A pedido de algunos compañeros, que piden documentar y aclarar varios puntos de las tesis de Guillamón, “conclusiones y reflexiones a 70 años vista”, publicado antes, doy a conocer algunos elementos históricos importantes que el propio autor señala para explicar sus conclusiones [1]. Se trata de explicar históricamente, los hechos y posiciones que condujeron de una situación revolucionaria a la derrota y el sometimiento al Estado burgués bajo la bandera “antifascista”.
Con un criterio personal, selecciono algunos extractos de su libro “A las barricadas” que dejan en evidencia que la CNT y el POUM, se fueron consolidando como parte del Estado burgués y contribuyeron a reprimir a los comités proletarios que eran la última expresión de la lucha revolucionaria de toda la década del treinta. Es por eso que lo que fue el último sobresalto del proletariado en España también expresó el repudio contra esas estructuras, en las que se habían organizado proletarios. Por eso los “incontrolados” consideraron traidores a los dirigentes de las mismas como Abad de Santillán, Andrés Nin, Federica Montseny, García Olivier…También es por eso que estos dirigentes perdieron todo el apoyo proletario para su guerra al interior del Estado, “contra el fascismo” y no podían tener ninguna capacidad para ganarla. Si Franco termina ganando la guerra que había comenzado perdiendo, fue por el papel criminal de la República burguesa y por, la complicidad con la misma, de la CNT y del POUM. Ningún balance serio de esa gran derrota puede dejar de criticar dichas estructuras y muy fundamentalmente a las ideologías socialdemócratas “anarquistas” y “marxistas leninistas” que condujeron a tal catástrofe contrarrevolucionaria
Ricardo
VICTORIA ARMADA Y CAPITULACIÓN POLÍTICA
…La derrota del ejército por el proletariado en la “zona roja” había dinamitado el monopolio estatal de la violencia, brotando de la explosión una miríada de poderes locales, directamente asociados al ejercicio local de la violencia. Violencia y poder estuvieron íntimamente relacionados. Por otra parte, en Barcelona, las llamadas “fuerzas de orden público”, esos guardias de asalto y esa guardia civil, que tanto habían dudado sobre el bando a elegir, y que habían acabado confraternizando con el pueblo en armas, habían sido acuarteladas por el gobierno de la Generalidad, a la espera del momento oportuno de apoyar la contrarrevolución. Esa situación revolucionaria común fue la que hizo surgir, sin consignas de organización alguna, ni centros de dirección de ningún tipo, en todos los lugares de España donde la sublevación fascista había sido derrotada: comités; armamento del proletariado; barricadas y patrullas de control; milicias populares; coches y camiones incautados con siglas pintadas en las carrocerías, abarrotados de hombres agitando fusiles por encima de sus cabezas, recorriendo alocada y ruidosamente las calles; desaparición de sombreros y corbatas; quema de iglesias; pases emitidos por los comités de defensa; saqueos de casas de la burguesía; juntas revolucionarias de ámbito regional o comarcal en Málaga, Barcelona, Aragón, Valencia, Gijón, Madrid, Santander, Sama de Langreo, Lérida, Castellón, Cartagena, Alicante, Almería, entre las más destacadas; persecución, encarcelamiento o asesinatos “in situ” de fascistas, militares sublevados, patrones y clero; incautación de fábricas, cuarteles y locales de todo tipo; comités de control obrero y un largo etcétera en el que el ejercicio de la violencia ERA EN SÍ MISMA la manifestación del nuevo poder obrero. En las semanas posteriores al 19 de julio en Barcelona se vivió una situación revolucionaria, nueva y desconocida, festiva y salvaje, en la que la ejecución del fascista, del amo o del cura ERA la revolución. Violencia y poder eran lo mismo. Más que dualidad de poderes lo que existía era una atomización del poder. El torrente revolucionario lo arrasaba todo con su éxtasis furioso, redentor e imparable. Aunque las instituciones estatales seguían en pie, la CNT-FAI decidió que era necesario aplastar PRIMERO al fascismo allí donde había triunfado, y aceptó crear al margen de la Generalidad, cuya existencia no era cuestionada, un Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña (CCMA)…
COMITÉS POR DOQUIER QUE NADIE COORDINA
Violencia y poder iban juntos. Una vez destruido el monopolio estatal de la violencia, porque se había derrotado al ejército en la calle, y armado el proletariado, se abría una situación revolucionaria que imponía su violencia, su poder y su orden. El poder de una clase obrera en armas. Los comités revolucionarios: de defensa, de fábrica, de barrio o de localidad, de control obrero, de abastos, etcétera, fueron el embrión de los órganos de poder de la clase obrera. Iniciaron una metódica expropiación de las propiedades de la burguesía, pusieron en marcha la colectivización industrial y campesina, organizaron las milicias populares que definieron los frentes militares en los primeros días, organizaron patrullas de control y milicias de retaguardia que impusieron el “nuevo orden revolucionario” mediante la represión violenta de la Iglesia, patronos, fascistas y antiguos sindicalistas y pistoleros del Libre, pues durante una semana el paqueo (tiroteo de francotiradores) en la ciudad fue constan te. Pero fueron incapaces de coordinarse entre sí y crear un poder obrero centralizado. Los comités revolucionarios desbordaron con sus iniciativas y sus acciones a los dirigentes de las distintas organizaciones tradicionales del movimiento obrero, incluida la CNT y la FAI, o un POUM que aún pedía aumento de salarios y reivindicaciones menores, ya superadas. Había una situación revolucionaria en la calle y en las fábricas, y unos potenciales órganos de poder del proletariado: los comités, que ninguna organización supo, quiso o pudo coordinar, potenciar y transformar en auténticos órganos de poder. La espontaneidad de las masas tenía sus límites; sus organizaciones políticas y sindicales eran limitadísimas. Ninguna tenía un programa preparado, preciso y realista, para aplicar en aquella situación revolucionaria. En realidad, los líderes anarquistas no sabían qué hacer con el poder, ni entendían lo que era. Frente a la amenaza fascista, que había triunfado en media España, se impuso la consigna de unidad antifascista, de unión sagrada con la burguesía demócrata y republicana. Más que una dualidad de poderes entre Generalidad y Comité Central, se daba una duplicidad de poderes. Y además los comités superiores de la CNT, a mediados de agosto, ya habían decidido la disolución del CCMA en cuanto las condiciones lo hicieran posible y la espontaneidad de la calle hubiera remitido lo suficiente
