El saqueo del Oeste y el declive de
la primera República Negra
Jesús Alberto Erazo Castro 10 sept 2026, SOVEREIGNTY
Quien escribe esto ha presenciado tanta estupidez humana que ya nada le sorprende, pero aun así, cada vez que la memoria se detiene en la isla de La Española, siente ese escalofrío que recorre su espalda al presenciar la consumación de un crimen perfecto. Porque el caso de Haití no es un desastre natural, ni un accidente histórico, ni siquiera una maldición bíblica, aunque de sobra tiene de ello; es, simple y llanamente, un asesinato ejecutado a cámara lenta durante dos siglos, con la complicidad activa de los mismos poderes que hoy, cínicamente, se presentan como sus salvadores.
Volvamos al principio, que es adonde siempre debemos ir cuando queremos comprender la podredumbre del presente. En 1804, los esclavos de la colonia más rica del mundo, la perla de las Antillas, como la llamaban, hicieron lo que ninguna otra nación había logrado: se alzaron, rompieron sus cadenas y fundaron la primera república negra del planeta. Fue un acto de tal magnitud, de tal audacia metafísica, que los imperios europeos, acostumbrados a tratar los cuerpos negros como bestias de carga, no pudieron así. La humillación fue demasiado profunda. Un puñado de esclavos había derrotado a Napoleón, el ejército más poderoso de la Tierra, y se atrevió a proclamar que todos los hombres, incluso los de piel oscura, eran verdaderamente libres.
La respuesta no se hizo esperar. Veintiún años después, el rey Carlos X de Francia, ese eunuco de la política que ocupaba el trono de Luis XIV, envió una flota de quince buques de guerra con quinientos veintiocho cañones a la bahía de Puerto Príncipe. No venían a negociar, sino a imponer una factura: ciento cincuenta millones de francos de oro como «indemnización» por las propiedades perdidas. Nótese la perversidad del lenguaje: los antiguos esclavos, que habían conquistado su libertad a sangre y fuego, debían pagar a sus antiguos amos por el privilegio de dejar de ser su propiedad. Es como si un violador exigiera una compensación a su víctima por la pérdida del placer que le proporcionó su crimen.
«Francia obligó a quienes lograron la independencia de Haití, los antiguos esclavos, a compensar a los perdedores, sus antiguos amos», afirmó la activista Monique Clesca con precisión quirúrgica. Y esa frase debería estar grabada en bronce en todos los edificios de la ONU, porque encierra toda la moralidad del colonialismo.
Haití pago. Pagó durante ciento veintidós años. El ochenta por ciento de sus ingresos estatales se destinaron a saldar esa deuda injusta, a llenar los bolsillos de los banqueros franceses y estadounidenses que habían comprado los bonos de deuda con descuento. ¿Cuánto pagaron en total? Los economistas han calculado entre veintiún y ciento quince mil millones de dólares en pérdida de crecimiento acumulado. Cifras que marean, pero que no dicen nada si no se acompañan de esta imagen: una nación recién nacida, la más prometedora de América, condenada a la miseria perpetua para que los bancos de París y Nueva York pudieran seguir engrosando sus cuentas.
Pero no nos desviemos del tema. La deuda francesa fue solo el primer torniquete que estranguló a Haití. El segundo llegó en 1915, cuando el presidente Woodrow Wilson, ese falso idealista que nos vendió la democracia mientras bombardeaba México y ocupaba el Caribe, ordenó el desembarco de trescientos treinta infantes de marina en Puerto Príncipe. La justificación oficial fue "restaurar el orden", esa pseudo-coartada que los imperios han utilizado desde tiempos inmemoriales para justificar sus fechorías. La realidad, como siempre, era más prosaica: las aduanas de Haití, sus bancos, sus plantaciones, todo tenía que quedar bajo control estadounidense para asegurar que el cuarenta por ciento de la renta nacional siguiera fluyendo a los bolsillos de los acreedores extranjeros.
