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Cataluña: ¿Un solo pueblo?

Marc Andreu 22/10/2017 sinpermiso

Lo invoca casi todo el mundo. Todo el mundo lo cita. Todo el mundo lo utiliza para llevar el agua a su molino. Y, además, parece que no se contextualizan bien las circunstancias y el momento históricos en que se forjó. Y tampoco se piensa seriamente la proyección que se hace de él en la actualidad, más en clave propagandística o legitimadora de posiciones coyunturales o de parte que de futuro colectivo o a largo plazo. Efectivamente, un solo pueblo es el lema o expresión que ya hace tiempo, y últimamente aun más, ha aparecido en manifiestos, titulares y artículos de todo tipo y que está en boca de muchos: Carles Puigdemont, Carme Forcadell, Oriol Junqueras, Xavier Domènech, Pablo Iglesias, Ada Colau, Miquel Iceta, Jordi Cuixart, Jordi Sànchez, Antonio Baños, Núria de Gispert… Incluso Daniel Perales, vocal de Societat Civil Catalana y definido como “independiente de izquierda”, extrañamente vinculado al tiempo a Ciutadans y la CGT, escribía en El Periódico hace dos años: “Una expresión se ha puesto de moda entre los secesionistas catalanes, un sol poble, dicen, y lo repiten, lo gritan, lo elevan a los altares de los mantras que tan buen resultado les daban tiempo atrás. Pero, igual que Heráclito decía que no era posible bañarse dos veces en el mismo río, los tiempos han cambiado, aunque algunos no quieran asimilarlo”.

Aunque a veces no lo parezca, es evidente que los tiempos han cambio. De hecho, ya hace tiempo que los tiempos están cambiando. Por regla de Heráclito y por letra de Bob Dylan. Por ello, resulta más necesario que nunca analizar y contextualizar con precisión, pensar históricamente, como haría Pierre Vilar, esta simbólica expresión que define a Cataluña como un solo pueblo. Y, de paso, intentar hacer caso a Salvador Espriu cuando, en “Ensayo de cántico en el templo”, apela a vivir para salvar las palabras y devolver el nombre de cada cosa. En este caso, se trata de devolver el nombre a la expresión un solo pueblo, actualmente resignificada o descubierta por algunos, pero con más de medio siglo de recorrido y un origen coetáneo en el poemario escrito por Espriu en 1954 y adaptado por el propio poeta para la voz y la música de Raimon.

Efectivamente, la idea de Cataluña como un solo pueblo se forjó en el período clave de los años 50 y 60 del siglo XX. Fueron las décadas en que se gestó el triunfo del catalanismo popular y de izquierda, que tendría en esta expresión una idea nuclear, estrechamente vinculada a la batalla por la hegemonía cultural e ideológica del momento, en plena dictadura franquista. Como en tantas otras cosas del catalanismo y el antifranquismo, el padre de la criatura fue el historiador, abogado y activista político Josep Benet. Lo recoge con precisión Jordi Amat, en su extraordinaria biografía Com una pàtria (Edicions 62), donde fija el 24 de marzo de 1968 como la fecha en que Benet acuñó públicamente, por primera vez, la expresión un solo pueblo. Fue en Badalona, en un acto de homenaje a Pompeu Fabra, con motivo del centenario de su nacimiento, donde Benet compartió mesa de ponentes con Manuel Sacristán y Joaquim Molas y se leyeron poemas enviados por Coloma Lleal, Màrius Sampere, Pere Quart y el manuscrito de Salvador Espriu que acabaría titulándose El meu poble i jo. He aquí lo que dijo Benet: “En este trabajo —en este combate, diría— nos encontramos todos los ciudadanos que queremos vivir en democracia y libertad. […] Todos, reclamando que la enseñanza del idioma catalán sea una realidad para todo el mundo, para que en Cataluña nadie se pueda sentir discriminado por razón de idioma. Porque unos y otros, catalanes de apellidos y nuevos catalanes, formamos un solo pueblo”