Pero entre tanto, desde el 19 de julio, los comités surgidos espontáneamente por doquier, imponían pragmáticamente la nueva realidad política, social y económica surgida de la victoria insurreccional obrera sobre el ejército, y en Cataluña esos comités, en la fábrica o localmente, ejercían todo el poder
EL PODER ESTÁ EN LA CALLE
El auténtico poder de ejecución y resolución estaba en la calle, era el poder del proletariado en armas, y lo ejercían los comités locales, de defensa y de control obrero, expropiando espontáneamente fábricas, talleres, edificios y propiedades; organizando, armando y transportando al frente los grupos de milicianos voluntarios que previamente habían reclutado; quemando iglesias o convirtiéndolas en escuelas o almacenes; formando patrullas para extender la guerra social; guardando las barricadas, ahora fronteras de clase, que controlaban el paso y manifestaban el poder de los comités; poniendo en marcha las fábricas, sin amos ni directivos, o reconvirtiéndolas para la producción bélica; requisando coches y camiones, o alimentos para el comité de abastos; “paseando” burgueses, fascistas y curas; sustituyendo a los caducos ayuntamientos republicanos, imponiendo en cada localidad su absoluta autoridad en todos los dominios, sin atender órdenes de la Generalidad, ni del Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA)
La noche del 19 no había más poder real que el de “la federación de barricadas”, sin más objetivo inmediato que la derrota de los sublevados. El ejército y la policía, disueltos o acuartelados, desaparecieron de la calle, después del 20 de julio. Habían sido sustituidos por Milicias Populares formadas por obreros armados, que confraternizaban con soldados licenciados y guardias semi uniformados en un solo bloque victorioso, que les había convertido en la vanguardia de la insurrección revolucionaria
En Barcelona, durante la semana siguiente, mientras el CCMA era aún provisional, aparecieron los comités de barrio [2], como expresión del poder obtenido por los comités de defensa, que se coordinaron en una auténtica federación urbana que, en las calles y fábricas, ejercía todo el poder, en todos los ámbitos, en ausencia de un poder efectivo del Ayuntamiento, Gobernación y Generalidad. Las decenas de barricadas levantadas en Barcelona permanecían aún activas en octubre, controlando el paso de los vehículos y exigiendo la documentación y el preceptivo pase, extendido por los distintos comités, como medio de imposición, defensa y control de la nueva situación revolucionaria, y sobre todo como seña de identidad del nuevo poder de los comités…
LOS INICIOS DEL CCMA (Comité Central de Milicias antifascistas)
…La CNT había renunciado a tomar el poder, pero no estaba dispuesta a convertirse en simple comparsa de la Generalidad, renunciando a su triunfo armado en la calle, cosa que la militancia de base tampoco les hubiera tolerado…
…El decreto de constitución del CCMA no era, pues, nada extraordinario, y contemplaba sobre todo medidas de orden público. El término de “orden revolucionario” no permite hablar seriamente de algo parecido a una dualidad de poderes, como hacen algunos historiadores. Tampoco la prensa del momento destacó como algo extraordinario la constitución del CCMA, ni la valoró en ningún momento como un gobierno revolucionario, rival del gobierno de la Generalidad. La Generalidad, por su parte, llevaba una existencia fantasmal, ocupándose de las tareas secundarias que el CCMA le dejaba, limitada prácticamente su autoridad a la imprenta del Boletín Oficial.
En Barcelona los comités de defensa, transformados en comités revolucionarios de barrio, en ausencia de consignas de cualquier organización y sin más coordinación que las iniciativas revolucionarias que cada momento demandaba, organizaron los hospitales, desbordados por la avalancha de heridos, organizaron comedores populares, requisaron coches, camiones, armamento, fábricas y edificios, registraron domicilios privados y realizaron detenciones de sospechosos, y crearon una red de Comités de abastos en cada barrio, que se coordinaron en un Comité de Abastos de la ciudad, en el que adquirió notable presencia el Sindicato de Alimentación. El contagio revolucionario afectaba a todos los sectores sociales y a todas las organizaciones, que se decantaban sinceramente a favor de la nueva situación revolucionaria. Esa era la única fuerza real del CCMA, que aparecía ante el pueblo en armas como el organismo antifascista que debía dirigir la guerra e imponer el nuevo orden revolucionario…
[1] Del libro: “BARRICADAS EN BARCELONA. La CNT de la victoria de julio de 1936 a la necesaria derrota de Mayo de 1937”. Ediciones Espartaco Internacional.
[2] El grupo Constancia, en una reunión de grupos anarquistas y comités de defensa propuso “que nuestros representantes en el gobierno se retirasen y se nombrase entre los comités de barriada un Comité Central”. Véase: “Segunda sesión del pleno local de Grupos Anarquistas de Barcelona […] con asistencia de los grupos de Defensa confederal y Juventudes libertarias”. Barcelona, 24 abril 1937. La propuesta, aunque muy tardía, evidencia que esos comités de barrio seguían aún activos en abril de 1937