Lo que siguió fue una ocupación que duró diecinueve años, tiempo más que suficiente para destruir el alma de un país. Los marines, esos soldados de la democracia que portaban un fusil en una mano y la segregación racial en la otra, reprimieron la rebelión de los Cacos, cuarenta mil campesinos armados con machetes, dejando dos mil cadáveres a su paso. Pero el daño más profundo no provino de las balas, sino de las instituciones. El sistema educativo francés, que durante un siglo había formado a la élite intelectual haitiana, fue reemplazado por un modelo de formación profesional estadounidense que los hijos de las clases altas consideraban un insulto. La deforestación, ya grave, se aceleró hasta convertir a Haití en un paisaje lunar. Y, peor aún, la ocupación sembró las semillas del racismo institucional que florecería más tarde bajo la dictadura de Duvalier.
Fue durante esos años cuando un joven intelectual llamado François Duvalier, conocido como Papa Doc en la historia, comenzó a forjar su ideología. Había visto cómo los marines trataban a sus compatriotas como inferiores; en sentido en carne propia la humillación de los ocupados y había sabido que el poder solo podía conquistarse mediante el terror. Cuando asumió la presidencia en 1957, ya sabía exactamente qué hacer.
Aquí es donde la historia se torna particularmente sórdida, porque lo que siguió no fue una imposición externa, sino una colaboración voluntaria entre el tirano local y el imperio del norte. Duvalier, aquel médico provincial que se convirtió en el primer dictador moderno de Haití, comprendió algo que sus predecesores no habían captado: la Guerra Fría era el mejor negocio que un autócrata podía emprender. Bastaba con proclamarse anticomunista para que los dólares comenzaran a fluir.
¿Acaso alguien con dos dedos de frente cree que Washington desconocía lo que ocurriría en Puerto Príncipe? Los Tonton Macoute, esa milicia paramilitar financiada mediante la extorsión y el crimen, era el brazo armado de un régimen que torturaba, asesinaba y hacía desaparecer a sus opositores con una regularidad casi industrial. Pero los documentos desclasificados son explícitos: la CIA consideró a Duvalier un «valioso aliado» en la lucha contra el comunismo. El objetivo principal, según los informes, era «impedir que los comunistas se apoderaran de Haití» y «proteger los intereses patrimoniales de los ciudadanos estadounidenses». Ni más ni menos.
El apoyo estadounidense no fue meramente retórico. Construyeron un aeropuerto internacional en Puerto Príncipe, brindaron asistencia militar y entrenaron a los oficiales que posteriormente reprimirían a la población. Todo bajo el sagrado manto de la lucha contra el comunismo, la misma excusa que justificó los golpes de Estado en Guatemala, Chile, Argentina y media docena de países más. Cuando la violencia de Duvalier alcanzó extremos insoportables a mediados de la década de 1980, Washington retiró su apoyo, no por escrúpulos morales, sino porque el dictador se había vuelto un estorbo y el régimen se derrumbó como un castillo de naipes. Pero el daño ya estaba hecho: tres décadas de terrorismo de Estado habían dejado a Haití en la ruina absoluta, con una economía controlada por el uno por ciento más rico de la población, que caparaba el cincuenta y cinco por ciento del producto nacional bruto.
Llegamos ahora a uno de los episodios más vergonzosos de la historia moderna estadounidense, y eso ya es mucho decir. En 1990, Jean-Bertrand Aristide, sacerdote salesiano de la teología de la liberación, se convirtió en el primer presidente elegido democráticamente en la historia de Haití. Su victoria fue aplastante: más del sesenta por ciento de los votos. Era un hombre del pueblo, un populista de izquierda que prometía devolver la dignidad a los más pobres. En otras palabras, todo lo que Washington no podía tolerar.
Porque, somos honestos: a Estados Unidos no le importa la democracia. Le importa la estabilidad extractiva, y esa estabilidad significa gobiernos dóciles que no cuestionan los intereses corporativos. Aristide, con su retórica incendiaria y su defensa de los derechos de los campesinos, era un problema. En septiembre de 1991, apenas nueve meses después de su investidura, un golpe militar liderado por el general Raoul Cédras, pagado por la CIA según documentos ahora públicos, lo derrocó. El gobierno de Bush se negó a prestar ayuda para detener la violencia. El mensaje era claro: no querían a Aristide y estaban dispuestos a hacer cualquier cosa para deshacerse de él.
