Capítulo 2.
Esa Mentira
En ese oficio de dejarse matar, no hay que ser exigente, hay que hacer como si la vida siguiera, eso es lo más duro, esa mentira.
Louis Ferdinand Celine
Viento del Este, lluvia como peste... tenemos agua para todo el día -pensó esa madrugada Willy, mientras se disponía a cerrar la puerta de madera del ahora desierto local de expendio de bebidas alcohólicas en el Balneario Las Cañas, en la Ciudad de Fray Bentos, sobre el litoral uruguayo.
A causa del porfiado viento, caía una garúa de trayectoria casi horizontal en los momentos en que terminaba de cerrar el último candado, cuando algo lo hizo dudar, al punto de disponerse a regresar al salón que exhumaba un olor acre, mezcla de alcohol, sudor, tabaco y aceite con cebolla frita.
Se percató de que, por estar pendiente de la hora en que debía recoger a su hijo que venía en ómnibus desde Montevideo, había olvidado su pistola, por lo que, reprochándose la omisión, se dispuso a desandar sus pasos hasta la caja registradora. Seguramente desestimó un incidente que debió conjurar la noche anterior, había perdido los reflejos de antes, quizás por el cansancio y la bebida.
¡Un bar es pésima elección para ganarse el sustento por alguien que se ha vuelto vulnerable al alcohol! Se dijo Willy mentalmente y burlándose de sí mismo, mientras que con dificultad intentaba meter la llave en una de las cerraduras.
Willy se había refugiado en el alcohol luego de un período de importante depresión, al frustrarse las expectativas creadas por viejos dirigentes de su organización política de darle un espacio en la dirección y de tener que peregrinar de entrevista en entrevista, buscando un trabajo digno. Fue gastando las esperanzas hasta que comprendió que no había espacio para él en el nuevo horizonte político-institucional.
Los viejos ex guerrilleros, devenidos ahora en burócratas o posibilistas demagogos y que fueron sus referencias incondicionales, prescindían de la propuesta que había forjado durante años ¡los intranquilizaba!
Ofrecerles construir un aparato de seguridad e inteligencia a quienes ya habían negociado con antelación y sin costos permanentes, con sus viejos antagonistas, no sólo lo colocaba por fuera de sus planes sino que resultaba peligroso para los mismos.
Varios de ellos tuvieron una connivencia reservada, pero constante, mientras él les procuraba recursos financieros con sus acciones de recuperación, pero ahora, frente a sus nuevos aliados, los compañeros de ruta como Willy eran indeseables si trascendían el carácter vergonzoso de culatas.
Eso quedaba reservado para los genuflexos de cortos alcances y ambiciones. Al igual que los burgueses cuando consuman relaciones carnales con el servicio doméstico, sólo era dable disfrutarlo puertas adentro para luego esconderlo socialmente.
Así, “conservándose” en alcohol, debió lidiar con su propio flagelo y el de sus parroquianos, lo que lo ponía muy irascible al entrar en crisis por quebrar reiteradamente los ciclos breves de abstinencia autoimpuestos.
Así se fue aislando cada vez más y terminó recibiendo una renta mezquina que le enviaban una vez sí y otra no, los viejos burócratas, beneficiarios de varias y arriesgadas operaciones de finanzas que él organizó para salvar su estructura de propaganda amenazada por todo tipo de deudas y demandas laborales.
Cuando la sospecha se convirtió en certidumbre, cuando las esperanzas que mantuvo en las promesas cada vez más vagas naufragaron, ya estaba demasiado débil, estaba a la deriva, muy lejos de la mitad del camino de cualquier lado. En esos casos sólo hay alternativas engañosas o ruines.
La más usual es traicionarse a sí mismo, evidenciando la hipotética traición. Desgraciadamente, esa es la que más se suele adoptar dentro de las prácticas de uso de esa resbaladiza cultura de intrigas, cuando se pierde el pudor y se sobrevive desdoblado, sin escrúpulos. Willy, en cambio, eligió transitar el único sendero que no conducía a ninguna parte y lo hundiría irremisiblemente junto a la desgracia que lo abrazaba: se engañó a sí mismo.
Para hacer más creíble el engaño y en un entorno cada vez más acotado, simuló que nada había pasado, que era sólo un receso temporal, pero él lo sabía, ya lo había visto muchas veces, nadie volvía, él mismo, en mejores épocas, había ambientado mentiras más sólidas para contribuir a la desgracia de otros, incluyendo la de Teófilo. En su experiencia desfilaron muchos que, por la razón que fuera, nunca se reincorporaban a ese equipo de decisiones impredecibles y de ejecutores de libreto totalmente prescindibles que caracterizaban el mando del mismo.
