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LA HUELGA, 39 AÑOS DESPUÉS (*)

 

por Ignacio Martínez

La noche del 26 de junio de 1973 anunciaba el advenimiento de un hecho profundo, de sonoridad grave, que se presentía en los huesos como el frío de un invierno inclemente.

Yo permanecí hasta tarde en el sanatorio donde trabajaba. La ciudad estaba vacía. Sólo el rocío de la noche parecía andar por las calles oscuras, salpicadas cada tanto por luces amarillas muy tenues de un escaso alumbrado público o de algunas casas generosas.

Yo salí rumbo a la casa de mi madre. La encontré levantada, como esperando algo, también. Por momentos nos parecía oír el murmullo de voces que transitaban por los subsuelos de Montevideo en vigilia. Después nos enteraríamos que el Parlamento era un panal de tensiones y que nadie dormía en ningún lado, sabiendo que algo hondo estaba por suceder.

Yo regresé a mi lugar de trabajo fuera del horario habitual de mis labores. La orden había sido dada: en caso de golpe, ocupación y huelga.

Al principio hubo algunas dudas. Unos decían paro por 24 horas. Otros decían que era por 48. En la mayoría crecía la idea de huelga general.

Esa noche nadie durmió.

Miguel, el Fico y Sergio hablaban de ocupación y en poco más de un par de horas ya teníamos los carteles pintados sobre papel de camilla: sanatorio ocupado, no al golpe fascista, la crisis la paga el pueblo. Después vinieron las guardias, las tareas y la difícil planificación de hacernos cargo del sanatorio, de los pacientes, de los familiares, de la solidaridad con la gente de la fábrica TEM y la coordinación con todos los lugares ocupados de la zona de La Unión y de Maroñas.

Hoy recuerdo al Paragua haciendo de todo. Después de aquellos días, dos años después, él sería detenido, se escaparía del Hospital Militar, se asilaría en la Embajada de Venezuela e iría al exilio donde fallecería no hace tanto.

Recuerdo a Pancho en otro sanatorio. Año y medio después sería detenido para estar diez años en prisión y salir para seguir luchando. Junto a ellos me aparecen decenas de rostros. Tuvieron que pasar más de diez años para volverlos a ver. Otros, como el de Duarte o el Bayano no los vería más porque quedarían marcados a fuego en las listas de los desaparecidos.

Entonces yo tenía diecisiete años. Muchos de ellos también o por ahí. ¡Qué jóvenes que éramos!

Lo demás se conoce. Fueron casi doce años de dictadura que nació mal parida porque hubo quince días de huelga, corolario de una resistencia que venía de varios años antes y que proyectaron los mismos casi doce años de nuevas formas de resistencia en el país y a lo largo del mundo, en las cárceles y en cada casa, como bastión familiar de lucha de los trabajadores y del pueblo.

Debe ser por eso, compañeros, y por ellos, mis queridos compañeros que me enseñaron tanto entonces, que sigo estando acá, 39 años después, junto a mis queridos compañeros que también siguen estando por acá, y junto a tantos como muchos de ustedes que se han venido sumando todos estos años.

Es que hoy, en un invierno como aquel, siento que se está anunciando un advenimiento muy grande: el despertar de mi pueblo que lentamente sigue su larga marcha, alentado por la admirable alarma hace 200 años, que anunció el inicio de la revolución que se aproxima. Y se aproxima porque junto a todos ustedes la llevamos dentro como la vida, en forma de programa, de utopía, de voluntad y socialismo, y porque después de 39 años, compañeros, seguimos estando acá.    

(*) Texto leído en el acto organizado por el Sindicato Único de la Aguja este viernes 29 de junio en la semana de la conmemoración de los 39 años de la Huelga General contra el golpe de Estado.

 Columna 156, publicada en el semanario uruguayo El Popular, el viernes 29 de junio de 2012