Como apunta Amat, no es casual que Benet explicitara el objetivo de hacer de Cataluña un solo pueblo justo después de la polémica intelectual mantenida durante las semanas y los meses anteriores con Jordi Solé Tura, a raíz de su ensayo  Catalanisme i revolució burgesa, en realidad, un estudio crítico sobre el líder de la Lliga Regionalista y presidente de la Mancomunitat, Enric Prat de la Riba. Publicado por Edicions 62 y votado en 1967 como el libro del año y de la Crítica de Serra d'Or por un jurado compuesto por personas como Maria Aurèlia Capmany, Josep Maria Castellet, Manuel de Pedrolo, Baltasar Porcel, Joan Triadú, Francesc Vallverdú, Joan Fuster y Joaquim Molas, la obra de Solé Tura, en cambio, indignó a Benet. Por superficial, históricamente poco documentada, desdeñosa con el catalanismo burgués y portadora del peligroso mal de un “confusionismo” que, a su juicio, podía abrir las puertas al lerrouxismo y, al tiempo, instalar en el imaginario colectivo que el catalanismo popular era una quimera. Amat relata muy bien esta polémica, clave para entender el catalanismo contemporáneo. No es objeto de este texto, pero convendría repasarla para entender, en toda su complejidad, la acusación que, de modo demasiado simplista, arrojan periódicamente sectores del independentismo contra la izquierda heredera de aquélla que, justamente, con su catalanismo popular, cerró el paso al lerrouxismo, hasta el punto de lograr, en los años 60 y 70, por vez primera y hasta ahora única, el hito histórico de arrebatar la hegemonía al catalanismo conservador enraízado en Prat de la Riba.

La alianza entre reivindicación social y nacional protagonizada en la Cataluña del final del franquismo y de la Transición por una clase obrera y sectores populares en gran medida de orígenes no catalanes, bajo el liderazgo del PSUC, CCOO, el movimiento vecinal, la Iglesia más comprometida, la intelectualidad progresista y de todo lo que supo agrupar la Assemblea de Catalunya, no está desvinculada de la idea de un solo pueblo. Un lema que, recordémoslo, marcó la manifestación de la Diada de 1977, hace ahora cuarenta años: Més que mai, un sol poble (Más que nunca, un solo pueblo). Benet, un democratacristiano de izquierda, defensor del derecho de autodeterminación y elegido el 15 de junio de 1977 por la Entesa dels Catalans como el senador más votado de España (1,3 millones de votos, junto a Paco Candel y Alexandre Cirici), encarnaba entonces como nadie (y mucho más que Lluís Maria Xirinachs, igualmente senador pero con la mitad de votos) la política unitaria del catalanismo y el espíritu de la ruptura catalana... hasta que quedó encasillado como compañero de viaje del PSUC, por maniobras e intereses cruzados de Jordi Pujol, Josep Tarradellas, Adolfo Suárez, del anticomunismo de ERC y del mal cálculo estratégico del PSC.

Derrotado en 1980, en las primeras elecciones catalanas como independiente al frente de las listas del PSUC y, dos años después, en la primera moción de censura presentada contra Pujol (la segunda fue la de Pasqual Maragall, en 2001), el eclipse de Benet y el hundimiento del PSUC marcan también el declive de la hegemonía de un catalanismo popular que el PSC, visto con perspectiva, no supo defender. El pujolismo canalizó bien y hábilmente el sentimiento de un solo pueblo, en la institucionalización de la nueva Generalitat y en la construcción de las estructuras y el imaginario de la autonomía. Pero lo hizo más en la línea del Som sis milions (Somos seis millones) y vía TV3 que a pie de calle, barrio y fábrica, como requería la vieja divisa pujolista —pero de espíritu candeliano, con una gran connotación de clase y sostenida, en la práctica, por CCOO— que decía: “es catalán quien vive y trabaja en Cataluña”. Efectivamente, sin el doble vector social y nacional —podría añadirse un tercero: el democrático—, el concepto de un solo pueblo queda cojo y se convierte en un significante medio vacío, manipulable en clave exclusivamente nacionalista o populista y poco útil para uno de sus objetivos esenciales: fomentar la cohesión social.

