1. b) La Operación Lava Jato o el fin de la izquierda en América Latina
La instauración de la nueva etapa de acumulación capitalista, muy por encima de los cálculos de sus impulsores en el Consenso de Washington, no se haría sin recibir la respuesta crucial de los pueblos que supieron en sus carnes la condena a muerte de su historia. Así, a poco más de una década después del derrocamiento de Salvador Allende, 1988 para ser exactos, Carlos Andrés Pérez gana holgadamente las elecciones en Venezuela basando su campaña en una especie de vuelta a la abundancia económica que, producto del boom de los precios del petróleo durante su primer mandato (1973-1978) hizo posible la creación del espejismo de lo que él llamó “la Gran Venezuela”, esto es, el ingreso al país de una cantidad de divisas por concepto de venta de petróleo, que permitió a su gobierno generar la ficción de “riqueza” al punto de regalar a Bolivia un barco refrigerado (El Sierra Nevada), para las exportaciones de este país que aún hoy, no tiene un puerto de anclaje propio; dicho sea de paso, tal regalo fue altamente cuestionado por la izquierda venezolana, especialmente, por los partidos que con Chávez y hasta hoy día, merodean en el gobierno como mosquitos a la piña dulce. En todo caso, en el contexto de fines de los años ochenta, la holgada victoria electoral recientemente obtenida le pareció suficiente a Carlos Andrés Pérez como para instaurar la nueva etapa de acumulación exigida por los grandes factores de poder económico y político mundial, sin acudir a la fuerza criminal militar impuesta en los países participantes de la Operación Cóndor.
Los acontecimientos inmediatamente posteriores a su toma de posesión como Presidente en la que, por cierto, un invitado muy especial fue Fidel Castro, dejaron al desnudo su falsa lectura del nuevo contexto histórico-político latinoamericano. He llegado a pensar que Carlos Andrés Pérez nunca llegó a entender, que tanto para el pueblo que había votado por él en diciembre de 1988, como para los grandes factores de poder económico mundial, él ya no representaba lo que creyó representar. Es por ello que jamás vio venir el estallido social de febrero de 1989, apenas retirándose la corte de invitados a su toma de posesión y justo inmediatamente de declarar su primer ajuste económico para enfrentar la crisis que, con su “popularidad”, pensó implantar sin que hubiera un solo muerto. El Caracazo le estalló en pleno rostro y pienso que aún hoy, en su tumba, su espíritu estará preguntándose ¿qué pasó?, ¿por qué pasó lo que pasó?
Aturdido por el estallido social de quienes estaba convencido controlaba con su verbo, tampoco vio venir las intentonas golpistas de 1992 (4 de febrero y 27 de noviembre del mismo año), jamás sospechó de las vinculaciones de su propio Ministro de Defensa (Ochoa Antich), o del propio expresidente Rafael Caldera, y todos los llamados “notables”, entre los que se encontraban dueños de periódicos, periodistas, intelectuales de izquierda y de derecha, quienes, no sólo sabían lo que estaba por suceder, sino que apoyaron lo que efectivamente sucedió.
En todo caso, el Caracazo (1989), así como la Marcha por el Territorio y la Dignidad en el Ecuador, La Guerra del Agua en Cochabamba (Bolivia), hasta el levantamiento armado de las comunidades mayas zapatistas de Chiapas en 1994 (México), pusieron patas arriba la mesa del poder en toda América Latina/Abya Yala, y por lo que, sobre la ola de sangre derramada por los pueblos y comunidades de abajo, elementos posicionados como pertenecientes a la ideología de izquierda, alcanzaron electoralmente asumir los gobiernos en Brasil, Ecuador, Bolivia, Argentina y Venezuela, enarbolando como banderas propias, la necesidad de una transformación radical y fundamental de sus constituciones en lo que representaría el nuevo pacto social, cuyo acento estaría (prometieron), en la necesidad de defensa de las comunidades.
