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Reflexiones Necesarias

He leído con suma atención un artículo publicado en el número 1 de El Gallo Rojo, firmado por Veronika Engler.

Dice la autora: Los seres humanos tenemos dificultad para considerar los derechos de los demás, lo que nos lleva a no tener en cuenta el punto de vista ajeno ni las limitaciones de nuestro propio punto de vista, es así que con frecuencia incurrimos en una forma de pensamiento egocentrista en el que utilizamos nuestras ideas y conceptos sin tener en cuenta las ideas de nuestros semejantes y sin objetivar la realidad. Nos consideramos ecuánimes, pero confiamos demasiado en nuestras percepciones intuitivas dejando de lado los estándares intelectuales al pensar.

Coincido plenamente con la autora, e incluso creo que se puede agregar a su análisis algún elemento más, a saber: tenemos tendencia a pensar que coincidimos en nuestras opiniones y valoraciones si quien emite determinada opinión goza de nuestras simpatías o creemos que las emite con la misma sinceridad y honestidad personal que nos adjudicamos a nosotros. Por lo contrario, tenemos tendencia a descalificar o al menos a desoír, las opiniones vertidas por quienes consideramos, incluso a veces sin demasiado análisis, nuestros contrincantes, sobre todo en lo tocante a las cuestiones políticas.

En demasiadas ocasiones esa forma de actuar nos ha privado, a los que nos consideramos parte de la llamada “izquierda política”, de los aportes que en algunas ocasiones nos llegaron de sectores políticos rivales, a los que hemos descalificado, nada más que por provenir de tiendas ajenas. La historia reciente está jalonada de ejemplos que servirían al caso, y que si fuera necesario personalizar, podríamos hacerlo en la figura de Mujica, un personaje al que se ha encumbrado incluso por quienes hoy lo descalifican en su totalidad, desconociendo o a veces dejando deliberadamente de lado los cuestionamientos que se hacían a tal personaje, al que hoy vemos, ya sin falsos oropeles, en su cruda realidad.

Continúa la autora: Los estándares psicológicos y subjetivos del pensamiento nos pueden llevar a afirmar que algo es cierto porque el grupo al que pertenecemos cree en ello. Este socio centrismo se desprende de la premisa de que las creencias dominantes dentro de ese grupo son ciertas aunque nunca se hayan cuestionado las bases de las mismas. Un ejemplo claro es la lealtad casi religiosa hacia un partido o fuerza política, devoción que lleva a aceptar los giros y la metamorfosis ideológica que se justifica en la aceptación pasiva de las presiones económicas internacionales y que conlleva a que las barreras entre la izquierda y la derecha sean cada vez más difusas.

Creo que en la memoria colectiva de la izquierda uruguaya, desde el antiguo partido comunista de Eugenio Gómez, el socialista de Frugoni y sus secuencias posteriores, con la revolución cubana en el horizonte, que sirvió tanto para unificar como para dividir, existen hechos que avalan el análisis enunciado. La aceptación casi religiosa que se menciona fue evidente, tanto en la subordinación de los comunistas ante la política de la antigua URSS como en el seguidismo de los socialistas ante los signos aparentemente socializantes de Al Assad en Siria y Gadafi en Libia. Y qué decir de los tupamaros y el faro cubano y su teoría acerca del foco.

Desde mi punto de vista personal, pienso que la aceptación pasiva por parte de los militantes de izquierda de las directivas emanadas de sus organismos de dirección, está íntimamente ligada a su escasa o nula capacidad de análisis, la que en demasiadas ocasiones ha sido propiciada por las superestructuras partidarias.

Continúa el artículo: A pesar de que somos conscientes de que no basta con creer en algo para que se convierta en verdad, optamos por incurrir en la negación sin darnos cuenta de que el precio por sostener esa posición es tener que justificar constantemente los errores cometidos por los integrantes de la fuerza política que nos representa aunque atenten contra nuestros principios y valores.

