Por Eduardo Sartelli
Razón y Revolución 13/01/17
Un debate hasta ahora en sordina atraviesa al Partido Obrero. Opone, de un lado, a Jorge Altamira y, aparentemente, un sector de las bases y la dirigencia media del partido, contra el Comité Central. No sabemos si Altamira carece de aliados en el CC y si éste domina o no la situación en las bases. Que el asunto ha llegado a cierta situación de crisis, lo prueba el carácter público que ha tomado, por más que se busque esconder la magnitud del enfrentamiento y sus características con la remanida cantinela de las “costumbres democráticas que nos distinguen” y bla, bla, bla. Decimos “en sordina”, porque el objeto verdadero del debate no termina de salir a la luz, ni siquiera en la última intervención de Jorge, su segunda respuesta al CC, que se expresa por medio de su portavoz “oficioso”, Guillermo Kane, miembro de la dirección nacional.
Mirando a través de la grieta
En efecto, el objeto aparente de debate es la caracterización de la Revolución Cubana y del tipo de “Estado” que ella constituye.
El objeto real es otro: el curso movimientista y democratizante, es decir, morenista, que impulsa la dirección actual del PO, luego de la “jubilación” de Altamira como figura pública del partido tras la derrota en las PASO.
¿Cómo se llega de un punto al otro? Mediante la caracterización de la Revolución Cubana de gobierno no obrero radicalizado por las circunstancias. Se trataría de una revolución democrático-nacional que por presión de los hechos expropió al capital pero no constituyó una dictadura del proletariado, porque éste último, como clase, habría estado ausente del proceso. La única forma en que el proletariado podría inaugurar su dictadura sería mediante la dirección de dicho proceso en la forma de partido revolucionario, que aquí quiere decir “trotskista”. Se trata de una posición ya expresada por el PTS y a la que hemos criticado en su momento /1
Caracterizar a Cuba de otra manera, como Estado Obrero, sería aceptar que la revolución socialista puede ser realizada sin el partido revolucionario. Esta última es la posición de Kane-CC, a la que Altamira critica indirectamente de claudicar ante la burguesía nacionalista, es decir, el peronismo
Como éste asume hoy la forma de kirchnerismo, resulta consistente creer que lo que el fundador del partido cuestiona en su actual dirección es aquello que el PO reprochaba al PTS durante las PASO: el discurso lavado que apelaba a la “juventud”, las “mujeres” y los “trabajadores”, que constituía lo contrario de una campaña “obrera y socialista”. Que fue lo que el PO prometió hacer después de la derrota y de cara a las generales de octubre; promesa que no cumplió, puesto que adoptó sin ambages el discurso del vencedor. La respuesta de Kane-CC, más allá de cualquier precisión sobre el problema “aparente”, se condensó en dos partes: por un lado, un reproche; por otro, una amenaza. El reproche: si esta es nuestra política, se construyó sobre las bases teóricas a partir de las cuales el acusador desarrolló el partido. La amenaza: más vale que Altamira se calle la boca.
La crisis del partido se hace evidente en este hecho: Altamira no puede vehiculizar su política a través de los canales partidarios y el CC no puede ni combatirlo teóricamente ni prohibirle que hable. Que Altamira no puede canalizar el debate por los canales partidarios lo demuestra la publicidad ostentosa que da a sus intervenciones críticas de la dirección, que no se limitan al tema aquí tratado.
Por su parte, el CC no puede combatirlo teóricamente porque Jorge sigue siendo indudablemente una de las cabezas más lúcidas de la izquierda argentina y se encuentra muy por encima de cualquier otro miembro de su propia creación. No puede prohibirle que hable porque su ascendiente sobre las bases se mantiene, si no intacto, al menos muy alto. Pero ello señala la apertura de un “doble poder”. En su última intervención, el acusador se lamenta de la falta de extensión del debate. Esta es, por cierto, expresión del temor del CC ante el embate de tamaña figura, pero también de su control del aparato del partido. Adónde terminará esto es difícil de saber y, hasta cierto punto, irrelevante. Lo que la grieta abierta en el PO permite observar no es tanto las fracturas y vacilaciones internas lógicas e inevitables de todo organismo vivo, sino las contradicciones del trotskismo mismo como estrategia de poder viable en la Argentina. Y eso es lo que realmente nos importa.
El problema es el trotskismo, trotskistas…
En el reproche del CC hay un punto de verdad: la consideración de Cuba como Estado Obrero la separa de las experiencias nacionalistas burguesas y, por lo tanto, le quita a estas toda pretensión revolucionaria.