En este contexto, la esperanza era total y todo parecía indicar que, efectivamente, por lo menos Suramérica vivía un esplendor, y, muy especialmente Venezuela, pues, el costo mundial del barril petrolero pasó de 8 dólares en 1998 a 25, luego a 35, después a 43, y ya para el 2010 promediaba los 140 dólares el barril; vale decir, un nuevo y más descomunal boom de precios petroleros hacía posible sustentar cualquier proyecto de transformación social en nuestro país y, asimismo, apoyar cualquier otra iniciativa en esta dirección en todo el continente.
Pero, he allí que la visión colonial de la izquierda en el poder, y, sobre todo, la haraganería intelectual de sus más “preclaros ideólogos”, nunca se atrevieron a sobrepasar el concepto de “renta del suelo” como factor esencial no sólo para la eufemística formación de una burguesía nacional que, según ellos, esta vez sí sería nacionalista y revolucionaria; sino que mucho menos, intentó siquiera salirse del redil del consabido acasillamiento electoral de los excluidos mediante programas de asistencia y, por el contrario, darle continuidad al proceso de enriquecimiento de sus oportunistas satélites, tal como solían hacer aquellos a quienes, supuestamente, la “revolución” había liquidado, esto solían resumirlo sus más insignes burócratas con la expresión: “Necesitamos tener el poder para poder”
En este sentido, podemos atrevernos a decir que la categoría “renta del suelo” y su dominio, ha resultado ser el fundamento conceptual del proceso sobre el que, tanto la derecha como la izquierda en América Latina, en diferentes momentos históricos, han sustentado tanto sus críticas como sus justificaciones a la particular corrupción material y simbólica de cada uno de ellos; por mejor decir, no es posible comprender el por qué se produce la llamada Operación Lava Jato sin apelar a la historia de la categoría “renta del suelo” en tanto que, sin importar la ideología, es su “dominio” y “control” lo que orienta ética y políticamente a cualquier fuerza que en un momento determinado llega a detentar el poder del Estado-gobierno en cualquier república de América Latina.
Dicho de otra manera, y, en conclusión, para los marxistas latinoamericanos (militantes o intelectuales), quien domina la “renta del suelo”, sea por explotación petrolera, carbón, cobre, o cualquier elemento hoy designado con el término inglés commodities, puede perpetuar su poder eternamente, pues, se da por hecho que el dominio material de la renta constituye el fundamento del poder mismo y de aquel que lo detenta, y, para ello, en nada interviene su definición ideológica como de derecha o de izquierda, pues, a fin de cuentas, ambas ideologías parten del mismo lugar de ver el mundo; esto es, se trata de la misma visión occidental del poder colonial en contra de los de abajo no occidentales.
Establecido así el origen teórico de nuestro desmadre nacional, creemos ahora necesario aclarar la idea que la expresión Lava Jato encierra en sí misma, cosa a la que los medios de divulgación ni siquiera intentan poner atención. Así, Lava Jato es una expresión muy propia del portugués hablado en Brasil que, como vemos, se conforma mediante dos términos: Lava (del verbo lavar, lavado; lo lavado), y Jato (pronunciado fonéticamente como: yato), se trata de una acción realizada a chorro, es decir, el lavado del que se habla se hace a propulsión a chorro, lo que semánticamente se refiere al lavado de dinero en grandes cantidades, o del lavado a chorro de grandes cantidades de dinero
A sabiendas de esta traducción y, sobre todo, por la imposibilidad de ocultar el hecho de que miles de millones de dólares han sido saqueados por los gobernantes de izquierda, o el lavado de miles de millones de dólares provenientes del tráfico de narcóticos y puestos a circular ilegalmente o, fuera del control del mercado, ya como parte de sobornos, o para la constitución de empresas, o para la compra de éstas, especialmente, las referidas a medios de comunicación, es por lo que elementos como Alí Rodríguez o Luis Britto García, intentan convertir en un acto de fuerza teórica, en sustento del proceso de conformación de una inexistente burguesía nacional capaz de contribuir con sus “inversiones” a los cambios político-económicos que, como parte del desarrollo de las fuerzas productivas es lo que hará posible el fortalecimiento de una clase obrera en condiciones de construir, por sí sola, el socialismo. La magnitud de tal sofisma sólo es comparable con el tamaño del enriquecimiento obtenido por estos teóricos y demás petardistas
Sin embargo, desde la más elemental sabiduría popular ya sabíamos que después de la muerte de Bolívar y del fin de la Gran Colombia, todo gobierno criollo siempre resultó en sí mismo, la expresión de la corrupción del espíritu de aquellos que alcanzaron el poder gubernamental del Estado en cualquier lugar de América y que, para su sustentación y continuidad, siempre terminan alimentando con dineros de la hacienda pública (producto de su dominio de la renta), a sujetos que, así enriquecidos, se conforman falsamente como clase “burguesa” nacional; pero que siempre está más comprometida con la continuidad en el poder de sus benefactores que con algún proyecto de “desarrollo” nacional que, les obligaría a invertir capitales que nunca están dispuestos a realizar sino es por la vía del Estado-gobierno, de allí que la permanencia del benefactor en el ejercicio del poder siempre resulta fundamental a la existencia de “sus apóstoles”.