La historia de los últimos 50 años en nuestro país responde a esa concepción. Pese a lo fragmentario de los análisis sobre esos años, es evidente que los errores cometidos por quienes se arrogaron la capacidad política y militar para cambiar el destino del Uruguay, está en la raíz de la situación actual, mezcla de aventurerismo y populismo, casi a partes iguales. La situación de ANCAP, las negociaciones con los gobiernos venezolanos, la nunca aclarada titulación del vicepresidente Sendic responden a la misma falta de responsabilidad que los ha llevado al incumplimiento de compromisos que años atrás parecían indiscutibles e inamovibles.

De nada nos sirve responsabilizar de los incumplimientos a Fernández Huidobro y a José Mujica sin antes reconocer que ocuparon y todavía ocupan puestos de responsabilidad e incluso de un prestigio mundial vergonzante gracias a nuestros silencios y complicidades.

Continúa el análisis: Algunos creen que eso es preferible a enfrentar verdades que podrían poner en juego la legitimidad de sus creencias y su fidelidad política, si no fuera así, quizás dejaríamos de tolerar el manoseo que se hace con los Derechos Humanos; las malas políticas económicas; las truncas promesas de mejorar la educación; el sinfín de irregularidades y dinero mal administrado; el nepotismo y el amiguismo; la corrupción; los problemas ambientales, y la política cada vez más represiva de seguridad.

Es evidente que la actividad política muchas veces está reñida con el manejo de la verdad y por ende de su contrario, la mentira, elevada a la categoría de indiscutida e indiscutible nada más que porque durante años hemos creída en ella. O sea, preferimos seguir creyendo en mentiras antes de enfrentarnos con la verdad, con la realidad.

Continuemos: El pensamiento crítico debería llevar al militante a cuestionar las malas políticas o las actitudes erróneas y a exigir cambios, sin embargo el despertar es lento y doloroso. Cuando siempre se creyó en algo y se luchó por eso, es difícil aceptar que se puede estar equivocado…

Existe el pensamiento crítico de los militantes? O se ha preferido acatar las consignas emanadas y recibir como premio seguir perteneciendo a la grey, a la tribu, aunque esta se haya convertido en la antítesis de nuestras convicciones? La misma autora, con su condicional debería nos está dando la respuesta.

Abundando en las mismas consideraciones, se dice que Se termina por amparar y justificar actitudes y hechos que de otro modo no serían aceptados, incurriendo en una suerte de complicidad. …Hay quienes creen que algo es cierto o es válido porque les conviene y se aferran a esta posición egocentrista con uñas y dientes.

Respondo con palabras de Vaclav Havel: El poder es prisionero de sus propias mentiras y es por esa causa que tiene que continuar falsificando el pasado, el presente y el futuro (…). El individuo no tiene forzosamente que creer todas esas mistificaciones, pero debe conducirse como si las creyera, o tolerarlas en silencio, o todavía, estar en buenas relaciones con los que las producen. Todo eso obliga a vivir en la mentira”

Para finalizar, la autora afirma que Los estándares intelectuales legítimos del pensamiento crítico nos sirven para dejar de engañarnos a nosotros mismos y para verificar la calidad del razonamiento sobre un problema. Cuando ordenamos las ideas, los conocimientos y los conceptos estamos siguiendo un proceso que nos lleva a objetivar y tomar posturas frente a un acontecimiento, un problema o un tema determinado. Esta forma de pensamiento parte de nosotros, es auto dirigido, auto regulado, auto disciplinado y autocorregido e implica que debemos tener un dominio consciente de su uso y que tenemos que superar el socio centrismo y el egocentrismo inherente del ser humano. Para lograrlo debemos contar con la suficiente información y evidencia que nos lleva a sacar una conclusión, recopilar información contraria a dicha posición y ser parcial al evaluar todos los puntos de vista. Es mi deseo que “El gallo Rojo” contribuya a aportar algo para desarrollar ese pensamiento crítico más allá de las discrepancias y diferencias.

Coincido totalmente con la autora, menos en el punto en el que dice que el sociocentrismo y el egocentrismo son inherentes al ser humano. Pienso que ella se desmiente a sí misma, al menos si como dice en sus líneas finales está dispuestaa desarrollar ese pensamiento crítico, más allá de las discrepancias y diferencias.