La última vez que cité a Guillamón, no me llamó la atención que los historiadores oficialistas y partidarios de Nin y el POUM, como Moyano, salieran a falsificarlo, o mejor dicho a descalificarlo alevosamente. Sí, me llamó la atención que evidentemente sin conocer en absoluto sus trabajos, lo calificaran y lo falsificaran, con el descalificativo de “anarquista”. En ese tipo de agresiones pelotudas insultantes y maniobreras, en donde no puedo concebir otro objetivo que tratar que no se lea, solo puedo confirmar lo cerca que están los partidarios de Nin, el leninismo/trotskista con los métodos del estalinismo. También en los años 30 en México el periódico “Comunismo”, de las “izquierdas comunistas internacionales, denunciaba las persecuciones de los trotskistas, como idénticas a las estalinistas. El lector constatará claramente aquí en sus reflexiones y conclusiones, hasta qué punto ese calificativo no es más que un descalificativo infamante: Guillamón no entra para nada en el esquema dominante “anarquista”
Si considero al descalificativo como “infamante”, no es porque el anarquismo sin comillas no pueda ser revolucionario, porque si es consecuente no pude dejar de serlo, sino porque desde el punto de vista bolche es invariantemente un descalificativo (asociado a “pequeño burgués”) que siempre utilizaron para la represión. También aquí el estalinismo no hizo más que ser un alumno aplicado del leninismo y el trotskismo
Aunque si me parecía importante dejar esto claro frente a los falsificadores y constructores oficiales de la historia leninistas; la publicación de este pequeñísimo resumen de las conclusiones de un investigador que lleva tantas décadas aclarando y elaborando sobre el tema, constituye un aporte valiosísimo, que quería compartir con los lectores de Posta Porteña. Además, aporta elementos no tratados anteriormente y muy poco conocidos, dentro de la ambigüedad de lo que se denominó en España “anarquismo”, analizando las fracciones u opciones más importantes cuando se debió tomar las decisiones principales y tomar posición al respecto. La capitulación de todas esas tendencias “anarquistas” dada la pobreza programática de las mismas (denunciadas desde décadas antes por el movimiento revolucionario internacional), no implica que no haya que hablar de ellas; bien por el contrario, constituye la principal enseñanza de la contrarrevolución burguesa en España. Guillamón es clarísimo al respecto sin someterse a la ideología “anarquista” española.
Subrayo este textito como aporte por su riquísimo contenido que se sitúa claramente contra la corriente dominante. No significa eso que personalmente no tenga divergencias con dicho enfoque en algunos aspectos, sino que me parece un punto de partida básico dentro del cual se puede discutir sobre cómo fue destruida la revolución social en España
En ese sentido llamo a participar y aportar, ya no a 70 años vista, sino a 81 (¡el material que republico de Guillamón tiene ya 11 años!), sobre la revolución y la contrarrevolución en España en los años 1936/37. Sin un balance histórico de ese tipo no se podrá triunfar contra el sistema capitalista mundial en el futuro [1]
Ricardo
CONCLUSIONES Y REFLEXIONES A SETENTA AÑOS VISTA
El Estado es la organización del monopolio de la violencia al servicio de la clase social dominante. El Estado capitalista es uno de los instrumentos más importantes del dominio de la clase burguesa sobre el proletariado, esto es, el aparato de represión que asegura las relaciones sociales de producción capitalistas. La primera tarea de una revolución proletaria es la destrucción total de ese Estado capitalista, y la consolidación de un poder obrero. Sin la voluntad y la acción práctica (por parte de una organización revolucionaria) de destrucción del Estado capitalista no puede hablarse de revolución proletaria. Quizás pueda hablarse de movimiento revolucionario, de una situación revolucionaria, de “revolución popular", de unidad antifascista, de guerra contra el fascismo, de una fantasiosa “dictadura del proletariado sin destrucción del Estado capitalista”, propia de los “brillantes” análisis del POUM, etcétera, pero no de revolución proletaria. La ambigüedad ideológica fue un elemento consustancial al movimiento libertario. Y esa ambigüedad fue elevada a los altares por los antifascistas burócratas cenetistas y por los avispados políticos burgueses, que supieron llevar a su molino las turbias aguas de la incoherencia anarquista. No se intentó en ningún momento la destrucción del aparato estatal burgués
En Barcelona, el CCMA fue fruto de la victoria obrera y anarquista del 19 de Julio, pero también de la renuncia de los anarcosindicalistas a destruir el Estado. El CCMA, pactado entre Companys y los libertarios, y aceptado también por los “marxistas” (POUM y estalinistas), fue un organismo de colaboración de clases, mediante el cual se aseguraba al Gobierno de la Generalidad el control de aquellas funciones perdidas porque los anarquistas 65 las habían conquistado en la calle: fundamentalmente de policía, orden público y militares. El CCMA no fue nunca, ni nunca lo pretendió, un órgano de poder obrero, y por lo tanto nunca existió una situación de doble poder que enfrentara el CCMA al Gobierno de la Generalidad
Es cierto que, entre los anarquistas, existían diversas concepciones sobre la situación revolucionaria, surgida en Cataluña tras las jornadas del 19-20 de julio de 1936:
- La primera, y hegemónica, propugnada por Abad de Santillán y Federica Montseny, de absoluta y confiada colaboración con el resto de fuerzas políticas (incluidas las burguesas) en una unidad antifascista que creían indispensable para ganar la guerra; se trataba de una colaboración “leal” con el gobierno de la Generalidad como mal menor para conducir al mismo tiempo la “revolución” y la guerra.