Vale decir, la historia económica y política de América Latina no puede ser comprendida desde una visión, digamos, ortodoxa del marxismo (que es la que ha abundado entre nosotros), ya que en relación a la formación de la clase burguesa, por ejemplo, ésta nunca es el resultado de un proceso de acumulación en el contexto del desarrollo de las fuerzas productivas, sino de la corrupta complicidad entre quienes ejercen el poder político del Estado-gobierno y determinados sujetos que el mismo poder político promueve a través del drenaje de parte de la renta en función de la sustentación económica y continuidad del poder político de los gobernantes
Ahora bien, si en el contexto de implantación de la nueva etapa de acumulación capitalista en los 70, la Operación Cóndor resultaba militar y criminalmente necesaria a los intereses de los dictadores, quienes, por esa vía creyeron extender y resguardar su dominio político en el espacio territorial del cono sur involucrado; asimismo, la Operación Lava Jato ha representado una acción conjunta entre los Estados-gobiernos, particularmente auto-definidos como de izquierda o progresistas, en función de la desviación de recursos económicos a través de grandes comisiones por contratos otorgados a grandes empresas, por el mero ejercicio de su poder, especialmente de construcción, como la brasilera Odebrecht y que, en buena parte, eran destinados a la sustentación en el poder de esos mismos factores que, en nombre de la redención social, saqueaban a sus pueblos, pues, otra muy buena parte de tales desviaciones eran destinadas al enriquecimiento personal de algunos elementos pertenecientes a las estructuras de poder en todos y cada uno de los países involucrados (Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Nicaragua, Cuba y pare usted de contar)
Ello, muy a pesar de que “de los dientes hacia afuera”, el discurso de los líderes hablaba de la posibilidad de transformar nuestras sociedades y aún del mundo, en algo más allá del dominio de la renta del suelo o de su entrega para su explotación por las transnacionales.
No de balde, en Venezuela, por ejemplo, el discurso de Chávez y sus acólitos se tiñó de un patrioterismo que ha terminado en el absurdo de un nacionalismo más vinculado al nazi-fascismo alemán donde palabras como “patria” o “libertad” fueron manipuladas hasta el punto de torcer su significación hasta llegar a referirse, en términos del poder, justamente a todo lo contrario de su significación originaria.
