Fragmento del prólogo de Samir Amin al libro
Piel Negra Máscaras Blancas de Frantz Fanon
La historia de la relación de Francia con sus colonias esclavistas es distinta de la historia de la relación de Gran Bretaña con las Américas esclavistas y de la de Estados Unidos con su colonia esclavista interna.
La primera y única revolución social que conoció el continente americano, hasta tiempos muy recientes, fue la de los esclavos de Santo Domingo (Haití), que conquistaron su libertad por sí mismos. La pretendida «Revolución americana» del siglo XVIII, como las posteriores de las colonias españolas, no fueron sino revueltas de las clases dominantes locales que buscaban librarse de los tributos que pagaban a la madre patria para continuar con la misma explotación de los esclavos y de los pueblos conquistados que emprendieron las metrópolis del capitalismo mercantilista. Nunca tuvieron una revolución en el sentido completo del término
La Revolución de Santo Domingo coincidía con la del pueblo francés. El ala radical de la Revolución francesa simpatizaba, pues, de forma natural con la revolución de los esclavos que conquistaban por propia mano su libertad y se convertían por ese hecho en auténticos ciudadanos. Pero, por supuesto, los colonos del lugar no lo entendían así.
El retroceso de la Revolución francesa se tradujo en las Antillas en el restablecimiento de la esclavitud, que fue nuevamente abolida por la Segunda República en 1848 sin que, sin embargo, se aboliera su estatus colonial hasta 1945, fecha a partir de la que se abre un capítulo nuevo de su historia. ¿Qué querían? ¿Cuáles debían ser los objetivos estratégicos de la lucha anticolonialista? ¿La independencia (por lejana que pareciera), la asimilación o la construcción de una «verdadera unión francesa», es decir, de un Estado multinacional, más o menos federado o confederado?
Hoy podemos creer que la única opción progresista sólo podía ser la independencia. Pero en la época las cosas se presentaban de una forma más compleja, sobre todo entre los años 1946 y 1950.
Los partidos comunistas de las Antillas y Reunión pelearon en el terreno de la asimilación y acabaron por lograrla. El resultado se impone hoy: la asimilación ha creado tal dependencia económica y social que resulta difícil concebir que el movimiento pueda invertirse y que las Antillas y Reunión puedan un día (para lo mejor o lo peor) ser independientes. Aparente paradoja: si las Antillas y Reunión se han convertido hoy en algo indisociable de Francia, se debe a los esfuerzos coronados por el éxito de los comunistas de la Francia metropolitana y de las colonias implicadas.
La derecha, que siempre se opuso a la asimilación de los derechos, que ayer defendía la esclavitud y más tarde el estatuto colonial, no hubiera podido evitar que el movimiento condujera aquí, como en las Antillas británicas y en Isla Mauricio, a la reivindicación independentista.
El contraste centros/periferias es pues inherente a la expansión mundial del capitalismo realmente existente en todas las etapas de su despliegue desde sus orígenes. El imperialismo que es propio del capitalismo ha revestido diversas y sucesivas formas en relación estrecha con las características específicas de las sucesivas fases de la acumulación capitalista: el mercantilismo (de 1500 a 1800), el capitalismo industrial clásico (de 1800 a 1945), la fase posterior a la Segunda Guerra Mundial (de 1945 a 1990) y la globalización en camino de construirse. En este marco de análisis, el colonialismo es una forma particular de expansión de determinadas formaciones centrales (calificadas por este hecho de potencias imperialistas) fundadas sobre la sumisión de los países conquistados (las colonias) al poder político de las metrópolis.
La colonización es entonces «exterior», en el sentido de que las metrópolis por un lado y las colonias por otro, constituyen entidades distintas, aunque las segundas estén integradas en un espacio político dominado por las primeras. El imperialismo en cuestión es capitalista y no debe ser confundido con otras formas anteriores de dominación eventual ejercida por un poder sobre distintos pueblos. La amalgama que trata el imperialismo del capitalismo moderno en términos análogos a como se analiza el imperialismo romano no tiene mucho sentido. Los Estados multinacionales (los imperios austrohúngaro, otomano, ruso y la URSS) constituyen igualmente fenómenos históricos distintos (en la URSS, por ejemplo, las transferencias financieras iban del centro ruso a las periferias asiáticas, de manera inversa a lo que ocurre en los sistemas coloniales). La primera colonización capitalista fue la de las Américas, conquistadas por los españoles, los portugueses, los ingleses y los franceses.
En sus colonias americanas, las clases dirigentes de las metrópolis conquistadoras instauraban sistemas económicos y sociales particulares, concebidos al servicio de la acumulación en los centros dominantes de la época. La asimetría Europa atlántica/América colonial no es ni espontánea ni natural, sino perfectamente construida. El sometimiento de las sociedades indias conquistadas entra en esta construcción sistémica. El injerto de la trata negrera en este sistema se destina igualmente a ajustar su eficacia en tanto sistema periférico, sometido a las exigencias de la acumulación en los centros de la época. El África negra, de donde proceden los esclavos, es de hecho la periferia de la periferia americana. La colonización se despliega rápidamente más allá de las Américas, entre otras cosas por la conquista de la India inglesa y de las indias holandesas en el siglo XVIII y después, a partir de finales del siglo XIX, de África y el Sudeste Asiático. Los países que no fueron abiertamente conquistados (China, Irán, el Imperio Otomano) fueron sometidos a tratados desiguales que hacen que su calificación de semicolonias tenga pleno sentido.