No fue hasta 1994 que la administración Clinton, bajo presión internacional, lanzó la Operación Defensa de la Democracia y restituyó a Aristide en el poder. Pero el regreso del mesías vino acompañado de condiciones draconianas. Aristide tuvo que aceptar un programa de ajuste estructural dictado por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Se llevaron a cabo privatizaciones masivas, recortes arancelarios y la eliminación de las cuotas de importación. El arancel sobre el arroz, alimento básico de los haitianos, se reduce al tres por ciento. La producción local de arroz en el valle de Artibonite, donde se cultivaba el noventa y cinco por ciento del arroz del país, quedó destruida en cuestión de años. Los campesinos, que representaban el veinte por ciento de la población, se convirtieron en mendigos.
Pero el cinismo de Washington aún no había tocado fondo. En 2004, una armada rebelde liderada por el FRAPH, la organización paramilitar creada por la CIA en la década de 1990, y por Guy Philippe, un exsoldado entrenado por las fuerzas especiales estadounidenses en Ecuador, lanzó una ofensiva desde Gonaïves. Aristide, reelegido en 2000, volvió a estar en el punto de mira. El 29 de febrero de 2004, un grupo de militares estadounidenses irrumpió en su residencia, lo obligó a firmar un documento de cesión de poder y lo subió a un avión con destino a la República Centroafricana. Fue un secuestro; no hay otra palabra para describirlo.
Vale la pena detenerse un momento y saborear la ironía. Aristide había cometido el imperdonable pecado de exigir a Francia la devolución de los veintiún mil millones de dólares que la deuda de la independencia le había costado a su país. Francia, que había adoptado posturas muy diferentes a las de EEUU respecto a Irak, encontró en Haití un terreno de convergencia: era necesario expulsar a ese sacerdote incorregible e ingobernable que se atrevía a cuestionar los cimientos del orden colonial. La CARICOM, la Comunidad del Caribe, acusó a EEUU, Francia y la comunidad internacional de haberle fallado a Haití. No le prestaron atención.
Aristide pasó años en el exilio, mientras Haití era entregado a la misma oligarquía que lo había derrocado. El mensaje era claro y brutal: en el patio trasero de Estados Unidos, no se permite gobiernos que desafíen el statu quo. La democracia, esa palabra sagrada que los presidentes estadounidenses invocan en cada discurso, es un lujo que solo pueden permitirse los países que se pliegan a los designios de Washington.
Llegamos ahora a uno de los capítulos más sórdidos, y la competencia es feroz. Tras el golpe de Estado de 2004, el Consejo de Seguridad de la ONU desplegó la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH), liderada por Brasil. En teoría, la misión tenía como objetivo restaurar la paz y fortalecer las instituciones haitianas. En la práctica, lo que se desarrolló fue un desastre humanitario de proporciones bíblicas.
Primero, la cólera. En octubre de 2010, un contingente de soldados nepaleses llegó al campamento de Annapurna en Mirebalais. Habían recibido entrenamiento en Katmandú durante un brote de la enfermedad. Una empresa de saneamiento de la MINUSTAH vació tanques de desechos en una fosa séptica que estaba llena. Las heces fluyeron al río Artibonite. Al día siguiente, las comunidades río abajo comenzaron a enfermar. El resultado: más de diez mil muertos. Una epidemia que no había existido en Haití durante décadas, importada por los supuestos cascos azules de las Naciones Unidas.
Pero el cólera no fue lo peor. La MINUSTAH también trajo consigo una epidemia de abusos sexuales sistemáticos. Ciento diecinueve denuncias formales, dos mil quinientos cuarenta y un testimonios de relaciones sexuales inapropiadas, trescientos cinco hijos de miembros de las fuerzas de paz. Una red de pedófilos compuesta por ciento veinte soldados de Sri Lanka que violaron a una menor de siete años y regentaban un burdel en pleno centro de la capital. Más de dos mil mujeres y niñas víctimas de abusos sexuales. Y todo ello con la impunidad que les otorgaba su estatus diplomático.
"La MINUSTAH generó mucha violencia contra los estudiantes, contra los pobres que vivían en los barrios marginales. Los soldados violaron a mujeres ya hombres. Se cometió mucha violencia contra la población del país y provocó la epidemia de cólera. Fue un desastre mayúsculo causado por la ONU", declaró un activista haitiano. Y esa frase, tan simple y tan terrible, resume mejor que cualquier informe oficial lo que realmente sucedió durante esos años.
La MINUSTAH se retiró en 2017, tres años después de su llegada, sin haber logrado prácticamente nada de lo prometido. Las pandillas que hoy controlan el noventa por ciento de Puerto Príncipe son producto de esa ocupación. La violencia estructural que alimentó la misión persiste, como un tumor que nunca deja de crecer.