Por otro lado, es importante señalar que así como la Operación Cóndor pudo ser silenciada o enmascarada por el tiempo que duraron las dictaduras involucradas en sus crímenes, precisamente, por la complicidad imperialista y la violencia que éstas esgrimían en contra de sus enemigos; la Operación Lava Jato pudo ser enmascarada ante los pueblos por la coyuntura del boom de los precios de las materias primas (commodities) en el mercado mundial; así, los altos precios del petróleo que llegó alcanzar los 140 dólares el barril en la década que va de 2002 a 2012, hizo posible el espejismo de la vuelta de la Gran Venezuela de CAP, ahora llamada “Revolución Bolivariana” es por lo que ahora, a los efectos del desmadre que hoy tenemos como resultado, CAP y Chávez son la misma mierda (con sus diferencias de detalle, claro está)
En todo caso, en el momento en que se produce la caída de los precios mundiales de los energéticos y demás commodities, porque, al fin y al cabo, se trata de mercados no controlados por los revolucionarios ahora en el poder de nuestros Estados dependientes y que, en la lógica del capitalismo mundial antes y ahora en su nueva fase de acumulación, nunca han dejado de ser algo más que proveedores de materias primas y/o energéticos; es cuando la máscara de la supuesta abundancia que, dicho sea de paso, todos los gobiernos de izquierda adjudicaron a su sola presencia, se cae estrepitosamente y toca al pueblo comenzar a sacar cuentas y, ciertamente, estas no cuadran, sobre todo, cuando vemos; por ejemplo, en Venezuela, a Tarek El Aisami como dueño de empresas en Venezuela y los Estados Unidos; comprando periódicos a través de testaferros y con cuentas bancarias (hoy cerradas por el Imperio) en los Estados Unidos, Panamá y el Reino Unido; o a un Diosdado Cabello que puede darse el lujo de enviar a su hija, aspirante a ser cantante, a vivir y estudiar en París sin que se sepa cómo le hace con su pensión de militar retirado o su dieta de Diputado para cubrir sólo el boleto de avión; o también ver a una Cristina Kirchner como dueña de hoteles exclusivos, o ver por la televisión a uno de sus favorecidos lanzar maletas llenas de dólares al interior de un convento, al tiempo que unas monjitas se hacían las weyas de que no sabían lo que traían las maletas y que no era otra cosa que parte del botín que, para el funcionario kirchnerista, se trataba de lo que creía haber ganado, pues, en la lógica del ejercicio de la colonialidad del poder no existen límites éticos, pues, la sociedad no existe, sino el Yo personal del presidente, sus ministros y cualquier puto acólito (con el perdón de la palabra)
En todo caso, se trataba de parte de lo que el pueblo argentino más pobre había sido despojado por sus traidores; pero, lo mismo podríamos decir de Chávez, Lula, Evo, Lugo, los sobrinos de Maduro, y pare usted, otra vez, de contar.
En todo caso, no es nuestro interés tratar de demostrar la pudrición que corroe el espíritu de nuestras naciones en todo el continente, pues, se trata de hechos observables día a día y, para saberlo, en verdad no necesitamos de CNN, pues, en Venezuela este desfalco que sobrepasa una década y media se ha traducido en un empobrecimiento que, por sólo mencionar un ejemplo, un maestro de primaria, un profesor de secundaria, un académico universitario o un médico cirujano, para sobrevivir, debe realizar por lo menos dos labores adicionales; esto es, debe ser maestro y luego ser taxista; o vendedor de hotdogs (perros calientes), al tiempo que los sobrinos del Presidente confiesan haber sacado grandes cantidades de droga en aviones de PDVSA a través de la rampa presidencial, o que elementos del gobierno exhiban sus grandes fortunas y propiedades restregándolas, sin el menor recato, en el rostro de los que hoy sobreviven revisando diariamente la basura de finos restaurantes o de mercados populares (¿Qué dirá el Santo Padre, que vive en Roma?)
En fin, la Operación Lava Jato no ha sido más que la conformación de una red dirigida y ejecutada por los detentadores del Estado-gobierno en Venezuela, Brasil y Argentina, por solo mencionar los más importantes Estados-gobiernos involucrados en lo que pareciera ser la globalización latinoamericana de la corrupción, instaurada luego de la lucha y muerte de las comunidades de abajo que pusieron sus espaldas para que éstos miserables treparan a las más altas esferas del poder político en sus respectivos países y que, al igual que los militares de las dictaduras de los años 70 de la Operación Cóndor, una vez en el poder, parecieron acordar una red de corrupción económico-política que, ciertamente, les ha permitido hacer fluir y trasladar grandes cantidades de dinero extraídos de las arcas públicas para beneficio de sí mismos y de sus allegados y a costa del hambre y miseria de los pueblos.