Es decir, es un punto de demarcación con el nacionalismo. Más allá de su utilidad política y de que, finalmente, su caracterización no depende de ésta sino del resultado del análisis de la situación concreta, es decir, del examen del caso histórico en sí, es cierto que esta conceptualización tiene esa consecuencia. También es cierto que esa demarcación se diluye cuando el trotskismo introduce la “revolución permanente”, es decir, el presupuesto de la incompletud del desarrollo capitalista acompañado de la imposibilidad de la propia burguesía para realizarlo. En abstracción de cualquier contexto, esa teoría construye un campo de trabajo común con la burguesía. La NEP es la experiencia histórica más clara en tal sentido.
Si bien es cierto que, a diferencia del stalinismo y el maoísmo, el trotskismo supone que es la clase obrera la que debe dirigir la alianza (“permanencia” versus “etapismo”), el deslizamiento hacia posiciones nacionalistas está allí latente
Por ejemplo, cuando el país que no tiene su cuestión nacional resuelta (colonial o semi-colonial y dependiente) se enfrenta a un país imperialista, el partido revolucionario debe sumarse a su gobierno burgués en defensa de la “patria” aunque signifique un apoyo directo a una dictadura sangrienta (como sucedió con la mayoría del trotskismo frente a la guerra de Malvinas)
O, por ejemplo, cuando fracciones agrarias que aparentan enfrentarse a los “dueños de la tierra” expresan demandas “campesinescas”, momento en el cual el partido revolucionario deberá salir en su apoyo (como sucedió con el MST durante todo el conflicto y el PTS inicialmente, durante el enfrentamiento gobierno-campo en 2008). Es obvio que esta cuestión lleva al trotskismo a posiciones cercanas al nacionalismo burgués, en nuestro caso el peronismo/kirchnerismo
El problema no es tanto que, en abstracto, la teoría de la revolución permanente sea falsa, lo que no es cierto, sino que, en la Argentina por lo menos, no puede aplicarse. Ya hemos explicado por qué, en un texto que se adelanta a esta polémica /2
Cuando Jorge reprocha al CC de “movimientizar” el partido, o sea, abandonar su naturaleza clasista, apoyándose en su falta de desarrollo teórico, es decir, en la subestimación del papel subjetivo en el proceso revolucionario, no deja de tener razón. Pero, otra vez, la cuestión no se encuentra en si se produjo un cambio de orientación súbito en un partido gobernado durante varias décadas por el ahora acusador, o si, en última instancia, el propio padre debe reconocer que parió un monstruo, sino en el mismo trotskismo, ahora en el Programa de transición.
El contenido profundo del programa no está en la serie de recomendaciones más bien obvias para una situación pre-revolucionaria, sino en su concepción de la conciencia de las masas proletarias. Esta evolucionará rápidamente desde la propia práctica sindical sin que el partido deba hacer demasiado al respecto. Finalmente, el partido se construye como una escuela de cuadros profesionales en espera de que la situación fuerce a las masas a tomar decisiones. Este espontaneísmo implícito en el Programa de Transición libera al partido de toda otra tarea que no sea acompañar ese desarrollo de la conciencia
Ello crea un campo de colaboración con fracciones de la burocracia sindical y redunda en una limitación de la propaganda socialista, so capa de no “adelantarse demasiado” a la conciencia reinante. Conciliación con el peronismo, búsqueda de la “herencia” kirchnerista, movimientismo democratista. El Programa de transición ordena una estrategia de intervención en las masas que tiene estas consecuencias en un país donde la conciencia reformista en el seno del proletariado es muy poderosa. Podría resultar útil y suficiente allí donde la conciencia de las masas está liberada de una tradición dominante, como en Rusia. En Alemania, por ejemplo, el caso fue el contrario y los revolucionarios rusos no se cansaron de explicar que el atraso político del proletariado de la tierra de los zares facilitó el salto cualitativo. Gramsci señala lo mismo cuando atribuye un lugar a la guerra de posiciones en Occidente a diferencia de Oriente.
La revolución argentina
En conclusión, el debate interno en el Partido Obrero expone una vez más las aporías del trotskismo, que de alguna manera explican su falta de desarrollo histórico. Aporías que se vuelven tales en aquellos lugares que no encajan en el estrecho marco espacio-temporal para el que la preceptiva fue creada: los países atrasados, con su cuestión nacional incompleta de comienzos del siglo XX, con un proletariado virgen políticamente hablando.
Fuera de ese marco, el trotskismo se disuelve en un sindicalismo sin política y una claudicación ante el nacionalismo burgués
Pensar la revolución en la Argentina presupone abandonar la Revolución permanente y superar las limitaciones que para nuestro país tiene el Programa de transición.
1 / “Estrategia revolucionaria y religión”, en El Aromo n° 43, diciembre de 2008.
2/ Véase nuestro prólogo a la edición de Historia de la revolución rusa, de Trotsky (Ediciones ryr, Bs. As., 2013) y “La izquierda y el kirchnerismo en la era Macri”, en razonyrevolucion.org, 29/1/16