Rolando Astarita [Blog] 14/8/17
Cuando se realizaron las elecciones PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) en 2015, escribí en el blog que “para los socialistas el dato más relevante es que el 92,6% de los votos, a nivel de todo el país, fueron para los cuatro primeros partidos burgueses” (aquí). Y agregué que debíamos mirar de frente la dificultad, sin buscar falsos consuelos.
Pues bien, algo similar podría repetir hoy, a la vista de los resultados de las PASO 2017. De conjunto Cambiemos, Kirchnerismo, Partido Justicialista, Frente Renovador y “otros” (diversas formaciones burguesas) obtuvieron el 93% de los votos (sin tener en cuenta los votos en blanco e impugnados). La izquierda, sumando todas sus expresiones políticas, obtuvo el 7%. El problema planteado en 2015 se mantiene, con pocas variantes.
Sin embargo, ahora es preciso incluir el incremento del voto a Cambiemos, que subió su piso electoral en 22 de las 24 provincias. Además de Ciudad de Buenos Aires, la coalición oficialista se impuso en Córdoba, Mendoza, San Luis, Entre Ríos, Santa Cruz, La Pampa, Corrientes y Jujuy. Y empató en provincia de Buenos Aires. Un resultado que parece difícil de encajar en las caracterizaciones y políticas que desplegó la izquierda ante las elecciones. Veamos por qué.
Recordamos que se caracterizó que en la población existe una bronca inmensa contra el Gobierno y su programa de ajuste y entrega, y una voluntad de movilizarse y luchar que abarca a casi todo el país. También se sostuvo que, en el plano electoral, las masas buscan una alternativa para frenar la caída de salarios, los despidos, la desocupación y los ataques a las libertades democráticas (ahora, en primerísimo lugar, el secuestro y desaparición de Santiago Maldonado)
Y que millones de trabajadores posiblemente tengan esperanza en la oposición burguesa (kirchnerismo, Partido Justicialista, Massa y Stolbizer). Pero esta oposición es cómplice de Cambiemos, del ajuste y de los ataques a las masas. Aunque esa complicidad – en especial en el caso del kirchnerismo- no aparece clara a los ojos de la población.
Estas premisas articularon entonces el discurso y la agitación de gran parte de la izquierda en la campaña electoral. Por un lado, porque había que denunciar que el kirchnerismo, el Frente Renovador, y los gobernadores del PJ (más la burocracia sindical) no podían ser los canales a través de los cuales se expresara la bronca popular. Y porque paralelamente había que presentar consignas programáticas que dieran una solución a los problemas más acuciantes. De ahí el eslogan solución “acabemos la desocupación repartiendo las horas de trabajo, con aumento de salarios para todos”. O la demanda de una ley de prohibición de los despidos. En definitiva, el voto servía para que la izquierda pudiera imponer – junto a la movilización- esas leyes; y ayudar a las luchas obreras y populares contra el ajuste y la represión.
Subrayo: la idea era que las masas querían luchar contra Cambiemos, pero las direcciones peronistas (kirchnerismo incluido) las traicionaban. Por lo tanto, la izquierda debía presentarse como la campeona de la lucha para, eventualmente, ponerse a la cabeza de la bronca popular en ascenso. En este marco, era natural pensar que si sectores de las masas rompían con el kirchnerismo, el PJ o el Frente Renovador, lo harían por izquierda, hastiados de la complicidad con Cambiemos de esos dirigentes traidores.
Bajó el voto a la oposición burguesa, pero creció Cambiemos
El problema es que entre las PASO de 2015 y las de ayer bajó el voto al kirchnerismo y al Frente Renovador, pero ese voto solo fue en escasa cantidad a la izquierda. Y en alguna medida importante alimentó a Cambiemos y otras variantes burguesas. Repasemos los datos.
En primer lugar, en las PASO de 2015, y a nivel nacional, el Frente Para la Victoria obtuvo el 38,7% de los votos; Cambiemos el 30%; Massa y De La Sota 20,6%; Progresistas (Stolbizer) 3,5%.; Compromiso Federal (Rodríguez Saá) 2,1%. El FIT obtuvo 3,3%. Sumando el resto de la izquierda (o sea, Nuevo MAS, MST y Frente Popular) se llegó a aproximadamente el 4,8%. Observemos que el conjunto formado por FPV, Massa-De la Sota, Rodríguez Saá y Stolbizer obtuvo el 65% del total de los votos.