Todo esto nos lleva a concluir que, al responder a la misma lógica del poder y su ejercicio, es posible establecer (en medio de las diferencias), un singular paralelismo entre la llamada Operación Cóndor y la Operación Lava Jato. Es casi seguro que mis muy pocos lectores con corazón de izquierda nos acusen de comparar peras con manzanas, pues, ciertamente, aparentemente resultan incomparables la Operación Cóndor y la Operación Lava Jato, especialmente, dada la condición de violencia policial-militar de la primera y de corrupción económica la segunda, y no podemos más que reconocer la razón de un argumento como este, pues, ciertamente, hoy es posible tener casi con absoluta certeza la cantidad de muertos y desaparecidos durante la Operación Cóndor; por el contrario, resultará muy difícil determinar con precisión el alcance del daño que el latrocinio de la Operación Lava Jato ha impuesto sobre la carne y corazón de nuestros pueblos, no sólo en cuanto a la expansión de la pobreza y el hambre en cifras poblacionales, sino en sus vinculaciones con la maximización de la violencia que, por hambre, por sólo mencionar una variable, en Venezuela, se ha disparado a magnitudes imposible de cuantificar; igualmente resulta difícil cuantificar el número de muertes que por falta de medicamentos, o niños que mueren al nacer por falta de insumos en los hospitales se han producido durante los últimos dos o tres años, pues, la desaparición de las estadísticas de inflación del Banco o de muertos registrados en las morgues y hospitales, ha sido la orden de silencio más severamente vigilada por la revolución bolivariana; por tanto, no nos es posible cuantificar el número de muertos y desaparecidos; así como será muy difícil determinar el alcance de los daños generados por desnutrición a los sobrevivientes de la crisis en el contexto de la Operación Lava Jato en Venezuela, Brasil, o Argentina.
En todo caso, una cosa sí debe quedar definitivamente clara: tanto para la Operación Cóndor como para la Operación Lava Jato, los detentadores del poder (de Derecha los primeros y de Izquierda los segundos) de los Estados-gobiernos, en efecto se confabularon en función del mismo objetivo: someter ya por la fuerza, ya por el control de los recursos económicos legales (pero también de negocios ilegales como el narcotráfico), en una especie de control del hambre, a sus pueblos y, ambos, justifican sus acciones en virtud de la necesidad de su perpetuidad en el poder de sus Estados; por lo que, podemos concluir, que para los excluidos, desde la colonialidad no es posible un proyecto liberador de los de abajo.
1. c) La voz del Tercero Excluido en la construcción de otro mundo posible
Debo confesar, que sólo mencionar la idea del final de la izquierda, ciertamente, me conmueve, pues, como quiera que sea, que a pesar de que durante los últimos 30 años he buscado despojarme de toda parafernalia ideológica aprendida desde la colonialidad occidental en la que, igualmente, he sido víctima y victimario, lo que me ha llevado a enfrentar mi propia historia personal en la que por mucho tiempo estuve convencido de representar a un hombre de izquierda; entender que tal definición sólo formaba parte de mi aceptación o sometimiento colonial; por momentos, se torna en la aceptación de quienes me acusan de pertenecer o ser un hombre de derecha
Así, pensar en el final de la izquierda (tal como aprendimos a serlo), siempre resulta considerar nuestro propio final como sujetos participantes de la historia de imposición de esa noción; pero también (eso me alienta), la necesidad de resurgir desde un pensamiento otro, pues, se trata de un acto de conciencia individual o, por lo menos, de difícil socialización; sobre todo, porque se trata del momento en que el sujeto es visto y se siente visto como fuera de todo conjunto; esto es, se trata de un sujeto aparentemente solitario, enfrentado a dos supuestos poderosos enemigos: la ideología (y los ideólogos) de derecha y la ideología (y los ideólogos) de la izquierda, pues, al fin y al cabo, como una escopeta de doble cañón, ambos le dispararán con la misma fuerza desde sus dos cañones como al tercero excluido o, ajeno al espacio natural de lucha que da vida a la historia de su existencia material y simbólica.