- La segunda, propugnada por García Oliver, consistía teóricamente en "ir a por el todo", esto es, en la implantación de una “dictadura anarquista”, en la que una vanguardia de iluminados sustituye al proletariado, tomando el poder en su nombre, y en la práctica en la colaboración gubernamental, con la ingenua creencia de que el color “rojinegro” de los ministros podía cambiar la naturaleza del gobierno en que participaban.
- La tercera, planteada pragmáticamente por Manuel Escorza, consistía en usar el gobierno de la Generalidad para legalizar las “conquistas revolucionarias”, controlando las consejerías de Defensa y Orden Público, y apoyándose en el dominio indiscutible de la CNT en la calle para intentar "congelar la situación revolucionaria", en espera de que se produjeran unas condiciones más favorables para el definitivo triunfo revolucionario, al tiempo que se consolidaba el poder real de una organización libertaria paralela a la CNT-FAI, autónoma e independiente, fundamentada en el Comité de Investigación y los comités de defensa cenetistas, capaz de coordinar y centralizar a todos los cargos anarcosindicalistas en el gobierno de la Generalidad, que posibilitó en mayo de 1937 la insurrección obrera contra la provocación de Companys y los estalinistas
Todas estas posiciones evolucionaron rápidamente hacia la misma táctica de integración del movimiento obrero en el programa de unidad antifascista con el POUM, estalinistas y burguesía, con el objetivo único de ganar la guerra a los fascistas. Esto propició a su vez la aparición, entre los anarcosindicalistas, de una división entre "piel rojas" y "pájaros carpinteros" o colaboracionistas, que no tenía paralelismo alguno con anteriores divisiones entre faístas y trentistas. La crítica de los "piel rojas" a los colaboracionistas, puramente verbal y moralista, evolucionó hacia un pesimismo que llevó a la mayoría a la pasividad y a una huida hacia adelante, que les condujo a no hallar más salida que el abandono de toda militancia o el alistamiento militar para ganar la guerra al fascismo. Aunque ese ejército fuera, desde el verano de 1937, el Ejército Popular, esto es, el ejército burgués de la República, puesto que ya se había producido la militarización de las Milicias. La oposición más coherente al colaboracionismo, predominante entre los libertarios, fue la que cristalizó en la Agrupación de Los Amigos de Durruti, que a partir de enero de 1938 fue prácticamente inoperante, porque había sucumbido a los ataques combinados de la represión estalinista y el rechazo de los cenetistas "gubernamentales”
No existió ningún partido, sindicato o vanguardia que propugnara la destrucción del Estado burgués y la vía revolucionaria de potenciación, coordinación y centralización de los órganos de poder surgidos en julio de 1936: los comités obreros. A partir del 20 de julio el proletariado en Barcelona ejerció una especie de dictadura “por abajo” en las calles y en las fábricas, ajena e indiferente a “sus” organizaciones políticas y sindicales, que no sólo respetaban el aparato estatal de la burguesía, en lugar de destruirlo, sino que además lo fortalecían. En ausencia de un partido revolucionario, capaz de plantear el combate por el programa de la revolución proletaria[2], la guerra contra el enemigo fascista impuso la ideología de la unidad antifascista y el combate por el programa de la burguesía democrática. La guerra no se planteaba como una guerra de clases, sino como una guerra antifascista entre el Estado de la burguesía fascista y el Estado de la burguesía democrática. Y esa elección entre dos opciones burguesas (la democrática y la fascista) suponía YA la derrota de la alternativa revolucionaria. Para el movimiento obrero y revolucionario el antifascismo fue la peor consecuencia del fascismo. La ideología de unidad antifascista fue el peor enemigo de la revolución, y el mejor aliado de la burguesía. Las necesidades de esta guerra, entre dos opciones burguesas, ahogaron toda alternativa revolucionaria y los métodos de lucha de clases que permitieron la victoria de la insurrección obrera del 19 de Julio. Era necesario renunciar a las conquistas revolucionarias en aras de ganar la guerra a los fascistas: "renunciamos a todo menos a la victoria"[3]
