Envíopostaporteñ@ nº 637

Lástima que NO sea solamente ALGO anecdótico

Ocurrió unas horas después de que la Junta Departamental anulara la norma que establecía la asignación a priori de un porcentaje de puestos de trabajo obrero para hijos de municipales de Montevideo, en los llamados a cubrir vacantes para tareas de limpieza y anexas:

Me encontré con una amiga con mucha bronca y a la vez muy esperanzada. Bronca por considerar que esa norma había sido “un privilegio”; esperanza de que la anulación se aplicara retroactivamente y no ingresaran los hijos de municipales inscriptos en el último llamado, para tener ella --dijo-- más chance de ingresar, pues también se había inscripto.

Tan ofuscada estaba que no hubo manera de que asimilara siquiera el razonamiento de que decisiones como esta de cualquier cuerpo legislativo, no se aplican hacia atrás en el tiempo (aunque, nunca se sabe…).

Menos aún fue posible que escuchara otros razonamientos tendentes a hacerle comprender que el criterio impugnado por la Junta, podía ser discutible, pero no que se tratara necesariamente de “un privilegio”. Imposible también que pudiera enterarse de que el origen de la norma anulada es que hace alrededor de veinte años poquísima era la gente que demandaba empleo para tareas de recolección y limpieza o similares; en general, el número de inscriptos no alcanzaba a cubrir las vacantes existentes.

Ni siquiera intenté hacerle ver que no había nada disparatado ni inédito en la norma, más allá de cuál fuera su opinión al respecto.

Desde siempre, en barrios o ciudades, había sido natural que los nuevos operarios de fábricas, talleres o centros comerciales, procedieran de las familias de quienes ya eran o habían sido trabajadores de esos lugares, porque se iban jubilando o porque surgían nuevas plazas de trabajo. A nadie se le ocurría concluir que eso era un privilegio o cosa parecida…

En fin, su mucha juventud, su inexperiencia laboral y, por ende, su inexperiencia sindical en tiempos de gran déficits de transmisión familiar de valores clasistas básicos, sumado ello a su actual desocupación y la de su compañero –con una hija--, más la acción sostenida y planificada de la prédica anti-ADEOM a varios niveles de la sociedad, explican fácilmente su estado anímico y su conceptualización del asunto.

La suma de todo ello, puede decirse que opera como “atenuante”, máxime si se tiene presente, además, lo demagógico y desleal del manejo político que se hizo y se sigue haciendo del tema, muy especialmente por parte de algunos personajillos que lo que menos pueden cuestionar en los trabajadores sindicalizados, públicos o privados, es “gozar de privilegios” o adolecer de conductas antiéticas.

Apenas dejé a mi amiga –llena de rabia, desconsolada--, me encontré con un vecino, joven aún, aunque no tanto como ella, con trabajo –no muy bueno, por cierto, en la medida que el grueso de su salario deviene de las propinas--, sindicalizado, militante de un grupo político de honrosa historia de compromiso con la clase trabajadora, educado en un hogar de trabajadores y luchadores sociales, con buena preparación teórica y buenas herramientas analíticas como para que no fuera esperable que a él también le hubiese llegado el bombardeo anti-ADEOM reinante.

También se había anotado en el último llamado de la IMM. No denotaba la misma bronca de desocupada desplazada que tenía mi amiga, pero, sin embargo, fue más lejos que ella en la equivocada y peligrosa conceptualización del asunto.

Cuando le pregunté cuál era el “privilegio” de ser hijo de municipales y acogerse a la norma ahora anulada, me respondió tranquila y literalmente:

--El privilegio es tener un empleo del que únicamente te pueden despedir por notoria mala conducta y nada más.

No le importó mucho conocer el origen histórico de la “inamovilidad” de los públicos; ni siquiera prestó atención a mi comentario de que en mi trabajo, privado, yo también reclamo la “inamovilidad” en la medida que periódicamente cambian las autoridades y que estoy expuesto –al igual que mis compañeros de trabajo, por supuesto-- a que cada nueva jefatura de mis empleadores, pueda eventualmente despedirme no precisamente por “mala conducta”, sino porque de pronto, a semejanza de los nuevos gobernantes que gustan rodearse de fieles perpetuos, prefieran a otra gente “más confiable” que yo.

--No me jodas; cuando haya que abolir el Estado, los primeros en defenderlo van a ser los públicos; además, los sindicatos son solo sindicatos… me dijo, no quedándome muy claro el sentido aparente de esto último, más bien frívolo y descolgado de lo que hablábamos.

Al día siguiente –ya sin bronca yo, que al final me la agarré, explicablemente, porque dan bronca opiniones así venidas de gente que se reivindica con conciencia y compromiso de clase--, volví a encontrármelo y tras su pregunta socarrona de si yo seguía en “viejo rezongón”, le hice la pregunta clave cuya respuesta da lugar al título de estos comentarios:

--Si considerás que ser público representa un privilegio, ¿vos te anotaste para ser un privilegiado más?

Un grande y alegre como una casa, pero también autoconsciente de la pifia propia, dio por terminado el “coloquio” y me aclaró una vez más aquello de que entre la teoría y la práctica hay apenitas un paso… pero el paso hay que darlo, por lo menos para no terminar plegándonos a cualquier coro de loros repetidores de la plegaria del párroco, o, dicho de otro modo, para no ser proletarios –y a veces revolucionarios-- de la boca para afuera, nomás.

Detrás de lo anecdótico, pues, una cruda realidad. Una dura y triste realidad que debe hacernos rebobinar y rectificar profundamente en cuanto a cómo preservar y enriquecer valores y principios sin los que la clase es nada más que una masa amorfa e inconsistente, maleable y manipulable, a la que se la puede conducir a cualquier lado, incluido su propio despeñadero ideológico y su misma autoderrota histórica.

Hay que intentarlo al menos para que mañana, aun cuando muchas cosas cambien aparentemente a favor de los explotados y los oprimidos, no terminemos de nuevo –como ya ha ocurrido, qué duda cabe— siendo nosotros mismos nuestros propios enemigos de clase.