Esto le dije a Julio, un amigo añuu que conozco desde que era un adolescente, quien a pesar de haber perdido un brazo nunca había dejado de trabajar como el mejor constructor y reparador de embarcaciones en la Laguna; pero que hoy día, en medio de la paralización total de la pesca, ninguno de sus compañeros necesita de su trabajo. Hablo de esto con Julio porque en sus comienzos, él se enroló en la revolución chavista, su casa era sede del Consejo Comunal y la bandera roja del PSUV, raída y sucia, aún ondea en el techo de su rancho. Pero, hoy Julio se debate entre la fe en que el gobierno enviará comida cada dos o tres meses, y la fe en que sólo Cristo basta para mitigar el hambre de sus hijos; es decir, Julio va y viene entre el opio de la revolución y el opio de la religión. Sin embargo, cada vez la esperanza se le pone más lejos, y por momentos recuerda junto a Santos, su padre, ya casi ciego, el tiempo en que la pesca era tan abundante en la Laguna, que cualquier niño podía pescar con arco y flecha.
Cuando eso recuerdan, aclaramos, para nada se refieren a gobiernos anteriores, sino justo al tiempo en que todas las familias de la comunidad podían, de manera autónoma, satisfacer sus necesidades materiales, y, cuando esto rememoran, es posible observar cómo ensanchan su pecho, pues, se trata de manifestar en el gesto, la dignidad implícita en su recuerdo.
La aclaratoria nos parece importante, pues, para los añuu, como para la totalidad de las naciones indígenas de Venezuela, siempre ha habido conciencia acerca de una pertenencia al Estado-nación determinada por una sujeción orientada por la colonialidad del Estado sobre las comunidades y pueblos. Dicho de otra forma, siempre han sabido los pueblos indígenas que, no importa quién esté de berrnadoran en Venezuela, su condición es la del excluido que sólo cuenta al momento de contabilizar los votos para establecer en el poder en el gobierno central, al berrnadoran de turno.
Sin embargo, cuando se establece la nueva Constitución Nacional de 1999 (aprobada en 2000), todo un capítulo parecía reconocer, al fin, la existencia de 24 naciones indígenas y, por tanto, generó la apariencia de inclusión de los mismos, con una carga de derechos supuestamente suficientes para el ejercicio de su ciudadanía. Tal “inclusión”, fue celebrada por todos los pueblos, y enarbolada por la izquierda latinoamericana y mundial, como un acto de justicia por más de 500 años esperado. Todos nos fuimos con la finta: la derecha, al acusar a Chávez de ser un comunista que pretendía igualar a unos indios “desprovistos de cultura”, y la izquierda, al creer que, en verdad, Chávez hacía lo que hacía porque era comunista. Craso error
La explicación se asienta; por un lado, en el cambio político que los factores de poder económico mundial consideraron necesario ejecutar, pues, habían asimilado por las luchas sociales de fines de los 80 la repulsión popular a las medidas económicas correspondientes a la etapa de acumulación que, ciertamente, habían hecho estallar a los gobiernos de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina. Por el otro, porque la expansión del capital financiero requería marcos constitucionales y jurídicos capaces de brindar seguridad legal a sus inversiones en espacios donde las poblaciones indígenas estarían directamente involucradas por tratarse de proyectos a realizarse en sus territorios ancestrales y tradicionales.
De hecho, es Venezuela el último país en modificar su Constitución Nacional en toda Suramérica, a los efectos de hacer posible la definición del estatus territorial de las poblaciones indígenas y, por esa vía, abrir cauce a la construcción del marco legal y jurídico a las nuevas inversiones que requería de tales espacios. Por mejor decir, ya en Brasil, por ejemplo, incluso en el contexto de la dictadura militar, tales cambios constitucionales hicieron posible el inicio de la demarcación territorial de los pueblos indígenas de la Amazonía, delimitación que, dicho sea de paso y aunque parezca contradictorio, fue detenida o minimizada, por lo menos en la cantidad de hectáreas reconocidas a los pueblos indígenas, precisamente durante el gobierno de Lula Da Silva luego de la dictadura. En todo caso, las Constituciones en Ecuador, Bolivia y hasta en Colombia habían abierto el cauce al reconocimiento territorial y la condición de los pueblos indígenas, negros y campesinos, en función de ofrecer estabilidad jurídica a las inversiones de los grandes factores de poder económico mundial y a los nuevos proyectos de explotación en la nueva etapa de acumulación capitalista.