Luego de dejar en el suelo un balón de futbol que le daría a su hijo y en una cornisa la botella de grapa que tenía bajo el brazo, se dispuso a reabrir la puerta. Fue entonces que sintió un impacto fulminante en el cráneo y comenzó rápidamente a perder el control sobre su capacidad motriz. No obstante, en ese mismo momento alcanzó a entender que la máquina de limpieza eficiente y despiadada de la muerte lo había abordado de espaldas y comprendió el error cometido al subestimar el incidente de la noche.
Logró tocar su cráneo destrozado y percibir brevemente el olor penetrante de la grapa que se confundía con la sangre que emanaba profusamente. Sus retinas, vacilantes y borrosas, sólo percibieron una figura intermitente que se recortaba sobre la luz de un pálido y amarillento foco de alumbrado público que el viento mecía, hasta apagarse definitivamente.
Seguramente en esos instantes desfilaron por su memoria, que se extinguía, las epopeyas en las que había formado parte activa hacía más de una década.
¡Y eso fue todo! El emisario de la muerte consuma el acto más dramático de nuestra vida siempre de la misma manera. Como un alguacil de juzgado, ignorante, irrespetuoso y escoltado por la policía, nos conduce al cadalso sin consideraciones de quién somos o qué hicimos y sin compadecerse por la arbitrariedad de los expedientes que debe cerrar, los que ni siquiera se tomó el trabajo de leer. Y cuando se equivoca no aplica devolución ni reintegros de ningún orden, no existen juicios de reparación para enmendar ese despojo final.
El sol aún no había comenzado a acurrucarse sobre la vertiente de la serranía, conocida en los textos escolares como Cuchilla de Haedo y para los lugareños como Cerro de la Ventana, por lo que reverberaba esplendido sobre el agua escasa y casi inmóvil de aquel arroyo donde sólo se escuchaba el zumbido de unos porfiados mangangás, que evolucionaban como pilotos furiosos sobre la cabeza de aquellos cansados jinetes.
Cuando se apearon de los caballos en la orilla del arroyo Tambores, que era apenas un hilo de agua sobre el basalto superficial, en ese enero de sequía alarmante, Teófilo sentía en la boca una sequedad que parecía ser resultado de comerse un muñeco de felpa.
Eran las seis de la tarde y el calor no se apiadaba de los jinetes ni de los caballos, quienes se abalanzaron sin discriminaciones de género ni de especie al agua, amenazando con secar ese escuálido curso de agua fresca.
Después de saciar su sed se quedaron recostados e inmóviles, admirando el sorpresivo vuelo de una bandada de chajás, esos majestuosos pájaros que viven y mueren en pareja y habitan el litoral uruguayo y argentino.
Entonces, el más viejo del grupo, Casildo, un peón y alambrador de edad inmemorial, cuyo caballo tubiano era capaz de apuntalarlo contra un árbol por varias horas, para que no se cayera del recado cuando estaba en curda, comenzó a relatar la leyenda guaraní de los chajás, afirmando que en realidad eran la encarnación de dos guerreros, Taca y Ará-Naró, quienes, convertidos en aves por el dios Tupá, volvían a la tribu de sus hermanos luego de morir luchando contra el yaguareté, pero habiendo librado a los suyos del feroz enemigo. Por lo que desde entonces eran sus eternos guardianes, encargados de vigilar y dar aviso cuando vieran acercarse algún peligro.
Mientras que el más joven del grupo, Matías, un mocito avispado de Valle Edén, prendió un fuego donde puso a calentar agua en una caldera de tropero y estaqueó un costillar de oveja para asar, el viejo Casildo arrancó a cebar un mate, al tiempo que, Aquilino, un peón cuarentón y soltero, estaba acostado sobre un pelego de oveja con la cabeza apoyada en sus manos, mientras escuchaba en su pequeña radio de pilas la emisora Zorrilla.
-Qué lindo es coger un humano –exclamó de pronto, un absorto Aquilino.
Lo que provocó las carcajadas imparables de Matías, festejando lo pueril de la emoción de aquel hombre elemental y sin picardías, motivada por la noche anterior, luego de permanecer cuatro horas en el prostíbulo de Tacuarembó con una vieja prostituta que lo hizo debutar.
-Don Teófilo, ¿usted no se dio cuenta que el último lote de terneros que vendimos en la feria de Tambores eran igualitos al Aquilino? -exclamo Matías sin parar de reír.
