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Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS (10)

Resistencia y red de rumores

Rolando Astarita [Blog]

Lanzada la colectivización, por todo el campo se extendió una densa red de rumores, una de las formas que tomó la resistencia campesina: “Los rumores son omnipresentes en las sociedades campesinas y tienden a prosperar en los climas especialmente propicios del temor y el levantamiento. Los rumores se convierten en una forma de noticias de subsuelo y de expresión social disidente en sociedades, comunidades y grupos que confrontan una prensa censurada y falsificada o tienen dificultades en acceder a las noticias. (…) Sin embargo, durante la colectivización los rumores funcionaron más que como simples noticias o verdad alternativa; fueron un arma en el arsenal de la resistencia campesina” (Viola, 1999; también para lo que sigue).

El rumor esparció el temor, asegurando la cohesión de la aldea frente al peligro “de afuera”, y garantizó el espacio necesario dentro del cual los campesinos construyeron una ideología que los unificó y movilizó contra el Estado. Se decía que este era el Anticristo, y que la granja colectiva su guarida; y que aquellos que firmaran la entrada a las granjas colectivas, serían sometidos a servidumbre, recibirían la marca del Anticristo o estarían obligados a compartir a sus esposas, dado el proyecto de los bolcheviques de “nacionalización de las mujeres”. También se hablaba de la inminente “socialización de los niños”, o de la venta de mujeres y niños a China. La granja colectiva era considerada incompatible con la religión: se decía que habría que trabajar los domingos, que las iglesias estarían cerradas, no se podría rezar y los muertos serían cremados. Pero había rumores más “materialistas”, como que los que entraran a las granjas perderían sus chozas y comerían ratas.

Todo apuntaba a deslegitimar al poder soviético. Los años de guerras y revolución, con sus sufrimientos y devastaciones, habían aumentado los temores y contribuido al aislamiento de las aldeas, y el período de la NEP era interpretado por los campesinos como un simple período de tregua. El sentimiento era de desesperación y desesperanza; por eso también la idea de la llegada del Anticristo se asociaba con el fin del mundo, no su regeneración. Aunque no puede determinarse hasta qué punto los campesinos realmente creían que se acercaba el fin de los tiempos, el rumor contribuía a superar particularismos regionales, y contrapesaba la agitación bolchevique que planteaba la divisoria en términos de clases sociales.

Paralelamente, los ataques bolcheviques a la Iglesia Ortodoxa también contribuyeron a la unificación campesina. En algunos casos el anti-bolchevismo campesino se mezclaba con el antisemitismo, que parece haber estado bastante extendido; por ejemplo, había sacerdotes que afirmaban que los comunistas servían a los intereses judíos. También las mayores libertades sexuales entre la juventud provocaban el rechazo de los campesinos adultos, y muchos interpretaban que detrás de ese cambio de las costumbres estaba la demoníaca triada Comunismo – Anticristo –perversión sexual. Lógicamente, los curas se convertían en usinas y transmisores de los rumores. De ahí también la reacción del gobierno de imponer penas fuertes a sus promotores.

Matanza de animales y liquidación de bienes

Junto al rumor, hubo otras formas de resistencia. Una de ellas fue la matanza de los animales, realizada tanto por los campesinos que no se habían incorporado a las granjas colectivas, como por aquellos que lo habían hecho. Los campesinos interpretaban que se acababa la vida y la cultura campesina tradicionales, y liquidaban el ganado, y a veces también los implementos de trabajo. Para los kulaks, era una forma de “auto-dekulakizarse”; algunos lo hacían antes de abandonar el campo para ir a las ciudades. La “auto-dekulakización” ahorró a cientos de miles de campesinos la expropiación, la deportación o algo peor. Pero los campesinos pobres y medios también protestaban contra una “socialización” que consideraban un saqueo, vendiendo o matando sus animales y otras propiedades, tratando de conservar cash, almacenar comida ante el temor de tiempos duros, o simplemente para negarle al poder soviético los frutos de su labor. También hubo destrucción de maquinaria, y otras formas de resistencia. Deutscher se refirió a esto como una rebelión de tipo luddista. Se trató, observa Viola, de un acto de sabotaje masivo al nuevo sistema de granjas colectivas. La matanza de los animales alcanzó grandes proporciones, afectó fuertemente a la economía, y tuvo consecuencias duraderas en el posterior funcionamiento de los koljoses y sovjoses.

Frente a la resistencia campesina y la liquidación de animales, las autoridades respondieron acelerando, entre fines de 1929 y comienzos de 1930, la colectivización, la dekulakización (que cada vez abarcaba más campesinos medios o incluso pobres) y la socialización de los animales; los funcionarios locales incluso apretaron más el acelerador que el Gobierno central. Lo que agravó la liquidación de animales y equipos por parte de los campesinos; y en respuesta, hubo más represión.

Terror campesino

Junto a las formas de resistencia antes descrita, también hubo un extendido terror, dirigido tanto a los campesinos que rompían con la comunidad, o tenían intención de hacerlo, como contra los funcionarios (véase Viola, 1999). El Gobierno habló de terror kulak, pero el fenómeno fue general: incluso, según las estadísticas oficiales, había una proporción relativamente alta de terroristas no kulaks. Hubo incendios provocados, circulación de amenazas, linchamientos y asesinatos de funcionarios locales y activistas campesinos. La gravedad de la situación era tal que en algunas localidades los miembros del Partido eran advertidos de mantenerse alejados de las ventanas cuando estaban trabajando en las instituciones soviéticas y de no caminar por las calles de la aldea después del anochecer. “La amenaza de violencia, de un ataque súbito o de ‘una bala disparada desde cualquier lugar’, era omnipresente en el campo durante la colectivización” (Viola).