De hecho, y antes de su formulación explícita, en Benet la idea de Cataluña, un solo pueblo es evolutiva, pero nunca dejó de lado el objetivo de la cohesión social. Nació recién acabada la Guerra Civil, de la convicción de que había que superar la división entre vencedores y vencidos. Y creció, a partir de los años 50, con el trascendente doble reto de conseguir la cohesión y el progreso sociales y hacer que la inmigración colaborara en la lucha por las libertades democráticas y nacionales. Aquí, el principal aliado de Benet fue Candel y sus otros catalanes, bautizados en 1958 con un reportaje de la revista La Jirafa, pero popularizados en libro en 1964. Compatible con la intención de los factótums de Edicions 62 (entre ellos Benet) de hacer de Els altres catalans un hito en la reconstrucción nacional, lo cierto es que Candel escribió el libro en castellano y más bien pensando en clave de clase. Lo certifican sus dietarios recientemente publicados y así se lo dijo a Josep Maria Huertas en 1964, en una entrevista en la revista Signo: “Ante todo, es una defensa a ultranza del inmigrante pobre, inmerso en el proletariado”. Era, de hecho, la misma defensa que había realizado Benet en Serra d'Or cuando, tras las riadas de 1962 en el Vallés, había alertado a la burguesía y las clases medias de que las víctimas eran de “condición económica modestísima” y “su inmensa mayoría eran inmigrantes, esos otros catalanes de los que un día nos hablaba Francesc Candel”

Todo ello evidencia que el espíritu de la divisa un solo pueblo, tanto benetiana como candeliana, está indisociablemente vinculada, en su contexto histórico, a la toma de conciencia nacional y de clase. Un binomio que, en cambio, actualmente no siempre se compadece con el significado que se da a la expresión un solo pueblo. De hecho, es un binomio certificado ponderadamente a lo largo de los siglos de historia del catalanismo. En el libro Clase antes que nación (El Viejo Topo), una docena de historiadores coordinados por José Luis Oyón y Juanjo Romero analizan las relaciones entre los trabajadores, el movimiento obrero y la cuestión nacional en Cataluña entre 1840 y 2017 y concluyen lo que sostiene el título: la adscripción de clase siempre ha prevalecido sobre la nacional (como, por lo demás, ha sucedido con la burguesía). Sólo apuntan, con importancia para destacarla en la introducción y en la contraportada del libro, una excepción de sincronización efectiva de las cuestiones nacional y social: “La militancia bañada en claros elementos nacionalizadores del PSUC de mediados de los sesenta”. En su ensayo El llarg procés (Tusquets), Jordi Amat coincide en el análisis cuando califica de “hito histórico”, logrado por la sólida aleación del PSUC y CCOO, el que “un sector mayoritario del movimiento obrero explotado que procedía de la inmigración española naturalizara en su protesta la reivindicación nacional”.

Pasado este hito histórico y perdida, ya en democracia, la hegemonía del catalanismo popular, en beneficio del nuevo catalanismo conservador, los vectores social y nacional que vertebraban la idea originaria de un solo pueblo entraron, progresivamente, en crisis o asincronía. En ello tienen mucha responsabilidad el pujolismo y un sistema democrático español centralista y de baja intensidad, pero no todo es culpa suya. De hecho, los estándares mínimos de estado de bienestar y la estructuración del régimen autonómico, teóricamente, debían reforzar el concepto de un solo pueblo. Pero, en paralelo, primero la crisis económica de los años 80 y, después, la irrupción del neoliberalismo hicieron tambalearse a la propia idea de nación, al tiempo que la nueva inmigración, a partir de los años 90, despertaba tanto solidaridades como recelos. Ya en pleno siglo XXI, la tormenta perfecta, en forma de gran crisis económica y social, democrática y de encaje territorial, cogió al país sin haber actualizado el hardware que le había permitido salir de la dictadura. El govern d'entesa o tripartito de izquierda trabajó, pero no logró recuperar la hegemonía para un catalanismo popular que, necesariamente, había que poner al día. Como demuestra la tortuosa historia del nuevo Estatuto, ni algunos partidos de izquierda, ni la oposición de CiU, ni los medios de comunicación ni, por descontado, el gobierno español y los principales poderes fácticos del Estado lo facilitaron.