La colonización es «exterior» vista desde la metrópoli, esto es, desde las naciones más industrializadas y, sobre todo, las más avanzadas en su modernización social gracias al empuje de sus movimientos obreros y socialistas y de las conquistas democráticas. Pero aquellos avances nunca beneficiaron a los pueblos de las colonias. La esclavitud en la etapa anterior a este despliegue, los trabajos forzados y otras formas de sobreexplotación de las clases populares, la brutalidad administrativa y las masacres coloniales jalonan esta historia del capitalismo realmente existente. En este lugar deberíamos hablar del verdadero «libro negro» del capitalismo, en el que se cuentan las víctimas por decenas de millones.
Estas prácticas, por supuesto, ejercieron una influencia devastadora en las propias metrópolis; proporcionaron la peana para la deriva racista de las culturas de las elites dirigentes e incluso de las clases populares, que se convirtieron en medio de legitimación del contraste democracia en la metrópoli/autocracia salvaje en las colonias.
La explotación de las colonias beneficia al capital del centro en su conjunto, y las metrópolis sacan una ganancia suplementaria que determina su posición en la jerarquía mundial (Gran Bretaña obtiene su hegemonía gracias a la importancia de su imperio; Alemania, que llegó tarde, aspira a apropiárselo). Los fenómenos de colonialismo interno se producen por las combinaciones particulares de la colonización de población, por una parte, y la lógica de la expansión imperialista, por otra. La acumulación primitiva en los centros asume la forma de una expropiación sistemática de las capas pobres del campesinado y crea en consecuencia un excedente de población que la industrialización local no es siempre capaz de absorber íntegramente, dando así lugar a poderosas corrientes migratorias.
Más tarde, la revolución demográfica asociada a la modernización social se expresa en el descenso de la mortalidad que precede al de la natalidad, reforzando, por lo tanto, la emigración. Inglaterra proporciona el ejemplo precoz de esta evolución, debido a la generalización de los «cercamientos» a partir del siglo XVII. La formación de Nueva Inglaterra es el producto de esta coyuntura que rinde cuentas de la naturaleza de los movimientos políticos/ideológicos que acompañan esta inmigración. Los «pobres» (víctimas del desarrollo capitalista en la metrópoli) reaccionan sumándose a sectas oscurantistas antiilustradas que organizan su partida y su asentamiento en Nueva Inglaterra. Este origen impregnará poderosamente la ideología americana y le dará un carácter marcadamente reaccionario
Pero lo esencial, para las clases dirigentes de la Inglaterra capitalista/imperialista de la época, no era esta emigración sino la constitución de colonias normales construidas para servir los objetivos de la acumulación en la metrópoli: las colonias esclavistas de la Norteamérica inglesa. La yuxtaposición de estos dos conjuntos de entidades dará a la formación social de Estados Unidos su carácter específico, fundado sobre un modelo de colonialismo interno. Nueva Inglaterra se beneficiará del poco interés que la metrópoli tenía en ella. Se alza, pues, como centro autónomo, se impone como intermediario en la explotación de las colonias esclavistas, apropiándose en primer lugar del comercio marítimo que le permite su control, y comienza una industrialización precoz. Estados Unidos añade, pues, a su formación un nuevo centro capitalista/imperialista (Nueva Inglaterra) y su propia colonia interna (el Sur esclavista). Los efectos de esta conjunción en la formación de la cultura política de Estados Unidos han sido decisivos
El colonialismo interno no ha sido un producto exclusivo de la historia de Estados Unidos. Encontramos características en parte comparables en América Latina y en Sudáfrica. La península ibérica no se situaba a la vanguardia del desarrollo del capitalismo. Pero nolens volens esta conquista se inscribe en la formación mercantilista del capitalismo naciente. El sojuzgamiento brutal de los indios, después el relevo que supone la importación de esclavos africanos, hallan su lugar en este nuevo marco. Con la salvedad de que el sistema no funcionaba en beneficio de centros nuevos, ni en España ni en Portugal, y menos aún en las colonias de América.
La función colonial de América Latina tuvo que ser recuperada por los verdaderos centros en formación, Inglaterra en primer lugar, relevada más tarde en el siglo XIX por Estados Unidos (que proclamó su vocación de convertirse en los dueños únicos del continente a partir de la doctrina Monroe, 1823). Los españoles y los portugueses cumplían una función de intermediarios parecida a la que las burguesías compradoras ocuparían en Asia y en el Imperio otomano.
