado urbano, así como aquella parte de la población que para su subsistencia desarrolla actividades al margen de la legalidad); el lumpen proletariado es la clase social que no posee ni medios de producción ni fuerza de trabajo y que obtiene su manutención a partir del robo y de ciertos recursos que las otras clases sociales dejan de poseer por considerarlos desechos. Se trata de un sector carente de conciencia de clase, y por tanto susceptible de servir de punto de apoyo a la burguesía; sin embargo, en el caso venezolano, ha sido lo contrario e inicialmente sirvió de apoyo al Polo Patriótico para luego escapársele de las manos.
La FANB y el estamento policial han sido rebasados porque ambos (preparados para una guerra convencional) han terminado atrapados en una tenaza; los delincuentes han asumido una forma de guerra atípica extendiendo a todos los sectores su violencia desmedida. No son pocos los colectivos sociales penetrados hasta convertirlos en brigadas del delito. El poder judicial pierde fuerza y da paso a expresiones criminales como los linchamientos, cuyas imágenes al expresarse a través de las redes sociales crean (ex profeso) una situación de terror que lleva al aterrorizado a admitir el crimen monstruoso como un acto de justicia.
La guerra de la delincuencia declarada en contra de toda la ciudadanía ha tomado las características de guerra asimétrica, donde los soldados del delito con su accionar minimizan el efecto de los recursos militares y policiales del status quo. Los delincuentes (sin proponérselo teóricamente) emplean métodos propios del terrorismo urbano y la guerra sucia. Como en la guerra asimétrica, en principio no existe un frente determinado, ni acciones militares convencionales; no obstante, se van dando paso a las zonas liberadas donde reina la ley del delincuente, y allí se ponen en práctica toques de queda, mediante los cuales se impide el acceso de los efectivos militares y policiales a los sectores afectados.
Lo novedoso del caso venezolano es que los códigos de la delincuencia y su proceder son una mezcla de los usados en las favelas brasileñas y en la periferia de la azteca Tijuana. Su actividad es envolvente, comprometiendo cada vez más a la población civil. El delincuente se ha familiarizado con procedimientos bárbaros que harían morir de envidia a Atila, el rey de los hunos; en su actividad no existe ninguna objeción ética. Al contrario de lo planteado por Rousseau en El Contrato Social, en Venezuela, el delincuente no es un rebelde sino un admirador del establishment, una sociedad donde, parafraseando al hoy fallecido dirigente adeco Gonzalo Barrios, no existen razones para no robar. En conclusión, el crimen en nuestro paísse ha convertido en un vicio.