El 12 de enero de 2010, un terremoto de magnitud siete devastó Puerto Príncipe. Trescientos mil muertos y más de un millón de desplazados. La respuesta internacional fue inmediata y masiva. Estados Unidos desplegó veinte mil militares y tomó el control del aeropuerto, decidiendo qué aviones podían aterrizar. «No se necesitan soldados; Aquí no hay guerra», declaró el exministro de Defensa haitiano, Patrick Ellie. Pero los soldados llegaron de todos modos, porque la guerra, en este caso, no era contra un enemigo visible, sino contra la autonomía de un pueblo que se atrevió a pedir ayuda sin renunciar a su soberanía.
Lo que siguió fue la consolidación de la llamada “República de las ONG”. Miles de organizaciones internacionales, en su mayoría estadounidenses, llegaron a Haití con presupuestos millonarios y proyectos de desarrollo. Pero en lugar de fortalecer el Estado haitiano, lo marginaron. Los fondos se canalizaron directamente a las ONG, que operaban al margen de las instituciones locales, consideradas “débiles y corruptas”. El resultado fue paradójico: la ayuda internacional, en lugar de reconstruir el país, contribuyó a su mayor desmantelamiento. “La mayor parte de los miles de millones en ayuda humanitaria se desembolsó a través de organizaciones de ayuda internacional, lo que socavó aún más la capacidad de las instituciones estatales y las organizaciones locales”, señala un informe crítico.
El 7 de julio de 2021, el presidente Jovenel Moïse fue asesinado en su residencia por un comando de veintiocho mercenarios extranjeros, en su mayoría colombianos. Durante el ataque, un hombre con acento estadounidense habló por un megáfono afirmando ser de la DEA. Nadie sabe con certeza quién ordenó el crimen, pero lo cierto es que desde entonces Haití no tiene presidente, ni parlamento, ni elecciones. El Consejo Presidencial de Transición, creado en 2024 con el apoyo de CARICOM, se disolvió en febrero de 2026 sin lograr organizar elecciones. Hoy, el único poder ejecutivo es el primer ministro Alix Didier Fils-Aimé, un hombre sin mandato constitucional, sostenido únicamente por el respaldo de EEUU
Mientras la política se desmorona, las pandillas, ese monstruo alimentado durante décadas por la ocupación y la miseria, controlan el setenta por ciento de Puerto Príncipe. Más de un millón y medio de desplazados internos, quinientas mil personas en grave inseguridad alimentaria, un sistema de salud colapsado. Los Tonton Macoute han sido reemplazados por Viv Ansanm, la coalición de pandillas liderada por Jimmy Chérizier, alias "Barbecue", que ha construido un estado paralelo en la sombra del Estado oficial. Controlan la circulación, los impuestos y los recursos. Son el nuevo gobierno de Haití, y nadie parece capaz de detenerlos.
Pero lo peor de la ignominia aún está por llegar. En 2025, el Departamento de Estado de EEUU otorgó una licencia de exportación a Vectus Global, una empresa fundada por Erik Prince, exdirector ejecutivo de Blackwater, para operar una guerra privada con drones en Haití. Desde marzo de 2025, los drones de Vectus han llevado a cabo ciento cuarenta y un ataques, matando a mil doscientas cuarenta y tres personas, entre ellas diecisiete niños y cuarenta y tres civiles no vinculados a pandillas. No existe ningún mecanismo de rendición de cuentas, ni análisis posterior a las operaciones, ni protocolo para mitigar las bajas civiles.
Erik Prince ha replicado en Haití el mismo modelo que utilizó en Irak y Afganistán: identificar un Estado con capacidad de seguridad insuficiente, ofrecerle capacidades propias y operar bajo un marco de licencias que proporciona cobertura legal pero sin imponer ninguna transparencia operativa. El resultado es una guerra no declarada, financiada con dinero estadounidense, ejecutada por mercados privados y sin ningún tipo de supervisión democrática.
