El final de la lucha entre izquierdas y derechas y la necesidad
de la Voz Autónoma del tercero excluido
José Ángel Quintero Weir - RUPTURA.INFO 7/3/17
sólo cuando nuestro corazón habla el cuerpo se estremece
El que sueña, en La última leyenda.
Dedicado con el más profundo respeto a Boaventura de Sousa Santos
I.- Contextualización
Lo primero que debemos decir es que el presente texto resulta de la necesidad imperante de hablar, de no poder seguir guardando silencio, pues, ciertamente, ante la confusión de nuestra realidad venezolana en la que, evidentes delincuentes con prontuario criminal pueden ser limpiados de sus crímenes por la voluntad del primer mandatario nacional y convertirlos en proveedores de Justicia Suprema, no sería “tan grave” o, por lo menos, sería comprensible en el contexto de la búsqueda de permanencia en el poder, sino que se hace grave cuando, académicos e intelectuales asumidos como lo más preclaro del pensamiento crítico, humanista y de izquierda, lo justifican, precisamente, a partir del hecho de que tales criminales están al servicio de la permanencia en el poder de quien verbalmente se asume como gobierno de izquierda o revolucionario.
Así, hace tiempo que habíamos decidido no opinar más, sobre todo, porque internacionalmente comenzamos a sentir la presión del silencio y, en términos de la “lucha Libre”, “la puesta de espaldas” que amigos comenzaban a ejercer sobre nosotros, no sólo poniendo en duda nuestras apreciaciones, sino solicitando la cancelación de invitaciones que, para ellos, algunos “desprevenidos”, aún se atrevían a hacernos. Por decir un ejemplo, la penúltima vez que estuve en México fui invitado por algunos profesores de la Facultad de Economía de la UNAM, quienes, llegaron a definirse en algún momento como “zapatistas-pejistas”. Por supuesto, tal bodrio ideológico resultaba inaceptable para los zapatistas, sobre todo, cuando era el PRD (del Peje-López Obrador) en Chiapas, y en los territorios zapatistas quienes planificaban, dirigían y ejecutaban los más terribles planes de división, confrontación y paramilitarismo en contra de las comunidades zapatistas y del EZLN. Ni hablar de Oaxaca.
En todo caso, los mencionados profesores, ya cuando me disponía a regresar a Venezuela me invitaron a un supuesto encuentro con estudiantes de la Facultad de Economía; en verdad, se trataba de dos de sus tesistas cuyos trabajos versaban acerca de Venezuela y, por supuesto, la “revolución bolivariana” “anti-imperialista”, y todos los etcéteras que el lector quiera sumar.
La invitación fue más bien una especie de celada en la que, estos sabios de la economía “socialista” querían confrontar y desencarnar a este “derechista”, “anti-bolivariano” y “anti-chavista” que andaba peregrinando sus ideas “contra-revolucionarias” por América Latina, y, por supuesto, ellos, “zapatistas-pejistas”, no sólo estaban destinados a confrontarlo sino a liquidarlo con el poder de la ciencia económica y académica, nada menos con dos de sus más preparados pupilos tesistas quienes, además, acababan de regresar de una estancia de “investigación” en Caracas.
La cosa es que casi un año después fui invitado por estudiantes del posgrado de Estudios Latinoamericanos de la UNAM a un Congreso sobre Pedagogía Crítica a realizarse en la Facultad de Ciencias Políticas. Debo decir, que fue la UNAM quien me envió los boletos aéreos; sin embargo, a la hora del evento, esos estudiantes que se atrevieron a invitarme realmente no encontraban su propio rostro, pues, algo pasaba. El hecho es que me habían pagado un boleto altamente costoso, que representaba por lo menos casi seis meses mi sueldo como Profesor Titular de la Universidad del Zulia en Venezuela, para que yo dijera, en 10 minutos lo que ha representado una lucha de cerca de 20 años por nuestra Educación Autónoma en las comunidades indígenas de Venezuela.
Ningún profesor del mencionado posgrado se acercó, no a escucharme a mí, sino a sus propios alumnos; en fin, sentí el más profundo desprecio de quienes, luego, en medio del debate, pusieron de manifiesto su verdadero pensar: representábamos una visión profundamente crítica de eso que se ha pretendido exponer como la visión de un gobierno “revolucionario”, “anti-imperialista” y de “izquierda”, atacado por la derecha y por los “traidores” (como yo) venidos de la izquierda.
