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Aparicio Saravia -El Traicionado - Gonzalo Abella

 

SEGUNDA PARTE: LOS ACONTECIMIENTOS

XVI - EL DEBER Y LOS SACRIFICIOS

La tregua de Aceguá permitió profundizar sobre el sentido de la revolución. Aparicio Saravia había dicho a los suyos:

“Pero no se apuren si ahora seguimos la guerra hasta el verano…Si aún así no responden los platudos, entonces sí que me gusta para apretar la cincha”

Los “platudos” del Partido Nacional tenían una justificada preocupación ante estas nuevas expresiones de Saravia. ¿Hasta dónde pensaba “apretarles la cincha”?

¿Era un ataque a la propiedad?

Sin duda la estrategia de Saravia no apuntaba a una victoria inmediata sino una guerra popular prolongada. Ante la ansiedad de un lugarteniente que le planteó su inquietud sobre lo dilatado de la guerra, respondió: 

 “Pero eso es lo que queremos. ¿No ve que en nuestro Partido hay elementos que pasan por buenos y con esta danza se van destapando? Antes Muniz pasaba por cosa legítima y ya hemos acreditado lo que da. Lo mismo sucede con esos políticos que tienen más vueltas que el Río Negro.”

La guerra revolucionaria había mostrado además su rostro de privaciones y sacrificios Era mejor que los “flojos”, como Florencio Sánchez, se fueran. Nepomuceno Saravia evoca las duras condiciones de la campaña del 97:

“En pleno invierno…cómo se sufre en el cuerpo y el espíritu. Entonces sí se añora el techo y la tibieza del hogar; en el campamento cada soldado junta sus garras (se refiere a la piezas del recado para ensillar) y allí se sienta; esparcidos por el campo permanecen horas enteras, tapados con el poncho los que tienen, o con un cuero o una bolsa de arpillera los que no lo tienen, semejan montículos dispersos…

Sigue lloviendo y de noche hay que dormir como se puede,  los fogones se encienden con dificultad y la alimentación suele ser, casi siempre, mate y carne asada sin sal….¡Y cómo se extraña la limpieza! Algunos llevan pequeños trozos de jabón y una toallita…”

En el reposo del campamento se evocan los hechos vividos. Cuando en plena batalla le habían informado al coronel Berro que su hijo de 18 años había muerto, el Coronel había respondo: “la Patria es primero, después veré el cadáver de mi hijo”.

El armisticio de Aceguá duró desde el 16 de julio al 5 de agosto de 1897. Ya el Gobierno  proponía entregar la jefatura política de 6 departamentos a los  “blancos” de Saravia.

Para las elecciones del año siguiente se manejaban tres nombres para la Presidencia, que inevitablemente seguiría siendo “colorada” por un período más ya que en la Asamblea General (cuerpo elector)  tenía mayoría el partido de gobierno. Pero con el control de seis jefaturas políticas se podía avanzar poco a poco en la erradicación del fraude electoral y garantizar la pureza del sufragio universal.

Durante el armisticio se volvieron a conectar discretamente Aparicio y Basilisio. Por el río, en bote, llegaban a una tapera (casa abandonada) con vetustos higuerones. Conversaron en privado y nadie fue testigo de los  temas que trataron.

La guerra se reactivó. El 21 de agosto fue el combate de Tarariras, donde Aparicio Saravia intuyó y eludió una emboscada que le hubiera sido fatal, retirándose a tiempo. A su hijo Aparicito hubo que cortarle una pierna para salvarlo de la gangrena. Enterado del acontecimiento, su enemigo “colorado” el coronel Manduca Carbajal mandó una significativa carta a Aparicio:

“Ha llegado  a mi conocimiento que lleva usted en el Ejército un hijo que ha sufrido una herida de cierta consideración…Por eso interesado en  serle útil me permito dirigirle estas líneas ofreciendo mi casa y mi médico para su hijo…mi familia con sus cuidados hará olvidar al enfermo la sensible falta de la suya propia…”           

El 25 de agosto, en una conmemoración patria, es asesinado el presidente Idiarte Borda. El joven magnicida, Avelino Arredondo, es un “colorado” partidario de Batlle que declara haber actuado solo. La prueba de que no actuó solo es queda rápidamente en libertad mientras el nuevo presidente, Lindolfo Cuestas, aceleraba los tratados de paz. El Partido Colorado necesita una tregua para recomponer sus fuerzas y por eso posterga  el ajuste de cuentas definitivo.

