En los ricos debates que se desarrollan en la Posta es habitual la utilización de expresiones como “recursos naturales” y otras similares que a mi juicio deben ser sustituidas por “bienes comunes”.
Explico por qué:
La expresión “bienes comunes” abarca elementos naturales como la tierra, el agua o las semillas, pero también creaciones humanas como saberes, calles, ideas o parques. Engloba a todo lo que hemos heredado colectivamente y debemos transferir a las próximas generaciones.
Postula que las redes naturales que sustentan la vida y también las construcciones culturales no son ni deben ser de nadie en particular porque pertenecen a todas las personas.
En nuestra América, la noción de bienes comunes está asentada en las concepciones de los pueblos originarios, forma parte del rico bagaje ideológico de organizaciones campesinas y se ha incorporado al vocabulario de incontables movimientos sociales urbanos.
Está presente, por ejemplo, en la defensa de la soberanía alimentaria, en las luchas contra la privatización del agua, en las demandas de tierra.
Y aparece también cada vez que una corporación quiere patentar una semilla o cuando intereses comerciales se abalanzan sobre cualquier área del conocimiento para incluirla en su lista de propiedades.
Entre los bienes que desde esa perspectiva se consideran comunes figuran la información genética de plantas, animales y seres humanos, la atmósfera, el cielo, el mar, los ríos, la biodiversidad, el espectro de ondas electromagnéticas, el aire, la energía solar, la energía eólica, la energía hidráulica, lo que hay en el subsuelo, entre muchos otros.
Cada entrega de territorio al agronegocio o la megaminería, cada privatización de un espacio público, cada concesión a una minera o petrolera, le quita a cada habitante de un país la parte que le corresponde de los bienes comunes afectados.
Este despojo suele tener consecuencias dramáticas cuando golpea directamente a personas que dependían del bien perdido para satisfacer necesidades y reproducir la vida.
Ese es el caso, por ejemplo, de pescadores, pequeños productores rurales y trabajadores zafrales que sufren en carne propia la contaminación resultante de la búsqueda de petróleo, la degradación del suelo producida por la extracción de metales o la pérdida de plazas de trabajo en zonas agrícolas que pasan a ser enclaves de monocultivos.
Cuando se habla de bienes comunes es en función de una lógica opuesta a la que contrabandean expresiones groseramente mercantilistas del tipo “materias primas”, “riquezas naturales” o “recursos naturales”, que abonan la idea de que las creaciones de la naturaleza son “activos” que están allí para ser “explotados” a su antojo por gobiernos y privados.
Por el contrario, y en un sentido amplio, la lógica de los bienes comunes apunta a la gestión comunitaria y responsable de lo que la naturaleza ha puesto a disposición de los seres humanos.
Es por eso que la noción de bienes comunes lleva implícitas definiciones muy claras sobre el rumbo que deben tomar los proyectos de cambio social.