Pero, además, la Constitución Bolivariana impuesta por Chávez y sus seguidores, resulta la única que, en toda Suramérica, no reconoce el estatus territorial de los espacios ocupados previamente a la existencia de los Estados-nacionales por los pueblos y comunidades indígenas, a quienes taxativamente reconoce como pueblos pero despojando a este concepto de todas sus implicaciones políticas expresas en la definición hecha por Naciones Unidas al respecto y, por el contrario, mantiene el criterio colonial de su condición no humana; en tanto que, sólo les reconoce como una especie biológica que sólo requiere de un “hábitat” para su existencia y reproducción biológica; de tal manera que, lo que nunca se atrevieron a hacer ni la dictadura militar de Brasil o el gobierno derechista de Álvaro Uribe en Colombia, lo hizo Chávez en favor de las transnacionales, pero además, con el aplauso de toda la intelectualidad de izquierda venezolana, latinoamericana y mundial.
Ahora bien, nos parece igualmente importante señalar que no existe país en toda América Latina cuente con una historia Constitucional más larga que Venezuela, precisamente, porque desde la disolución de la Gran Colombia de Bolívar, que por supuesto, generó su propia Constitución, unas 28 o 29 constituciones nacionales han sido elaboradas, aprobadas y sancionadas por los grupos que, coyunturalmente, arriban al ejercicio del poder político del Estado-gobierno, y la Constitución de Chávez no escapó a este designio, pues, en ella nada participaron los eternamente excluidos que sólo sirvieron como espalda/escalón para su ascenso al poder y como voto contable para su aprobación; más, nunca como palabra susceptible de ser considerada importante para la definición de un “contrato social” en el que sus propias vidas estaban en juego. Todo ello, justificado por Chávez y buena parte de los ideólogos de la izquierda latinoamericana, como necesidad para sostener el poder para poder, dicho por el cual, podía aplicarse toda la fuerza para someter a los pueblos y comunidades, pero evitar a cualquier precio una confrontación directa (y sólo como gesticulación verbal), con las transnacionales imperialistas norteamericanas, rusas o chinas.
Entonces, llegamos al día de hoy, y vemos, que entre los argumentos más poderosos, por ingenuos, de los más “sanos” izquierdistas que aún intentan sustentar sus cuestionamientos al gobierno chavista de Maduro como una posición netamente “revolucionaria”, en tanto que, para ellos, lo que cuenta es defender el supuesto “legado” de Chávez, “quien sí era bueno, mientras que Maduro y Diosdado son malos”; si esto no lo dijeran en el más dramático de los contextos que sufre todo el país, en el que ellos mismos atestiguan cómo la gente muere de mengua, o sobrevive buscando comida en la basura, ciertamente, sólo debería provocar risa; pero es el mismo contexto el que lo transforma en cinismo y, por ello, no puede menos que provocar la más grande arrechera a cualquier persona que cuente, por lo menos, con un centímetro de corazón humano.
