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UN RAYO DE SOL

Un rayo de sol otoñal entraba por la ventana de la habitación para hacer resaltar una pequeña escultura de bronce que estaba sobre el escritorio del Coronel Casella.

Mi viaje había comenzado horas antes en un coche, encapuchado y esposado con las manos atrás, los comentarios de mis ocasionales escoltas pasaban de los resultados del fútbol de ese fin de semana a mi condición de detenido

Ese medio día estaba fresco o yo tenía frío, mal comido, poco dormir y muy vapuleado al igual que cualquiera de las personas que estábamos ahí en carácter de prisioneros. Esas personas paradas en el jardín trasero de la casona de Av. 8 de Octubre no solo formábamos un espectral anuncio, sino también un camino un poco más “tranquilo” a recorrer…la cárcel.

Tratábamos de movernos para sobrellevar mejor la espera, que como en mi caso no se sabía bien de qué.

Nuestros guardias garantizaban que permaneciéramos inertes en el mismo lugar mirando la pared, mientras sus comentarios continuaban entre lo burlón y lo amenazante.

Mamelucos grises, jóvenes vestidos con vaqueros como en mi caso, poblábamos ese jardín que se mezclaba con los verdes uniformes del Ejército y los azules de la Fuerza Aérea, los marciales uniformes camuflados de los fusileros navales proliferaban.

Una escalera  de mármol gris con vetas negras conducía al escritorio del coronel, lugar donde la parodia trataba de ganar algo de formalidad para decantar la realidad de un malón golpista tan asesino como mediocre.

Ahí no había  Comandantes, ni Facundos, ni …, solo prisioneros por haber querido “la luna en un plato”, lo único que podíamos hacer era aferrarnos a unas declaraciones hechas tiempo antes a nuestros torturadores y buscar “muletas” para soportar nuestra condición.

Tiempo antes, mucho tiempo antes alguien me había contado que en un interrogatorio policial cuando le habían preguntado a un compañero si él era uno de los comandantes…….su respuesta fue clara y contundente:”…no. solo soy un Capitán, Comandante hubo uno y murió en Bolivia…” las risas de los interrogadores fueron unánimes, pero la verdad es que le habían traído a un Coronel del Ejército para que lo interrogara.

La brisa que movía las hojas de las palmeras, los guardias, el ladrido de los perros formaban parte de ese Uruguay que moría para dar paso a un ajuste de cuentas de los oligarcas criollos con la gente.

Me condujeron por la escalera hasta donde estaba la persona que decidiría mi vida y mi futuro por varios años, el omnipotente Sr. Juez en lo penal de 4º turno, el Coronel Casella.

Mis sorpresas fueron varias, a pesar de que alguna ya la podía intuir por las preguntas en los interrogatorios.

Vasconcellos, F. Mayans, “Carmelo” y una jamás prevista, un teniente llamado Orosman Pereira; la única relación que me unía a éste era el trabajar en el mismo lugar que su mujer, pero “un patriota” decidido a combatir la subversión, debía aportar ante este “nuevo” país y el Juez lo que su señora le había comentado varias veces: que yo criticaba al ejército.

Yo continuaba mirando el cuadro de Artigas que se encontraba detrás de la cabeza del Coronel y creo que más de una vez logré evadirme, ausentarme de ese interrogatorio, representación de un país que mucho tiempo antes había dejado de ser tal, solo me volvían a la realidad las acusaciones de Vasconcellos y las admisiones de Mayans

Seguí pensando en aquellos que me habían comentado (no! solo capitán…), tiempo después supe que no solo los interrogadores se rieron, también muchos que según decían eran miembros de una organización político-militar que se consideraba derrotados,  al principio no podía entender porque se reían de algo que en lo personal me había ayudado a resistir y consideraba que era una actitud digna y respetable ante el enemigo, después despacito y conociendo mas, fui dándome cuenta de los porque, hoy años después, muchos años, los que se reían del Capi hoy son Comandantes en Jefe o Ministros o simples colaboradores de ese ejército impune que los derrotó

La sentencia estaba escrita para todos los que esperábamos en ese coqueto jardín, testigo indolente del agónico Montevideo burgués con ganas de ser Europa y como siempre, de espaldas a América Latina.

El ruido que producen las culatas de los fusiles contra las paredes de juzgado y la apertura de la puerta de manera brusca interrumpieron nuevamente mi “evasión”,  entraban a Carmelo a un careo con nosotros, me miró y dijo no conocerme, yo hice lo mismo, Vasconcellos nos desmiente y Mayans admite con la cabeza y no habla.

Ese era otro Carmelo, inmediatamente recordé aquella noche fresca, por Av. Italia pasaba poco tránsito y el empedrado de la calle de la esquina de la metalúrgica Los Tortos, a medida que caminábamos se hacía más oscuro

Algún farol con una bombita amarilla cada dos cuadras permitía un poco de respiro a lo que conversábamos, eran tiempos duros; Carmelo me informaba que habían decidido abandonar la organización e integrarse al MLN (militantes, armas, logística, etc.), junto a nosotros caminaba otra persona (años después supe que era el Mojarra), sin hablar.

Me bajan por la escalera y me conducen al final del jardín, me encapuchan para emprender el viaje de retorno a mi celda., tres veces se repitió este ritual

La suerte estaba echada solo había que esperar, esperar cuantos años y esperar que nadie se acordara de mí.

Una llovizna caía  de manera tenue en Montevideo, la sirenas del “ropero” habrían  camino en el trafico de las 5 de la tarde, una frenada, puertas metálicas que se abrían y cerraban con un ruido que hacían imaginar su robustez.

Yo no era “Rufo” ni siquiera el “Capi” solo un joven que quería hacer la Revolución, ¿cuál? no importaba mucho, solo cambiar una sociedad, mentirosa, cruel, mezquina, agobiante y con vergüenzas, muchas vergüenzas escondidas.

Lo único que tenia para mantenerme en ese momento era lo que el viejo, como obrero portuario me había enseñado: valores simples, valores de barrio pero sin discusión, “….tenés quince años, vas a salir a trabajar, no dejes de estudiar pero pase lo que pase jamás seas carnero, milico, alcahuete o ladrón…”

Las puertas internas enrejadas se habría para mí  al mismo tiempo que me sacaban las smit (esposas) y se cerraban a mi espalda, por cuanto tiempo no lo sabía ni yo ni nadie