En las PASO de ayer Cambiemos consiguió el 37,5% de los votos. El kirchnerismo (incluye a Rodríguez Saá) 20,5%; el Partido Justicialista 18,5% y el Frente Renovador de Massa-Sotlbizer 7%. “Otros” obtuvieron el 9,5%. El conjunto formado por el kirchnerismo, PJ y Fte Renovador recibió el 46% de los votos. Es una caída de 19 puntos con respecto a 2015. Pero solo en una proporción pequeña esos votos giraron a la izquierda. Esta, de conjunto (esto es, incluyendo al FIT, Izquierda al Frente, Zamora, Creo de Solanas y el Frente Socialista y Popular) llegó al 7%. Una suba de poco más de 2 puntos sobre las PASO de 2015. ¿Dónde fueron entonces los votos que perdió el peronismo de conjunto? Pues una parte a “otros”, como Lousteau en Capital y Fuerza Republicana, de Tucumán. Y otra fue a Cambiemos; es lo que explicaría su aumento en 7 puntos con respecto a 2015.
La cuestión se ve incluso mejor en la provincia de Buenos Aires. En 2015 el FPV obtuvo el 40% de los votos, y Cambiemos 29%; Unidos por una Nueva Alternativa (Massa) 19,7%; Progresistas 4,3%. O sea, la suma de FPV, Massa y Stolbizer representó el 64% de los votos bonaerenses. El FIT obtuvo 3,8%; agregando al MAS y Frente Popular llegamos a 4,8%.
En las recientes elecciones Cambiemos obtuvo el 34,1% de los votos; el kirchnerismo 34,1%; Massa (con Stolbizer) 15,5% y Cumplir de Randazzo 5,9%. O sea, la oposición burguesa a Cambiemos experimenta, de conjunto, una caída de 8,5 puntos porcentuales con respecto a 2015. Sin embargo, el FIT obtuvo solo 3,6%. Y considerando los votos de la izquierda de conjunto (FIT más Izquierda al Frente, Frente Socialista y Popular, Patria Grande, Creo) llegamos al 5,8%. No hay gran diferencia con 2015. Es claro entonces que la mayor parte de la caída del voto a la oposición burguesa tuvo como contrapartida el aumento en 5 puntos de la votación de Cambiemos, del 29% al 34%.
Tengamos presente que se suponía que las masas anhelaban expresar su bronca y movilizarse contra el ajuste, y que por eso romperían con la oposición burguesa. Sin embargo, la mayor parte que no repitió el voto a la oposición burguesa, votó a Cambiemos. Y Cambiemos es la encarnación misma del ajuste. ¿Cómo se explica este embrollo?
Dos respuestas provisorias que he leído por estas horas en algunos medios de izquierda merecen algún comentario. Una remite todo el asunto a la “polarización”. Lo cual equivale a explicar el voto a Cambiemos y el kirchnerismo porque las masas votaron masivamente a Cambiemos y el kirchnerismo. Es lo que se llama una tautología. La segunda explicación dice que las masas castigaron a la oposición PJ, massista y kirchnerista porque ha sido cómplice del ajuste de Macri. Pero ¿cómo es que las masas castigan a la oposición burguesa por ser cómplice del ajuste, votando a Macri que es la principal cabeza del ajuste? Este argumento no tiene lógica.
Mi conclusión es que los resultados electorales obligan a reflexionar sobre caracterizaciones y formas de hacer política que están muy arraigadas. Y también sobre qué alternativa global puede presentar la izquierda (por ejemplo, ¿cómo enfrentar el mensaje de “no hay alternativa al capitalismo”, con que los políticos burgueses atacan a la izquierda? ¿O todo se arregla diciendo que somos buenos luchadores sindicales?)
Varias de estas cuestiones las he planteado en notas del blog, y en otros escritos. Aunque la única respuesta que recibí fue el rechazo, directo y llano, a cualquier intento de problematización de estos temas (más los habituales insultos)
El riesgo: subestimar a Cristina
Jorge Fernández Díaz La Nación martes 15 de agosto de 2017
Solos en la madrugada y durante horas y horas de agonía, dos fotos carnet ostensiblemente desiguales luchaban cabeza a cabeza por medio punto, por algunas décimas. La otrora colosal "dama invicta" y un ignoto caballero con cara de suplente y apellido de avenida tenían copada la televisión de trasnoche.
Los militantes resignados querían salir a festejar aunque fuera un córner y el vocero kirchnerista era un ex radical enfático, crónicamente enamorado de las derrotas. Hay que mirar con ojos de peronismo crítico esa escena para entender sus significados profundos: la arquitecta egipcia acababa de recibir un durísimo revés electoral en su feudo sureño, como una "mancha venenosa" terminaba de hundir a sus "invencibles" socios puntanos y los seis puntos de ventaja que le pronosticaban y que aspiraba a obtener en la provincia de Buenos Aires para garantizarse un buen octubre se habían derretido como una vela encendida en una cripta sellada.