Nuevamente Aparicio habla  a los suyos:

“La revolución depone sus armas deseando no volver jamás  a apelar al supremo recurso de los oprimidos. Yo, improvisado general  por la fuerza de las circunstancias, abandono las insignias y os estrecho contra mi corazón

Juan Lindolfo Cuestas efectivamente depuró el padrón electoral y promulgó una ley electoral más democrática.

  El  10 de febrero disolvió las viejas cámaras legislativas ante el sabotaje que éstas hacían contra los nuevos acuerdos. Intentó, aparentemente, respetar sinceramente los acuerdos con Saravia. Pero la mayoría del Partido Colorado sólo esperaba la oportunidad para la revancha.

 XVII - ENTRE DOS LEVANTAMIENTOS

Los acuerdos necesitaban ante todo voluntad política.

Las jefaturas políticas de cada departamento tenían bajo su jurisdicción las policías urbanas correspondientes. La policía “urbana” era el verdadero poder.

Si el Gobierno Central establecía que estas “urbanas” debían tener jefes militares de carrera, ningún jefe político “blanco” podrá mandar una “urbana”, quitándole entonces poder real a las jefaturas políticas que los blancos detectaban sobre seis  departamentos.

En arduas negociaciones se acordó que las policías “urbanas” serían  civiles y su dirección será designada por la jefatura política correspondiente.  

Aparicio empezó a incidir en la interna partidaria y se lo nombró “presidente de honor” del Directorio. Sabiendo los dirigentes “blancos” que Saravia no se acercaría a Montevideo, muchos simularon apoyarlo para hacer carrera política a su sombra, al menos mientras eso no requiriese ir de nuevo a la guerra.

Se avecinaban las elecciones presidenciales. La guerra seguía siendo una posibilidad, y mucho dependería del nuevo presidente colorado. ¿Encabezaría una transición hacia las elecciones libres o traicionaría los acuerdos?

Consultad por sus correligionarios, Aparicio declaró no conocer lo suficiente la interna colorada, y recomendó a los parlamentarios blancos “votar por el más mansito” y, muy especialmente, votar contra Batlle.

Pero el “blanco” Acevedo Díaz, al frente de una minoría de los  parlamentarios “blancos” inició conversaciones directas con Batlle.

El 20 de mayo de 1898 le llega a Saravia una dolorosa e increíble noticia: el General Diego Lamas había caído de un caballo y había  muerto. Seguramente su brazo inválido por las heridas del 97  le había impedido protegerse en la caída.

Preocupado por los sucesos de un Montevideo que está muy lejano, Saravia se traslada con su familia desde la estancia a la ciudad de Melo, donde tiene acceso más directo al  telégrafo, a la prensa y al ferrocarril.

  Desea mantener la paz y los acuerdos. Sugiere que el Partido Nacional colabore en la restauración de la casa de Mundo, donde había muerto carbonizad el hijo de Muniz en 1896.

Un club político nacionalista desde Buenos Aires le envía la espada que había usado Leandro Gómez en 1864. La carta de agradecimiento de Saravia dice:

Humilde admirador del ínclito Leandro Gómez sólo desnudaré el acero para acudir en defensa de la Patria, de las leyes, de las instituciones o coadyuvar al triunfo de nuestros sacrosantos ideales”

Siguen las defecciones nacionalistas. Si el “blanco” Acevedo Díaz se entiende con Batlle, el colorado renovador, el “blanco” Duvimioso Terra se une a los seguidores del ex presidente colorado Herrera y Obes, el conservador,  Cada “blanco de marca borrada” busca componendas y beneficios personales y políticos.