Sin embargo, Teófilo no estaba ni siquiera en condiciones de festejar la ocurrencia, pues la cabeza le estallaba de dolor, como consecuencia indeseable de la noche en vela y la bebentina de caña brasilera en el quilombo. Para colmo, a un chambón como él, tropear ganado desde la madrugada le provocaba la sensación de tener el caballo entre las piernas aun estando sentado en el piso.
Sólo pudo mitigar su deplorable estado gracias a una irresistible necesidad de vomitar, que al finalizar lo dejo exhausto, pero le obligó a reconocer que una vez más se había arruinado intentando negocios respetables, resultaba obvio que eso no era para él, tenía poca consideración por la propiedad privada y eso no excluía la propia.
Esta vez había tenido la infeliz idea de arrendar un campo para engorde y cría de ganado ovino y bovino, ¡en el transcurso de la sequía más importante de los últimos cincuenta años! En consecuencia, tuvo que vender el lote de ovejas a precio de pollos y rematar la última tropilla de ganado pampa, que estaban más flacos que galgos de estancia.
Así, regresaba con un exiguo cheque de la sanguijuela del rematador. Fue entonces que escuchó que lo nombraban en un radio mensaje de la difusora Zorrilla: A Teófilo Rosende, en Tambores, que recoja una encomienda desde Montevideo en la Agencia Central en Tacuarembó. El mensaje no le presagió nada bueno, así que sin levantarse se dirigió a los peones.
-Mañana cobran todo lo que les debo y el aguinaldo atrasado. Matías, llévate mi caballo y regresas por mí con la camioneta, que mañana seguimos para el pueblo.
Con esa decisión mataba dos pájaros de una misma pedrada, pues tenía un pretexto para evitar el suplicio de las últimas leguas a caballo y las burlas por su impericia de citadino, además de que acortaría el tiempo de la ansiedad que le generaba saber qué noticia portaba la encomienda.
Horas después, luego de salir apresurado de la Terminal de Agencia Central, en el centro de la ciudad de Tacuarembó, Teófilo subió a la destartalada y sucia camioneta Ford del 48, que parecía haber sido verde hacía mucho tiempo y cuya puerta se sujetaba a la carrocería por una sola bisagra, sobre la cual había que cargarla para poder girar sin que se cayera. Ya sentado al volante de su viejo cacharro, abrió el sobre que había recogido y leyó en silencio la lacónica nota de un periódico que daba un parte policial de hacía cinco días.
Fray Bentos. William Alves, un hombre de 46 años, fue asesinado en el patio de un conocido comercio del balneario Las Cañas.
El crimen ocurrió el sábado pasado en horas de la madrugada y en el destacamento policial de las Cañas se recibió una denuncia de que en una finca había una persona caída.
Cuando los policías fueron hasta el lugar encontraron que, en la entrada de una vivienda de la calle Nueve que funciona como expendio de bebidas y comidas, William Alves, de 46 años y para quien se solicitó asistencia médica, había fallecido. La causa de la muerte fue traumatismo de cráneo mediante un elemento contundente y cortante.
Terminada la lectura, se sintió abrumado por una constatación: la presencia de una muerte cercana nunca es portadora de sabiduría, salvo para un forense, afirmar lo contrario no es más que un buen recurso literario, pues sólo resulta capaz de expresarse como tal cuando se la puede evitar o al menos diferir.
A pesar del aturdimiento y perturbando a un Matías que sonriente esperaba a que arrancara la camioneta, rompió su silencio al murmurar involuntariamente una glosa que le era familiar: ¡Habiéndole prometido días mejores, el mercader de ilusiones lo traicionó y terminó vendiéndolo por un precio ínfimo…!
Tras lo cual permaneció nuevamente en silencio, inmóvil y apoyado sobre el volante de la destartalada camioneta, mientras que sus ojos, fijados en ningún sitio preciso, delataban los límites modestos de su oficio de órganos del llanto. Ratificando de paso algo que él había sentido muchas veces a lo largo de su vida, que cuando se está poseído por ese estado de lucidez que nos impone el retorno de los recuerdos que pretendemos olvidar, la mirada, incapaz de proyectarse a un supuesto infinito, hace un curioso retorno que nos obliga a hurgar hacia adentro.
El recorte de prensa venía acompañado de un mensaje brevísimo en una nota que también leyó, en tanto Matías lo observaba sin entender si el comentario de Teófilo se refería a los magros precios de la venta de ganado en la feria de Tambores.