Antes de terminar esta contextualización absolutamente necesaria, no puedo dejar de mencionar como recuerdo en nuestro accionar político en Venezuela, que a finales de los 60 y comienzos de los 70, nuestra labor como militantes de las FALN, era visitar legalmente, a los presos políticos en la Cárcel Nacional de Maracaibo. En verdad, las FALN sólo tenían allí a un preso (Felipe Rojas), quien purgaba una condena de 15 años por rebelión militar, los demás presos pertenecían a otras organizaciones políticas como la OR (Organización de Revolucionarios), entre los que se encontraba Jorge Rodríguez, padre del hoy Alcalde del Municipio Libertador en Caracas y dirigente máximo del Partido de Gobierno, quien, para ese tiempo debía ser un niño que, años después, perdió a su padre al ser asesinado por la policía política en la tortura luego de haber sido entregado por quien, posteriormente, Chávez nombró Vice-Ministro de Cultura de la “Revolución Bolivariana”
En fin, y para no hacer más largo esta contextualización; de lo que queremos hablar es acerca de la debacle conceptual, política e ideológica de eso que, hasta ahora, conocemos como “pensamiento crítico”, “humanístico de izquierda”, sobre todo, cuando le metemos la lupa en las circunstancias políticas actuales. Por sólo mencionarles un último ejemplo, hasta el momento en que esto escribo (enero 19 de 2017; 4:43 pm), han sido reportados 90 niños wayuu muertos por desnutrición en La Guajira colombiana; sabemos de otros tantos en el costado venezolano, pero nos es imposible ofrecer cifras, pues, para la “revolución bolivariana” es “contra-revolucionario” que los médicos ofrezcan cifras de todos los niños que mueren de inanición, o de las madres wayuu que mueren en los partos.
En todo caso, las cadenas de televisión colombianas (RCN; El Tiempo, entre otras), mediante hermosas mujeres vestidas como para ir de bodas, reportan, como si cualquier cosa, que otro niño wayuu ha muerto por hambre, y, de inmediato, pasa a las noticias del espectáculo, no sin antes anunciar que los acuerdos de paz con las FARC van viento en popa, que los guerrilleros de este grupo están recibiendo, como fue el compromiso, unos 600 dólares diarios, algo así como mi sueldo de dos años y medio, pues, actualmente, el mismo es de 20 dólares mensuales. Esto lo digo porque, en efecto, yo tengo ese sueldo miserable, pero lo tengo, ahora imagínense a las familias wayuu, perseguidas por el gobierno colombiano, venezolano y las guerrillas (FARC y ELN); definitivamente, están muriendo de mengua en medio de la celebración de la izquierda y la derecha por los acuerdos de Paz (que más bien deben ser denominados como de Requien in Pax de los wayuu).
Finalmente, queremos dejar claro que el presente texto (que esperamos sea nuestra última palabra acerca de este asunto), no busca tocarles la llaga a los de la “izquierda” (aunque ciertamente será casi imposible no hacerlo), porque nos hayamos pasado a la derecha, tal sería una haragana interpretación no necesariamente atribuible a la muchedumbre, a “las masas”, ni siquiera a los gobernantes de izquierda o derecha quienes suelen utilizarla para descalificar su planteamiento; sino que quienes más la usan son, precisamente, intelectuales muy bien y académicamente formados en el “saber de la ciencia social, filosófica y política”, tipos y tipas que pueden recitar textos completos de Kant a Marx y escribir largos tratados de filosofía de Liberación sin la liberación de los pueblos; en fin, si dependiéramos de estos sujetos, definitivamente, hasta los zapatistas estuvieran jodidos, mucho más nosotros los indios venezolanos que, no hemos logrado (aunque en esas andamos), levantarnos como los zapatistas y decir, ¡Por el amor de Dios, ya basta!