Caída desde hacía tiempo en el letargo o en la simple retórica, en 2010 la idea de un solo pueblo incluso fue implícitamente impugnada por Artur Mas en el acto más multitudinario de la campaña electoral que hundió al tripartito. El heredero de Pujol llegó a proclamar que quería “un pueblo pueblo, y no una Cataluña multicultural”. Por el contrario, cinco años después, el mensaje institucional del presidente Mas en la Diada de 2015, justo antes de las elecciones pretendidamente plebiscitarias del 27-S, sí apeló nuevamente al viejo concepto: “Sea cual sea la decisión, la concordia y la voluntad inequívoca de ser un solo pueblo deben seguir siendo el norte que guíe nuestro futuro”. Pero entonces este futuro ya no era el catalanismo popular de Benet y la Assemblea de Catalunya, ni siquiera el catalanismo burgués de toda la vida, sino un nuevo soberanismo transversal que pone la independencia como única utopía posible (Marina Subirats dixit) para amplias clases medias y un amplísimo movimiento social que amenaza al statu quo constitucional de 1978. Pero que, al tiempo, también sirve como bandera (para unos) o espantajo (para otros) para tapar corrupciones y recortes austericidas y combatir o reconducir el riesgo de estallido social o cambio político revolucionario expresado en las plazas del 15-M.

Paradójicamente, la Cataluña donde se ha vuelto a apelar a la idea de un solo pueblo ya no lo es tanto, al menos si la leemos en clave de cohesión social y política. Plural, lo ha sido siempre. No es que lo certifique la gran manifestación españolista del 8 de octubre en Barcelona, capaz, por primera vez, de dar réplica a las grandes marchas soberanistas desde 2012. Lo demuestran los números de las elecciones del 27-S y de las consultas del 9-N y el 1-O: el país está partido más o menos por la mitad sobre la independencia y tiene grandes desequilibrios socioeconómicos y territoriales, agravados por la crisis. Va por barrios, pero solo es necesario querer ver la compleja realidad metropolitana de las ciudades invisibles. A modo de ejemplo, pueden compararse en niveles de participación en el referéndum del 1-O (un 43% de media en el conjunto de Cataluña) y en renta familiar disponible por habitante (16.500 euros de media, según el Idescat) dos poblaciones del Vallés Occidental separadas por apenas 10 kilómetros, pero que reflejan la dualidad del país: Badia (un 19,4% de votantes y 13.900 euros de renta por habitante) y Matadepera (66,6% de votantes y 19.900 euros). Y no es cuestión del cinturón metropolitano de Barcelona; encontraríamos ejemplos similares entre Girona y Salt, entre Tarragona y sus barrios de Ponent o entre Igualada y diferentes localidades de la Conca d'Òdena.

Además de todo ello, los espacios de transversalidad y unión efectiva en clave nacional catalana son objeto de presión y de alta tensión interna y externa. Por parte de todo el mundo: si el ex presidente popular José María Aznar profetizó, en 2012, que “antes de romperse España, se romperá Cataluña”, la diputada de la CUP Mireia Boya reprochaba a los comunes, el pasado 29 de septiembre, que “Roma no paga a traidores”. Desbaratado y nacionalmente desorientado el PSC, disuelta Unió [Democràtica de Catalunya, antiguo socio, democristiano, de CDC (n. del tr.)] y refundada CDC como PDeCAT independentista, la presión final recae sobre el espacio, en construcción, de Catalunya en Comú, los herederos directos del PSUC, que son ICV y EUiA, y el sindicalismo de clase y nacional que, singularmente, representa CCOO. En este contexto, ¿puede apelarse aún, o de nuevo, a un solo pueblo? Parece difícil cuando, hoy por hoy, la hegemonía de la izquierda que hizo posible el catalanismo popular y la simultánea toma de conciencia social y nacional es historia pasada. El relato que ha impuesto en los últimos años el llamado procesismo es que primero había que ganar la independencia y después ya se hablaría del modelo de país y todo lo demás. Incluso la CUP y grupos trotskistas, más allá de proclamas anticapitalistas, han avalado esta hoja de ruta conservadora. Puede ser revolucionaria, porque ha puesto en crisis al statu quo del Estado español. Pero no lo es nada en el aspecto social, porque ha legitimado políticas de derechas en Cataluña y porque tampoco se ha demostrado que haya logrado ampliar suficientemente la base social independentista entre determinados barrios y sectores sociales populares. De hecho, y nacionalmente hablando, la estrategia procesista del “tenemos prisa” y “cuanto peor, mejor” favorece, sin haber calibrado bien la correlación de fuerzas, la involución asociada a la suspensión del autogobierno y la fractura social y emocional del país. Teniendo claro, naturalmente, que el primer responsable de todo el embrollo es la hostilidad del Estado (no todo el pueblo) español.