-Una mierda de plata Don Teófilo, ¿es eso? -lo interrogó el muchacho ansioso, como si cualquier incertidumbre de su empleador amenazara el cobro diferido de los varios meses de sueldo.
-¡Sí, una mierda, pero da bien para liquidar todo, quedate tranquilo! -respondió Teófilo saliendo de su ensimismamiento y regresando la vista a la esquela de la nota anexa: ¡Panamá está congestionado, fin de los contratos! J.D.
Teófilo entendió perfectamente el mensaje e identificó de inmediato al remitente por sus iniciales, pero no así qué intereses espurios se abroquelaban en Panamá.
Se guardó la nota en el bolsillo de la camisa, pues también contenía una dirección de correo electrónico y volvió a su ensimismamiento. Sabía que él había huido, más que tomado distancia, de ese complejo y peligroso entramado de complicidades, como si la prisa pudiera sofocar un incendio, aprendiendo que, cuando las cosas se hacen apresuradas y no se respetan los plazos que le son propios, el tiempo regresa a nosotros y toma revancha sobre nuestras prisas.
Le había sucedido una y otra vez: esas rupturas que se realizan sin prever el corte con sus efectos diferidos, inexorablemente vienen a buscarnos.
-¡Manejá vos, Matías! -le dijo, al tiempo que se corría hacia el asiento del muchacho y éste salía para entrar por la otra puerta.
-¿A dónde vamos? –preguntó el muchacho al tomar el volante.
-Al campo, mañana regresamos a cobrar el cheque en el Banco República de Tambores y liquidamos todo.
-¿Todo, don Teófilo? –preguntó Matías mirándolo.
-Sí, amigo, ¡me voy de Tacuarembó! –respondió Teófilo con la mirada fija al frente.
-¿Y el contrato de arrendamiento con Moraes? -volvió a preguntar Matías.
-El contrato vence en marzo y lo pagaré por adelantado, al Aquilino y a vos les dejo los animales de engorde que no se vendieron y tienen dos meses para ver qué hacen.
-Podemos resolver donde pueden pastar hasta el otoño, en lo de Pazos seguro, pues nunca le cobramos por esa caballada que nos metió… –dijo Matías esperando en vano alguna reacción de Teófilo.
Teófilo estaba empezando a sentir un segundo empuje de angustia, el cual ya había previsto luego de leer la noticia, porque sabía que la constatación de la muerte funcionaba así, sin analogías posibles, pues no hay memoria que nos anticipe de qué manera nos va a impresionar cuando llega.
Teófilo no sentía afecto por Willy, más bien se podría afirmar que todo lo contrario, y no supo hasta entonces que la suerte de su existencia lo podría afectar.
Su mutuo distanciamiento era consecuencia de las muy diferentes torsiones ideológicas de cada uno, las que a su vez comportaban otras razones existenciales que permitían entender que el aislamiento, en el caso de Teófilo, era consecuencia de una decisión propia, razonada, sabiendo que los ejes de reproducción política habían sufrido un desplazamiento hacia otro conjunto de prácticas que se inscribían en una nueva época, mientras que en el caso de Willy, no sólo no alcanzaba a comprender aquello, sino que además esperaba retribución y continuidad.
Willy sublimaba el trabajo de inteligencia y a sus vidriosos protagonistas, le honraba haber sido parte de ello, pues lo consideraba un oficio de digna promoción.
En cambio, a Teófilo le resultaba detestable, sobre todo cuando pasaba de ser una indeseable y sospechosa necesidad y se instituía precisamente en un oficio.
Sin embargo, Teófilo se percató de que la muerte de Willy lo afectaba de tal manera, que se le revelaba como una mutilación de sí mismo.
Más allá de qué tanto aprecio profesara por Willy, éste era parte de su experiencia y su muerte le resultaba un despojo de ese legado colectivo, de cierta forma de memoria compartida que era profanada y de la que no tenía derecho de disponer un cualquiera. Menos aún de disponer de una vida o de algo que formara parte de ese legado sin violentarlo a él.
Comprendió entonces, también, que estaba unido a Willy, y a otros que no regresaron, por el conocimiento de tanto detalle truculento y sórdido que ambientaron los viejos ex dirigentes guerrilleros que ahora ascendían en el plano político amancebados con sus viejos enemigos, con los mismos que torturaron y desaparecieron a sus viejos compañeros de luchas.
Lo que en los códigos antiguos se definía como traición y connivencia con el enemigo, hoy aparecía mitigado por coartadas psicoanalíticas que le conferían cierta asepsia semántica, mediante un calificativo enigmático y conocido como síndrome de Estocolmo.