Así, pues, ya deben saber por dónde va la vaina con este escrito, porque lo cierto es que no va ni por la derecha, pero tampoco por la izquierda, sino por la necesidad de hacer visible la voz de esos terceros excluidos de cualquier idea de liberación como si no existieran, o como si toda liberación fuera exclusiva y sólo posible de ser prodigada desde la misma colonialidad del poder y del saber, sea esta de derecha o de izquierda; de tal manera que la voz no escuchada hasta ahora y de la que los zapatistas son nuestros más evidentes voceros (que no Evo Morales y, mucho menos, el MAS de su Vicepresidente por mucho que citen a Marx o a Lenin), en tanto que, hablan desde el corazón de un pensar otro mundo realmente posible en donde, hasta ellos, los traidores, puede que quepan (si en verdad recuperan su condición humana)
Vale decir, cuando la derecha y la izquierda nos pretenden ofrecer este momento como una nueva confrontación de estos dos supuestos exclusivos mundos, nosotros, indios, sabemos que ellos hablan de cómo zanjar sus diferencias de poder a partir de nuestra definitiva liquidación como pueblos y, sobre todo, como posible voz que los demás pobres no indios puedan aferrarse y proponerse a seguir en función de la construcción de una muy otra sociedad.
Advertimos, finalmente, que muy probablemente no llegue a usar lo que la academia tiene como muy metodológicamente preciso, el llamado “aparato crítico” (nunca he entendido por qué se trata de un aparato que entiendo como mecánico), y del que tanto gustan los lectores de revistas científicas y académicas; sin embargo, desde ya, y para bajar la neurosis de cualquiera, confieso de antemano que muchas de las ideas que aquí expresaré tiene autores previos, que no me estoy fusilando a nadie sino que actuó de acuerdo a lo que políticamente nuestros pueblos consideran correcto, es decir, toda palabra que nos ayude a recuperar nuestra mano de lucha es valedera y para nada importa su nombre, pues, todo nuestro saber se ha levantado históricamente en el perfecto equilibrio entre el renombre (KEINI) adquirido por quien es capaz de crear un elemento transformador de nuestra existencia y, al mismo tiempo, por el individual apaciguamiento de su renombre (keitita) que el mismo sujeto realiza para que su creación sea en verdad palabra de todos en la comunidad. No me adueño, pues, de la palabra de los otros, ni siquiera de la mía que, justamente ahora y después de haberlos claramente advertido, les comenzaré a exponer como homenaje a Boaventura de Sousa Santos, aunque muy probablemente, él no la apruebe, pero sabemos que lo llevará a lo que nosotros llamamos ayunka amo e’inkarü (pensar con el corazón), y de seguro sabrá explicar desde otra perspectiva lo que es pensar (AYUNKA) desde una epistemología del sur.
Así, y sin más preámbulos, entrémosle al asunto y, lo haremos, intentando ser entendidos por mi hermano, quien nunca entiende lo que lee que yo digo en la internet. Comencemos.
II.- Donde hablamos del tácito acuerdo entre la ciencia social desde la izquierda apuntalando proyectos económicos de la derecha
Comenzaremos por lo más actual, pero para poder ir más atrás en el tiempo, pues, sólo de esa forma creemos poder explicar mejor lo que para Boaventura es la expresión de una realidad que debe ser entendida desde una “sociología de las emergencias”. Para nosotros, sin embargo, la lucha cotidiana de los pueblos indígenas de Venezuela y de toda Abya Yala se trata de la permanente confrontación entre la imposición (ya desde la derecha o desde la izquierda) de las “urgencias que impone su lucha por el poder”, en contra del tiempo de “la memoria de la comunidad” que, desde la conquista y colonia europea hasta nuestro presente republicanamente criollo y occidentalizado, ha sido permanentemente descalificada por la colonialidad del poder y del saber (ya de derecha o de izquierda), pues, a su parecer, el pensar y accionar indígena siempre resulta lento en su desplazamiento económico y político, parsimonioso en su organización social y, casi detenido en una especie de “tiempo azul” espiritualmente concebido, tratado y ejercido.
Así, pues, y entrando en tema, nos parece fundamental narrar un hecho recientemente ocurrido en la Facultad Experimental de Ciencias de la Universidad del Zulia, a raíz del debate provocado por el Decreto del Presidente Maduro que impone, a troche y moche, un programa de explotación minero masivo y extraordinario mediante el llamado Arco Minero del Orinoco (AMO) que, superficialmente, él y sus adláteres nos presentan como única y desesperada salida revolucionaria del Estado-gobierno bolivariano para enfrentar la urgencia de lograr sostener su poder frente al ataque imperialista de una supuesta guerra económica que busca, sobre todo, liquidar la esperanza revolucionaria que en toda Suramérica sembró el Eterno Comandante Chávez, instaurando un camino, no sólo para el continente, sino para todo el Planeta Tierra. (¡Chale!)