En marzo de 1899 el Directorio “blanco” comete una nueva traición. Vende todo el armamento que Aparicio guardaba en Buenos Aires con el pretexto de comprar otro más moderno que nuca apareció.

Aparicio declara: “las elecciones se vienen encima, y no hay que contar con la legalidad sino con la fuerza”. Cuando Francisco Saravia recibe una proposición del Gobierno Central, Aparicio le escribe:

No aceptes el nombramiento. Cuando la fuerza incontrastable de los acontecimientos nos  lleve nuevamente al terreno  de la lucha armada, cada soldado  ciudadano gozará del indiscutible derecho de elegir el  jefe bajo cuyas órdenes desea servir”

En septiembre de 1899 había elecciones para la renovación parcial del Parlamento en seis departamentos, tres de ellos con jefatura política colorada y tres con jefatura política  blanca. Era la primera prueba de la acordada pureza electoral. El Partido Nacional ganó en cinco departamentos. Pero aquellos nuevos parlamentarios, que eran electos a la sombra del prestigio de Saravia, no eran todos ellos saravistas consecuentes.

El Partido Nacional era un caos interno donde casi todos los dirigentes conspiraban contra Saravia. Carmelo Cabrera, el hombre de confianza de Saravia en Cerro Largo le escribe a Aparicio:

“en adelante sólo atenderé a órdenes suyas directas y jamás a las de una corporación que está, con alguna que otra excepción, traicionándolo a usted y por consiguiente al Partido”…”Duvimioso Terra ha hecho una confidencia a una persona de importancia diciendo que sabía dónde tiene Ud. depositado su armamento, y que tiene la seguridad de que se lo va a poder quitar. Esos hombres no son sus amigos.”

 Aparicio contesta escuetamente pero sin expresar mayor sorpresa:

“ya se imaginará usted la impresión que pudo causarme su lectura y ver la deslealtad de esos señores”

Y consciente de la gravedad de la situación interna, Carmelo Cabrera le escribe una nueva carta a Aparicio Saravia:

Le acompaño una clave para que me dé sus órdenes. Como el amigo Basilio tenía la otra y también la tienen Abelardo, Berro, Lamas y no sé si alguno más, la he cambiado”

Se refiere al hermano del finado Lamas, quien participará en la gesta de 1904.

Por su parte Berro analiza la compleja situación electoral y advierte a Saravia algo que éste ya sabe:

“el mayor riesgo de división emana de Acevedo Díaz, adherido con alma y vida a Batlle”

Berro analiza la situación con absoluta lucidez. Entiende que la bancada parlamentaria tiene que estar al servicio del proyecto revolucionario, y no actuar por sí misma, al menos mientras  el sufragio universal no esté garantizado:

“inútil sería en el futuro procurar el aumento de las bancas legislativas nacionalistas  si se quebranta la disciplina partidaria” 

Por su parte Saravia repite que cualquier candidato es preferible a Batlle. Botana, otro dirigente nacionalista consecuente, comparte la alarma de los revolucionarios nacionalistas más lúcidos. Le escribe a Saravia:

“No veo por qué nos afanaremos en tener 37 ó 40 diputados ni toda la cámara cuando en una cuestión  fundamental como esta, clarísima, no hay cohesión  y sí anarquía (…) Pepe Batlle no tiene ni la ciencia ni el talento que se le regala indebidamente. Nos odia y el Partido nuestro tampoco lo quiere porque sabe bien que es hombre de círculo y que hará un gobierno  pasional, de facción, que llevaría a la guerra civil a blancos y colorados. Cuente, General,  con el afecto leal de su amigo que le aprecia de corazón…”

Botana distingue claramente entre “Partido” (la base “blanca” popular que no quiere  a Batlle) y su Dirección traidora.