La colonización interna en América Latina tuvo igualmente consecuencias políticas y sociales del mismo tipo que las generadas por la colonización en general: el racismo con respecto a los negros (especialmente en Brasil), el desprecio ante los indios. Esta colonización interna no se cuestionó más que en México, cuya Revolución (1910-1920) se sitúa por esta razón entre las «grandes revoluciones de los tiempos modernos». Y puede que esté en camino de cuestionarse en los países andinos con el renacimiento de las reivindicaciones «indigenistas» contemporáneas, por supuesto en una coyuntura local y global nueva.
En Sudáfrica, la primera colonización de población (la de los bóers) se inscribía más bien en la perspectiva de constitución de un Estado «blanco puro», que implicaba la expulsión (o el exterminio) de los africanos, más que su sometimiento. La conquista británica, por el contrario, se marcó de entrada el objetivo de someter a los africanos a las exigencias de la expansión imperialista de la metrópoli (la explotación de las minas en primer lugar). Ni los antiguos colonos (los bóers), ni los nuevos (los británicos) fueron autorizados a erigirse en centro autónomo.
El Estado bóer del apartheid intentó hacerlo tras la Segunda Guerra Mundial, asentando su poder sobre su colonia interna (negra en lo esencial). Pero no logró sus fines debido a una relación numérica desfavorable (una gran mayoría negra) y a la resistencia in crescendo de los pueblos sometidos, que finalmente venció. Los poderes establecidos tras el final del apartheid han heredado esa cuestión de la colonización interna, sin que hasta el presente hayan aportado una solución radical. Pero ése es un nuevo capítulo de la historia.
El caso de Sudáfrica es especialmente interesante desde el punto de vista de los efectos del colonialismo sobre la cultura política. No es sólo que el colonialismo interno se haga aquí visible hasta para un ciego, ni siquiera que haya producido la cultura política del apartheid sino que pone en evidencia también que los comunistas de ese país han sabido extraer un análisis lúcido de lo que es el capitalismo realmente existente. El Partido Comunista de Sudáfrica fue, durante la década de 1920, el promotor de la teoría del colonialismo internó (una teoría que adoptó en los años treinta un líder negro del Partido Comunista de Estados Unidos, Hayword, pero que sus camaradas «blancos» no siguieron). Había deducido las consecuencias: que los ingresos elevados de la minoría «blanca» y los increíblemente bajos percibidos por la mayoría «negra» constituían el derecho y el envés de la misma cuestión
Yendo incluso más lejos, ese PC se había atrevido a hacer la analogía con el contraste que oponía (en el Imperio británico) los salarios ingleses y los ingresos del trabajo en la India. Para él, como para la III Internacional de la época, estos dos aspectos de la misma cuestión (la del capitalismo real) eran indisociables. La teoría comunista sudafricana del colonialismo interno conducía a la conclusión de que, a escala del sistema capitalista mundial, el colonialismo, en apariencia externo para las grandes potencias imperialistas, es evidentemente interno. El PC de Sudáfrica y la III Internacional de la época habían inculcado esta conclusión en la cultura política de la izquierda (comunista). Y en esto rompieron radicalmente con la izquierda socialista de la II Internacional socialcolonialista, cuya cultura política negaba esta asociación inherente a la realidad mundial.
He escrito que Sudáfrica es un microcosmos del sistema capitalista mundial. Reúne en su territorio los tres componentes de este sistema: una minoría que se beneficia de la renta de situación de los centros imperialistas, dos componentes mayoritarios, casi igualmente repartidos entre un «tercer mundo» industrializado (los países emergentes de hoy) y un «cuarto mundo» excluido (los ex bantustanes), análogo a las regiones no industrializadas del África contemporánea.
Las proporciones entre las cifras de las poblaciones de estos tres componentes y las que describen la jerarquía de sus ingresos per cápita son más o menos las mismas que caracterizan el sistema mundial actual. Este hecho contribuyó sin duda a la lucidez que tuvieron los comunistas sudafricanos de la época. Esa cultura política hoy se ha perdido. No solamente en Sudáfrica, con el alineamiento (tardío) del PC a las tesis banalizadas del «racismo» (que da estatuto de causa a lo que no es sino un efecto), sino también a escala mundial con el alineamiento socialdemócrata de la mayoría de los comunistas.
La colonización de Palestina por Israel ilustra ante nuestros ojos contemporáneos la permanencia de la acumulación por desposesión.
¿Evoluciona el sistema mundial contemporáneo en la dirección de una nueva generalización de las formas del colonialismo interno? La profundización de la crisis social en sus periferias, que acogen a la mitad campesina de la humanidad, producida por la ofensiva generalizada del capital (la estrategia de «cercamiento a escala mundial») engendra una presión migratoria gigantesca, que vendría a compensar el estancamiento demográfico relativo de los centros de la Tríada.
La hipótesis de un colonialismo interno generalizado, que caracterizaría la fase por venir del capitalismo mundial, sigue siendo discutible debido a las verdaderas resistencias políticas e ideológicas que suscitaría en Europa la adopción de un modelo de este tipo, que implica la institucionalización del «racismo». Por el contrario, el modelo «comunitarista» inspirado por la práctica de Estados Unidos parece constituir aquí el peligro absolutamente real de la «americanización de Europa».