Así, dada la urgencia económica que los imperialistas imponen al gobierno revolucionario, la única vía de sostener económicamente la continuidad del proyecto liberador y socialista de izquierda en todo el continente y el Caribe, se debe lograr, “tácticamente” (dicen sus economistas y reconocidos intelectuales), obtener la suficiente liquidez monetaria necesaria para dar continuidad a los programas sociales instaurados por El Eterno y, para ello, el Estado-gobierno revolucionario debe usufructuar la entrega indiscriminada y vergonzante de cualquier parte del territorio nacional, sobre todo, en el contexto de nuestra evidente quiebra económica. Por ello, una antropóloga de izquierda de la muy ilustre Universidad del Zulia, al no encontrar otro argumento más convincente para un público entre desprevenido y asombrado, terminó reventando en una desesperada declaración en la que decía algo como esto (citamos de memoria): “si estos pueblos indígenas van a morir por la explotación del Arco Minero, por lo menos, lo harán en manos de la revolución y no de la derecha”
En cualquier otro momento, frente a una barrabasada como esta, nos hubiéramos conformado con decir: huelgan los comentarios. Sin embargo, las circunstancias económico-políticas y sociales actuales de Venezuela nos impide dejar dudas acerca de lo que pensamos, pues, no sólo se trata de que diariamente vemos a nuestros hermanos padecer el hambre hereje; YUKPAS desarraigados pidiendo limosnas en los semáforos de las principales avenidas de la ciudad de Maracaibo; barí que mueren de paludismo o tuberculosis, niños wayuu que mueren de desnutrición en la Guajira, y cientos de miles mujeres, ancianos y ancianas haciendo interminables filas para conseguir alimentos o medicamentos para alargar la más terrible de las existencias; sino que, además, los factores de poder (llámese “institucionalidad democrática”, partidos del poder y de la oposición; Tribunal Supremo de (In)Justicia, así como factores de poder internacional: UNASUR, CELAC; ONU, OEA, etc., se presentan quebradas en su cuerpo y espíritu, pues, quien dirige la UNASUR es un reconocido financiado por narcotraficantes y asesinos como Pablo Escobar Gaviria; la CELAC no es más que el nuevo espacio de dominio político internacional del Estado-gobierno Militar más longevo en el mundo, sólo equiparable en dominio y atrocidades a Corea del Norte (hablamos de Cuba), y la ONU y la OEA, se presentan como unas viejas e inofensivas viudas de la Guerra Fría, siempre cuidándose de no decir algo que vaya más allá de la defensa de su manutención heredada; vale decir, un Secretario General de la ONU o de la OEA, no es otra cosa que un objeto puesto y dispuesto para no decir y no hacer nada, eso sí, cobrando en dólares y con todos los gastos pagados con el hambre y la miseria de los de abajo de todo el mundo.
De tal manera, pues, la antropóloga de marras no está muy lejos del contexto del pensamiento de la llamada “comunidad internacional” a la que le vale madres si pueblos enteros son masacrados; si lenguas y culturas desaparecen; si un gobierno aquí o allá viola los derechos humanos de cientos, miles o millones de seres en cualquier parte del mundo; porque de lo que parece tratarse es de la global naturalización de tales violaciones, pues, cómo reclamarle a Cuba la violación de los derechos humanos de todos aquellos pequeños seres que, terminan por lanzarse a enfrentar un mar de tiburones en balsas de tablas o flotadores de llantas de camiones si, al mismo tiempo, la Ley Patriota enarbolada por George Bush es capaz de legalizar la tortura; si Kin Yon Un, heredero del trono en Corea del Norte asesina y lanza a los perros a su familia por considerarlos traidores de derecha si, al mismo tiempo, cualquier turco, sirio o libanés puede ser pateado a las orillas del metro en Berlín, París o Londres.
