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Aparicio Saravia -El Traicionado - Gonzalo Abella

 

SEGUNDA PARTE: LOS ACONTECIMIENTOS

XIV - ALTERNATIVAS CAMBIANTES

Batlle tenía razón: era un ataque formidable.

En 1897 Aparicio había aprendido mucho de su fracasado intento del año anterior. Ahora invade por el Norte, desparece e invade otra vez, creando la ilusión de que comanda dos columnas y no una. Mientras tanto la expedición insurgente comandada por el Coronel Diego Lamas parte de Buenos Aires y desembarca por el Sur en Puerto Sauce (Juan Lacaze) avanzando hacia el Norte y Centro del país, donde espera reunirse con Saravia según lo planificado con Chiquito.

Es sorprendente que un oficial de carrera como Diego Lamas, formado para la guerra clásica, haya tenido un concepto tan audaz, tan contemporáneo,  sobre lo que hoy llamaríamos “la guerra asimétrica”. Sabía que el ejército “colorado” tenía fusiles “Máuser” cuyo cerrojo permitía, con un veloz movimiento de la manija o “manipulador” llevar a su recámara un proyectil tras otro, hasta seis consecutivos. Sabía que además el Gobierno tenía artillería pesada y ligera. Lamas había pensado en todo esto, evidentemente, cuando formuló su estrategia.

En su primero proclama a los paisanos en suelo oriental dijo:

“Tened plena confianza en vuestro armamento más sencillo y sólido, más económico en municiones y de más fácil manejo que el del adversario, cualidades que equilibran si no superan las problemáticas ventajas de la repetición…” 

El ejército del Sur de Diego Lamas avanzó disciplinadamente y chocó con el Ejército Gubernista en Tres Árboles el 16 de marzo de 1897. Con la ejecución de una maniobra táctica precisa, que demostró el grado de disciplina que había logrado inculcar en sus 1200 combatientes voluntarios, Lamas logró para la revolución un triunfo militar histórico. En la retirada el Cnel. Villar escribió al Presidente Idiarte Borda:

“He sufrido un desastre completo. He buscado la muerte que me ahorrara el pesar de comunicar a Ud. el desastre”

Diego Lamas siguió desplazándose desde Paysandú hacia Paso de los Toros, donde confiaba encontrarse con Saravia.

Mientras tanto las fuerzas de Saravia se encontraban cerca de Cerro Largo y dieron batalla a Muniz en el paraje conocido como “Arbolito”. 

La victoria parecía inclinarse hacia las fuerzas revolucionarias, y los “colorados” habían levantado bandera de parlamento. Pero el odio contra el “traidor” Muniz era demasiado fuerte entre algunos “blancos” y su concepto de disciplina todavía no era muy estricto, ni siquiera entre los hermanos de Aparicio. Sin coordinación alguna, sin aviso previo, Chiquito Saravia cargó a lanza con 30 jinetes contra el 3° de Caballería de Muniz.

Los gubernistas habían emplazado su artillería en una colina. A pesar de que el factor sorpresa ayudó a Chiquito al principio, y la minúscula caballería “blanca” que cargaba cuesta arriba logró coronar la cuchilla, un tiro por la espada mató a Chiquito.

Esto fue un duro golpe anímico para aquellos montoneros. Espontáneamente varias escuadras revolucionarias comenzaran la  retirada sin que nadie pudiera contenerlas, debido  a la rapidez con la que se habían desencadenado los acontecimientos.

El combate de Arbolito culminó con un retroceso desordenado de los “blancos” que Aparicio logró transformar a duras penas en repliegue disciplinado. Por su parte Muniz acampó y no se atrevió a perseguirlos de cerca.

Con el dolor de la muerte de otro hermano a cuestas, Aparicio Saravia siguió su marcha. El encuentro con las fuerzas de Diego Lamas se produjo finalmente en Puntas del Tupambaé el 28 de marzo de 1897.  Por fin los dos jefes de la revolución podían reunirse en persona. Su mejor enlace, Chiquito,  ya no estaba con ellos.

Saravia ofreció su puesto de Comandante a Lamas. “Yo soy un simple vecino alzado contra el mal gobierno” le dijo. Diego Lamas no aceptó; él venía a ponerse a las órdenes de Saravia.

Si las motivaciones de Saravia son transparentes, cuesta más imaginar las de este oficial de carrera que deja un porvenir brillante en la Argentina para ponerse al servicio de una revolución encabezada por un civil. Pero el recuerdo de Leandro Gómez era un motivo de inspiración muy fuerte para aquellos dos hombres.

Leandro Gómez representaba la Patria Grande y la continuación del viejo Artiguismo, siempre traicionado por los “colorados”. Y Saravia (Lamas lo sabía) era el único que podía enfrentar al Ejército de la represión convocando tras él al pueblo armado. Evocar el nombre de Saravia había sido la consigna para que Lamas pudiese reclutar hombres en el litoral argentino y en el exilio porteño. El arte y la ciencia militar, encarnados por Lamas, serían asesores, no conductores, de una guerra asimétrica cuyas reglas Lamas había entendido perfectamente. 

XV - CARTAS A UN HERMANO

Una de las primeras acciones que emprendieron juntos Saravia y Lamas fue tan dolorosa como necesaria.

Cuatro soldados de Lamas habían fugado del campamento, robado una tienda y asesinado a su propietario, causado una gran conmoción en la zona de Tupambaé. Detenidos se les había incautado la mercancía y el dinero robado y además unas telas para hacerse pañoletas rojas. Evidentemente, habían decidido que si eran descubiertos desertarían y cambiarían de bando; pero no tuvieron tiempo. Se los condenó a muerte. Ambos ejércitos revolucionarios, ahora fusionados, desfilaron delante de los cuerpos de los fusilados.