Según las estadísticas nacionales, los incidentes terroristas (incendios, asesinatos, asaltos, etcétera) pasaron de 1027 en 1928 a 9903 en 1929 y a 13.794 en 1930. De acuerdo a la GPU, mientras que en 1929 casi el 44% de los incidentes habían estado relacionados con las requisas de grano, en 1930 el 57% se vinculaban con la dekulakización y la colectivización. En 1930 hubo más de 1000 muertes de funcionarios soviéticos (datos de la GPU que deben ser tomadas con cuidado; véase Viola). La mayoría eran funcionarios locales de bajo rango, y activistas; muchos eran campesinos que apoyaban la colectivización. En ocasiones las ejecuciones y linchamientos se asentaban en formas anteriores de justicia campesina, vinculadas a las prácticas tradicionales comunitarias destinadas a mantener el orden y hacer justicia. También hubo oleadas de levantamientos y manifestaciones en masa, a medida que se intensificó la colectivización, que causaron profunda alarma en la dirección soviética en la primavera de 1930 (véase más adelante). Según las estadísticas oficiales, ese año los disturbios de masas fueron 13.754. Por otra parte, millones de campesinos emigraron a las ciudades, o a las estepas desoladas, donde las familias buscaban refugio y los jóvenes se unían a los “bandidos kulaks

El drama de las deportaciones

Además de la hambruna, que trataremos luego, las deportaciones parecen haber sido una de las mayores fuentes de sufrimientos. “El número de los deportados en 1930 es considerable. Trenes enteros, llamados por los campesinos ‘trenes de la muerte’, llevan a los deportados hacia el norte, las estepas y los bosques. Muchos mueren en el trayecto de frío, hambre o epidemias” (Bettelheim, 1978, citando un testigo). “Los preparativos para la deportación –transporte, alojamiento, comida, ropa, medicinas- parecen haberse hecho en simultáneo con las deportaciones. Los resultados fueron catastróficos. Se desataron epidemias en los “asentamientos especiales”, golpeando a los muy jóvenes y a los ancianos. De acuerdo a un informe de julio de 1931, para mayo de ese año más de 20.000 personas habían muerto solo en la región norte” (Viola, 1999).

Un registro del drama se encuentra en el diario de Alejandra Kollontai, embajadora de la URSS en Noruega cuando la colectivización. Antigua oposicionista de izquierda, en 1927 Kollontai se había alineado con Stalin contra Trotsky y Zinoviev. Un huésped, a quien no identifica en su diario, camarada del Partido que acababa de participar en el XVI Congreso, le describe las consecuencias de la orden de Stalin, de enero, de colectivizar rápidamente. El huésped había acompañado trenes cargados de kulaks deportados en el invierno de 1930. Kollontai, desesperada por las historias de desdichados campesinos, “niños, padres, los ancianos y los enfermos, todos arreados en carros como ovejas... Tomaron gente de aldeas prósperas, kulaks, por supuesto, pero de todas maneras personas, no ganado”. La helada era tal que “los niños morían en los brazos de sus madres y eran arrojados de los carros en montones de nieve, mientras sus madres lloraban... No pude dormir después que se fue: madres y niños hambrientos aparecían ante mí... nadie tiene el derecho de matar de hambre a la gente o aumentar innecesariamente sus sufrimientos. ¿Cuántos niños murieron y por qué? Torpe, estúpido, una falta de verdadera humanidad comunista” (citado por Farnsworth, 2010).

Un párrafo aparte merece lo sucedido en la República Soviética de Kazajistán, ya que aquí no se trató de terminar con unidades campesinas sedentarias, sino con el nomadismo. A fines de la década de 1920 el 70% de los kazajos eran pastores nómades que recorrían vastas estepas semiáridas (Ohayon, 2013, también para lo que sigue). Las actividades de granja sedentarias, a cargo de otras nacionalidades, se concentraban en las áreas arables del norte, más ricas. Con la colectivización, el Gobierno soviético buscó convertir en sedentarios a los nómades, ubicándolos en koljoses en zonas que rodeaban a las estepas, y que no eran aptas para la agricultura. Para ello, lanzó una fuerte represión destinada a disciplinar a la población nómade y para aumentar el control sobre el Gobierno de la República, al que no se consideraba suficientemente sovietizado. Entre 1929 y 1932 se redujeron las tenencias de ganado de los nómades con vistas a proveer a las ciudades, y se elevaron las requisas de grano en toda la República. Esto generó resistencias, intentos de insurrección, disturbios y hasta guerrillas. El movimiento involucró a varias miles de personas, pero finalmente cedió cuando comenzó a extenderse el hambre. Muchos pastores huyeron de las estepas para salvar su ganado, lo que representó otra forma de resistencia. Según la GPU, 1,7 millones de kazajos emigraron de sus regiones nativas hacia Afganistán, China, Irán y Mongolia o hacia otras regiones de la URSS.

Agreguemos que a partir de 1928-9 comenzaron también las deportaciones por limpiezas étnicas, que adquirirían enormes proporciones en las décadas siguientes (ver aquí para una referencia).

Bibliografía:

Betttelheim, C. (1978): La lucha de clases en la URSS. Segundo período (1923-1930), México, Siglo XXI.
Farnsworth, B. (2010): "Conversing with Stalin, Surviving the Terror: The Diares of Aleksandra Kollontai and the Internal Life of Politics", Slavic Review, vol. 69, pp. 944-970.
Ohayon, I. (2013): “The Kazakh Famine: The Beginnings of Sedentarization”, Onlyne Encyclopedia of Mass Violence, http://www.massviolence.org/IMG/article_PDF/The-Kazakh-Famine-The-Beginnings.pdf.
Viola, L. (1999): Peasant Rebels under Stalin, Collectivization and the Culture of Peasant Resistance, Oxford University Press