O que, finalmente, el gobierno socialista de Michelle Bachelet le aplique a los Mapuches la Ley antiterrorista impuesta por el superderechista Augusto Pinochet para juzgarlos por defender sus territorios; o que Lula da Silva o Dilma Rousseff en Brasil persigan, apresen y juzguen indios que luchan contra la construcción de grandes represas en sus territorios; o que Evo Morales enfrente militarmente a los indios del TIPNIS opuestos a que sus territorios sean divididos por una carretera que sólo beneficia a las transnacionales y a la Odebrecht. En todo caso, nuestra conclusión no puede ser otra que aquella a la que muy previamente llegó el Sub-Comandante Marcos al decir que, “la izquierda (en América Latina) no es más que el otro brazo de la derecha.
En este sentido, la antropóloga a la que hacemos referencia no está fuera de contexto; sin embargo, su atrabiliaria, racista y ETNOCIDA interpretación de la realidad económica y política de Venezuela; por la que, no menos de ocho pueblos indígenas estarían siendo condenados a desaparecer de un plumazo para beneficio económico de las más oscuras mafias rusas, chinas y canadienses quienes, desde ya, ostentan concesiones que les otorgan la posesión territorial de unos 112 mil kilómetros cuadrados (algo así como del 12% del territorio nacional), a orillas del río Orinoco; ya que, a su parecer, tal entrega se justifica en la medida en que tal usufructo del territorio nacional y de nuestra soberanía se hace nada menos que en función del sostenimiento en el poder de un supuesto proyecto de revolución de izquierda con un más que supuesto papel histórico en la liberación general de América Latina.
Pero, es justo decir que la entrega del territorio nacional no es un hecho nuevo, ni se trata de algo inventado por la izquierda, hoy representada por extraños seres como Alí Rodríguez o Julio Escalona; por el contrario, lo único que podemos decir es que, estos extraños seres le enseñaron a Chávez lo que ya antes en Venezuela, el pensamiento colonial había establecido como nuestra supuesta condición natural de ser un territorio susceptible de ser repartido, entregado o vendido, por sus gobernantes, sean estos los reyes de España o sus Presidentes republicanos “para bien de la población criolla nacional mayoritaria”; solo que, lo repartido, entregado o vendido, siempre resultan ser los territorios de los pueblos indígenas. Así, pues, la antropóloga no ha dicho nada que históricamente no haya sido dicho o hecho previamente; por tanto, en la lógica de la derecha o de la izquierda nada hay que reprocharle, pues, como parte de su formación en la disciplina científica que ostenta, demuestra claramente su fidelidad conceptual a los preceptos que han conformado su espíritu. Vale decir, es una auténtica representante de la colonialidad del saber para la sustentación de la colonialidad del poder, lo que supone, entre otras cosas, que la ciencia que desarrolla sólo alcanza a ser ciencia, hasta el momento en que su ideología entra en el verdadero terreno de la liberación de los pueblos y, llegado a este punto, siempre es preferible decir: ¡que se jodan los indios!
III.- Donde hablamos del final de la lucha entre derechas e izquierdas, o por mejor decir, he aquí su desmadre, ahora nos toca hablar a nosotros
A.- De la Operación Cóndor a la Operación Lava Jato
Hace algunos años, el sociólogo Immanuel Wallerstein planteó que la vuelta al capitalismo más ortodoxo (también nombrado como neo-liberalismo), se estableció en el mundo justo en Inglaterra con la asunción del poder por Margaret Thatcher y, en América Latina, en Chile, con Augusto Pinochet luego del sangriento derrocamiento del Presidente Salvador Allende en 1973. Según Wallerstein, este giro económico-político resultó de la conclusión a la que los grandes factores de poder económico mundial arribaron, pues, consideraron que el periodo del llamado Estado de bienestar instaurado en el mundo después de la II Guerra Mundial había llegado a su fin.
No podía ser de otra manera, pues, al final de la guerra en 1945, los Estados Unidos militarmente victoriosos y con una inmensa capacidad de producción industrial, no contaba con una población en condiciones económicas de comprar el volumen de mercancías que estaba en capacidad de producir ya que, ni Inglaterra, Alemania, Italia y Europa en general, estaban en condiciones de ello. Así, restaurar el mercado fue el propósito fundamental del llamado Plan Marshall que, en efecto, nunca se trató de la benevolencia del victorioso frente a los derrotados, apoyándoles económicamente para reconstruir las ciudades que sus mismas bombas habían destruido; o recomponer el aparato industrial destruido por la guerra, sino que la reconstrucción de infraestructuras y recomposición del aparato industrial requería de una masa de trabajadores que, por esa vía, dejaban su condición de parados por la guerra y pasaban a ser asalariados con una capacidad salarial para comprar.