En octubre de 2013, en un artículo en la revista del Centre d’Estudis Jordi Pujol, el historiador Andreu Mayayo decía: “La historia nos enseña que ningún proyecto del catalanismo político puede hacerse sin Europa, contra España y, sobre todo, fracturando a la sociedad catalana”. Este 10 de octubre, el propio Mayayo escribía, en Treball: “Hemos pasado de un proyecto político inclusivo y ampliamente mayoritario a un proyecto político sectario, polarizador y, al cabo, estéril, de fractura interna y confrontación externa. Ante la división entre vencedores y vencidos pregonada por el franquismo, la profunda división social y la división cultural y lingüística, el antifranquismo supo articular un proyecto político democrático y nacional para todo el mundo (un solo pueblo), con la creación de organizaciones sindicales y vecinales y un apoyo electoral, en las primeras elecciones del 15 de junio [de 1977 (n. del tr.)], que reunía al 80% de votantes (ahora también hay un 80% que quiere un referéndum, pero pactado con el Estado, no unilateral, y con garantías democráticas)”. La pugna para recuperar este activo histórico es lo que lleva a dirigentes soberanistas de todo tipo a invocar el un solo pueblo, a que la Assemblea Nacional Catalana haya tratado de emular a la Assemblea de Catalunya y que Òmnium Cultural recordara muchas luchas compartidas, aunque la entidad no las protagonizara.

Esta estrategia soberanista de apropiación, resignificación y apelación a los sentimientos nacionales ha sido inteligente y efectiva para la movilización social, pero, al tiempo, irresponsable y también espúrea socialmente. El caso es que gran parte de la izquierda la ha facilitado, al no saber defender ni actualizar el legado del catalanismo popular, que no excluye, sino todo lo contrario, la reivindicación y el ejercicio del derecho de autodeterminación y a decidirlo todo. Acaso ahora sea demasiado tarde para volver a hacer de Cataluña un solo pueblo. Pero más vale tarde que nunca, si se trata de salvar las palabras y devolver el nombre de cada cosa.

Marc Andreu es periodista e historiador. Es autor de los libros Barris, veïns i democràcia i Les ciutats invisibles, editados por Els Llibres de L’Avenç.

 

Fiesta nacional y "lo nuestro"

??Santiago Alba Rico

"¿De quién es la tierra de España? De los Borbones, que disputaron su propiedad a los Austria, y heredaron entonces, de padre a hijo, todas las tierras de España (con sus colonias, cuando las había). Sólo los Borbones pueden decir “esta tierra es mía”; es su patrimonio y se han ganado mediante la conquista un título de propiedad; y por eso precisamente la monarquía española entrará siempre en conflicto, por muchas piruetas que se hagan, con la “soberanía popular”. Ninguna nación se funda sobre títulos de propiedad".

En su fiesta nacional los ingleses celebran a un santo y los portugueses a un poeta; los franceses la caída del absolutismo y los italianos la liberación del fascismo y de la monarquía. La “anomalía española” se pone de manifiesto en el hecho de que España es el único país del mundo que identifica su “esencia” y su personalidad nacional con una conquista imperial. Nadie negará la relevancia de los viajes de Colón, matriz de la primera globalización, ni los cambios civilizacionales que generó, pero no deja de ser extraño -más allá incluso de los crímenes que acompañaron esa aventura- que los “españoles” busquen su raíz no en algo que se hicieron a sí mismos o con su propia arcilla sino sobre otros y contra otros y fuera de su territorio. La fundación de España siempre ha estado “fuera”; y de lo que se ha tratado una y otra vez es de configurar un exterior lo suficientemente interno como para considerarlo “nuestro”. “Nuestro” es lo que no tenemos, lo que nos han quitado; y el vacío que se (nos) queda dentro.