Su deslucida performance logró reivindicar incluso al pobre Aníbal. "Hemos ganado", dijo, sin embargo; que venga el principito. Sobrevinieron entonces una denuncia y una victimización magistralmente actuadas; Cristina es insuperable en esas composiciones de la realidad paralela. A ella no le fue bien, pero tiene una suerte extraordinaria, porque al peronismo le fue peor: el domingo no parió ningún nuevo macho alfa en el territorio argentino y encima se hundieron aparatosamente algunas quimeras renovadoras. Persiste entonces esta paradoja: quienes no pueden ya generar una mayoría tienen un líder, pero quienes podrían generarla carecen de uno. Y ambas partes son incompatibles: juntas anularían cada una de sus fortalezas.
Todo esto no debería hacerle bajar la guardia a Mauricio Macri, a quien quizá le siga conviniendo que la Pasionaria de El Calafate se mantenga en el terreno, en su doble condición de espantapájaros y de palo en la rueda de la dilatada regeneración justicialista.
Es extraño, porque "el miedo a Cristina" ha sido muy funcional al Gobierno y de algún modo se habría apagado si Esteban Bullrich efectivamente le hubiera ganado por cinco puntos, como parecía a las 21 de esa jornada cambiante y agotadora. Lo que sucede conviene, dice el budismo de entrecasa. ¿Será cierto? El traspaso de votos hacia Cambiemos sigue dependiendo del horror de volver a un pasado machacón, autocrático y decadentista.
También podría arriesgarse que detrás del aval votado el domingo se agazapa la seguridad de que el kirchnerismo no es inocente de las penurias actuales y el presentimiento de que no conviene cambiar el caballo en mitad del río sin riesgo de ahogarse. Los nerviosos movimientos del dólar, el catastrofismo de los cristinistas, los alarmantes mensajes enviados por la gran dama acerca de que intentará bloquear el financiamiento externo (con que se banca el gradualismo) sumados a la sospecha de que un eventual triunfo de ella generaría más ruido social y por lo tanto ingobernabilidad, parecerían bastantes disuasorios: en este país, a muy pocos les conviene que Macri sea De la Rúa. Todavía el trauma del helicóptero y sus lacerantes secuelas económicas pesan luctuosamente en el inconsciente colectivo. También eso fue "votar en defensa propia", como reza el eslogan de la pastora electrónica.
El problema es que Cristina tiene las virtudes de Terminator: cuando la dan por muerta, se levanta y sigue disparando, o vuelve del futuro para arrasar con sus enemigos. Nunca se la debe subestimar, ni siquiera durante estas trasnoches surrealistas animadas por el doctor Moreau.
Para ir en busca de los votos de los menguantes Florencio Randazzo y Sergio Massa intentará explicar que más del 60% se pronunció contra "el ajuste" y tratará de ocultar que más del 60% votó contra ella misma, algo que curiosamente no mejoró tampoco las chances de la famosa "avenida del medio": los simpatizantes de Margarita Stolbizer no simpatizan con la corporación peronista y su chance de discutir sobre la corrupción con Cristina se desvaneció cuando ésta entró en un mutismo de monja de clausura.
No conviene, por otra parte, pensar que la campaña de Macri fue brillante a la luz de algunos resultados. Más bien habría que colegir que sus victorias y empates se consiguieron a pesar de sus múltiples errores. Durante la batalla comicial, el oficialismo permitió que aumentaran el gas, los combustibles, las prepagas y el precio del fútbol; también dejó flotar el dólar, lo que hizo incrementar algunos precios.
Formuló un mal cálculo sobre la reactivación: no llegó en marzo, sino hace apenas tres días, y por lo tanto su derrame no se nota mucho en los bolsillos. Denunció débilmente que Unidad Ciudadana tenía por meca ideológica la desastrosa Venezuela, permitiendo que los Kirchner cultivaran también en ese tema un conveniente silencio, y sólo provincializó la elección bonaerense en los últimos minutos: una semana más de la gobernadora indignada y doliente hubiera sido seguramente demoledora. Porque su aparición solitaria en Intratables logró cambiar el eje de toda la discusión: Cristina pretendía castigar al gobierno federal; María Eugenia la trajo al Conurbano estragado por la pobreza, las mafias y los narcos que dejaron quienes gobernaron más de veinte años y se presentaban ahora como los salvadores de la patria.
Con todo, el "gobierno para ricos" ganó en muchas zonas pobres de la Argentina. Y Cambiemos se estrenó el domingo como fuerza nacional, en un vibrante partido de ida, y la verdad es que hizo un buen papel. Deberá esforzarse para mejorarlo a la hora de los bifes, porque las finales no se ganan hasta que se juegan y se pierden por los detalles.
El compromiso es tan crucial que ni siquiera debería recostarse en la idea confortable y sociológica, aunque me temo por ahora incomprobable, de que existe un marcado cambio de época, donde progresivamente un modo de gestionar va muriendo y un nuevo sistema de demandas y valores asoma. Ese proceso, que implícitamente reconocería los motivos de nuestra decadencia endémica, puede estar en construcción. Pero es mejor no confiar en él; suena demasiado bueno para ser real.