Esto implicó, que el propio imperialismo norteamericano impulsara una política de fortalecimiento de los aparatos estatales nacionales como vehículos de un superficial proceso de industrialización; pero también, una “descolonización” controlada, pues, en modo alguno se trataba de auspiciar ningún proyecto de auténtica liberación, sino de la necesidad de crear nuevos mecanismos de dominación en el contexto de la nueva etapa de acumulación capitalista que, entre otras cosas, exigía la liberación de las colonias en virtud de su condición de consumidores.
Por tanto, el llamado proceso de “descolonización” nunca tuvo como propósito liquidar la colonialidad de las naciones sometidas, sino de la liberación de mercados de consumidores antes bajo el dominio de una potencia colonial particular. Al mismo tiempo, esta especial “descolonización” dejaba a merced de empresas transnacionales el desarrollo de industrias, fundamentalmente extractivistas en África y Asia, antes sujetas al poder colonial de Inglaterra, Francia, Alemania o Italia. Durante esta “descolonización” controlada, los Estados Unidos se reservaron todo el arco de islas del Mar Caribe (sin contar a Cuba y Puerto Rico, pues, para el imperialismo norteamericano éstas estaban fuera de discusión ya que las habían obtenido luego de su “victoria” militar contra España en 1898). Así, todas las pequeñas islas que componen este arco, así como algunos territorios continentales como la llamada hasta ese momento Guyana Inglesa (territorio venezolano apropiado por Inglaterra), y la Guyana Francesa, vivieron una especie de traspaso de propiedad en la continuidad del tutelaje de sus antiguos imperios.
En todo caso, el Plan Marshall no se propuso otra cosa que restaurar el mercado mundial en beneficio del aparato industrial y productor de mercancías de los Estados Unidos en base a: 1) Apoyar económicamente el proceso de restauración de las infraestructuras destruidas por la guerra en los países europeos (Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, etc.); 2) Impulsar un proceso controlado de “descolonización” en términos de mercado y no de independencia política para las antiguas colonias antes sometidas, ya por países del Eje Nazi (Alemania-Italia-Japón), como por países aliados como Francia e Inglaterra, pues, a fin de cuentas, para el capitalismo la hermandad cuesta y el vencedor siempre cobra; y, 3) Este proceso de descolonización controlado suponía la necesidad de impulsar el fortalecimiento de los aparatos estatales, no sólo en las colonias “liberadas”, sino también, en países que como Venezuela, fueron fieles suplidores de petróleo durante la guerra, pero cuya explotación petrolera estaba en manos de Inglaterra y Holanda, quienes, antes de la Guerra Mundial, llegaron a ser aliados de Alemania para cobrar a la fuerza a Venezuela, supuestas deudas del Estado venezolano y por lo que, de manera conjunta, atacaron militarmente los puertos de Maracaibo y Puerto Cabello en tiempos del Dictador Cipriano Castro, quien, en medio de estos ataques, muy a pesar de su talante dictatorial en contra de la población, lo que expresa y criminalmente era ejecutado por su más frío lugarteniente y compadre: Juan Vicente Gómez; pues bien, ante el ataque anglo-germano, Cipriano Castro lanzó un discurso superficialmente anti-imperialista por el que, aún hoy, la izquierda nacional lo enarbola como parte del acervo del pensamiento anti-imperialista venezolano, y, por lo mismo, la izquierda se ha encargado de despojar a la dictadura de Castro de sus más crueles crímenes y, por añadidura, al encargado de ejecutarlos materialmente: Juan Vicente Gómez.
Así, al final de la II Guerra Mundial el poder estadounidense hizo “caída y mesa limpia”, especialmente, en lo que se refiere al llamado “patio trasero” de su dominación imperialista en América Latina. Este momento es interpretado por Rómulo Betancourt como una “tardía llegada” de los norteamericanos al negocio petrolero venezolano, pues, desde Castro y Gómez, éste había permanecido en manos de inglesas y holandesas.