Desde 1918 el 12 de octubre marca en el calendario la “Fiesta Nacional de España”. Hasta 1958 la efeméride fue oficialmente titulada “Día de la Raza” y hasta 1987 “Día de la Hispanidad”, dos términos que dicen mucho acerca de una elección malhadada que sigue asociando hoy la construcción del Estado-Nación «España» a un fracaso y a una conquista militar. Celebrar el día y el año en que Colón llegó a la pobladísima América implica –por muy banal que resulte recordarlo– vincular desde el origen la constitución presente del Estado español a dos expulsiones (judíos y moriscos), un genocidio (el de los indígenas americanos) y a la marginación tanto de los españoles disconformes con esta visión de España como de los pueblos que la rechazan y a los que nunca se ha preguntado si quieren o no formar parte de la misma. El 12 de octubre es sin duda una desafortunada elección que ni siquiera una democracia mejor asentada podría resignificar por completo, pues una democracia de verdad la dejaría a un lado para festejar la fecha de su propia autofundación soberana. Más de quinientos años después, por tanto, esta efeméride, declarada «Fiesta Nacional», sigue revelando sobre todo el fracaso en la construcción democrática de «España», así como la voluntad del régimen del 78, cuando la población ya ha cambiado, de ceñirse al mismo proyecto y a los mismos métodos.

España, pues, se nombra todos los años contra algo o contra alguien que está fuera; y este año le ha tocado a Catalunya. Catalunya es nuestro fuera de dentro en torno al cual se organiza hoy el vacío que nunca hemos llenado con leyes de verdad y fundaciones democráticas. Es un desastre. Al hilo de la esperanza de cambio incoada el 15-M me puse a leer Los episodios nacionales de Galdós con pasión y con alivio. Con pasión porque Galdós registra igual o mejor que cualquier otro novelista europeo decimonónico “la vida privada de las naciones” de la que hablaba Balzac; con alivio porque, a contraluz de los cambios iniciados en España en 2011, veía confirmada la tesis de José Luis Villacañas, según la cual el siglo XIX, que comenzó en 1812, habría terminado paradójicamente con la dictadura de Franco y la chapuza benéfica de la Transición. La Transición fue, sí, una mierda, pero no puede decirse que con Franco o contra Franco se viviera mejor; y sí en cambio que, por vías tortuosas y a veces muy angostas, traicionando esperanzas y dejando muertos en las cunetas, nos libró al menos de la memoria secular, y ello hasta el punto de que, hasta este año, el 12 de octubre no ha significado nada o muy poca cosa para los españoles más jóvenes, aparte una jornada festiva atravesada por el aire y no por la historia.

Eso era bueno. Con eso contábamos. Porque Catalunya ha volcado de nuevo toda la historia –el vacío que deja nuestro fuera de dentro– en la memoria de muchos españoles. Una cosa muy española –de españoles, en este caso, de izquierdas– es la de echar la culpa de este retorno a los propios catalanes, cuya justa y torpe insurrección habría despertado todos los monstruos. Digamos la verdad: la culpa es del monstruo, que seguía vivo, y de los que no lo mataron cuando tuvieron poder y apoyo para hacerlo; y de los que ahora lo utilizan para “renacionalizar” la Fiesta Nacional, contra la feliz desmemoria general, mientras privatizan la sanidad y la enseñanza. Lo que demuestra el 12 de octubre de 2017, seis años después del 15-M, tres después del nacimiento de Podemos, es que la Transición, que nos trajo un puñado de libertades nada desdeñables, dejó encendida un ascua de siglo XIX que, atizada por unos y por otros, revela ahora tanto su fracaso (el de la Transición) como la fragilidad de las libertades que trajo aparejadas. El verdadero fracaso de la Transición no está en su origen contaminado ni en la monarquía ni en las cloacas del Estado ni en la Ley de Partidos ni en la Ley Mordaza ni en el artículo 135 de la Constitución ni en las políticas de “austeridad” ni en la cesión de soberanía a los mercados -límites democráticos considerables-; su fracaso se revela en su incapacidad para resolver la cuestión central heredada, siglo tras siglo, durante quinientos años.