No obstante, sabemos que los más grandes factores de poder mundial, así como las grandes transnacionales y los Estados-gobiernos (de derecha o de izquierda), no sólo se imponen a la fuerza o con la fuerza militar sino que, igualmente, son capaces de cambiar su discurso sustentado por “cientistas sociales” financiados a través de aparatos de investigación social financiados al efecto, en función de generar los “nuevos” conceptos que sustenten y drenan las luchas sociales de irreverentes y rebeldes comunidades de indios, negros, campesinos y pobladores pobres de las ciudades que, pueden caer fácilmente en la red discursiva tejida con palabras como: comunas; consejos comunales; patria para todos; economía verde; economía sustentable; minería ecológica; socialismo ecológico; etc., etc.; pues, todo ello se traduce en la práctica, en criminales programas de políticas públicas, siempre conformados por planes de viviendas; escuelas públicas con programas educativos coloniales de libre sometimiento; programa de asistencia o sometimiento por hambre; carnetización de los sometidos; porque, tanto para la derecha y la izquierda, su sostenimiento en el poder se ha de sustentar:
1) Control total del proceso económico por parte del Estado centralizado; 2) Control de la clase Media que, en el contexto de un gobierno de derecha, se sustenta en la creación de la permanente esperanza de su posible ascenso social y, en el contexto de un gobierno de izquierda, como su emparejamiento con las clases sociales más desposeídas y excluidas; y, 3) El fortalecimiento al máximo del aparato del Estado por sobre una población cada vez más empobrecida, debilitada y minusválida, sobre todo, frente a unas Fuerzas Armadas que, no sólo cuentan con las armas (que ya es mucho decir), sino provistas de una impunidad que busca aterrorizar y liquidar cualquier sueño liberador de los de abajo así sometidos.
En todo caso, hoy nos es posible decir, que luego de 28 o 29 Constituciones Nacionales siempre elaboradas a la medida y aspiraciones del dictador de turno, nunca antes como ahora está planteada la posibilidad de darle un vuelco a toda la estructura de esto que llaman Estado, y que a capa y espada defienden como concepto y estructura final y única, tanto la derecha (que son sus originarios inventores), como la izquierda que, en el caso de América Latina, ya lo hemos visto, sólo aspiran a perpetuarse en su poder a través del dominio de la renta del suelo y el sub-suelo de sus propias naciones en su propio beneficio de poder y a costa de la vida de sus propios pueblos. Por tanto, de acuerdo a la memoria de nuestras naciones indígenas y comunidades campesinas, negras y pobres de las ciudades, no hay nada nuevo que ver; es decir, nada nuevo puede venir como propuesta tanto de la derecha como de la izquierda como posibilidad de futuro para nuestras naciones.
En este sentido, consideramos que este es nuestro tiempo; es decir, no es posible volver a dejar en manos de elementos ajenos al pensamiento de nuestras comunidades nuestra futura existencia, pues, por más de dos siglos han demostrado su quiebre definitivo, esto es, para ellos no hay palabra desde abajo que valga; es por eso que hoy es posible ver y comprobar cómo partidos políticos contrarios al gobierno, son capaces de negociar por fuera de las necesidades de la gente sus propios intereses desde el pensamiento del tercero, hasta ahora, siempre excluido de todos los procesos de cambio político históricamente dados en Venezuela.
En fin, estamos convencidos de que una posibilidad de reconstrucción de nuestro país es posible; pero, tal reconstrucción si quiere ser verdadera, no será posible sin la palabra hasta hoy excluida en la redacción de todas las Constituciones Nacionales elaboradas para beneficio de quienes, en su momento, se adueñaron del poder del Estado-gobierno. Así, y a contracorriente de lo que pueda pensar como Estado socialista o desde el Sur nuestro amigo Boaventura de Sousa Santos, para que éste en verdad exista, por lo menos, en Venezuela, es necesaria la destrucción del Estado Chavista, sobre todo, en sus compromisos con las transnacionales y mafias rusas y chinas; pero, fundamentalmente, en cuanto al pacto social que pueda ser elaborado y constituido en virtud del respeto a la palabra de todos los que a lo largo de la historia política de esto que hoy todos conocen como República Bolivariana de Venezuela, no pueda ser posible sin el horizonte ético de los pueblos y comunidades indígenas, negras, campesinas y de los pobres excluidos de las ciudades
De no ser así, la lucha seguirá en el mismo crucial punto, cada vez más mortalmente violenta; lo contrario, que es lo que esperamos, supone la posibilidad de repensarnos desde la perspectiva de los pueblos y esto sí que pudiera constituir otra historia que contar.
Ruptura Tercer Camino, Venezuela