Ahora que, cuando hablamos de negocio petrolero, nos referimos al hecho de que por encima de cualquier dato de explotación o producción petrolera efectiva, se trataba de un verdadero dominio territorial nacional que, para ese momento, según el mismo Betancourt, Gómez había entregado cerca del 80% del territorio nacional a empresas inglesas y holandesas que, dicho sea de paso, debían incluir a familiares y muy allegados al dictador, como socios en los contratos de explotación, por lo que las regalías generadas debían ser entregadas de manera directa a los mismos y, por esa vía, llegar al dominio del Dictador.
Ahora bien, para 1973 el llamado Plan Marshall y su período de Estado de Bienestar, según el parecer de los más poderosos factores de poder económico mundial, había llegado a su fin; sobre todo, porque el capital financiero se había robustecido en unas dimensiones que exigía abrir cauces a nuevas inversiones y, por otro lado, porque el fordismo como sistema de producción resultaba ya un modelo anacrónico a la luz del avance de las nuevas tecnologías que, al mismo tiempo, pusieron punto final al proceso de sustitución de importaciones que el imperialismo había establecido como nuestro camino al desarrollo y sobre cuya lógica, desde los años 50 a los años 70, la derecha (social-demócrata o social-cristiana) y las fuerzas de izquierda en todos sus matices, se disputaban el poder de los Estados.
En todo caso, un nuevo contexto en el proceso de acumulación capitalista se presentaba y en este nuevo escenario, no era el capital industrial (y la producción industrial) el factor determinante para los centros del poder económico mundial, sino que el capital financiero exigía paso libre a sus inversiones en cualquier parte del mundo, sobre todo, en aquellas áreas territoriales a las que, en su momento, la producción industrial y su tecnología no estaba en capacidad de ocupar y territorializar. Por supuesto, tal exigencia requería de una absoluta libertad de penetración y dominio de espacios y territorios que, de alguna u otra forma, el anterior Estado de bienestar y, sobre todo, la lucha de comunidades que sustentadas en el discurso legal de los Estados-gobiernos de la época, habían logrado medianamente proteger espacios territoriales propios que, en el nuevo contexto resultan fundamentales al nuevo periodo de acumulación; sin embargo, y como quiera que sea, el proceso anterior de fortalecimiento de los Estados-nacionales hizo posible la construcción de todo un discurso legal que, al nuevo contexto de acumulación capitalista le resultaba, por lo menos, agobiante.
Es este, pues, el contexto económico y político sobre el que en los años setenta se instauran y sustentan las dictaduras militares en Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y hasta Brasil, y cuyo desarrollo permitió sustentar el diseño y ejecución de la llamada Operación Cóndor, considerada por los militares en el poder como una acción política-militar necesaria, no sólo como puntal para su sostenimiento en el poder, sino como sustento social a la nueva etapa de acumulación capitalista de los grandes factores de poder económico mundial que, ciertamente, muy conscientes estaban de los efectos sociales del giro económico-político que, como consecuencias, traería lo que ahora imponían.
De tal manera que, no es posible entender en toda su dimensión la Operación Cóndor sin ubicarla en el espacio económico-político que los factores de la colonialidad impusieron como lugar para su existencia, muy a pesar de nuestra voluntad política, social o cultural, pues, nunca se ha tratado de lo que pensemos o de la fuerza con que gritemos nuestras consignas, ya contra las dictaduras militares del Cono Sur, o contra los mismos criminales militares que hoy en Venezuela, por ejemplo, se autocalifican como de izquierda, lo que muchas veces ha puesto a dudar a nuestros vecinos suramericanos a brindar cualquier apoyo a la lucha de nuestras comunidades, aún sabiendo de nuestra desgracia.
Por tanto, es posible decir que la Operación Cóndor no fue necesariamente un invento personal de los militares dictadores en el Cono Sur, sino que resultaba una acción que ellos ejecutaban en el contexto de implantación de la nueva etapa de acumulación y que requería, el control social a muerte.
Desde esta perspectiva, la Operación Cóndor no sólo se trató de la confabulación criminal para liquidar enemigos políticos de las dictaduras, sino de una verdadera “limpieza territorial”, esto es, la desaparición de todo sujeto cuya memoria política asomara la posibilidad de reterritorializar la lucha social contra el capital; de allí la práctica de despojar a las madres de sus hijos luego de asesinarlas. Esto, que para cualquier ser humano no puede menos que resultar abominable; se trata de una práctica históricamente establecida en nuestro continente por los conquistadores europeos en contra de las poblaciones indígenas pero que, posteriormente, fue igualmente desarrollada por los gobiernos republicanos en casi todo el continente pero con gran intensidad en los países del cono sur, que lanzaron verdaderas campañas militares que terminaron por desaparecer a los ONÁS, los Kaweskar, diezmar a los Mapuches, a los KALCHAKIS y los indios fueguinos, a quienes se liquidaba en función y en virtud de la imposición territorial de la modernidad, sus niños sobrevivientes, igual fueron objeto de entrega a familias criollas de la época.