Me refiero a la “cuestión nacional”, que -insisto- no es la cuestión “vasca” o “catalana” sino la “cuestión española” o, lo que es lo mismo, la “cuestión democrática”. Los políticos complacientemente atrincherados en el palacio real el pasado 12 de octubre, orgullosos del régimen que contribuyeron a levantar, olvidan que, incluso en el caso de que fuera cierto -como en parte lo es- la superior estabilidad y justicia del régimen del 78 en términos históricos, han nacido millones de españoles después que no aceptan que se haya dicho ya la última palabra ni tampoco la mejor; y olvidan, sobre todo, que la “crisis catalana” es el resultado de la composición íntima de ese régimen chapucero cuyos méritos se atribuyen. Olvidan que la “cuestión vasca” ha mantenido durante 35 años un verdadero estado de excepción encubierto en el País Vasco y que sólo muy recientemente -y muy precariamente- se ha encauzado políticamente; y se olvidan de que la “cuestión catalana” es inseparable de las políticas del bipartidismo, las estructurales y las coyunturales, y que era sólo cuestión de tiempo que reclamase de nuevo nuestra atención.

Creíamos que la Transición tenía al menos el mérito de haber borrado la historia de España y no es así. Vuelve España y, como cada vez que vuelve, adelgaza y se debilita la democracia. Esta disyuntiva –España o democracia– es la verdadera “identidad” española que enhebra todas nuestras desdichas y todos nuestros marasmos. Nada me parece más triste estos días que la actitud de esos periodistas e intelectuales -cuya contribución podría haber sido decisiva estos años- que sólo se despiertan hoy para llamar democracia a la resurrección de España y alzar su voz, desde un cosmopolitismo con pasaporte español, contra los nacionalismos que amenazan el suyo. Los cientos de fascistas brazo en alto y con banderas preconstitucionales que han salido estos días a la calle han entendido muy bien lo que quiere decir “cosmopolitismo”, “democracia” y “antinacionalismo” integrador.

Incluso Lucía Méndez , mucho más fina, sin duda la periodista de la derecha más inteligente, ecuánime y convencidamente liberal, acababa el otro día un artículo de mucho vuelo con una frase inquietante: “La ocupación de la tierra está en el principio. Desde el 1-O, una fuerza telúrica ha removido a millones de españoles, con miedo a perder parte de su tierra. Es decir, parte de su ser”.

El francés Ernest Renan escribía en Qué es una nación que las naciones sólo pueden fundarse sobre el “olvido”; el olvido de la sangre que moja los cimientos y el “olvido” también de la tierra misma, que en realidad pertenece “a los monos que la poblaron antes que los hombres”. Una nación es -decía- un “plebiscito cotidiano, ininterrumpido”. España nunca ha ganado ese plebiscito. La historia de España es de hecho el fracaso “cotidiano e ininterrumpido” de ese plebiscito -salvo quizás en la hora fugitiva del gol de Iniesta . Ese plebiscito está pendiente y sólo puede ser “consciente, pacífico y solemne”; ahora que el olvido benéfico y constructivo, el olvido fundacional que llamamos razón y democracia parecían posibles, tras el final del siglo XIX, no deberíamos hacer la menor concesión desde España a la ecuación nación-tierra. Y menos aún tratar de hacerla pasar por más razonable o democrática o transparente que la del independentismo catalán, independentismo que -no lo olvidemos- no quiere ni echar ni matar a los españoles; ni conquistar Madrid; ni imponer un “uniforme catalán” a los catalanes. Quiere solo votar. Que en apenas diez años el apoyo independentista haya pasado del 16% al 48% da buena medida de hasta qué punto habría sido mucho más fácil que España se impusiera de nuevo a Catalunya si por una vez, en lugar de “española”, hubiera sido realmente “democrática”.