Mientras tanto, la Fuerza de Represión de Pandillas (GSF), sucesora de la misión liderada por Kenia, intenta estabilizar el país con cinco mil quinientos efectivos de dieciocho países. Sin embargo, como señala un análisis reciente, «incluso con el despliegue completo, cinco mil quinientos efectivos no pueden recuperar ni mantener el control de una ciudad de un millón y medio de habitantes donde veintiséis pandillas controlan entre los setenta y el noventa por ciento del territorio». La comparación con la MINUSTAH resulta ilustrativa: aquella misión desplegó aproximadamente siete mil militares y dos mil policías en su momento álgido, operó durante tres años y solo logró una estabilización temporal sin desmantelar las estructuras de las pandillas. La GSF, con menos personal y sin la estructura institucional que poseía la MINUSTAH, está condenada al fracaso.
Haití es hoy el cadáver de una nación. Pero no es un cadáver que murió de causas naturales. Es un cadáver asesinado metódicamente durante dos siglos. La deuda de la independencia, la ocupación estadounidense, los Duvalier, el golpe de Estado contra Aristide, la MINUSTAH, los drones de Erik Prince, la cancelación del TPS, las deportaciones masivas desde la República Dominicana: todos estos golpes han destrozado sistemáticamente el cuerpo de Haití, dejándolo en el estado de putrefacción que presenciamos hoy.
Pero, ¿quiénes se han beneficiado de esta larga agonía? Los banqueros franceses que cobraron la deuda, las corporaciones estadounidenses que explotaron sus recursos, las ONG que se convirtieron en Haití en un laboratorio para sus experimentos, los contratistas de defensa que encontraron un nuevo mercado para sus servicios letales. Haití ha sido, durante dos siglos, una colonia encubierta, una nación formalmente independiente pero sustancialmente dominada, un país que nunca ha tenido la oportunidad de decidir su propio destino.
La pregunta que persiste, como una nube de gas venenoso, es: ¿puede reconstruirse un país que ha sido desmantelado de forma tan sistemática? ¿Es posible resucitar un cadáver desmembrado por dos siglos de intervenciones extranjeras? Los optimistas dirán que sí, que la historia de Haití es también la historia de su resistencia, que el pueblo haitiano ha sobrevivido a todo y, por lo tanto, se levantará de nuevo. Pero quienes hemos presenciado suficiente estupidez humana sabemos que la esperanza no es una estrategia. Haití necesita algo más que esperanza: necesita que el mundo reconozca su deuda histórica y la paga de verdad. No con más dólares a través de ONG, no con más soldados de mantenimiento de la paz, no con más drones privados. Necesita que le devuelvan lo que le fue robado: su soberanía, su dignidad, su derecho a decidir su propio futuro.
Haití es el espejo en el que Occidente no quiere mirarse, porque vería en él el rostro de su propio depredador.
Fuentes:
- Haití – El férreo control de las pandillas – Deutsche Welle
- Embajador dominicano en Haití expresa preocupación por inseguridad – El Nuevo Diario
- Moción de resolución sobre el aumento de la trata y la explotación por parte de grupos criminales en Haití – Parlamento Europeo
- Haití al borde del colapso: bandas controlan el 90 % de Puerto Príncipe, alerta HRW – El Nacional
- La violencia entre bandas en Haití deja más de 600 muertos – Conclusión
- ¿Logrará una nueva misión de la ONU "neutralizar" a las bandas criminales de Haití? – OCCRP
- Estados Unidos vota a favor de establecer una fuerza de represión de pandillas en Haití: ¿Y ahora qué? – CSIS (Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales) (inglés)
- Un año después, la Misión de Seguridad de Haití lucha por frenar la violencia de las pandillas – EFE
- Derechos humanos y estado de derecho en Haití: Principales novedades recientes – ReliefWeb / IJDH
- Otra fuerza de represión de pandillas puede ganar batallas, pero perder la guerra más profunda de Haití – Miami Herald
- Líder haitiano: Los aviones de deportación del gobierno de Trump serán "catastróficos" – Noticias de la VOA
- El líder haitiano afirma que los aviones del gobierno de Trump serán "catastróficos" para su país – Washington Times
- Funcionario del DHS revela en el corte la amenaza de deportación que pesa sobre los haitianos beneficiarios del TPS – Miami Herald
- El fallo sobre el TPS de Haití genera temores en el centro de Florida – Central Florida Public Media
- Salvar a los haitianos de más miseria impuesta por Trump – Sun-Sentinel
- Tribunal confirma que las protecciones temporales contra la deportación para los haitianos ya no están vigentes – CNN