Para entonces, Duvimioso Terra y el Coronel Núñez, que habían llegado con Lamas de Buenos Aires, habían desertado. Pero  Saravia (como comandante) y Lamas (como jefe de Estado Mayor) obtienen una nueva victoria en Cerros Colorados aplastando a las tropas del General Melitón Muñoz el 16 de abril.

Ya el 3 de abril de 1897 el gobierno de Idiarte Borda había impuesto la censura militar a los periódicos de Montevideo, pero las noticias circulaban y la alarma crecía. Batlle por su parte buscaba canalizar en su provecho la indignación “colorada” ante la ineficiencia de Idiarte Borda.

Abril continuó con lluvias torrenciales y al ejército revolucionario se le hacía dificultoso mantener la movilidad. El ferrocarril permitía la concentración de tropas gubernamentales que empezaron a envolver a Saravia  por el Norte y por el Sur.

Pero finalmente las lluvias paralizaron las acciones de ambos bandos.

Cuando Saravia conoce que el general colorado más cercano es su propio hermano Basilisio, le envía un mensajero con bandera de parlamento, portador de una dura carta:

“¿Quién te obliga, hermano, a un proceder tan indigno? Sabes que si la revolución no triunfa todo habrá terminado para los buenos orientales y yo ya no tendré patria; mis hijos se olvidarán hasta de los colores de la bandera  a cuya sombra nacieron… Por lo pronto somos extraños el uno al otro…”

Basiliso le contesta no menos duramente:

Cuando las tropas a tus órdenes se aprovechan de la propiedad del vecino,¿Cómo entiendes el amor a la patria? ¿Sublevando gente dispuesta a desconocer la propiedad personal? ¿Sumiendo al país en la anarquía y el caos, para edificar sobre sus ruinas?

Y luego Basilisio continúa en clara alusión a la actitud del Directorio, de Muniz, de Duvimioso Terra, de Núñez:  

“No creo que sea el Partido Nacional  el que se levanta: le faltan sus hombres  más conocidos. Sus jefes de otras épocas no te acompañan. Descarta la figura del General Lamas y tendremos que esta revolución es una de las tantas calaveradas que han azotado el rostro de nuestra amada patria…

Y le advierte, de estanciero a estanciero:

Fíjate en la posición social de algunos de tus jefes y oficiales y piensa cómo has manejado tu patrimonio particular….”

El 6 de mayo llega al campamento de Basilisio  una nueva carta de Aparicio:

No soy yo, hermano, ni mi partido, los que hemos convertido en sistema el fraude electoral; los que hemos saqueado la riqueza pública, los que hemos engendrado el pretorianismo en el cuartel.… Sirves sólo a un círculo. La patria es algo más de lo que tú supones; la patria es el poder que se hace respetar por el prestigio de sus honradeces y por la religión de sus instituciones no mancilladas;… la patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo. La patria no es el grupo de mercaderes y de histriones… que se sientan hoy donde hubo próceres y adalides de los tiempos heroicos de nuestra historia…”

Y ante una nueva carta de Basilisio planteando lo inútil de la contienda, vuelve a escribir Aparicio el 10 de mayo:

“En holocausto a ideales que tú juzgas imposibles cayó Gumercindo en buena ley y Chiquito regó con su sangre generosa el suelo de su patria… Una fe profunda e inquebrantable en el triunfo de principios invencibles que triunfarán al fin con mi muerte y sin mi muerte para honor  de los orientales…” 

Los combates se reinician. Saravia y Lamas combaten a efectivos varias veces más numerosos en Cerros Blancos. Lamas es herido en un brazo que le queda inválido y continuará así, a caballo, toda la campaña del 97.

La guerra era cada vez más irregular, más asimétrica, más por fuera de las reglas clásicas. La caballería blanca se batió en el litoral contra barcos de guerra que surcaban el Río Uruguay, hostigándolos mientras galopaban paralelamente a la ribera fluvial. A veces la caballería  asaltaba trenes. Una carga a caballo revolucionaria fue precedida de una suelta de ganado en estampida que desarmó las trincheras gubernistas.

Mientras tanto la presión  de la opinión pública forzó al Presidente Idiarte Borda a proponer un armisticio y negociaciones de paz. Al aceptar el armisticio Saravia se dirigió a las tropas y oficiales reunidos:

Señores jefes,  oficiales y soldados:

Después de tantos nobles sacrificios…os debo una palabra de aplauso y felicitación calurosa. Con escasos elementos de guerra, en cerca de tres meses de lucha permanente habéis probado en Tres Árboles, Cañas, Arbolito, Rincón de Aurora, Cerros Colorados, Arroyo Blanco, Puntas de Guaviyú…el temple que  se ha robustecido en las últimas jornadas gloriosas… porque sólo temple de bravos pudo resistir en Arroyo Blanco el empuje de un enemigo en número tres veces superior al nuestro, que creyó darnos el golpe de gracia con el apoyo de sus cañones… Sabéis bien que su plan artero  fue rodearnos con tres ejércitos; que a esa táctica se opuso otra que la redujera a la impotencia;  que cumplisteis al orden de romper fuego a 200 m después de soportar con estoica serenidad durante horas una lluvia de plomo…”

Luego Aparicio otorga a Lamas “la mejor porción de los laureles” y dice de él:

aún sangrando por dos heridas sigue al frente de su delicado cargo buscando cauterizarlas  por el fuego y bajo el  humo del combate”

La arenga termina con un: “¡Viva la libertad institucional!”