Aclaramos que lo anteriormente dicho, nada tiene que ver con ninguna especie de pago de Karma por daños previamente ejecutados u omitidos por los criollos en su hacer, sino que la Operación Cóndor como la Operación de Liquidación indígena en todo el Cono Sur de América, no responde sino a la misma imposición del proceso de acumulación capitalista que exigió, en ambos momentos históricos, la liberación de espacios territoriales de la presencia física o expresión material de cualquier población presente en los mismos; pero también, de toda memoria cuya presencia contradiga radicalmente el modelo a imponerse. Ahora que, justo es decir, la única diferencia entre el dolor indígena y el de las madres de los desaparecidos durante las dictaduras, es que los pueblos indígenas, liquidados y desmembrados, nunca tuvieron la posibilidad de que las madres-abuelas despojadas de sus nietos indios, pudieran protestar en las plazas públicas de Chile, Argentina y Uruguay. Ellos, sencillamente, dejaron de existir aunque están vivos, pues, allí, tercamente siguen los mapuches, ahora perseguidos como terroristas, los CALCHAQUÍS siguen viviendo y r-existiendo porque en verdad, para ellos, la muerte es mentira.
Así, pensar que la Operación Cóndor solo se trató de la criminal persecución de militantes de izquierda (que ciertamente lo fue), por las dictaduras militares derechistas, sin establecer sus vinculaciones con la nueva etapa de acumulación capitalista a la que tal Operación daba respuesta política y militar, fue una falsa apreciación política que provocó una equivocada orientación de la lucha de los movimientos sociales afectados por esa Operación; pero también, del movimiento social en general, pues, ello atizó la existencia en un mismo movimiento como el peronista; por ejemplo, de grupos que desde la izquierda (los Montoneros), enfrentaban a la dictadura militar en Argentina, pero, asimismo, grupos como la AAA (La Triple A), ultraderechistas de igual origen peronista, formaban parte de los escuadrones de muerte que, en más de una oportunidad, se encargaron de ejecutar las acciones de secuestro, tortura y muerte en el contexto de la Operación Cóndor.
Sobre esta falsa premisa la izquierda latinoamericana no sólo justificó históricamente su derrota política; sino que, a contravuelta, se vale del mismo argumento para justificar sus propios crímenes políticos hoy ejecutados por algunos de sus representantes en el ejercicio del gobierno con los mismos propósitos: permanecer en el poder; pero sobre todo, para justificar una orfandad ética que parece perder, justo en el ejercicio del poder desde la misma lógica y continuidad de la colonialidad; es por ello que, la izquierda en los gobiernos llamados progresistas de fines de los noventa, no sólo naturalizó al capitalismo como sistema del que, a su parecer, resulta imposible desprenderse y por lo que sus teóricos más representativos justifican bajo un supuesto etapismo o periodo de transición que, una vez tomado el poder, resulta ser inevitable al proceso de instauración definitiva del poder popular y, para ello, cabe la posibilidad de hacer uso político de los vicios propios del capitalismo como mecanismo y/o plataforma válida para la sustentación económica del supuesto “proyecto de liberación”.
He allí, pues, el contexto del actual “escándalo” de la Operación Lava Jato. Vale decir, hacer y obtener dinero a través de negocios como el narcotráfico o la corrupción política y administrativa de la derecha, parece a la izquierda, no sólo permisible sino hasta necesario, en tanto que, como eufemismo, verbalmente sustenta la continuidad de su lucha por la transformación del mundo sí y sólo sí, ellos tienen el poder; sin embargo, por ser la transformación social del mundo un objetivo muy a largo plazo, resulta para ellos natural entender que en el camino algunos de sus miembros, por añadidura, termine enriquecido o como representando a una “nueva burguesía”, a costa del dolor, del hambre y la miseria de todos los excluidos.
fin parte 1