Las acciones de finanzas que debieron consumar con bajas anónimas, habían servido para apuntalar el ascenso de la carrera política de quienes decidieron abjurar inconfesablemente de sus convicciones de décadas
La constatación de ser testigo de los recursos materiales facilitados para el ascenso político dentro del sistema de aquellos que lo combatieron antes de ser conversos, hizo que, casi como un reflejo, Teófilo trajera de regreso su inseparable paranoia.
Era un testigo peligroso, uno de los pocos sobrevivientes indeseables al que le constaba directa y personalmente el proceso de acumulación originaria que desarrollaron para sus campañas políticas y los curules de inmunidad parlamentaria que disfrutaban muchos de ellos.
Sin embargo, centró su atención en tratar de anticipar la zona de riesgos que se vinculaba a Panamá, partiendo del presupuesto que la información debía encontrarla por otra fuente y no por quien lo convocaba.
El contacto con Jairo Denis sería muy engorroso y lleno de reticencias y mentiras, donde la verdad residiría, sobre todo, en lo que éste callara y él debería averiguar. Entonces volvió a recordar a Willy y su propia imprudencia de vincularlo a esa red de Panamá, cuando aún estaba vivo el padre de Jairo y que se formalizó a instancias de su jefe, Román Mancebo.
Tuvo la certeza de su error al conocer que poco después, Willy había incorporado a Augusto, un burócrata contumaz al que él conoció en diversos escenarios de la década de los ochentas. Primero como enlace con la inteligencia cubana, detentando un estatuto permanente de asesor ministerial en Nicaragua; luego en el Salvador, nuevamente como asesor, pero ahora de Joaquín Villalobos y después con el malogrado Evaristo, haciéndole el enlace en el exterior.
Si existiera una sociedad imposible, donde ser burócrata de inteligencia o policía cumpliera una función social decente, o por lo menos útil, seguramente Augusto no formaría parte de esa actividad.
Era un tipo inescrupuloso que se servía de todo el que pudiera para no arriesgar nada, ni siquiera el traslado de dinero, del cual él era siempre el receptor. A tal extremo, que se quedó con la partida del primer cobro negociado en la operación de la toma de la residencia del embajador Japonés en Lima.
Teófilo tenía las evidencias de que Augusto, ya estando Evaristo dentro de la residencia tomada manu militari, no le hizo llegar a éste la propuesta de salida negociada de la socialdemocracia europea y que se la habían entregado junto con el dinero un mes antes de la masacre.
En su momento y para desenmascararlo, Teófilo había comunicado en diferentes ámbitos las trapacerías de Augusto, quien usó la ingeniería financiera panameña para blanquear esos fondos y luego se perdió en Costa Rica.
Según fuentes que no había podido ni querido validar, se habría instalado en el Golfo de Nicoya, cercano a Puntarenas, con una planta procesadora de camarones y una empresa de exportación. De cualquier manera, la última noticia que tuvo de él fue por un aviso de Willy, que Teófilo recibió a través de interpósitas personas, acerca de una amenaza de muerte de Augusto en su contra, que, argumentaba, era consecuencia de su denuncia y de una humillación semipública que Teófilo le había hecho sufrir intencionalmente.
Aquellas amenazas eran bravuconadas que lo molestaban, no porque él no mereciera la muerte, pues si de merecimientos se tratara seguramente la hubiera alcanzado hacía mucho tiempo, si no porque le parecían patéticas señales de cobardía, de esos avisos previos que nunca se consuman, pero que le quitaba el sueño por pensar que siempre se materializan sin aviso previo. Para Teófilo, esos cacareos envilecían un acontecimiento que debería poseer una estimable trascendencia. Entonces cayó cuenta que había muchas preguntas que ya nadie podía responder.
Como, por ejemplo, qué tanto sabía un tal Santiago, compañero de Evaristo, sobre el cobro vía Panamá de dos operaciones previas para financiar la acción en Lima, pero que, una vez muerto Evaristo, era imposible encontrar. Lo mismo con Willy, de quien ya no podría saber qué tanto conocía de Augusto.
En menos de 48 horas Teófilo salió de Tacuarembó y se fue por tierra, sin pasar por Montevideo, a Brasil. Ahí tomó un vuelo de cabotaje de Porto Alegre a Sao Paolo, donde retiró un pasaje MCO a su nombre y al que le hizo un cambio de fecha para anticiparse dos días a su anunciada llegada a Panamá.