¿De quién es la tierra de España? De los Borbones, que disputaron su propiedad a los Austria, y heredaron entonces, de padre a hijo, todas las tierras de España (con sus colonias, cuando las había). Sólo los Borbones pueden decir “esta tierra es mía”; es su patrimonio y se han ganado mediante la conquista un título de propiedad; y por eso precisamente la monarquía española entrará siempre en conflicto, por muchas piruetas que se hagan, con la “soberanía popular”. Ninguna nación se funda sobre títulos de propiedad. Un “sujeto nacional” no es un vínculo ontológico con la tierra, sino una red histórica de instituciones trenzada sobre ella, una memoria común de futuro y una gavilla de mitos, gestos y nombres compartidos. Todo eso nos puede parecer una mierda o un horror o incluso un “residuo” premoderno en tiempos de globalización; y desde la izquierda marxista un velo fraudulento de la “lucha de clases”. Lo cierto es que los “sujetos nacionales”, en cuanto sujetos de Derecho, son sencillamente hechos, como los cuerpos, y de nada sirve asociarlos a un acto de justicia o racionalidad: o se forman o no se forman. El “sujeto nacional” catalán es un hecho, reconocido ya en el encaje autonómico; no lo son Extremadura o Asturias y no parece que vayan a serlo de momento. Frente al hecho de un “sujeto nacional” corporizado, el Estado español puede identificarse a sí mismo con la historia de España y repetirla ad nauseam y ad sanguinem o concebirse como un marco democrático y abordar democráticamente el problema. Eso implica dos cosas: que los catalanes voten en un referéndum pactado y que los españoles ayudemos activamente, con nuestro voto y nuestra movilización, a cambiar las leyes que hagan eso posible.

Los españoles “decidimos” también. Queremos más democracia y por eso tenemos que votar para que puedan votar los catalanes. Nunca España había sido más plural, más olvidadiza, más promiscuamente “populista” y nunca hubiera sido más fácil, con partidos, intelectuales y medios responsables, obtener este resultado.

Las cosas pintan mal. Si es una cuestión de identidad la cuestión será irresoluble mientras la identidad española tenga los medios para imponerse a la identidad catalana y en Catalunya la identidad catalana no sea abrumadoramente mayoritaria. Lucía Méndez y los otros “millones de españoles” no tienen nada que temer; los independentistas catalanes, que serán cada vez más pero nunca suficientes, no ganarán nunca y seguirán luchando, por unos medios u otros, hasta el fin de los tiempos o hasta la extinción física. Pero si se trata de democracia, de vivir en democracia, seamos serios y no juguemos, al menos, a oponer Estado de Derecho a “nacionalismo identitario” catalán: una república catalana, incluso gobernada por la derecha, sería al menos tan democrática como una monarquía española gobernada por la derecha; e incluso un poco más democrática, pues la forma republicana le daría una legitimidad que la corona española no posee. La cuestión, en todo caso, es la de resolver de una vez por todas la disyuntiva histórica entre España y democracia.

¿Hay otra alternativa? Cerrar las muchas cosas buenas que, a su pesar, nos dejó la Transición (algunas libertades y una población abierta a todos los vientos, ni de izquierdas ni de derechas) y regresar al largo siglo XIX. No nos ha ido tan mal. Fanatismo, guerras civiles, guerras coloniales, pronunciamientos, dictaduras, subdesarrollo, emigración económica, violencia, España siempre victoriosa, los españoles siempre vencidos. Visto desde el 12 de octubre, ¿quién no querría vivir otros quinientos años así?

Si otro “patriotismo” es posible -el de un olvido plurinacional, democrático y económicamente justo- será contra los partidos y sus re memorizaciones paralelas, desde el municipalismo, desde la cultura, desde esa población hoy inaudible, pero aún mayoritaria, que ve en el 12 de octubre un día festivo atravesado por el aire y no por la historia y en las movilizaciones en Catalunya la simple, ingenua, multitudinaria y transversal voluntad de hacer realidad por fin todas las promesas democráticas de la Transición.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/ideas/opinion/2017/10/16/santiago-alba-rico-la-fiesta-nacional-y-lo-nuestro?

Envió Fernando Moyano