Las alternativas planteadas eran falsas: no se trataba de ganar primero la guerra y luego la revolución (propuesta estalinista), o bien de hacer la guerra y la revolución al mismo tiempo (tesis poumista y libertaria), sino de abandonar, o no, los métodos y objetivos del proletariado. Las Milicias Populares del 21-25 de Julio eran auténticas Milicias proletarias; las Milicias, militarizadas o no, de octubre del 36 eran ya un ejército de obreros en una guerra dirigida por la burguesía (fuera fascista o republicana) al servicio de la burguesía (fuera democrática o fascista)
La “revolución social” y la expropiación de las fábricas iniciada por la base anarcosindicalista chocó con el frentepopulismo de los líderes anarquistas y poumistas. Incluso hay quien habla de una “revolución” social sin toma del poder estatal, y también de un divorcio entre el aspecto socioeconómico y político de la revolución[4]. En todo caso el frentepopulismo de los líderes anarquistas, y la ideología de unidad antifascista, prevaleció sobre cualquier consideración revolucionaria de destruir el Estado, que siempre fue rechazada como utópica e irreal, y que no pasó jamás de una declaración fantasiosa de buenas intenciones de los elementos verbalmente más radicales, como García Oliver
El CCMA no fue nunca un órgano de poder obrero. No existió nunca una situación de DOBLE PODER. En todo caso se dio una DUPLICIDAD DE PODERES entre el CCMA y algunas consejerías de la Generalidad, y sobre todo un trabajo complementario de ambos contra los comités revolucionarios
El vacío de poder centralizado o estatal dio lugar a una inicial fragmentación y atomización del poder que fue resuelta en septiembre de 1936 con la entrada de las organizaciones obreras en el gobierno de la Generalidad (y posteriormente en el de la República). Ni los anarquistas, ni el CCMA, en el que éstos tenían preponderancia, ni el POUM, intentaron en ningún momento desplazar a la burguesía republicana del poder, ni destruir el aparato estatal, que siempre dejaron en manos de Companys. La definitiva derrota armada del proletariado, que se produjo en mayo de 1937, era la única salida posible a la renuncia que las organizaciones obreras habían hecho en julio de 1936 a la toma absoluta y total de un poder que el proletariado ya ejercía en calles y fábricas. Mayo del 37 había empezado en Julio del 36.
[1] Cuando salen estas conclusiones en Posta Porteña, ya ha circulado y producido muy buen interés. Lo mismo había sucedido antes, con la publicación del artículo de Rodrigo Mora (A los 40 años de la muerte de Franco 1975-2015 ¿Porqué el franquismo ganó la guerra civil?). Pero justamente como se trata de “conclusiones” contra corriente varios compañeros piden que se hagan circular más elementos probatorios o documentales sobre lo que se afirma. Haré alguna síntesis de los libros publicados por estos investigadores en base a extractos que serán publicados aquí, pero al mismo tiempo pido mayores contribuciones, contra la historia dominante, que también se hagan circular por estas vías. Aconsejo también buscar en internet (youtube) algunos videos de presentación de esas investigaciones que ambos autores han efectuado. No duden compañeros, que solo estamos frente a las primeras fisuras en la historia oficial sobre la “guerra civil española”.
[2] Esto es: destrucción del Estado capitalista (tanto del fascista como del republicano), extensión, y centralización de los comités como órganos de poder obrero, socialización de la economía, dirección proletaria de la guerra y dictadura del proletariado
[3] Frase propagandística de Ilya Ehrenburg, que la “Soli” de Toryho atribuyó falsamente a Durruti. Véase EHRENBURG, Ilya: Corresponsal en la Guerra civil española. Jú- car, Gijón, 1979, p. 24.
[4] JULIÁ, Santos: “De la división orgánica al gobierno de unidad nacional”. En Socialismo y guerra civil. Anales de historia de la Fundación Pablo Iglesias. Vol. 2 (1987), pp. 227-245